Entrevistamos a un negro literario

Y repasamos la historia de esta oscura profesión.

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mar. 31 2015, 1:12pm

Enrique Rubio. Foto por Rubio y Del Amo

"Ese libro lo he escrito yo". El comentario de Enrique me llegó difuminado entre la hiperestimulación sensorial de aquella librería/ludoteca/tienda de electrónica/cafetería. Estaba al borde de la hipnosis contemplando, en la lejanía, un plasma gigantesco que reproducía en bucle imágenes de tigres y leones, majestuosos, lanzándose contra la pantalla. Complicado concentrarse en objetos tan prosaicos, tan inertes, como aquellos libros. Pero reaccioné y le pregunté de qué demonios estaba hablando. Insistió: "Que ese libro lo he escrito yo". Escruté aquella suerte de altar del fast food literario frente al que Enrique se había plantado y no daba con ninguno de sus libros. Sin noticias de Tengo una pistola o Tania con i. Me encogí de hombros, me volví hacia él. No me dejó pronunciar palabra alguna. Se acercó a la estantería y cogió un ejemplar de uno de 'Los más vendidos'. Me lo ofreció. Aquel libro me sonaba. Su autor también, pero desde luego no era mi acompañante. Se lo devolví, como quien hace una reverencia ante el tipo del embudo en la cabeza, y decidí desfilar hacia la salida antes de gastarme mil euros en un monociclo con puerto USB. "¡Que lo he escrito yo! ¡Te lo juro!". Y se reía. Se reía a carcajada limpia. Abrió su libro, pasó con inusitado frenesí un buen puñado de páginas y de nuevo me lo ofreció, señalando uno de los párrafos. "Lee". A veces las discusiones con los locos terminan antes si les das la razón. O eso dicen. Hice acopio de paciencia, y leí:

"Sara ya había empezado a juguetear con el gordo, que desparramaba la mitad de los pecados capitales sobre la cama del hotel. Asia los miraba, indiferente, mientras guardaba el dinero en el bolso. Un dinero bien ganado, pensó."

Le di la enhorabuena por tan depurada prosa, coloqué el dichoso libro en la estantería y, ahora sí, desfilé hacia la salida. "¡Asia y Sara! ¡Mis gatas!". Se le veía frustrado, ofuscado. Al parecer, yo no era capaz de sumar dos más dos. Su mirada implorante provocó el click. Recordé entonces aquella conversación, años atrás, en la que me confesó que a veces hacía de negro literario. Nunca me lo tomé en serio. Otra de sus provocaciones. Con Enrique nunca se sabe. Le arranqué el libro de las manos y empecé a interrogarle sobre uno y otro pasaje. O bien se había leído ese pestiño treinta veces o bien decía la verdad. Le dije que le creía, aunque iba a tener que darme más pruebas. Manuscritos, otros libros, mails, contratos... Lo hizo.

DE NEGROS Y FANTASMAS

El protagonista del relato es Enrique Rubio, escritor nacido en Murcia –"que no murciano", subraya, no me pregunten por qué-, negro confeso y orgulloso de serlo. Porque "a todo se acostumbra uno, incluso a sacar cadáveres de las duchas en los campos de concentración", comenta. Por si compararse con miembros del núcleo duro de las SS no fuera un argumento lo suficientemente poderoso, continua: "si algún día siento cualquier indicio de debilidad, recuerdo la cifra que me han pagado o me van a pagar, o consulto la cuenta bancaria". Toma el dinero y corre, o vuelve a la cueva. Esa es la consigna y, como iremos comprobando, todos parecen cómodos con ella. Antes, tengo curiosidad por esa primera vez. Vuelvo a montarme una película en la cabeza, esta vez de señores en gabardina que susurran al oído proposiciones indecentes. Olvido que las indecentes son las proposiciones nuestras de cada día. Enrique me devuelve al mundo real: "Fue a través de mi agente. Le llegó a él ese encargo -antes también hacía de negro de vez en cuando- y me lo pasó. Si no hubiera sido yo hubiera sido otro". Su primer libro por encargo fue "una autobiografía, algo light. Es un trabajo más que no requiere detu creatividad tanto como la ficción, por lo que la impresión no fue muy fuerte". Sólo la puntita en la noche de bodas. Como los recién casados, "mi trayectoria ha ido poco a poco. Hasta que un día me encontré con el fango hasta el cuello". El fango no escuece tanto, el orgullo, un poco más: "Un día me di cuenta de que estaba produciendo la carrera de varios escritores con más fotogenia, más desvergüenza y más labia que yo".

