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Cultura

Dormí con una piedra sanadora en la vagina y mi amiga lloró lefa

Yo era una descreída del mundo mágico pero descubrí el huevo de obsidiana, que supuestamente cura dolencias y libera energías negativas. El ritual es como una noche comatosa después de ingerir psicotrópicos, cochinillo y callos.

por Sabina Urraca
20 Marzo 2015, 9:13am

Fotos cortesía de la autora

¿Ustedes han visto a una mujer poniendo un huevo? Yo acabo de verlo. Son las diez de la mañana. Selene y yo, vía Skype, acabamos de mostrarnos, con una graciosa contracción uterina, cómo sendos huevos de negra obsidiana salen de nuestras vaginas. Hemos quedado para dar fin a un ritual que, en mi caso, ha durado una semana. Cada noche he introducido un pedrusco negro, precioso y pulido, en mis entrañas. Selene, como ya es una maestra del tema, llevaba tres meses haciéndolo. Hoy termina el ritual. "¡Salud!", dice Selene, y cada una hace como que brinda con la otra con su piedrecita negra.

Vi por primera vez a Selene en la inauguración de una exposición, hace un mes. Yo acababa de llegar a vivir al DF y no tenía amigos, solo una diarrea muy dura (es decir, muy blanda) que aqueja a los españoles recién llegados y que los mexicanos, con sorna, gustan de llamar "La venganza de Moctezuma". Buscaba un baño por la sala y, de pronto, LA VI. Era MUY ALTA y hablaba MUY ALTO de meterse algo por el coño. Va a ser mi amiga, pensé. Pero justo cuando conseguí colarme en su círculo de conversación, dijo: "Me voy a casa, que esta noche me tengo que poner el huevo", y desapareció por la puerta.

Se supone que los traumas del pasado y cualquier mierda humeante relacionada con tu feminidad que tengas emplastada en el cerebro, se adhieren al huevo.

Desde que llegué a México, había quedado fascinada con lo cercana a las curas alternativas que vive la gente por aquí. En España hay personas que se hacen lavados de colon con tomillo y que comparten su placenta sofrita con los colegones más queridos pero, en general, estas prácticas se mantienen en un relativo secretismo. En México, en cambio, hay eventos sociales en los que las mujeres hablan con total naturalidad de un huevo negro de obsidiana que se meten cada noche en la vagina.

La obsidiana es lava cristalizada, una roca ígnea volcánica, algo así como sangre de la Madre Tierra en estado coagulado. Es negra y brillante, sobre todo cuando está pulida. La primera vez que te la enseñan, la sensación es la de un mineral primo de la kryptonita. Hay algo de magia en ese pedrolo, oh sí. Los habitantes del México prehispánico la usaban para hacer lanzas y utensilios, pero también como objeto medicinal. El pedrusco ha estado siempre ahí, en el candelero, y ahora, en el DF, es lo último en curas ginecológicas alternativas.

Aparte de fortalecer los músculos vaginales a modo de bolas chinas, el huevo de obsidiana protege de infecciones, estabiliza las energías electromagnéticas y corrige males femeninos como la endometriosis, el vaginismo, la frigidez y los dolores menstruales. Se supone que, en el transcurso de la noche, las energías negativas, los traumas del pasado, y cualquier mierda humeante relacionada con tu feminidad que tengas emplastada en el cerebro, se adhieren al huevo. De esta manera, cada mañana te lo sacas y te quitas un buen montón de desechos de encima. Para que la acogida del huevo sea una auténtica fiesta, se aconseja que la mujer prepare su útero-salón-de-misas-negras con unas cuantas sesiones de acupuntura, ritual previo al que yo me entregué con dentera y aprensión.

Mi bajovientre puercoespinado, preparándose para la misa negra.

Pero hay algo más: el huevo de obsidiana crea sociedades secretas. Desde que llega a México, una escucha conversaciones femeninas de baño que giran en torno al oscuro huevo. La obsidiana, como dijo Selene la primera vez que hablamos del tema, es la nueva reunión de Tupperware. La diferencia es que una no habla de chingadas de mujer oprimida, sino que transmite unión femenina, preocupación por el propio cuerpo y ¡atención! puede pasar una divertida borrachera con amigas hablando de traumas de vidas pasadas.

