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Por qué la casa de mi abuela era el mejor sitio del mundo

Las temporadas que pasé en casa de mi abuela eran tan intensas que me dejaban resaca.

por Elisa Victoria
14 Noviembre 2014, 2:04pm

Casi todo el mundo quiere mucho a sus abuelos porque a la gente vieja suele importarle todo una mierda y los niños están muy quemados de que tantas cosas tengan que ser tan importantes. La actitud vital de la mía, por lo que cuentan, ya desde joven, había alcanzado unos límites de frescura que rozaban lo irresponsable. Pocos saben de verdad lo que son unas vacaciones si no han estado quince días bajo su tutela.

La casa de mi abuela era un oasis con una bandera pirata ondeante donde podías comer tu plato favorito, acostarte a las cuatro de la mañana y no lavarte la cara durante semanas. Cada noche se celebraba una fiesta de pijamas llena de historias de terror y peste a pedo en la cama de matrimonio. No había programa en la tele lo bastante inapropiado ni alimento desaconsejado, a ninguna hora. Tu sueño solo era perturbado si te ibas a perder Bola de Dragón, porque la sensación de decadencia amenazaba en forma de microdepresiones y era necesario frenarla con estos pequeños detalles. No levantarte más tarde de las cuatro de la tarde. Marcarte un lujo extraordinario lavándote los dientes el día de Reyes; algo especial para honrar su visita.

En julio de 1993 yo tenía ocho años y empezaba a enloquecer de calor y de sequía, de llevar medio verano encerrada con la misma persona. Tuve un arrebato y abrí la peinadora de su cuarto, saqué todo lo que había y se lo puse por encima. Collares, pañuelos, cosméticos anticuados y accesorios que no entendía. La tarde siguiente estábamos deseando repetir el plan y pronto fuimos adictas. Esta afición nos fue atrapando hasta que un día saqué la cámara y la cosa se vino arriba, llegando a un nivel de compromiso bastante más elevado dos años después. De esta feliz etapa proceden las imágenes que os traigo.

Deseo compartirlas más que nada para que os riáis, porque sé que a ella le encantaría verse en una revista haciendo el canelo. También porque las considero la cúspide de mi escueta carrera fotográfica.

Dejar a los ancianos a lo suyo es como pasar de los extranjeros o de los niños, se desaprovechan un montón de cartuchos valiosos. La mayoría de integrantes de este sector marginal de chiquillos, viejos y guiris está deseando desmarcarse del torrente oficial de información y ponerse a jugar a algo fuerte. Si todavía os quedan abuelos, aprovechad tamaña suerte y dadles coba. Tomaos esta galería como una invitación generalizada al cachondeo, como la exposición de una doctrina, como una especie de agradecimiento público por habérseme permitido permanecer largas temporadas en tan privilegiadas condiciones.

Cuando mi madre venía a recogerme me encontraba consentida, agorafóbica, envenenada de un lenguaje interno incomprensible, con un horario demencial y extremadamente sucia. Se enfadaba un poco, me metía en remojo una hora y me llevaba corriendo al parque, a que me curara al aire libre, a tratar de reinsertarme en la sociedad. A veces tenía miedo de volver a engancharme porque el proceso de desintoxicación era muy duro para mí. Tanto que en cuanto he podido he vuelto a todo lo de antes. Bueno, lavarme me lavo, ¿eh?

Rociera de día.

Rociera de noche.

Dámelo todo, abuela.

Viuda alegre.

Femme fatale.

Espíritu navideño.

Feria de abril.

Salón de belleza Igor.

Tenista.

Gitaneo.

No sin mi hija.

Buenos tiempos.

Experimento I.

Problemas mentales.

Novia siniestra.

Experimento II.

Secuestrada.

Vámonos Carmina.

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