Pero empecemos por definir conceptos. ¿Eso de negro literario responde a lo que nuestro hipotálamo racista intuye que responde? En efecto, el racismo no nos engaña, aunque la metáfora hay que atribuírsela a nuestros vecinos allende los Pirineos. En el siglo XIX, con la popularización de la literatura, de las ediciones impresas, llegó el negocio, y con el negocio la necesidad de atender la demanda. El público, ayer como hoy, no estaba dispuesto a comprar el folletín escrito por el vecino; el folletín debía estar escrito por alguien que no perteneciera al populacho, como mínimo no al mismo barrio. Los escritores célebres no abundaban y los que había no daban abasto. La máquina, en cualquier caso, tenía que seguir funcionando. Ellos, los negriers, los negreros, firmarían los ejemplares que a cambio de unos cuantos francos napoleónicos escribirían los negres, los negros, con toda diligencia. Más comedidos con el lenguaje fueron los británicos. Probablemente (seguramente) pensaran en términos de negreros,negros, o algo incluso peor, pero hicieron honor a su flema y se decantaron por el romántico ghostwriter, aunque lo de "escritor fantasma" trasladado al entorno cañí parezca hacer alusión al que se lleva la fama y no al que carda la lana.

Los términos, las etiquetas, no obstante, siempre van muy por detrás de la realidad. Tanto fantasmas como negros ya ejercían desde mucho antes de que alguien les buscara hueco en el diccionario. No es descabellado afirmar que esta es una de esas profesiones "más viejas del mundo". Y la analogía no es casual ni malintencionada. Servidor se sincera con Rubio. Negro literario, escritor fantasma... ¿Qué tal puta de las letras? "No lo sé. Tampoco sé qué sienten las putas, y supongo que habrá muchos tipos de putas; incluso putas que adoren su trabajo". Puede ser. Más adelante entraremos en cuestiones de ética y educación para la ciudadanía, aún no ha terminado la clase de Historia.

Es vox populi, o como mínimo un rumor tan aceptado e interiorizado como aquella historia del fuagrás, el armario y el perro, que William Shakespeare no escribió lo que se le atribuye. No todo. El argumento se sostiene: incluso aceptando que un humilde actor de pueblo del siglo XVII pudiera llegar a crear magia con las palabras y dominar todas las estructuras poéticas hasta entonces conocidas, no es probable que atesorara semejante bagaje cultural y estuviera familiarizado con los tejemanejes de las casas reales de media Europa. Francis Bacon es señalado como uno de los posibles autores de algunas de las obras de Shakespeare. También Christopher Marlowe, aunque de Marlowe se dice que fue un supuesto homosexual, un supuesto maltratador, un supuesto espía y un supuesto ateo. Ahí se queda la cosa. No consta que merodeara por Dallas el 22 de noviembre del 63. De ser el autor de las tragedias más populares de todos los tiempos, o de serlo Bacon, estaríamos ante un caso de negro firmante. Al bardo inglés, al contrario que a Rubio, le pagaban por poner su nombre en portada. No sería el primer caso. Si hoy cualquier escritor vendería a su familia a tratantes de esclavos a cambio de hacerse con la autoría de Hamlet, hubo un tiempo en que en la escala social los juntaletras sólo estaban por encima del enterrador y, puede, del tonto del pueblo. Este "no, yo no he escrito eso" era aún más imperativo si el autor era mujer. O ninguna mujer escribió nada antes de Mary Shelley o debemos inclinarnos a pensar en señoras con capa negra y capucha entregando manuscritos al cabo de oscuras esquinas, bien entrada la noche, a cambio de una bolsa de doblones. La escritora barcelonesa Jenn Díaz apoya esta teoría: "Seguramente haya habido muchas mujeres escondidas tras autores varones en generaciones anteriores, en las que escribir siendo mujer era inusual. Necesitaban el poder de un nombre masculino para poder publicar", y deja caer otro tipo de motivaciones para no firmar lo escrito: "Clarice Lispector escribía consejos para mujeres y lo hacía con otro nombre, porque el suyo verdadero estaba ligado a la intelectualidad, no a la supuesta frialdad de aquellos consejos".

