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Los racistas campan a sus anchas en Israel

El militarismo y el nacionalismo siempre han sido parte inherente del sistema educativo israelí, pero las cosas parecen haber llegado muy lejos bajo la atenta mirada de Netanyahu
6.8.14

Dos chicas muestran un cartel que reza “Odiar a los árabes no es racismo, es tener valores” (Foto de la página de Facebook de The People from Israel Demand Vengeance vía)

Israel está viviendo un estallido de racismo y extremismo. Todo comenzó poco después de que tres niños israelíes -Naftali, GIlad y Eyal- fueran secuestrados en Gush Etzion, lo que provocó un asalto a Gaza que se saldó con la muerte de más de 1.000 personas. Una página de Facebook en la que se insta al homicidio de palestinos adquirió dimensiones virales viral. Una foto muestra a un soldado posando amenazador con un arma y la palabra “venganza” escrita en el pecho. En otra, dos chicas sonríen alegremente sosteniendo un cartel en el que se puede leer: “Odiar a los árabes no es racismo, es tener valores”.

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Pocos días después, durante el funeral de Modiin, el Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu avivó la llama. “Que Dios vengue su sangre”, dijo, dirigiéndose a los asistentes al funeral. “Satán todavía no ha inventado la venganza por la sangre derramada de un niño”, publicó más tarde en Twitter.

Bibi vio su deseo cumplido. Cada día durante las siguientes semanas se publicaron vídeos en los que grupos de derechas se paseaban por las ciudades, desde Jerusalén hasta Beer Sheva, ondeando banderas israelíes y gritando “¡Muerte a los árabes!”.

Muchas de estas manifestaciones terminaron en agresiones físicas. El jueves pasado, dos palestinos fueron atacados en la calle Jaffer, en Jerusalén Oeste, mientras suministraban alimentos a un mercado. Al día siguiente, una banda de 30 jóvenes israelíes armados con palos y barras de metal golpearon a otros dos palestinos, Amir Shwiki y Samer Mahfouz, hasta dejarlos inconscientes.

Enfrentamiento entre manifestantes proisraelíes y propalestinos en Haifa

Los nacionalistas israelíes incluso la han tomado con aquellos de sus compatriotas que se muestran contrarios a sus ideas. Han salido a la luz varias fotografías en las que aparecen manifestantes a favor de la guerra vistiendo camisetas con el eslogan “Buenas noches a la Izquierda” impreso, un mensaje que solían utilizar los neonazis europeos. Estos grupos han hecho alarde de un grado de violencia sin precedentes. La semana pasada en Haifa, ciudad que suele presentarse como modelo de convivencia liberal, un grupo de manifestantes en contra de la guerra fue atacado por 700 personas armadas.

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Pero lo peor se reserva para los palestinos. Hace cuatro semanas, en Jerusalén Este, un grupo de hombres israelíes, en un acto de venganza, obligaron al joven Mohammed Abu Khdeir a tragar gasolina y luego lo quemaron vivo. Para algunos, su muerte, como la de Jamal, es una aberración, un hecho sin precedentes de un grupo de dementes de extrema derecha. “¿En qué nos hemos convertido?”, se preguntaba un pariente mío de Israel esa misma noche, horrorizado ante la idea de que una persona con “valores judíos” fuera capaz de cometer semejante atrocidad.

A pesar de que estos episodios puedan verse en parte como una reacción visceral a la trágica muerte de los tres niños, estas muestras de violencia no son tan recientes. Un ejemplo es la historia de Jamal Julani. Este muchacho palestino iba caminando por una calle cercana a la Plaza Sión cuando un grupo de jóvenes israelíes judíos, entre los que se encontraba un niño de 13 años, le agredieron dándole patadas en la cabeza una y otra vez. “Un judío tiene un alma bondadosa, un árabe es un hijo de puta”, oyó una persona que se encontraba cerca.

Esa tarde de septiembre había cientos de personas en la Plaza Sión, pero nadie, ni siquiera un policía que estaba de servicio en el momento de los hechos, se dignó intervenir. Cuando llegaron los paramédicos, tuvieron que aplicarle desfibrilación y RCP durante diez minutos para devolverle el pulso a chico. Había recibido golpes tan brutales que la policía lo había dado por muerto en un primer momento.

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“Los asesinos de Abu Khdeir no son extremistas judíos”, rezaba un editorial del Haaretz, un periódico israelí de izquierdas. “Son los descendientes y herederos de una cultura de odio y venganza que se alimenta de los dictados del ‘estado judío’”.

