Todas las fotografías por el autor. Montaje por Carla Sánchez

Un exorcista murciano me enseñó a vencer al demonio

Salvador Hernández Ramón es el exorcista de la diócesis de Cartagena, odia al demonio y a los masones por igual y se comporta como una estrella del rock.

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21 noviembre 2018, 5:00am

Todas las fotografías por el autor. Montaje por Carla Sánchez

Estaban pasando cosas: para empezar, llovía (algo no tan común en Murcia), pero también, si uno estaba atento, se podía oír por la calle historias sobre accidentes de bicicleta o intentos de suicido. Las peleas entre gorrillas eran mucho más violentas y encendidas de lo que nuestro régimen del 78 está acostumbrado a vislumbrar a plena luz del día. Pero ningún augurio nos impidió reunirnos a unas trescientas personas en la Parroquia de San Esteban y asistir a la conferencia del exorcista de la diócesis de Cartagena, don Salvador Hernández Ramón.

La expectación era gigantesca, los partidos más alejados de la tradición católica se habían encargado de crear polémica en distintos medios por la inclusión de esta actividad en el programa de fiestas de uno de los barrios más diversos de la ciudad de Murcia (el primer barrio donde un servidor vio un local de kebabs y donde se compra el mejor refresco a la venta, Inti's Cola, que, como anuncia sabiamente su eslogan, "¡bien vale un Perú!").


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Se creó un evento no oficial (y, casi sin duda, irónico) en Facebook en el que trescientas treinta y nueve personas, entre treintañeros indies totebagueros, darks de toda índole y algún que otro seguidor del respetable camino espiritual odinista, registraron su interés y/o su indudable asistencia. La realidad, como siempre, resultó bien distinta a los esperanzadores registros de las redes sociales: la iglesia se llenó bien llena, pero no de ateos sin nada que hacer un lunes noche o postadolescentes con cierto gusto por el cine de terror o el ocultismo recreativo sino, en su amplia mayoría, de gente obviamente católica de toda edad y situación familiar (la parroquia ofrecía servicio de guardería) que estaban interesados, si es que hay alguien que no pueda estarlo, en lo que ofrecía la conferencia, ni más ni menos que “Cómo vencer al demonio en los tiempos de hoy”.

El ambiente, desde el principio, es de expectación ante una estrella de la prédica y la beatitud, tanto que a media hora de la hora prevista los sitios se van agotando y tienen que sacar bancos y sillas plegables extras. Tengo la oportunidad de hablar con una mujer que ha recorrido veinticinco kilómetros solo para ver a don Salvador, para quien solo tiene buenas palabras y al que ya vio hace una semana dando el sacramento del bautismo. El bautismo, me dice, es en cierta manera un exorcismo. ¿Su opinión sobre la polémica de ofrecer un acto tan radical hasta para gran parte de los católicos en un barrio con una extraordinaria presencia de otros credos? “Al que no le interese, que no mire”. Esta preocupada por la posible presencia de medios que vengan a deshonrar el acto y se despide de mí con un “hay ambiente, hay ambiente”.

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Es imposible no comparar a este exorcista con una estrella del rock, experto dominador de los tiempos, que entra a escena casi veinte minutos después del inicio programado, precedido, eso sí, de una introducción del tesorero de la parroquia, tremendamente insistente en que por este evento NO SE COBRA ENTRADA y que el ponente NO COBRA por su labor, como tampoco cobra por liberar a nadie de demonios.

Don Salvador, se nos dice, era apodado como Salvarrock en el seminario por su amor por la canción y su afición a sacar la guitarra en cualquier ocasión (décadas antes, recordemos, del santo día en que la banda inglesa Oasis compusiera "Wonderwall") y parece haber vivido una vida de película: pasa sus años de estudiante con el lema “más amor y menos estudios”, pasa diecisiete años como capellán de prisión, donde escucha a presos confesarle que un pacto con el diablo les está induciendo al suicido. Al comentárselo al obispo, este le responde “haz lo que puedas”, así que se marcha a Roma un año con el padre Amorth a aprender los extraños caminos del exorcicio.

Es imposible no comparar a este exorcista con una estrella del rock, experto dominador de los tiempos, que entra a escena casi veinte minutos después del inicio programado

Sin duda, VICE España —y este ser humilde que escribe, temporalmente poseído por su espíritu corporativo y su necesidad de contar historias de gran interés para el público joven y moderno por su contenido escabroso y rompedor— esperaba de la conferencia algún dato de interés sobre sus primeras andadas, algún fallo primerizo que estuviese a punto de desencadenar el fin de nuestro mundo o una desposesión particularmente sangrienta o sexual.