Volviendo al negro tradicional, Alejandro Dumas fue un gran mecenas de tan noble profesión. Hasta 80 mosqueteros compró el creador de El conde de Montecristo. Lovecraft hizo de negro para Houdini, que era capaz de tirarse al río Hudson en una caja fuerte y vivir para contarlo pero no para escribirlo. Molière, sospechoso. Cela, sospechoso según Desmontando a Cela, de Tomás García Yebra. Y así hasta Stephen King, el Dumas de nuestro tiempo. Imposible mantener la maquinaria bien engrasada y despachar tanta rosquilla si el horno no se convierte en factoría. King, el factor bestseller, nos conduce a nuevas reflexiones. ¿Y si JK Rowling se bloquea? La editorial espera, el estudio de cine espera, los niños del mundo esperan. Javier Jorge, el escritor español autoeditado más exitoso de los últimos años -5.000 copias despachadas de La última raya- quiere creer que la mamá de Potter no tiró de musas ajenas: "No entendería que JK Rowling tirase de negros (sólo) porque tiene una carga bestial de trabajo. Me apenaría mucho saber que una de las fortunas más grandes de Inglaterra, amasada a base de vender millones de libros en el mundo, se viera obligada, entre comillas, a acudir a negros que le escriban partes de sus novelas porque la pobre tiene mucho trabajo y no puede con todo". Rubio, por su parte, arrancó de la pared el póster de 'I Want to Believe' hace tiempo: "Estoy seguro de que, en fenómenos literarios como ese, no debe de haber un negro literario en la sombra sino un ejército de negros. Además, yo desconfiaría seriamente de los escritores mediáticos que publican uno o más libros por año". No va desencaminado el hombre que no quiso nacer en Murcia. Andrew Crofts, el CR7 de los escritores en la sombra, alguien que nunca irá a El Hormiguero a que le lancen cacahuetes pero que se ha colado, sin que sus inquilinos lo sepan, en no menos de diez millones de hogares, hablaba sin tapujos, en una entrevista para The Guardian, de muchos de los títulos que ha escrito para otros, como Sold: Story of Modern-day Slavery, el libro que lanzó al estrellato a Zana Muhsen.

Un momento. ¿Un escritor fantasma que enseña su portafolio por ahí en los periódicos? En efecto. Y que cuenta con entrada propia en la Wikipedia.

HAY NEGROS Y NEGROS

No seríamos humanos si no pudiéramos situarnos los unos por encima de los otros. Hasta que Pablo Iglesias lo remedie, las desigualdades existen y existirán. Crofts es el macho alfa de la manada. Por su background y por su porte, casi da reparo llamarle negro. No, si no va precedido de un "Sir". Si Enrique Rubio representa a un equipo de la ACB, bien situado en la tabla, "nunca me he tenido que rebajar. No escribiría nunca un libro si no cobro lo que creo que debo cobrar", alguien como Andrew Crofts tiene en cada dedo un anillo de la NBA. Por la forma de hablar de su trabajo se deduce que está tan solicitado como cualquier director estrella de Hollywood. "Lo más importante es que el autor se sienta relajado y cómodo conmigo. Si se dan esas condiciones, escribiré el libro que el escritor querría haber escrito si pudiera", afirma, y uno no puede por más que imaginarle, impecable, con su jersey de angora y su camisa italiana, paladeando un Cardhu de 12 años en su sillón de cuero añejo mientras responde a este periodista español que no sabe nada de la vida. "¡La vida, qué hija de puta!", se lamentaba Luis Cuenca en la ópera prima de David Trueba. ¿O era el tiempo? Sí, creo que era el tiempo. "¡El tiempo, qué hijo de puta!" Tanto monta...

