Por qué tener el valor de comer solo te hace un mejor ser humano

El restaurante Eenmaal de Amsterdam es un restaurante sencillo y elegante que sirve únicamente a comensales solos. Afirman ser los primeros de su clase; un restaurante para solitarios.
31.3.16
Photo by Jim Pennuci via Flickr

Ahora ya se puede hacer reservaciones en el Eenmaal de Amsterdam; un restaurante sencillo y elegante que sirve únicamente a comensales solos. Afirman ser los primeros de su clase; un restaurante para solitarios.

Sacarle provecho a los comensales solos es, claramente, un gran negocio. De acuerdo a un estudio del Grupo Hartman, casi la mitad de los adultos en Estados Unidos comen la mayoría de sus comidas solos. En Inglaterra, de acuerdo a la Oficina de Estadísticas Nacionales, los solteros suman 7.7 millones –casi un tercio– de todos los hogares. Aprovecha el apetito de esta demografía y te reirás todo el camino hasta el bar.

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Hace años tuve que dejar la pastilla anticonceptiva, después de observar a una mujer con medias de compresión y un suéter tejido a mano comiendo un plato de huevos y papas a la francesa con una cuchara. No reconsideré mis precauciones anticonceptivas, porque el episodio entero me pareció insoportablemente erótico. No. La imagen de esa mujer sentada sola y en silencio, en una mesa de fórmica astillada y tímidamente revolviendo los huevos con papas a la francesa, me hizo berrear durante casi 45 minutos.

El estrógeno claramente me había hecho enloquecer, porque la gente que come sola no merece lástima. Llorar abiertamente al ver a alguien satisfaciendo una de las grandes necesidades de la vida y de los más intensos placeres se pierde por completo del punto central. ¿Por qué? Porque concentrarte en lo que consumes, ser capaz de aceptar tu ambiente de comida solo, es una de las piedras angulares de la autosuficiencia. Estás libre de esa mierda del food shame, de las restricciones aburridas de las dietas de los demás, de pláticas triviales, de tener que esperar a alguien tanto tiempo que te has estado comiendo las servilletas antes de que las entradas lleguen y, lo más importante, del compromiso. Eres una isla.

"No me preocupo por que alguien piense que soy un triste bastardo," me dice el crítico de comida y entusiasta comedor solitario Jay Rayner. "Realmente no me interesa lo que cualquiera piense respecto a eso." Claro que no le importa. "Uno de mis placeres culposos es largarme solo, al Barrio Chino de Londres, a la hora de la comida un día entre semana, sentado de espalda hacia la puerta y una copia de The New Yorker y medio pato asado en el Four Seasons de la Calle Gerard. Es mi idea de paraíso." El placer puede intensificarse –dice– con un buen mesero que "se de cuenta que no debe sentir lástima; estás ahí porque te estás dando el placer. Te estás entreteniendo tu mismo."

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Si no estás acostumbrado a comer solo, podrías estar tentado a sobrecompesar teniendo intensas conversaciones de texto falsas, o incluso sazonar tu comida con llamadas telefónicas ficticias. Pero no deberías. Claro está que hay ciertas comidas que se prestan mejor a comer en soledad que otras. Cualquier mujer que ha comido un plátano, una salchicha fría o lamido helado siendo observada por un grupo de hombres lascivos puede decirte que algunos alimentos son más llamativos sin compañía. Sin embargo, el miedo al sexo oral con la comida es, según Jay, una maldición de mujer. "Eso es algo que nunca experimentaré," dice. "A menos que me sumerja dentro de alguna almeja o algo."

