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Cultură

Por qué he dejado de comprarme ropa

Vivo en una sociedad de consumo y contribuyo a que este planeta sea un lugar de mierda. Pero quiero intentar que mi huella sea un poco más pequeña.
20.4.15
Imagen vía Pixabay/Andi Graf

No. No soy un hippie loco. No vivo en una cueva ni voy por la calle vestido con harapos recogidos de los contenedores de ropa destinada supuestamente al tercer mundo: tengo un armario lleno de cosas. En concreto, cuatro pares de pantalones, otros tantos de zapatillas, un jersey, tres sudaderas, un par de abrigos y muchas camisetas viejas. Y he decidido que con eso me basta y me sobra. Al menos por los próximos muchos años de mi vida.

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Seamos sinceros: compramos ropa como gilipollas, animados por esa insaciable sed de consumir bienes que no solo no necesitamos, sino que en muchos casos ni siquiera llegaremos a utilizar las veces suficientes como para justificar su adquisición. "Es que me gusta", "me relaja ir de compras"… Escucho a menudo. A mí no: lo detesto profundamente. De hecho, a veces pienso que las tiendas de ropa son los lugares con menos neuronas por metro cuadrado de toda la ciudad. En mi particular lista de necesidades creadas, comprar ropa cada cierto tiempo ya no tiene cabida. Y vivo mejor.

No siempre fue así. Crecí convencido, como casi todos, de la necesidad de cuidar mi estética, al menos hasta cierto punto: cuando eres adolescente, quieres diferenciarte a toda costa del resto de capullos que forman la sociedad para parecerte a otros igual de capullos a los que consideras tus amigos. Como patinas, llevas zapatillas de skate -esa lógica imperaba en los 90, antes de que las llevaran hasta los cachorros de Nuevas Generaciones del PP, como ahora-; ahorras para comprarte camisetas de grupos de punk en los conciertos, que vas acumulando a centenares.

Y, poco a poco, vas llenando el armario de más y más ropa. Creces, te independizas y llega un punto en el que, o vives en una mansión, o te ves obligado a tirar parte de esa ropa. Como tienes un mínimo sentido de la ética, la llevas al contenedor de enfrente, que no tarda en ser saqueado por buscavidas dispuestos a recoger tus migajas para sacar algo por ellas. Y cada pocos años, el ciclo se repite. Al fin y al cabo, te gusta comprar ropa. Es lo que hace todo el mundo. Crees que has creado algo parecido a tu propio estilo y, a pesar de tu sueldo de miseria, puedes permitirte renovar tu armario cada cierto tiempo.

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Hacerse preguntas

La clave es precisamente esa: la ropa es barata. Mucho más barata de lo que era para nuestros padres, e infinitamente más de lo que resultaba para nuestros abuelos, que remendaban cada zapato hasta que quedaba inservible. Muchos interpretan ese abaratamiento como una democratización de la moda, pero un mínimo de reflexión lleva a la conclusión de que cuando un bien de consumo es tan absurdamente barato, además de porque su calidad es paupérrima, es porque le está saliendo muy caro a alguien al otro lado del mundo.

Echemos un vistazo a las etiquetas: mis modernos pantalones de marca sueca, la última prenda que compré hace un año, fueron fabricados en Pakistán. El abrigo que me ha acompañado los últimos inviernos y que adquirí en una conocida tienda de deportes, en China. Y las zapatillas, esas zapatillas americanas de skate que empecé a llevar hace más de 20 años, en Indonesia. Toda una oscura cadena en la que lo que más importa es que tú luzcas tu flamante prenda al precio de un mini de cerveza, y lo que menos, los derechos humanos y laborales más básicos de esa persona a la que no vas a conocer nunca. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

"El sistema se basa en la explotación de las diferencias económicas que existen en el mundo y eso significa aprovecharse de la situación de las personas más pobres", explica Laura Villadiego, autora del blog Carro de combate y de un libro del mismo título, altamente recomendable, en el que analiza el origen de buena parte de los productos que consumimos, desde la alimentación hasta los teléfonos móviles pasando, por supuesto, por el tema textil. "Se buscan los lugares donde es más barato producir, no solo porque su coste de vida es menos elevado y pueden pagarse salarios más bajos, sino porque su situación de subsistencia les desprovee de cualquier poder de negociación".

¿Y dónde queda la ética? Desde luego, no en las estanterías de las grandes cadenas de ropa, que se cuidan muy mucho de que permanezcamos felices en nuestra ignorancia. "Para entrar en conceptos de ética primero hay que saber cómo se ha producido el objeto, y prácticamente ninguna marca nos da información sobre ello. Incluso yo diría que el baremo de calidad se ha vuelto menos importante: el hecho de que las cosas se hayan abaratado ha hecho el acto de consumo más inmediato y menos reflexivo. Cuando vas a comprar algo que te supone un porcentaje importante de tu presupuesto, te lo piensas mucho, pero si no te supone demasiado dinero, lo haces casi sin pensar. Así que el precio es, al final, el principal componente en la decisión de compra. Para que ese acto de compra se vuelva más reflexivo y vaya más allá de la primera impresión se necesita concienciación. No solo saber qué hay detrás de ese producto, sino también entender y estar convencido de que comprarlo o no sí que supone una diferencia".

Hay alternativas: cada vez son más las tiendas que venden prendas fabricadas en España, y que cubren la todavía pequeñísima demanda de productos más o menos sostenibles por parte de consumidores que se consideran responsables. De hecho, en una de ellas, Justo Akí, compré mis últimas zapatillas. Veganas, ecológicas, biodegradables y hechas en Logroño. "Nuestros principios son muy sencillos: no hacer a los demás lo que no queramos que nos hagan", me cuenta Sergio Alday, de la tienda que tienen en Bilbao. Vivimos en una época en la que reclamamos derechos para nosotros pero cerramos los ojos cuando se trata de los derechos de los demás". Algo parece estar cambiando, pero por el momento los consumidores informados se centran más en el tema de la alimentación que en el de la ropa, que parece secundario. "La mayoría de la gente no se preocupa de este tipo de cosas: apenas se conoce lo que existe detrás del mundo de la moda". Yo quiero conocerlo. Y cuanto más lo voy conociendo, más tengo claro que no me gusta.

La ingenuidad es un arma peligrosa y procuro no ser ingenuo. Soy consciente de que escribo este artículo desde un ordenador portátil para cuya fabricación alguien las ha pasado putas en algún lugar remoto. Vivo en una sociedad de consumo occidental y contribuyo como todos a que este planeta sea un lugar de mierda. Pero quiero intentar que mi huella en este sentido sea un poco más pequeña, incluso sabiendo que el efecto a nivel global es insignificante. Por eso he decidido dejar de comprar ropa. Al menos, hasta que la necesidad de hacerlo sea verdaderamente imperiosa. Y dadas las circunstancias, creo que eso puede tardar muchos años en suceder.