Porque ni el tiempo ni la vida sonríen al grueso de los negros literarios. Basta un googleo superficial para dar no sólo con webs cuyos nombres dejan poco a la imaginación (negrosliterarios.com, escritoresfantasma.es), también con docenas de sitios que promueven la esclavitud moderna: las webs de freelancers. Quizá hace trescientos años el rastreo de un buen literato dispuesto a escribir a sueldo de Alejandro Dumas fuera una tarea laboriosa; se requerían individuos que reunieran en sí mismos demasiadas variables poco ordinarias en épocas de analfabetismo galopante. La sociedad global, Steve Jobs la bendiga, no sólo ha traído consigo la posibilidad de hacer creer a nuestros amigos de Facebook que encarnamos cada día de nuestra vida a Ferris Bueller, también ha obrado el milagro que hubiera llenado de gozo los sueños más lúbricos de Rockefeller. Los negreros ya no necesitan levantarse a media mañana, tomar la calesa y molestarse en mirarle los dientes al esclavo; ahora se limitan a garabatear una cifra en una servilleta de papel y arrojarla al circo romano de Infojobs, oDesk o Freelancer. Los esclavos se matarán a bocados por agarrar la servilleta, alguno incluso se ofrecerá por menos dinero; la dentellada definitiva al resto de esclavos. No es extraño toparse con ofertas que rezan, en castellano taiwanés: "Busca alguien que escribir un libro para mí" (Presupuesto: 300$. Pago por Paypal)". Rubio arremete contra estos esquiroles literarios: "La verdad es que yo no me fiaría de alguien que sólo cobra 500 euros (por escribir un libro)". Sin embargo, no parece que sea la calidad del texto lo que mueve a las editoriales que participan de este negocio. Javier Jorge es meridianamente claro al respecto. Habla la voz de la experiencia: "Independientemente de la calidad y comercialidad de La última raya, si en el momento de presentarla a las editoriales hubiera contado con un importante tirón mediático, la habrían publicado sin leerla. Te lo aseguro. De hecho, ahora que mi historia como autoeditor de éxito ha salido en varios medios, que mi nombre suena en las redes sociales, hay editoriales muy potentes, que en su día me rechazaron, que se han interesado en comprarme los derechos de la primera novela y de las próximas que escriba". ¿Aceptará los cheques Javier? "He rechazado todas las ofertas", dice.

Pese a que los ghostwriters más golosos para las editoras son reacios a hablar de sus emolumentos, Rubio nos da una pista: "Lo que cobras por el trabajo es considerado como un anticipo de los derechos de autor. Cuando los beneficios superan ese anticipo, el autor está obligado a pagarle al negro un 3% de sus beneficios". Todo es negociable. El cómo, el cuándo, el dónde. Andrew Crofts habla de dos modalidades de cobro: "Si el escritor ha firmado un acuerdo para compartir las ganancias del libro, eso se extenderá a los derechos de autor e incluirá el dinero devengado de, por ejemplo, una adaptación al cine. Pero si lo que se ha pactado es un único pago inicial, entonces los derechos pertenecen a quien firma el libro y el negro no podrá reclamar derechos, royalties ni nada por el estilo". A modo de consejo para aspirantes a escritores a sueldo, Andrew recomienda que "el negro medite bien qué opción es más conveniente, más lucrativa". Después será tarde. Tan improbable es que Pamela Anderson escribiera Star Truck: A Novel como que un mercenario dispare contra quien le emplea. "No hay negros que se vayan de la lengua porque es su trabajo. No van a echarse mierda en su propio plato de comida. Los negros de los premios y la gente famosilla cobran mucho. No le ofrecen el encargo a un principiante desconocido, sino a alguien cuya seriedad y discreción esté más que probada". Sin quererlo, sin querer queriendo sería más acertado, Rubio comete una pequeña indiscreción al insinuar que incluso en los prestigiosísimos premios literarios de cientos de miles de euros puede existir la figura del tercer hombre. No va más allá. No cobra tanto como para permitirse abogados tan buenos. En relación a esos galardones, se limita a verbalizar lo que todos saben: "El 90% de los premios editoriales son un pacto entre escritor y editorial mucho antes del concurso, por tanto no hay ningún concurso, es una farsa. Casi siempre le dan el premio a algún escritor de la casa, o, en su defecto, a un escritor que quieren fichar". Esto, de todas formas, es harina de un costal diferente.

