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Cultura

Cómo sintetizar 234 drogas: los libros de Shulgin llegan a España

En sus obras, Alexander Shulgin describió, hasta el más mínimo detalle, los procesos para sintetizar 234 drogas. Pronto tendremos estar recetas en español.

por J. C. Ruiz Franco
27 Noviembre 2014, 10:13am

Hace ya unos cuantos años, mediante una distribución ajena a los cauces normales, y actualmente gracias a la venta por Internet, existen dos voluminosos libros –poco conocidos por el público en general, pero que ya son libros de culto para los buenos conocedores de esta temática– en los que, entre otras cosas, se enseña a sintetizar 234 drogas, algunas de ellas prohibidas. Hasta ahora podían leerse solo en inglés, pero dentro de poco se publicarán en español, también podrán comprarse por Internet, y de hecho ya es posible conseguir capítulos a modo de adelanto, en ​la dirección y en el ​grupo de Facebook. Con el lanzamiento de la versión en nuestro idioma, prácticamente cualquier químico podrá sintetizar esas drogas en un laboratorio dotado de un equipamiento normal. Si el lector no sabe de qué estamos hablando, le recomendamos que no se pierda nada de lo que le vamos a decir y que lea hasta el final este artículo, en el que no está ausente la polémica y que seguramente generará polémica.

El 2 de junio de 2014 falleció un hombre que destacó en vida por ser un gran químico y farmacólogo, un prolífico autor de artículos científicos –además de poeta y un virtuoso del piano, el violín y la viola– y, sin haber tenido nunca relación alguna con el narcotráfico, famoso por haber creado nada menos que unas 200 drogas (¡sí, doscientas!) y por haber escrito dos voluminosos libros –de aproximadamente 1.000 páginas cada uno– en los que, junto a su autobiografía y la de su mujer, el entorno cultural y social en el que desarrollaron sus respectivas carreras y ciertos problemas de carácter político que tuvieron que sufrir, describió, hasta el más mínimo detalle, los procesos correspondientes para sintetizar 234 drogas –añadió algunas que no eran creación suya–, de forma que prácticamente cualquier estudiante de química de último curso –y por supuesto cualquier titulado en esa ciencia–, que disponga de un laboratorio de tamaño medio y de las materias primas necesarias, podría sintetizar esas sustancias sin demasiados problemas, excepto la experiencia.

Probablemente, el lector que no esté demasiado informado sobre de quien vamos a hablar pensará que nos referimos a un delincuente, al miembro de una banda de narcotraficantes o a algún químico a sueldo de éstos. Pero no es así, nada más lejos de la verdad: hablamos de uno de los mejores químico-farmacólogos del siglo XX, junto a Albert Hofmann, el descubridor de la LSD (sí, "la LSD", pues la palabra es una abreviatura de dietilamida del ácido lisérgico y cada vez se utiliza menos el masculino que es incorrecto), otro gran científico y humanista, con quien tiene algunos puntos en común, pero también varias características que les diferencian. La principal es que este último sintetizó solo unas cuantas sustancias –pero muy conocidas, incluida la LSD–, mientras que las del protagonista de este artículo rondan el número de doscientas, como ya hemos dicho.​

Alexander Shulgin, normalmente llamado por el familiar ruso de "Sasha", ya que su padre era originario de ese país, fue todo lo contrario a un delincuente o un narcotraficante: aparte de pacifista por temperamento –desde pequeño huía de las discusiones y las peleas– se le puede considerar un verdadero sabio, un amante de la ciencia que en un momento dado decidió abandonar el puesto bien remunerado que tenía en una empresa química para retirarse a investigar por su cuenta en su propio laboratorio, de forma que nada ni nadie le estorbara ni le impidiera hacer lo que desease, sin importarle prescindir de su anterior buen sueldo.

