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Cultura

Soy mujer, gano mucho dinero y me lo gasto en prostitutas

El año pasado decidí empezar a contratar los servicios de mujeres de compañía por la falta de sexo en mi matrimonio, y no me arrepiento en absoluto.

El distrito financiero de Toronto. Foto por el autor

Soy una mujer de mediana edad, tengo una relación con otra mujer y sufro el mismo problema que muchas otras parejas: ya no hay sexo en nuestra relación. Todo lo demás es absolutamente maravilloso. Trabajo en Bay Street, en Toronto. Soy una persona extremadamente conocida y tengo una trayectoria profesional muy satisfactoria. El año pasado decidí empezar a contratar los servicios de mujeres de compañía y actualmente disfruto mucho el tiempo que paso con ellas.

Pero al principio no era todo tan maravilloso. Estuve cerca de seis meses sondeando el mercado antes de decidirme a contratar mi primer servicio. Muchos de los proveedores están centrados en los hombres o en parejas heterosexuales; me costó encontrar alguno que dijera específicamente que ofreciera servicios a mujeres y que, además, encajara con mis preferencias. Me considero una persona bastante exigente. Todos lo somos en mayor o menor medida, pero quizá soy más quisquillosa de lo normal. Prefiero las mujeres maduras, viajadas, que saben comportarse y están seguras de sí mismas. Básicamente, busco una mujer que no solo sea inteligente, sino que tenga clase y sofisticación y que no llame la atención.

Para mi primer encuentro, reservé una habitación de hotel. Ella llegó dos horas tarde. Era una mujer indisciplinada y desconsiderada. Irrumpió en la habitación con una mochila colgada del hombro y la experiencia se terminó a los 30 minutos. Cuando se marchó, me di cuenta de que se había llevado una botella de vino muy cara y la cena que había comprado para la ocasión. De hecho, me pidió si podía llevárselo –no me lo robó–, pero me pareció extremadamente cutre.

De adolescente, no tenía ninguna opinión formada sobre el trabajo sexual y tampoco me importaba. No lo digo en tono despectivo, sino porque no era algo que me importara. Al menos, no hasta que conocí a Lisbeth, con quien tuve mi primera experiencia de verdad, dos meses después del desafortunado encuentro anterior. Solo entonces me di cuenta de lo increíbles y comprensivas que pueden llegar a ser estas mujeres. Me impresionó todo de ella: su forma de hablar, de moverse, su puntualidad... La rodeaba un halo de elegancia. Una cita fue suficiente para cautivarme por completo.

Para mí, la experiencia fue mucho más que un encuentro sexual. Las presentaciones, la conversación inteligente, los gestos... Eran los preliminares. Lo que realmente me gusta es ver a una persona íntegra, segura de sí misma, como yo. No creo que la mayoría de ellas haya conocido a muchas mujeres como yo, razón por la cual intento tratarlas lo mejor que puedo. Como a princesas. Considero que es muy, muy importante tratar a las trabajadoras sexuales con respeto y dignidad. A algunas de ellas les he hecho regalos o les he preparado sorpresas que nunca habrían visto venir. Sé que tiene un punto egoísta, de algún modo: el hecho de seducirlas –pese a que ya he pagado por sus servicios– me produce un subidón de adrenalina.

Aunque me encanta contratar sus servicios, no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo podré seguir haciéndolo. Nunca antes lo había hecho, así que se puede decir que soy nueva en esto. Y sí, soy infiel, no lo niego. Hay gente que me dice que como les pago no se puede considerar una infidelidad. No estoy de acuerdo. Desde luego, no es algo que me enorgullezca, así que prefiero hacer la vista gorda. Mi pareja no lo sabe, mis compañeros de trabajo tampoco. Nadie sabe de esto más que las chicas que contrato y yo.

Aparte de eso, lo que me preocupa es que estas mujeres ahora son mis amigas, y eso complica las cosas. Son mujeres absolutamente increíbles y me encantaría mantener su amistad. Nunca me he visto en la tesitura de tener que acabar una amistad de golpe. Por otro lado, no sé si es algo que a ellas les preocupe, al fin y al cabo. Entiendo que forma parte de su trabajo, pero me dolería.

Creo que en cierto modo he desarrollado un sentimiento protector hacia estas mujeres. Me siento como su salvadora. Necesito saber que están bien porque siento un respeto absoluto por ellas. Yo no sería capaz de hacer lo que ellas hacen, por lo que las trabajadoras del sexo tienen todo mi reconocimiento. Su trabajo es muy duro, por lo general. Esas mujeres se han convertido en parte de mi vida y me preocupo por ellas de corazón.

*Se ha cambiado el nombre para preservar el anonimato de la protagonista.

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Traducción por Mario Abad.