¿ES ILEGAL? ¿ES INMORAL? ¿ENGORDA?

La moral, dice el diccionario, es el "conjunto de facultades y valores de una persona o una colectividad que se consideran éticamente aceptables". En el país de las black cards y las comisiones urbanísticas dilapidadas en timbas de póker y bares de lucecitas, el hecho de que alguien firme un libro que no ha escrito e incluso gane un premio por ello no suena a noticia destinada a copar las cabeceras de los telediarios, a no ser que estemos en agosto y haya alguna cuenta pendiente con el farsante. Todos los congregados para este reportaje coinciden en señalar al último eslabón de la cadena –o el primero, según se mire- como aquel que habrá de dar la cara en el Juicio Final: "Es posible que sea totalmente legal (aunque parezca increíble), pero es un fraude en toda regla, como otros tantos fraudes legales. Cuando yo leo un libro de un autor, pienso que lo ha escrito él. Si resulta que me ha encantado el libro y descubro que lo ha escrito otra persona, yo querría conocer al autor real, en todo caso, y me gustaría matar a cuchilladas al fantoche que aparece en la portada y en la solapa", sentencia Rubio. Ante la réplica razonable, que él también peca en cierto sentido, por acción u omisión, que él también irá al infierno, asume las consecuencias sin pestañear: "Tal vez los negros literarios vayan al infierno, pero los impostores serán castigados con algo peor; quizá con la reencarnación y la vuelta a la Tierra, el peor infierno de todos". Sea como sea, antes de morir y reencarnarse, el autor deberá convivir con la culpa, si es que gasta de eso. Javier Jorge plantea un doble conflicto personal, porque "el que firma un libro que ha sido escrito por un fantasma, en primer lugar se fustiga a sí mismo: reconoce su incapacidad a la hora de hacerlo por sí solo. Por otro lado, carga con la necesidad de llamar la atención estafando y engañando con una obra que está fuera de su alcance. Este autoreconocimiento de ineptitud para desarrollar algo con lo que además pretendes llamar la atención debe de ser muy triste". En teoría, debe de serlo.La realidad nos dice que no están las iglesias, las mezquitas ni las consultas de los psicoanalistas llenas de falsos literatos arrepentidos.

Jenn Díaz, por su parte, tras romper una lanza por los escritores fantasma ("es muy difícil ganar dinero con la escritura"), no se olvida de los que considera los verdaderos responsables: "No me parece indigno que un libro no esté escrito por el escritor que firma en la portada, lo que me parece indigno es que un editor lo acepte". Pero si hay algo harto más complicado que dar con un fantasma arrepentido eso es rastrear el testimonio de los grandes editores. Ni siquiera a contraluz y con voz distorsionada hablará el Señor X. No sabe, no contesta. O sí saben. Saben que algo huele a podrido en casa del vecino, aunque lo achacan a alguna leyenda urbana sobredimensionada. Para Enrique Rubio, es una actividad tan interiorizada por sus valedores –la tilda de "rutina"- que hace tiempo que la noción entre lo moral y lo inmoral se desvaneció dentro de la cuenta de resultados: "he tenido discusiones con mi agente, que lleva toda la vida en el mundo editorial, sobre temas que a mí me parecen gravísimos y que él sin embargo los ve como normales, porque es como un pez que no sabe lo que es el agua. Como yo soy una isla periférica, no me han lavado el cerebro todavía". Poca información pueden aportar las editoriales pequeñas. Hugo Camacho, de Orciny Press, opta por el argumento de la corrupción sistémica: "no quiero dar la imagen de que todo el mundillo literario es un cubo de basura gigantesco que conviene no destapar. Hay mucha tela que cortar en el negocio editorial, pero creo que es lo mismo que en cualquier actividad económica de este país. ¿Hay algo que no esté lleno de mierda?", se pregunta en voz alta antes de lanzar el siguiente aviso a navegantes: "Hay una burbuja literaria enorme. El día que reviente, nos vamos a reír".