Shulgin fue un humanista porque, a pesar de trabajar entre matraces, pipetas y tubos de ensayo –y aunque muchos no lo sepan–, su objetivo último no era producir sustancias en gran cantidad –cosa que sin duda logró–, sino más bien dotar a la humanidad de herramientas para lograr el conocimiento interior, creando las drogas que sirvieran para acceder totalmente al mundo interno del sujeto, hasta lo más profundo de la conciencia e incluso del subconsciente. Ese acceso a lo inscrito en las profundidades de la mente no solo serviría de ayuda para la psicoterapia –las drogas como instrumentos catalizadores, y en este caso útiles para la psicología clínica, un tema muy conocido, aunque, por desgracia, casi inexistente en nuestro país–, sino también para entender la esencia de la realidad, ya que el conocimiento del microcosmos (el hombre o su mente) permitiría obtener el del macrocosmos (el universo), postulando un ​isomorfismo entre el ser humano y el universo, muy al estilo de los griegos clásicos.

Qué son los psiquedélicos

En primer lugar, al lector quizá le suene extraño el término "psiquedélico". Por supuesto, "psicodélico" es lo aceptado por la RAE, pero este autor prefiere utilizar "psiquedélico" por varios motivos. En primer lugar, lo "psicodélico" tiene su raíz en los sesenta, una década en la que, por supuesto, se usaron mucho estas sustancias; pero se suele aplicar más bien al arte y la música, así que utilizamos "psiquedélico" para evitar estas connotaciones, y en su lugar contar con un vocablo exclusivo para el ámbito de las drogas. También en inglés la invención del término fue incorrecta al elegir la raíz "psyche" en lugar de "psycho", pero Humphrey Osmond, el creador, lo hizo a propósito –como explicaremos a continuación–, y honrar su memoria es otra razón por la que lo empleamos. El tercer motivo, procedente del inventor del término, es que "psiquedélico" evidencia que hablamos de productos para la "psique", mientras que "psico" tiene connotaciones negativas, como por ejemplo "psicótico" o "psicosis" (asimismo, nuestra elección nos permite distanciarnos de otras palabras similares, procedentes del griego, como "psicólogo", que también contienen la raíz "psico"). Por último, "psiquedélico" es la denominación que más empleó Escohotado en su Historia general de las drogas, y nosotros hacemos lo mismo en su honor, como pionero que ha sido del estudio de este tema en España. Por supuesto, hay otras palabras para designar a este tipo de sustancias, como por ejemplo las dos más antiguas, "alucinógenos" y "psicotomiméticos" (descartadas ya en los sesenta por su matiz peyorativo), "enteógenos", creada en 1979 por un grupo de especialistas en la materia, y por último "visionarios", la que, desde nuestro punto de vista, consideramos mejor alternativa a "psiquedélicos".

Dejándonos de digresiones lingüísticas, los psiquedélicos, son sustancias que modifican la percepción o el pensamiento, o que permiten profundizar en lo que podríamos llamar "conocimiento interior" –es decir, lo que comúnmente se conoce como visionarias, y cuyo representante más conocido es la LSD o ácido–, tienen como único efecto adverso posible la aparición de trastornos mentales, si bien casi siempre consisten en el agravamiento de algún problema ya existente o que se encontraba en estado de latencia, en los pocos casos en que ocurre tal cosa. También es posible la aparición de un ligero "mal viaje", que hace al usuario pasar un mal rato, y que puede tanto prevenirse como eliminarse tomando una dosis media de alguna benzodiacepina (preferiblemente de acción rápida, como el alprazolam) cuando no es muy marcado; o un neuroléptico potente y de acción rápida, como la clorpromazina o el haloperidol, cuando llega a ser aparatoso, con riesgo de ataque psicótico. En cualquiera de los casos, en individuos sanos física y mentalmente, la probabilidad de que suceda esto es muy baja; y si ocurre, ni siquiera se necesita recurrir a fármacos, sino que basta con tranquilizar al sujeto, decirle frases positivas y hacer que rompa él mismo el bucle de pensamientos negativos, que suele ser la manifestación más frecuente. Pues bien, surge otro argumento que demuestra las contradicciones del prohibicionismo, ya que, a pesar de su relativa inocuidad, están prohibidos los psiquedélicos más conocidos: junto a la LSD de Hofmann, también el 2c-b y el 2c-i de Shulgin, y todos los que se consideren similares a éstos, aplicando la denominada "ley de análogos".​