Israel nunca ha sido la sociedad libre y abierta que tanto se esfuerza por parecer. El racismo no empezó con el asesinato de Mohammed Abu Khdeir o el intento de linchamiento de Jamal Julani. “La doctrina sionista siempre ha impulsado a la sociedad en una dirección muy concreta”, me explicó el académico Marcelo Svirsky. Pero la situación está empeorando. “En estos momentos se está produciendo un fenómeno en las ciudades de Israel que no he visto jamás en los 25 años que llevo viviendo aquí”.

Uno de los aspectos más sorprendentes de este “fenómeno” es lo jóvenes que son los integrantes de estos grupos. La mayoría de las personas que publican en las redes sociales, que corren frenéticos en bandas de linchamiento y arremeten contra manifestantes de izquierdas con palos, cadenas y nudilleras de metal son jóvenes adolescentes, incluso quinceañeros.

Hace tres semanas, el periodista y activista David Sheen publicó un artículo en Storify llamado “Espeluznantes tuits de adolescentes israelíes no militares”, a raíz de una búsqueda de la palabra “Aravim”, término hebreo de “árabe”, en Twitter. El resultado fue una espantosa cantidad de mensajes morbosos presentados en forma de selfies grotescos de chicas adolescentes.

Otros tuits contenían mensajes como “Escupo sobre vosotros, árabes apestosos”, “Deseo de todo corazón que los árabes mueran quemados” y “árabes, ojalá quedéis paralizados y muráis con gran sufrimiento!”.

¿Qué está sucediendo? La respuesta debería ser obvia para cualquiera que esté familiarizado con la política de Israel. Solo en el último mes, el tono racista de las autoridades políticas y religiosas ha sido implacable. El Ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, hizo un llamamiento al pueblo israelí para que boicotearan a los palestinos que no apoyaran la guerra. También está el caso de Ayelet Shaked, miembro del partido La Casa Judía y de la Knesset (parlamento de Israel), que hace poco incitó al asesinato de las madres palestinas. “Deberían seguir a sus hijos”, aseveró. “Nada sería más justo que eso”.

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Las palabras de esas chicas no son en absoluto un discurso nuevo en Israel”, asegura Sheen. “Al traducirlas al español uno se da cuenta de lo terribles que son, pero no son nada impactantes en el contexto de Israel”.

La indiferencia de la policía ante los ataques del movimiento Price Tag contra los que se oponen a los colonos ha provocado que estos se intensifiquen. Por todo el país han aflorado las patrullas de vigilancia organizadas por grupos extremistas como Lehava, fundada por el estado con la finalidad de evitar que judíos y árabes tengan relaciones sentimentales. Posiblemente las mayores víctimas de este fanatismo sean los refugiados del África subsahariana. Encerrados en centros de detención, han sido víctimas de abusos por parte de todos los estamentos del Gobierno israelí. Desde rabino que prohíben a los judíos alquilar pisos a africanos hasta políticos como Eli Yishai, Ministro de Interior ultraortodoxo que en 2012 declaró: “los encerraré hasta que pueda deportarlos para amargarles la existencia”.

“Ambas legislaturas con Netanyahu son responsables de la incitación al racismo”, afirma Svirsky. “Han aprobado una larga lista de leyes contra la igualdad y contra los palestinos en todos los aspectos de la vida. Por eso ha llegado a ser normal expresar ideas extremistas sobre los palestinos en el discurso político. La obsesión por lograr un estado exclusivo para los judíos ha sumido a la sociedad israelí en un abismo de racismo”.

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La juventud de Israel lo habría tenido algo mejor si en 2013 no hubiera sido rechazada una propuesta del partido sionista de izquierdas Meretz para fomentar una educación no racista en las escuelas. El proyecto de ley fue presentado por el miembro del parlamento árabe-israelí Issawi Freij después de conocer que un parque temático de Rishon Letzion admitió que sus instalaciones tenía horarios diferentes para judíos y árabes con el fin de “evitar conflictos”.

El temor de Issawi de que aumentara el sentimiento racista en la escuelas de Israel es el reflejo de lo que muchos otros llevan anunciando durante años. En un estudio reciente realizado por Friedrich-Ebert-Stiftung, la mitad de los estudiantes judíos de Israel consideran que los árabes israelíes no deberían tener los mismos derechos que los judíos. De aquellos que se consideraban religiosos, la mitad afirmaba que el eslogan “Muerte a los árabes” estaba justificado.

En 2010, un grupo de profesores preocupados envió una petición al ministerio de educación en el que expresaban estos temores. No podemos quedarnos en silencio ante el aumento de expresiones racistas entre las paredes de las escuelas”, afirmaban. “Como educadores, tenemos la obligación de lanzar una advertencia. El racismo y la crueldad se están intensificando entre los jóvenes de Israel”.