Como las leyendas urbanas, la moralidad es un concepto no mesurable o cuantificable. Es el sueño de la razón, aquel que producía monstruos. Las leyes, se apliquen o no, sí entran dentro de lo tangible. Y con una cucharada de razón y un entrenamiento legal básico se puede deducir que vender como tuyo algo que no es tuyo es probable que no sea "totalmente legal", como afirmaba Rubio. A Crofts esto es algo que ni siquiera le quita demasiado el sueño; si el negocio se mueve al borde del Código Civil, Andrew no está seguro de que "pueda importarle a alguien", al fin y al cabo "los lectores están contentos de poder leer libros bien escritos y bien editados". No le faltan motivos para tal aseveración, un vistazo a las listas de ventas es suficiente para confirmar su punto de vista. Entre los treinta libros más vendidos ahora mismo en España abundan la autobiografía, la autoayuda y la novela negra, casualmente el tipo de material que, según Rubio, "más demandan los escritores y las editoriales".

Con todos los respetos para Andrew y Enrique, urge imitar a Max Cady y demandar la presencia de un letrado. El abogado Álvaro Marín aclara que "este es un tema que a nivel legal no ha tenido mucho recorrido" y cree conveniente, antes de entrar en materia, definir un par de conceptos legales. Habla de derechos de autor, y de sus hijos pequeños, los derechos morales y los de explotación: "Los primeros son fundamentales. Derecho de paternidad, de integridad, de divulgación. Son irrenunciables e inalienables", enfatiza esto último, "lo cual quiere decir que ninguna persona puede renunciar a su condición de autor de una obra". Ya ha quedado de relieve que sucede a diario, que los negros del mundo renuncian a tales derechos, lo cual "es algo que la Ley de Propiedad Intelectual no permite". ¿De qué tipo de contratos o de acuerdos estamos hablando, entonces? Marín se refiere a ello como "un acuerdo entre el negro y el autor presunto, que por mucho que lo llamemos contrato naturalmente está celebrado sobre lodo y no tiene mucha eficacia frente a terceros". De presentarnos en un juzgado con esos legajos, "cualquier juez los tiraría la basura dándolos por nulos". En cuanto a la editorial, "el hecho de que conozcan que la obra sobre la que van a obtener los derechos no es de la persona con la que celebran el contrato, también puede hacer que sea nulo". El triángulo negro-autor-editorial se asienta, pues, sobre arenas movedizas, cuando no sobre un pantanal. Los mecanismos, hay que puntualizarlo, no son iguales en Estados Unidos que en España. En la tierra de los billetes que confían en Dios "no reconocen los derecho morales como en Europa", al fin y al cabo la moral no cotiza en bolsa, y este tipo de acuerdos pueden finiquitarse con un "yo te pago tanto y después olvídate", continúaMarín.

Cuando se ponen sobre la mesa términos como fraude o estafa, un delito contra los consumidores/lectores, Marín prefiere ser cauto. Aunque "el lector final pueda sentirse engañado porque el verdadero autor no es quien pensaba que era, paga el libro y lo tiene. Las hojas tienen letras y cuentan una historia". Como quiera que sea, cualquier litigio o reclamación sin duda debería llegar precedido de lo que ya se ha visto que es una quimera; que el fantasma se quite la sábana blanca de encima. Él tiene en su poder la única prueba de cargo posible: el manuscrito. Las cláusulas de confidencialidad, por muy mojado que esté el papel, no se rompen. Sí, según Álvaro hemos "abierto un melón de miles de páginas", pero todo se queda ahí, en la teoría, en el aire. Porque, como él mismo sintetiza, "aquí se juega a saltarnos la ley y, si nadie se entera y nos llevamos bien, nunca pasará nada".