Shulgin recopiló la mayor parte de sus conocimientos en sus dos libros principales, PiHKAL (1991), que es el acrónimo de Phenethylamines I Have Known And Loved ("Fenetilaminas que yo he conocido y amado"), y TiHKAL (1997), acrónimo de Triptamines I Have Known And Loved ("Triptaminas que yo he conocido y amado"), que son los que conjuntamente describen la síntesis de 234 drogas (tanto las fenetilaminas como las triptaminas son tipos de sustancias químicas).

Estos libros comenzaron a publicarse de forma más bien artesanal y en pequeñas tiradas. Incluso así, totalmente fuera del mercado editorial convencional, del primero se han vendido unas 40.000 copias y del segundo unas 20.000, unas cifras bastante buenas para la forma de distribución y la (lógicamente) escasa publicidad que han recibido en los medios de comunicación. En ellos Shulgin concentró toda su sabiduría y permitió que su mujer fuese coautora, para que escribiera sobre la misma época y en ocasiones sobre los mismos acontecimientos, desde otra perspectiva, de forma que los libros incluyeran dos versiones distintas, pero paralelas, de la misma realidad. Son bien conocidos por los psiconautas de todo el mundo porque su narración está muy bien estructurada y es interesante históricamente; y la parte que dedica a las sustancias es instructiva para ellos gracias a la exposición de sus propiedades y a los trip-reports experimentados con cada una de ellas. También lo es para los químicos, puesto que describe los procesos que él utilizaba para sintetizarlas.

Sin embargo, hemos tenido la mala suerte de que, desde su publicación –1991 y 1997–, nunca ha habido disponible una edición en español por razones que sería largo de explicar, pero que son principalmente económicas. Traducir dos libros de cerca de 1.000 páginas cada uno cuesta bastante dinero si se le encarga a uno o varios profesionales (unos 20.000 euros, aproximadamente), con el problema añadido de que alguno de ellos debe ser también especialista en bioquímica, o de lo contrario no podría ofrecer una versión decente de la parte técnica. Las editoriales que se plantearon emprender la tarea calcularon el número de ejemplares que debían vender para al menos compensar el gasto en traducción, corrección, maquetación e impresión, y se dieron cuenta de que se trataba de una misión imposible. Y así, por estos motivos, los psiconautas, drogófilos o simplemente curiosos del mundo de los psiquedélicos no han tenido más remedio que conformarse con leer la edición original en inglés.

Dado que uno de los objetivos de Shulgin era divulgar sus conocimientos –y en estos dos libros se encuentra la mayor parte de su sabiduría–, siempre quiso que PiHKAL y TiHKAL se tradujeran a otros idiomas, que actualmente es el mismo deseo de su viuda, Ann, y de sus allegados. También quieren lo mismo quienes se consideran sus discípulos, como por ejemplo Jonathan Ott –una de las grandes personalidades en el mundo de los psicoactivos–, quien nos lo ha hecho saber; y por eso mismo es una de las personalidades que apoyan el proyecto que vamos a describir.

Un joven Sasha Shulgin en su laboratorio

La traducción de Shulgin al español

Ciertamente, parece increíble que durante tantos años los hispanohablantes no hayan podido leer una edición en español de estas dos excelentes obras y tener que conformarse con lo que les permitía entender su nivel de conocimiento del inglés, pero por fin van a poder hacerlo. Quien esto suscribe empezó ocupándose del ámbito de las sustancias ergogénicas en el deporte, después pasó a las llamadas "drogas inteligentes" –temática sobre la que ha escrito un libro y numerosos artículos que el lector puede encontrar fácilmente en Internet–, y por último decidió dedicarse a los psicoactivos en general. Después de publicar bastantes artículos en revistas y a punto de sacar un libro sobre Hofmann y la LSD –que por supuesto anunciaré oportunamente–, cuando supo que no había ningún proyecto de traducción en curso, decidió poner remedio a esta situación imperdonable, consiguió que la editora de los Shulgin le cediera en exclusiva los derechos de traducción y publicación, y ha logrado reunir un equipo de traductores que son a su vez especialistas en varias materias (química, filosofía, psicología, historia, etc.).