Porque esto, señores, es lo más interesante del mágico huevo. ¿Que tienes una cistitis que no te la quita ni el antibiótico más salvaje? Quizás lo que pasa es que, en una vida anterior, algo raro sucedió en tu vulva, y esos hechos hacen que aún te duela al hacer pis. Sí, ríanse, amigos, ríanse. Ustedes no han tenido un óvalo negro alojado en las entrañas durante las horas brujas de la noche, un cacharro que saca todo el mal de sus mentes y se lo absorbe, pero que, hasta que se lo lleva, tiene estas oscuras imágenes rondando por sus cabezas hasta el amanecer.

Ustedes no han soñado con que un perro negro los perseguía por interminables senderos selváticos con la clara idea de violarlos (esto lo soñaba la camarera de un bar cercano a mi casa). Esta pesadilla, repetida durante una semana, puede dar lugar a que su habitual escepticismo se vaya reblandeciendo y piensen que ALGO PASA. O, más bien, que ALGO PASÓ.

Las noches de huevo negro no son noches normales. Yo las definiría como un dormir comatoso después de haber ingerido psicotrópicos como postre a un banquete de cochinillo y callos. Debo decir que mis traumas de vidas pasadas rezumaban españolidad. En mis antiguos males del coño había toros, tascas, grandes jarras de cerveza, un gañán que insistía en sentarme sobre sus rodillas y palmotearme el culo entre risotadas.

Mi amiga Selene llorando semen (según el médico: "una conjuntivitis bien rara")

En el caso de Selene, la cosa era más salvaje. México, ya saben, lleva muy arraigada la sangre y la muerte. Selene se había entregado al ritual del huevo de obsidiana con el objetivo de encontrar en una vida pasada la razón a unos terribles dolores menstruales que la tenían destrozada. En ocasiones, en sus sueños se veía a sí misma tomando atole (bebida mexicana de maíz y cacao) con una abuela suya que no llegó a conocer y que le hablaba de un aborto que la había dejado profundamente herida.

Esa era la parte suave del asunto. Cuando salía la parte más oscura, me encontraba por la mañana con una Selene sudorosa y febril que me llamaba para relatarme terribles violaciones por parte de conquistadores españoles. En ocasiones, era una indígena asaltada en la selva. En otras, ya integrada en la pandilla de Hernán Cortés, recibía vejaciones varias por parte de soldados. Al relatarle estos sueños reveladores a su brujo-consejero de la obsidiana, él le aconsejó que finalizase el ciclo, es decir, que aceptase estos males del pasado para, de esta manera, sanar ese antiguo dolor.

Y así fue como Selene comenzó a pasearse por su casa vestida con el vestuario de sus pesadillas. Preparaba micheladas vestida con una fantasía azteco-sadomaso, limpiaba el baño ricamente ataviada con un look de cortesana recién ultrajada... Era un placer ir a visitarla y observar cómo se sobreponía a la violencia de sus vidas anteriores. Pero los dolores menstruales no cesaron hasta que el ritual estaba casi por terminar.

Hace cuatro días, una de las últimas noches de huevo negro, Selene me llamó para comunicarme que estaba LLORANDO SEMEN. Acudí en su busca. Efectivamente, sus ojos derramaban algo que parecía lefa pura. Según ella, era el esperma de los hombres que habían abusado de ella en sus vidas anteriores. Este esperma salía fuera, liberándola para siempre del trauma. Me dejé caer en el sofá, un poco agotada de tanta locura. Antes de llegar a México, yo era una descreída del mundo mágico. Ahora dormía con una piedra negra en la vagina y mi mejor amiga era una mujer que lloraba semen de conquistadores españoles.

El médico identificó el mal ocular como "una conjuntivitis bien rara", pero miraba la lechecita con ojos extrañados, seguramente pensando lo mismo que nosotras. Lo más curioso de todo el asunto es que, desde el momento en el que empezó a soltar lágrimas espermáticas, a Selene dejó de dolerle la regla. ¿Milagro? ¿Arreglo de un desarreglo psicosomático? Por si acaso, arrodillémonos todas ante la Gran Piedra Negra.

Estilismo: Felix d´Eon