Según Sheen, muchos profesores israelíes, especialmente los que enseñan civismo, tienen miedo incluso de hablar del tema de los derechos humanos en la clase. A principios de año, el profesor Adam Verete se atrevió a decir de las Fuerzas de Defensa de Israel que eran “un ejército inmortal”, afirmación que le llevó a los tribunales y finalmente le costó el empleo, a raíz de la queja de un alumno por sus ideas de “extrema izquierda”. “Ni siquiera pueden sacar el tema sin provocar el odio y el racismo de los alumnos”, aseguró Sheen.

Un soldado posando con la palabra “Venganza” escrita en el pecho (Foto de la página de Facebook de The People of Israel Demand Vengeance vía)

Indudablemente, el militarismo y el nacionalismo siempre han sido parte inherente del sistema educativo israelí -están presentes en los libros de historia, los mapas colgados en las paredes, en los dibujos animados de palestinos subidos a la grupa de los camellos-, pero las cosas parecen haber llegado muy lejos bajo la atenta mirada de Netanyahu. El primer cambio significativo del exministro de educación Gideon Sa’ar, un hombre que consideraba a los profesores “reclutas de por vida”, fue la ampliación de un programa ideado para fomentar todavía más el entusiasmo por el ejército.

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“Prestar servicio a las FDI no solo es una obligación, sino también un privilegio y un valor social”, afirmó Sa’ar entonces. “El vínculo entre el sistema educativo y las FDI se fortalecerá con el programa que he iniciado”. Se recortó el presupuesto dedicado a la educación cívica, un asunto de poca importancia en la agenda de “valores democráticos” de Israel, a favor de un programa de estudios judíos ortodoxos. Se introdujeron visitas a Hebrón para fomentar el apoyo a los asentamientos y la idea de un “Gran Israel”.  Asimismo, se eliminó cualquier referencia a un estado palestino alternativo de los libros de texto.

“Durante las décadas de 1990 y 2000 hubo algún que otro intento de pasar a los hechos”, me dijo Nurit Peled-Elhanan, profesor de lengua y educación de la Universidad Hebrea de Jerusalén. “Se apreció un esfuerzo por ser más académicos y científicos, por hablar de los palestinos, si bien la ideología seguía siendo la misma. Hoy en día hemos vuelto a las historias simplificadas y al adoctrinamiento puro .Vamos hacia atrás”.

Israelíes derechistas cantan alegremente que “ya no quedan niños” en Gaza

Aunque Israel sigue siendo un espacio multicultural, en su mayoría, palestinos e israelíes llevan vidas totalmente separadas. Únicamente existen cuatro escuelas no segregadas en las que los niños pueden conocerse y aprender sobre sus compañeros dentro de los límites fronterizos establecidos en 1948. En los territorios ocupados, las barreras físicas impuestas tras la Segunda Intifada hacen que las relaciones entre los habitantes sean prácticamente inexistentes.

“Antes había muchas más posibilidades de que israelíes y palestinos llegaran a conocerse”, aseguró Sheen. “Ahora hay toda una generación de jóvenes -los autores de los crueles tuits- que nunca han conocido a un palestino”.

Más solidas, quizá, que las barreras físicas son los muros ideológicos. “He crecido sin haber conocido a ningún palestino”, dijo Peled-Elhanan. “Lo único que tenía que hacer era cruzar al otro lado de la ciudad pero nunca se me ocurrió. Así es como se nos ha educado: los palestinos, si es que existen, existen como un obstáculo”.

Israel gusta de esgrimir su estatus de único país democrático al estilo europeo de la región para desviar las críticas por la ocupación y el asedio al que someten al pueblo palestino. Y suele funcionar. Existe un abismo enorme -especialmente con la diáspora judía- entre cómo se retrata Israel y lo que realmente está sucediendo. El conflicto actual, sin embargo, con 1.000 muertos en Gaza y actos violentos protagonizados por grupos de jóvenes de todo el país, puede finalmente disipar esa imagen ilusoria que se ha creado de Israel.

Para los que viven en Israel y no apoyan ni la guerra ni al gobierno de derechas, cada vez resulta más difícil expresar su opinión y algunos sopesan las opciones. “Hace dos noches hubo una gran manifestación en Tel Aviv”, dijo Sheen. “Un militante de izquierdas sostenía un cartel que decía ‘huid mientras podáis’. Conversando con activistas acérrimos, se dice que están preparando un plan de huida. No hay sitio aquí para las gente que tiene hijos o quiere tenerlos”.

@PKleinfeld