Especial de narrativa: La canción de la bolsa para el mareo

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Especial de narrativa 2015

Especial de narrativa: La canción de la bolsa para el mareo

Un adelanto del nuevo libro de Nick Cave.
30.6.15

LOUISVILLE, KENTUCKY (fragmento)

Tienes que dar el primer paso tú solo.
Avanzo a tientas hacia el borde del mundo.
Norteamérica se extiende ante mí como una bolsa para el
mareo abierta.
Las nueve musas-hijas endulzan su aliento.
Y los nueve ángeles se despliegan y se preparan para
arrastrarme.

Arrastrarme con sus alas blancas hasta Louisville
(Kentucky),
donde cruzo a pie el puente Big Four para peatones y
bicicletas
comiendo pollo frito, de una orilla del poderoso Ohio a
la otra ¡Adelante!

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Y al apoyarme en la barandilla, al mirar hacia abajo, al agua, veo a una
chica negra con una minifalda de minúsculas
barras y estrellas.
Abro mi bolsa para el mareo y digo: ¡Adelante! ¡Salta! Por cierto,
esta clase de cosas es precisamente lo que acabará
haciéndome daño.

La chica de la minifalda de barras y estrellas se asoma.
Se gana la simpatía del mundo entero mostrando
la conmovedora precaución de una tanga súbita a juego.

¡Voy a poner eso en mi canción de la bolsa para el mareo!
¡No me importan las balas de la crítica!
¡Tengo un chaleco antibalas de barras y estrellas!

El chaleco en realidad es una bolsa para el mareo,
y la bolsa para el mareo es una canción de amor larga y a
cámara lenta
que tiene algo que ver con la balada de "The Butcher Boy",
que termina con la frase "Que el mundo sepa que he muerto
de amor".

La chica pone un pie descalzo sobre la barandilla del puente.
Y después se sube al muro.

"Ten cuidado", le digo, y la chica se vuelve hacia mí
sonriendo y saluda.

Mi mujer una vez escuchó "The Butcher Boy" cantada de
una manera tan bonita que se puso a llorar.
Dobló su chaleco antibalas, cerró los ojos y sencillamente
murió.

Soy un pequeño dios hecho de terracota, temblando en un
pedestal,
sepultado en un torbellino de sonido.

¡Mira lo que ha encontrado el pequeño dios de barro, tan
bien doblado!
Un revoltijo de huesos negros y jóvenes,
amarrados y protegidos con una tanguita a medio digerir.

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En algún sitio leí que la mejor parte de mi obra ya había
quedado atrás.
Pero ¿dónde? Cuando me doy la vuelta, las chicas voladoras
han desaparecido.

DENVER, COLORADO

Volamos en United de Minneapolis a Denver ¡Adelante! Agarré unas cuantas bolsas para el mareo para escribir en ellas.

***

En Denver me compro un librito precioso de Patti Smith llamado Tejiendo sueños. Hay algo sobre una mochila que tuvo, llena de recuerdos: un rubí, una cuchara, la parte de dentro de un walkie-talkie. Es un libro precioso para leerlo bajo el cielo azul, sentado en un banco en Colfax Street, en Denver ¡Adelante, Patti!

La agarro de las trenzas y la meto en mi bolsa para el mareo.

Miro dentro.

Veo a una diminuta Gertrude Stein y a una pequeña Emily Dickinson. Veo a un Philip Larkin en miniatura pasando el cortacésped, y a un pequeño W. H. Auden lleno de arrugas. Veo a un pigmeo vestido como John Berryman, con un hueso en la nariz, y a un montón de gente más. A un Elvis de la última etapa a pequeña escala, a un John Lee Hooker minúsculo con unos calcetines de barras y estrellas, a un James Brown pequeño y loco y a un Hank Williams encorvado con un sombrero Resistol Ranch.

Ahí están las lollipop ladies —ayudan a los niños a cruzar la calle—, con sus cabezas cortadas clavadas en picas, pastoreándome a través de estas autopistas perdidas y solitarias y hasta tus brazos esta noche.

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Y en un rincón derrotado de mi bolsa para el mareo hay un diminuto Bryan Ferry con un traje de baño azul, en West Sussex, durante el verano del año 2000.

***

El cielo se estiraba azul y tan caliente que a mi mujer le daban ganas de vomitar. Estaba embarazada de ocho meses, de los gemelos, hinchada, y le costaba respirar; era difícil reconocer en ella a la esbelta mujer con la que me había casado hace un año. Salió del coche, un hermoso elefante afligido, salió y se metió en la entrada para vehículos de Bryan Ferry.

Mi mujer y yo habíamos ido a visitar a Lucy Ferry. Bryan estaba fuera, tenía trabajo Me sentí aliviado ¿Quién quiere conocer a los ídolos de su infancia?

Lucy nos mostró el terreno. Vimos el jardín cercado, completamente en flor, vimos el huerto lleno de manzanos, vimos las golondrinas y los vencejos, vimos el potrillo haciendo cabriolas en el campo.

Bajo el sol de mediodía las mujeres estaban tan blancas como copos de nieve. Yo me fui a dar una vuelta y descubrí una piscina rodeada de un seto alto. Me quité la chaqueta y me senté en una tumbona debajo de una sombrilla y me quedé dormido.

Al despertarme, me encontré con Bryan Ferry en traje de baño, de pie, al lado de la piscina. Estaba blanco y guapo y muy quieto.

—No he escrito una canción en tres años —dijo.

—¿Por qué? ¿Qué te pasa? —dije yo.

Él hizo un gesto con la mano, mostrando, lleno de incertidumbre, todo lo que lo rodeaba.

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—No hay nada sobre lo que escribir —dijo.

Entonces se metió en el agua.

Esa noche me senté a escribir, frenético, página tras página, canción tras canción ¡No podía parar! ¡Y a la vez, lloraba! Entre sollozos, las lágrimas resbalaban, calientes, por mis mejillas.

—Eh, ¿qué pasa, cariño? —dijo mi mujer, incorporándose en la cama.

—¡Soy un puto vampiro! —grité, pensando en Bryan Ferry y en sus flores brotando y en sus caballos brincando y en su escuadrilla de golondrinas y en su piscina rodeada por un seto y en su encantadora esposa.

—No, no lo eres. Ven aquí —dijo ella.

Yo me subí a la cama a cuatro patas y ella apartó la sábana.

—Escucha—me dijo.

Pegué la oreja a su dilatado vientre, a su mochila, y escuché. Oí a unas personitas atrapadas que nadaban ahí dentro.

—Me están comiendo desde dentro—dijo ella.

—Qué suerte tienen—dije yo.

—Lo digo en serio—dijo ella.

Pero se había quedado dormida y yo me bajé de la cama y fui a cuatro patas por el suelo, sobre el revestimiento de madera, siguiendo la dirección de los paneles del techo. Pegué la oreja al techo y escuché. Oí a un grupo de personas en el piso de arriba. El techo vibró. Reconocí las voces; eran de colaboradores del pasado, de hacía muchos años. Sonaban cansados, como si les faltara oxígeno, quizá, o como si alguien les hubiera sacado la sangre con un sifón. Los oí sollozar y maldecir y consolarse unos a otros.

Me quedé dormido.