Todos querríamos lo que siempre hemos querido: algún capítulo nuevo de Buffy Cazavampiros, pero esto no le interesa en absoluto a don Salvador, mucho más fascinado por su capacidad de meterse al público en el bolsillo con tan solo hacer alguna referencia pop (desde los Beatles al icono inmortal de la tira cómica murciana, El Tío Pencho) entonar una canción (Cristo vence / Cristo reina / Cristo, Cristo / libe-e-ra, rematado con un another one! que nos obliga, casi por programación neurolingüística a cantar la misma estrofa las veces que él desee) o contar un chiste.

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Deja pistas, claro que sí, sabe perfectamente a qué hemos ido y no quiere que bajemos la guardia y nos perdamos una sola palabra de su discurso. De su ponencia podemos extraer pequeños detalles sobre la praxis exorcizadora, pero de proyección gigantesca en una mente imaginativa: sabemos que los demonios existen, son “seres vivos” (y que representan un tercio de la plantilla angelical que Dios planteó en alguno de los primeros seis días de la existencia del mundo), que actúan en nuestro mundo a través de la posesión pero también con influencias de diverso grado, que pueden infectar lugares, libros y muñecos (y que tales no es en absoluto recomendable tocar con las manos desnudas), que los demonios no tienen sentido del humor (por lo que sabemos, bien podrían copar las juntas directivas de las televisiones nacionales) y que la mejor manera de librarse de ellos es mediante la cruz de San Benito, el rosario y el agua exorcizada, que don Salvador traía en un formato parecido al aerosol.

Como digo, estas pequeñas píldoras de información aparecen solo cuando el orador pretende que prestemos atención a lo que él quiere decirnos, esto es, que el Demonio es totalmente real y que las posesiones no son problemas psíquicos sino metafísicos y muy pero que muy físicos. Que los desvaríos de la posmodernidad y los males del Concilio Vaticano II (si es que no son exactamente los mismo), han abierto más camino que nunca a los demonios.

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Don Salvador es, en una terminología muy contemporánea, un auténtico nostálgico. Cita con frecuencia a los distintos papas y Padres de la Iglesia en un, imaginamos, perfecto latín. Su ritual como exorcista lo realiza en esta lengua, que parece más viva que nunca en la parroquia de San Andrés, siguiendo las indicaciones que nos legó Pablo V a principios del siglo XVII. Lamenta la eliminación de la asignatura de Angelología de los seminarios (yo también lo lamento, siendo justos) y en algún momento llega a dudar de si el momento actual se desarrolla en el año 2018.

Según Salvador, en el siglo XXI el demonio está en internet, las ouijas virtuales, los macrobotellones, los matrimonios rotos, las drogas, la prostitución, los móviles, los matrimonios homosexuales, la masonería (muy de moda, nos indica) y los actos contranatura

Sobre el tema de la conferencia, "Cómo vencer al demonio en los tiempos de hoy", no es que dé muchos detalles más allá de que recemos el rosario y no nos divorciemos ni matemos, pero aprendemos de este hombre algunas de las maneras en las que el demonio actúa en el siglo XXI: con internet, las ouijas virtuales (?), los macrobotellones, los matrimonios rotos, las drogas, la prostitución, los móviles, los matrimonios homosexuales, la masonería (muy de moda, nos indica) y los actos contranatura, sea lo que sea que signifique eso, entre otras cuestiones.

Salvador, al ver que se acaba el tiempo de la charla, nos pregunta si queremos escuchar un poco más y se toma la libertad de añadir quince minutos de descuento para sus bises particulares: su defensa de la Virgen, su abominación de los cristianos que reniegan de la existencia de Lucifer y el infierno, su advertencia acerca de los masones y su exaltación de la unidad familiar y la salvación a través de los santos sacramentos.

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Con precisión milimétrica nos cuenta dos chistes que me resultan casi incomprensibles (debido, pienso, a una insalvable brecha generacional) pero que generan una risotada común preciosa que disfruto enormemente, nos incita a cantar de nuevo una de sus canciones favoritas, rezamos un salve y culmina, sin pasarse ni un minuto y como buena estrella del rock, con un aplauso gigantesco y una pequeña peregrinación espontánea para abrazar o simplemente saludar de lejos al venerable sacerdote. El resto nos volvemos a casa con el pequeño milagro que es haber sido seducido por alguien que no tiene demasiado que ver con uno a pesar de haber podido asomarse a sus mecanismos de seducción retórica. El demonio, sabemos, no muere ¡pero el bien siempre puede vencer!

Sigue a Marcelo en @marcelocriminal.

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