Como con los mejores placeres onanistas, comer solo usualmente se hace con una mano; una para sostener tu libro, periódico, revista o teléfono y la otra para llevar la comida del plato a la boca. A menos que, por supuesto, estés listo para tragar hundiendo tu cara en la comida embarrada y pegajosa que es tan ridícula para ser comida frente a cualquiera que no sea tu madre o un sitofílico. Si quieres hacer eso, probablemente deberías esconderte. "Tengo una esquina particular oculta en Bodeans (la Mecca de para los fans de las costillas en Londres) donde nadie puede verme," dice Jay. "O hay un bar de ostras genial, el dueño ahora es Richard Corrigan, en Mayfair, donde puedes observar hombres ocupados en combates mortales con ostras rudas." ¿Puede alguien poner una cámara escondida de CCTV en ese establecimiento, por favor?

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A pesar de toda esta charla sobre el placer de comer solo, para algunos es una necesidad aburrida. Actualmente estoy recorriendo Nueva Zelanda en bicicleta y he pasado muchas horas con mis bermudas esponjosas y lisas observando hombres de mediana edad con suéteres de poliéster azul comiendo en silencio rollos de queso, sorbiendo café tibio y mirando fijamente a la distancia. Son el ejército de conductores de largas distancias, sin quienes las hordas de turistas con collares de conchas, golpeadores de tambores, dispersores de ETS probablemente estarían desperdiciando sus vacaciones en la sala de espera de un aeropuerto. Si acaso.

"No creo que la gente se dé cuenta de lo solitario que es este trabajo," dice Dexter, un conductor desde hace veinte años a quien encontré comiendo carne y pastel de papa en la orilla del Lago Wanaka. "En el día, estás ocupado, pero la noche es completamente para ti. Te escabulles, comes rápido y te vas a tu cuarto. Siempre estás fuera de casa, en un cuarto diferente la mayoría de las noches y en la mañana despiertas sabiendo que debes hacerlo todo otra vez. Preferiría comer siempre con otras personas, pero a menudo no se puede."

La recarga de carbohidratos ingerida rápidamente por quienes comen solos, como Dexter, está a un mundo de distancia de la otra manera de comer solo hecha fetiche de Ian Flemming en sus novelas de James Bond. Al igual que la mano de póquer perfecta, manejar a través de pasos montañosos y vencer a tu adversario en el golf, Fleming se complace en varias descripciones largas del hábito de comer solo de Bond. En Diamonds Are Forever, después de su cuarta ducha del día (el hombre debía tener las axilas más dulces del hemisferio norte), Bond se dirige "a Voisins, donde ordenó dos vodka martinis, huevos Benedict y fresas," mientras leía los pronósticos de las carreras.

Pero en la era del iPhone ya no sabemos realmente qué se siente comer solos de verdad. Gracias a Twitter, Facebook, lectores electrónicos e Instagram, muchos de nosotros comeremos sosteniendo en nuestros dedos calientes llenos de mayonesa el acceso a más material de lectura que toda la Librería del Congreso y a más gente que la Asamblea General de las Naciones Unidas. Se ha convertido en un acto de disciplina sentarse y observar la comida y a la gente alrededor más que volver a la cómoda compañía de avatares desplazados constantemente y sitios nuevos con actualizaciones en tiempo real. Pero como muchas cosas que requieren de una pizca de fuerza de voluntad, probablemente sea una que valga la pena saborear.

La semana pasada me encontraba sentada sola, en una mesa blanqueada por el sol afuera de Sweet Mother's Kitchen en Wellington, Nueva Zelanda, comiendo de una cesta pan de maíz caliente y bebiendo cerveza. Eran las cuatro de la tarde y tenía dos horas de tiempo muerto. De haber estado atada al viento de la voluntad de otro, o consciente de comer sola, podría haberme obligado a caminar por algún museo, visitar el cadáver encurtido de un calamar gigante, pretender que disfruto de comprar ropa o ­–Dios no lo permita— ser "mimada" por ahí. En lugar de eso, me senté al sol, fisgoneando una cita extraña y con trozos de mantequilla regados en mi cara, pecho y muslos como un perro que excava en un jardín buscando huesos. Fue glorioso. Como dice Jay: "comer solo debería ser una cita con alguien a quien amas," así que si no puedes sentirte satisfecho tu solo, probablemente estás, bueno, jodido.