Hace ahora unos dos meses que los miembros del Proyecto Shulgin en Español comenzaron la labor de traducción, y probablemente en el plazo de unos cuatro o cinco meses habrán traducido y publicado los dos libros de Shulgin en nuestro idioma, para que no solo puedan leerlos quienes tengan un buen nivel de comprensión del inglés. Además de describir sin cortapisas toda la información relacionada con la tarea, para que los interesados conozcan las dificultades que conlleva un proyecto de estas dimensiones, se pueden leer avances, e incluso capítulos completos, de lo que serán los libros definitivos en ​la dirección. Asimismo, pueden inscribirse en el ​grupo de Facebook para recibir las últimas noticias sobre el proyecto, las direcciones exactas de las páginas donde se encuentran los avances de los libros y la forma de recibir un boletín periódico con material adicional que solo tendrán las personas realmente interesadas en los libros. Dentro del proyecto, además de los profesionales encargados de la traducción, hay personalidades que avalan el trabajo: es el caso de Antonio Escohotado, Fernando Sánchez Dragó o Jonathan Ott, por nombrar los más conocidos.

El lector ya puede imaginarse lo que va a suponer esto para el mercado editorial de los países hispanohablantes, para el mundo de la psiconáutica y el de la cultura en general. Puede tener incluso consecuencias políticas, una verdadera bomba en la línea de flotación del prohibicionismo: un científico serio se retira y se dispone a sintetizar drogas por los motivos que ya hemos explicado, publica dos libros en inglés con la historia de su vida y la de su mujer, sobre los problemas de origen político que tuvieron que padecer, e incluye el proceso de síntesis de 234 drogas. Los libros han circulado muy bien entre los colectivos interesados, han vendido un número de copias respetable y han ejercido una gran influencia sobre los principales autores que actualmente publican sobre esta temática. Y ahora, a finales de 2014, cuando el mundo anglosajón parece haber asimilado todo eso, llega un grupo de traductores españoles, que son también químicos, filósofos, psicólogos, historiadores, etc., y deciden publicar PiHKAL y TiHKAL en castellano.

Está por ver qué sucederá cuando llegue el gran momento de que los libros salgan de imprenta, se distribuyan entre los interesados en leerlos, y si tenemos excedentes los distribuyamos por los puntos de venta especializados en este tipo de literatura. Dos años después de que los Shulgin publicaran el primero de ellos –lo cual ocurrió en 1991–, con el objetivo de asustarles y que no volviesen a publicar un libro del mismo estilo, bajo órdenes recibidas de lo más alto, la DEA (la policía encargada de asuntos de drogas) estadounidense decidió poner patas arriba la granja y la casa de los autores, en busca de drogas que les incriminaran. No consiguieron acusarles de ningún delito que conllevara pena de prisión, pero tuvieron que pagar una multa de 25.000 dólares.

Han pasado más de veinte años, nosotros estamos en España, y no sabemos ni las repercusiones positivas que tendrá la publicación de la versión en español –que esperamos sean muchas– ni las consecuencias negativas que puede tener para quienes nos vamos a atrever a desafiar el prohibicionismo en materia de drogas y la ignorancia mayoritaria entre la ciudadanía, debido principalmente a la información manipulada que ofrece no solo la televisión, sino también la prensa. Además, debemos tener en cuenta que nos encontramos bajo un gobierno claramente conservador que persigue cada vez más al usuario de drogas, al que considera casi un delincuente –eso hacen pensar las sanciones que se imponen por el mero hecho de llevar encima una pequeña cantidad para consumo propio–, o bien un enfermo. ¿Qué sucederá cuando salgan a la venta estos libros en los que un sabio, un hombre que debió haber recibido el Premio Nobel de Química, habla sobre psiquedélicos sin tapujos y enseña al lector a sintetizar 234 drogas? Como decía la canción... el tiempo lo dirá.

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