Memorias del punk parisino en los ochenta

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Memorias del punk parisino en los ochenta

Crestas, cabinas de fotos y mucha rebeldía en el Père Lachaise.

Este artículo fue publicado originalmente en i-D.

Es 2017 y seguimos ansiosos por excavar el pasado del punk. La época política y cultural en la que nos encontramos recuerda el clima de finales de los setenta: la era que engendró el punk. Era tumultuosa, profundamente dividida y marcada por una creciente desigualdad, aunque también definida por una nueva conciencia social y altas dosis de resistencia. Las conversaciones sobre punk normalmente giran en torno a Inglaterra. Pero del otro lado del canal, Francia tenía su propia escena (aunque la reconstrucción cultural está limitada por la falta de documentación de la experiencia gala).

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Sin embargo, si se excava con profundidad y se sabe dónde buscar, se pueden encontrar algunas gemas, como esta serie de fotos en cabinas, tomadas y resguardadas por un grupo de amigos que ahora han querido compartir su juventud punkera en Facebook. Es una colección de imágenes que captura la diversión y la libertad de una escena que era como una familia de jóvenes que pasaban su tiempo haciendo música, grabando videos de baja calidad, poniéndose sus perchas y haciéndole pistola al mundo. i-D Francia rastreó a Laul, uno de los tipos de las fotos y un viejo miembro de la banda de punk/no wave Milk, quien compartió un poco más de su archivo personal y nos contó cómo era ser un joven punk en París.

Masto

i-D: ¿Recuerdas la primera vez que te sentiste punk?
Laul: Sí, creo que fue en 1976 o 1977, cuando estaba viendo un programa musical en televisión. Estaba viendo bandas como los Sex Pistols y The Damned tocar en vivo. Pensé: "Mierda, ¡esto es directo! ¡Ya entiendo!" El punk era visceral. Esos tipos daban todo lo que tenían, sin armonía pero con mucha furia. No tenías que entender las letras para captar su ira.

¿Qué significaba el movimiento para ti?
Tuve una educación muy estricta. Era un gran escape para mí, porque me sentía muy restringido y la llegada del punk me hacía sentir libre. Ya me gustaba disfrazarme, estaba buscando explorar lados más oscuros de mi identidad. Al comienzo, el movimiento no se trataba solo de usar un uniforme de cuero, una falda escocesa o una cresta. Era muy creativo y todo el mundo tenía una interpretación diferente de eso.

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¿Cómo te vestías?
Le robaba la ropa a mi papá y a mi abuelo y la engallaba. Tenía una chaqueta a la que le metía un reloj de bolsillo, pero decidí desmantelarla y colgar cada parte del reloj de mi chaqueta. Usaba rodajas de salchicha como aretes o lonchas de jamón como parches y una corbata hecha con un trapero. Nos gustaban más las chancletas que las botas Dr. Martens. Tomar el metro era muy peligroso, porque te podían dar en la jeta los rockeros, los Teddy boys, los skinheads o los policías. Pero, ya sabes, nos encantaba ser diferentes. Que nos insultaran no era un problema para nosotros, era como un juego.

Foto, en la mitad inferior: Francis Campiglia

¿Estabas en alguna banda?
Sí, fui miembro de Lucrate Milk, una banda muy rara y decadente. Éramos un grupo pequeño de artistas: Masto y Gaboni eran fotógrafos, Nina era pintora y yo era diseñador gráfico. Solo queríamos estar juntos, no queríamos complacer a nadie, haciámos videoclips que nunca llegaban a televisión. Mientras la mayoría de los punkeros tenían pelo oscuro e ideas pacifistas, nosotros nos teñíamos el pelo de mono y cantábamos: "Larga vida a la guerra y a la mierda los pacifistas". Era una provocación. Éramos unos malcriados. Al final nos separamos porque no buscábamos fama, todo el mundo empezó a querernos, ugh… Nina era increíblemente temperamental, era como: "No hay toques los sábados, quiero ver Dallas". Ella es genial, ahora es pintora y creo que le va muy bien.

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Entonces tus amigos y tú se la pasaban un buen rato parchando en las cabinas de fotos…
Era popular, accesible para todos. Siempre había una cabina cerca. Las caras son efímeras, pues todos vamos a morir, así que queríamos dejar un rastro, como un grafiti. Puedes tener mucha diversión en una cabina de fotos: posar, hacer muecas, meter a tanta gente como fuera posible. Solíamos competir por quién llevaba la cosa más chistosa a la cabina: un títere, un perro, etc. Hasta que Masto se robó un bebé que estaba en un coche y la mamá del niño le dio en la jeta. Le añadíamos efectos especiales DIY antes de que se secaran las imágenes. Por ejemplo, doblarlas para crear doble exposición. También nos llevábamos las fotos que la gente descartaba debajo de la cabina.

¿Quiénes son las personas que están contigo en las fotos?
Son como mis primos, la familia que yo elegí. Esas fotos son como nuestro álbum familiar. Cambiábamos fotos como monas de un álbum. No parábamos nunca. Y son recuerdos reales, marcadores históricos.

Laul

¿Qué recuerdas de esa época?
Era una gran búsqueda del éxtasis. Un paréntesis pueril. No nos metíamos en eso de pelear por terriotiros o mierdas así. Nos encantaba ir a lugares inexplorados, edificios abandonados, cementerios, hospitales, catacumbas, lugares fotogénicos. Nos escabullíamos en el cementerio de Père Lachaise con una escalera y la movíamos de tumba a tumba, corriendo y yendo tan lejos como nos fuera posible, hasta el otro extremo del cementerio, sin tocar el piso. Era muy divertido y bastante peligroso. La adrenalina es la droga más barata. Era como Amélie, pero punk.

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¿Es posible ser punkero en el 2017?
Estaba pensando en eso esta mañana. El punk influenció todo: la música, el diseño, la publicidad y la moda. Todos estamos bajo esa influencia. Lógicamente, todo el mundo debería ser punkero, pero hoy debes ser punk y ecologista, punk y vegano. Ser punkero es tener consciencia, no debería ser un movimiento que te obligue a ser o hacer una cosa u otra. Cada persona individual tiene su propia versión, su propia solución. No deberías esperar a los otros para ser activo o reactivo. Hay que ser tonto para no ser punk hoy.

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Laul

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Laul

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Este artículo fue publicado originalmente en i-D, nuestra plataforma de moda.