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Elecciones 2016

Los políticos frente a su mediocridad: Cristina Cifuentes en “Salvados”

Rajoy, Sánchez, Rivera y ahora Cifuentes, demuestran en la tele que hacen el mayor ridículo cuando hacen de ellos mismos.
7.12.15

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Veníamos de un sábado calentito en el que vimos a Mariano Rajoy pasándolas canutas en "La Sexta Noche". No por méritos del programa ni de las preguntas, sino por culpa de él mismo, una vez más incapaz de dar una sola explicación consistente, creíble y brillante. Y lo peor de todo es que, contra todo pronóstico, lo tuvo relativamente fácil: cuestiones sin derecho a réplica y repregunta, respuestas evasivas o directamente inexistentes sin que nadie pudiera reprocharle sus quiebros de cintura oxidada y ausencia total de alusiones directas y explícitas a los principales problemas que afectan a su partido sirvieron en bandeja una noche plácida y llevadera. Pero ni así: volvió a quedar patente que sacar de la cueva al presidente tiene más peligro que llevar a la tele a John Cobra.

Y ayer culminamos un fin de semana para olvidar con el papelón de Cristina Cifuentes en "Salvados". Metieron a la presidenta de la Comunidad de Madrid en un piso del Eixample barcelonés lleno de independentistas y federalistas, con el objetivo de discutir sobre la relación entre España y Catalunya, y la mujer casi acaba tirándose por la ventana. Menudo baño. Gente normal, digamos de un perfil de clase media con estudios y un sólido nivel cultural, pintándole la cara a una política con uno de los cargos más importantes del país. Por baño entiendo lo siguiente: que ellos fueran capaces de explicarse y argumentar sus ideas de manera creíble, convincente e inteligible, y que ella, por el contrario, no tuviera la habilidad y los recursos para salir de una tesis esquemática e inamovible y adaptarse al debate.

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Excelente trabajo de casting del programa: encontró a dos buenos jugadores, Guillem y Diego, uno independentista y el otro neutral, y con ellos se bastó Jordi Évole para sacar adelante el experimento. Una licencia como cualquier otra en el universo de la televisión. Se sacaron de la manga un idílico 13 Rue del Percebe lleno de gente con discurso, ideas políticas firmes, soltura dialéctica y un alto nivel de tolerancia, seguramente mucho más competente y respetable de lo que se había imaginado Cifuentes. Mi teoría es que la presidenta creía que viajaba a Barcelona para charlar con sectores radicalizados e intransigentes de los dos bandos y que su imagen contenida y conciliadora quedaría reforzada. Vaya chasco.

El equipo de "Salvados" había buscado muy bien. Quién tuviera unos vecinos así. Los míos son bastante menos apañados y encantadores. La pareja de arriba no saluda cuando te cruzas con ella en el portal o el ascensor; tampoco me parece mal, ojo. La señora de abajo llama a horas intempestivas convencida de que todos los problemas que tiene su vivienda son culpa mía. Los que están al lado sí saludan cuando coincides en el rellano saliendo de casa, aunque lo hacen mientras cotillean sin disimulo mi recibidor, quién sabe si buscando algún cadáver o datos confidenciales que pongan en peligro la seguridad del país. En líneas generales se podría decir que odio a buena parte de mi comunidad de vecinos, de ahí que ayer sintiera algo de envidia de la perfecta escalera protagonista del programa.

Cifuentes llegó a Barcelona con un cargamento de souvenirs con denominación de origen madrileña como muestra de cordialidad. Queso, aceite o pistachos de la capital. Por un momento llegamos a pensar que quizás en el resto de España creen que en Cataluña no sabemos qué son los pistachos, por aquello de los rasgos diferenciales. Luego ya reaccionamos y dimos con la respuesta: Madrid es nuestro Irán particular en la producción de pistachos y hasta ayer no lo habíamos descubierto. Y nada más bajarse del taxi se encontró delante de la sede de la CUP. Los trucos de Évole, tan efectistas como oportunos, para preparar el terreno y avisar a la presidenta de lo que estaba por llegar.

El debate en sí fue un auténtico ladrillo. Batería de tópicos, temas recurrentes, callejones sin salida y argumentos muy cansinos procedentes de todos los bandos y sectores ideológicos. A mí el contenido de la charla en sí me interesó entre poco y nada. Estamos tan saturados de este tema que lo de ayer me recordó a la cena de Nochebuena, en la que cada puto año se repiten las mismas anécdotas y las mismas historias desde hace veinte años. Me interesaron más otras cosas. Por encima de todo, las croquetas que presidían el aperitivo con el que una de las vecinas había recibido a la presidenta. Llegó un punto en que me preocupaba más el destino de las croquetas, que durante un buen rato permanecieron a la espera del primer bocado, que las líneas maestras de las argumentaciones de unos u otros.

Pero sobre todo me interesó el poco punch de la protagonista. Se supone que Cristina Cifuentes es una de las voces moderadas, modernas y amables del PP. Y una de sus figuras más destacadas, digo yo. Ayer no lo parecía. Suena a pataleta demagógica, pero es la cruda realidad: dos tipos corrientes, en ningún caso genios ni mentes prodigiosas escogidas tras un extenuante y marcial proceso de selección, no solo plantearon discursos más elaborados e interesantes que la profesional del tema, la que vive de esto, sino que evidenciaron el preocupante estado de forma de la clase política española, que está convirtiendo buena parte de sus comparecencias televisivas en shows impropios de una campaña para unas elecciones de tanta relevancia y trascendencia. Por cierto: el sábado también vimos a Pedro Sánchez en "¡Qué Tiempo Tan Feliz!" y corroboramos que la vergüenza ajena no es patrimonio exclusivo del PP.

No fue, ni de lejos, la versión más inspirada y memorable de "Salvados", que ha vivido noches mejores. Pero el formato sirvió para constatar una tendencia al alza ahora mismo imparable. La presencia constante de nuestros políticos en televisión en campaña está descubriendo una realidad tan reveladora como fascinante: el ridículo no es culpa de los bailecitos, las partidas de futbolín, los viajes en globo, las canciones desafinadas o la participación en un rally, como se podía presumir inicialmente. El ridículo de verdad, el de la vergüenza ajena y la indignación, se manifiesta en su máxima expresión cuando los políticos se limitan a hacer de ellos mismos. Hablando. Respondiendo preguntas. Defendiendo sus ideas. Quedando en evidencia ante ciudadanos de a pie. Haciendo lo que se supone que saben hacer bien.