EN BUSCA DE LA FE PERDIDA

Vago por las calles, perdido. Veo mi imagen reflejada en los escaparates de las librerías y el reflejo grita: ¡todo es mentira! ¡todo es mentira! Sube el tono de voz hasta que no me es posible oír otra cosa. Tengo dos opciones, puedo emborracharme y apalancarme en la entrada de la FNAC para prevenir a los lectores inocentes, terminar mis días convertido en el loco barbudo y meado que increpa a los transeúntes, o puedo intentar recuperar la fe apelando a los escritores de buena voluntad. Elijo esto último. Si me dejo la barba y me hago mis necesidades encima puede que me cuelguen una guitarra y me hagan cantar. No. Elijo la lucidez, aunque duela, y vuelvo sobre mis pasos. Me pregunto si Enrique alguna vez ha llegado a vender un libro que hubiera querido publicar él. "Jamás", su tono taxativo es edificante. "Hay pocos libros que me apasionen. De todos los libros que he leído y todas las películas que he visto, que son miles, sólo me ha pasado una vez con una película y otra con un libro eso de sentir que me hubiera gustado haberla escrito yo. Así que es muy improbable que me pase con los libros de encargo".Rubio entiende que ahora mismo nado en el escepticismo. Consiente en que reformule la pregunta. ¿Y si supiera que esos libros, firmados como Enrique Rubio, iban a vender tanto como firmados por el reputado Fulanito Pérez? De nuevo, es tajante: "No". Y precisa: "Igual que nunca he entendido qué satisfacción tiene el publicar y ser reconocido por algo que no has hecho tú, tampoco sentiría ninguna satisfacción si firmo algo con lo que no me siento identificado o que no me gusta, por mucho éxito que tenga". El autor de Tengo una pistola se saca de la manga, además, una nueva nomenclatura literaria: "Hay muchos escritores que son negros de sí mismos y funcionarios de las editoriales, que llevan décadas escribiendo sagas horrendas con los mismos detectives. A estos escritores yo los llamo chaperos literarios, que son sodomizados por su propia polla, aun siendo heterosexuales. Los llamo chaperos para diferenciarlos de los negros decentes". Ante todo, dignidad.

Javier Jorge y Jenn Díaz tienen motivos distintos para no ejercer de escritores fantasma. Mientras el primero apela al ego, "escribo para entretener a miles y si puede ser a millones de lectores. Soy muy vanidoso y necesito constantemente oír y leer los comentarios de mis fans en las redes sociales diciendo que mi novela es genial", la barcelonesa se dice "incapaz de escribir un libro que no firmaría, porque escribo de forma instintiva. Si me dan unas guías, me pierdo. No sé hacerlo", y termina por dejarse caer en brazos del idealismo: "Es demasiado íntimo el escribir como para pervertirlo así". Hay esperanza después de todo. Si algo choca en esta excursión por el lado oscuro de las letras es la naturalidad con que se habla de un fenómeno si no escandaloso, sí reprochable. Los negros se sienten cómodos con su personaje y sus colegas no hacen juicios de valor demasiado severos. La vida es así, hay que ganarse el pan, es que publicar es muy difícil, fútbol es fútbol. La tentación tiene la culpa. Caer en ella entra dentro de lo ordinario. Ya lo decía Ricardo Darín en 9 reinas después de observar cómo los principios de su compañero se tambaleaban a medida que ponía fajos de billetes imaginarios sobre un lavabo público: "¿Ves? Lo que faltan no son putos, son financistas".

Pero, entonces, ¿hay que acabar primero con los financistas o con los putos? Quizá lo dilucidemos en el que, según Rubio, es la pieza perdida del puzle: "el gran reportaje sobre los escritores fraudulentos que tiran de negro, ese es el que está todavía por escribir". Al fin y al cabo, ¿quién puede asegurar que el firmante de todo esto es el mismo que ha picado piedra para materializarlo? Yo no pondría la mano en el fuego por nadie. Ni por mí mismo.

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