Cultură

¿Existe la adicción al ‘sexting’?

Cada vez que un medio se hace eco de la ecuación 'sexo + tecnología', surgen teorías disparatadas, pero ¿hay algo de verdad en esto?
2.9.16

Imagen por Shutterstock

Este artículo se publicó originalmente en Motherboard, nuestra plataforma dedicada a la ciencia y a la tecnología.

A principios de esta semana, el excongresista Anthony Weiner, famoso en EE. UU. por su aparición en un documental, ha vuelto a ocupar las páginas de los diarios nacionales por tercera vez en cinco años debido a su afición al intercambio de fotos y vídeos sexuales (lo que se conoce con el término inglés sexting) con personas que no son su mujer.

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Teniendo en cuenta los elementos que componen la historia —sexo, tecnología y comportamiento autodestructivo—, era solo cuestión de tiempo que alguien convirtiera las aflicciones de Weiner en su inspiración para escribir sobre cómo vivimos actualmente. Así, en pocas horas, periodistas de todo el país empezaron a plantearse si la historia de Weiner no sería una señal inequívoca de que el sexting podría ser realmente adictivo podría ser realmente adictivo.

Si tu reacción automática a este planteamiento es poner los ojos en blanco, que sepas que no eres la única persona. Expertos en salud mental han señalado que "el sexting, como ocurre con el consumo de drogas, provoca un aumento de la dopamina en el cerebro", un efecto que también se produce al consumir, por ejemplo, cupcakes, por lo que no resulta un dato extremadamente revelador. Por otro lado, la mayoría de las personas que intercambian contenido sexual por teléfono lo hacen de forma controlada y con sentido común, por lo que nada hace sospechar que esta actividad pueda ser una especie de bomba de relojería que amenace con destruir la civilización.

Sin embargo, el abismo de autodestrucción en el que se ha sumido Weiner por su adicción constituye una prueba innegable de que, efectivamente, el sexting puede suponer un riesgo, al menos para ciertas personas. ¿Debemos, pues, preocuparnos por esta tendencia?

Para averiguarlo, acudí a la Dra. Eve, psicóloga sexual y autora de un libro sobre ciberinfidelidades. Eve niega de plano el concepto de "adicción al sexting", argumentando que el modelo de la adicción no ayuda a entender a las personas que, como Weiner, son incapaces de controlar sus impulsos sexuales autodestructivos. Por tanto, no resulta apropiado clasificar de "adictas" a las personas con esos comportamientos.

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Eve añade que este tipo de conductas son más indicativas de la incapacidad de una persona hipersexual de controlar su comportamiento. En otras palabras, estas actitudes son indicios de que la persona puede haber sufrido un trauma que le ha provocado "desajustes" en el cerebro. Un individuo con estos desajustes no tiene la capacidad de gestionar correctamente sus emociones, y "una forma que tienen de lidiar con ellas es mostrando conductas descontroladas".

Si no reciben tratamiento, estas personas pueden "llegar a un punto en que opten por pulsar el botón de 'a la mierda todo'", porque su dolor es tan intenso que se dejan llevar por sus deseos destructivos sin importarles los riesgos; son incapaces de plantearse otras formas de gestionar sus emociones y de aliviar su desasosiego.

Quizá alguien se esté preguntando si para las personas hipersexuales el sexting representa un peligro mayor que el de la infidelidad de toda la vida. La respuesta es que sí, en algunos casos, pero no porque la tecnología sea más adictiva por sí misma. La clave aquí es la enorme facilidad con la que uno puede involucrarse en conductas perjudiciales mediante un smartphone. Eve menciona el concepto del motor de la triple A: accesible, asequible y anónimo. En efecto, esta actividad no implica gastos, es sencilla y permite entregarse a ella con la relativa tranquilidad de que no habrá consecuencias en la vida real.

Por tanto, las personas proclives a desarrollar conductas autodestructivas pueden encontrar en el sexting una vía de escape inmediata. En la era preinternet, Weiner posiblemente se habría visto obligado a salir de casa y alquilar una película porno, o a tomarse la molestia de concertar una cita con una prostituta. En la actualidad, sin embargo, la posibilidad de autodestruirse siempre está disponible (incluso cuando tu hijo está durmiendo la siesta, como prueban las fotos de Weiner).

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Pese a todo, el concepto de la adicción al sexting es un tanto exagerado. "Nuestra sociedad es excesivamente proclive a la tecnofobia y a temer y condenar el sexo", afirma David Ley, autor de The Myth of Sex Addiction. "El uso de esta tecnología con propósitos sexuales conduce inevitablemente a este tipo de pánicos morales de la era moderna".

Y sin embargo, la mayoría de nosotros somos capaces de intercambiar contenido sexual por teléfono o de ver porno de una forma responsable y "saludable", disfrutando del placer que nos produce y sin dejarnos controlar por ningún impulso primitivo. Para esa minoría de personas hipersexuales con tendencia a las conductas nocivas, las cosas son distintas y potencialmente dañinas.

Entonces, ¿qué hay de esa minoría? La Dra. Eve recomienda que busquen un buen profesional que les ayude a superar esos problemas sin agudizar su sensación de vergüenza.

"Me compadezco de Weiner", me dijo, "porque está poniendo sus problemas en evidencia". Esperemos que esos problemas no caigan en el olvido entre el torbellino mediático.

"La reacción al caso de Weiner dice mucho del miedo que tiene la sociedad al sexo, el poco respeto a la monogamia y de la tecnología, así como de nuestra incapacidad de analizar estos problemas tan complejos en un mundo que se rige por la simplicidad y en el que se prefiere tachar a personas como él de "adictos".

Traducción por Mario Abad.