sex shop cruising
Imágenes por Ander Irigoyen @anderwear
sexo

Pasé un día en un sex shop de Madrid con zona de cruising

A pocas calles de la Gran Vía existe un pequeño ecosistema sexual muy particular.
12 Junio 2017, 4:00am

Me reúno con Jorge a las 10:00 frente a la verja del sex shop con zona de cruising donde trabaja, a pocas calles de la Gran Vía. Mientras abre, me cuenta algo avergonzado, que siempre le entran escalofríos al encontrarse el local en silencio y completamente a oscuras.

No puede evitar sentir que hay fantasmas que andan por ahí sueltos, o quizá algún anciano despistado que se haya quedado encerrado la noche anterior. Por eso va corriendo hacia el panel de los interruptores y respira hondo cuando las luces de neón rojo y los tubos fluorescentes hacen que se recobre la normalidad: vibradores, bolas chinas, sillones hinchables para bondage, fustas de castigo, alargadores de pene, lubricantes de manteca americana —"cuidado que engorda igual que si te la comieses"— y torsos de mujeres con una carnosa boca abierta de silicona son algunos de los elementos que componen el espacio.

Amparo llega poco después. Es la responsable de mantener limpia el área de 200 metros cuadrados separada del sex shop por unas puertas batientes, la denominada Zona Liberal o Zona XXX. Tiene dos horas para pasar el trapo por las paredes y las colchonetas de todas las estancias.

Me explica que los columpios fetichistas de la zona sado le ponen nostálgica, puesto que no puede evitar pensar en sus hijos, que ya no son ningunos críos y que hace mucho que no ve. Que el cuarto oscuro le da un poco de miedo. Que la sala de cine porno le recuerda a Gary Cooper, su amor platónico desde la adolescencia. "Controla a esos viejitos que siempre me lo dejan todo perdido", así se despide de Jorge hasta el día siguiente.

"¿Es normal que me guste que mi mujer me penetre por el ano?", pregunta uno mientras paga por un arnés con pene

Existe la idea generalizada de que ir a un sex shop es un secreto, algo vergonzoso y, en todo caso, extra confidencial. La mayoría de clientes se transforman en cuanto cruzan la puerta de entrada, comportándose de un modo introvertido. No miran a los ojos y hablan tan bajo que resulta imposible entender qué es lo que buscan.

Para Jorge, tratar de aventurarse a averiguarlo él mismo le es inútil, porque el dicho de que "para gustos, los colores" abarca infinidad de posibilidades en un sex shop. Aparece una mujer que le pide algo que a día de hoy todavía no se ha inventado; una guitarra-consolador. "Mi marido es guitarrista" —le explica al empleado—, "quiero que las notas agudas hagan que el consolador vibre con muchísima intensidad y que las graves apenas me acaricien suavemente."

Otros clientes, incómodos ante sus propias aficiones, buscan apoyo. "¿Es normal que me guste que mi mujer me penetre por el ano?", pregunta uno mientras paga por un arnés con pene. La función de Jorge es normalizar, hacerles sentir cómodos, y para conseguirlo hace uso de sus conocimientos como sexólogo, especialidad que estudia. Algunos terminan su compra tan agradecidos que le piden el número de teléfono para hacer terapia. Ya no hay nada que no haya visto.

Antes del mediodía empiezan a presentarse hombres con bocadillos envueltos en papel de plata y bolsas con comida preparada y bebidas energéticas. Son los que acuden a diario a la zona de cruising, dispuestos a pasar allí el día entero.

La mayoría tienen entre cincuenta y ochenta años y todos tienen motes los unos para los otros: La Mamandra, que al final de la jornada cuenta el número de felaciones realizadas en el gloryhole a partir de los pañuelos que ha coleccionado en el bolsillo de su pantalón. La Pococu, acomplejado por el poco culo que tiene. La Milky, que lo traga todo. La Treme, calvo pero con una trenza fina y larguísima que se ata con los pocos pelos que le nacen en el cogote. Uno de los habituales le cuenta a Jorge su fascinación por matar bichillos. "¿Te importaría si suelto algunos grillos ahí dentro?"

Persiguen la posibilidad de revivir una vez más la fantasía que alguna vez vieron cumplida entre aquellas paredes tan alejadas de la vida real

Se han formado pandillas que se conocen desde hace años pero que apenas interactúan entre ellas y se miran con recelo. Por una parte están Las Travestis, por otra Los Españoles, Los Peruanos, Los Popperos, Las Traviesas Cocainómanas... Basta que un miembro de un grupo culpe a alguien de otro grupo por haberle robado una conquista para que allí se monte toda una batalla campal y Jorge tenga que intervenir.

Jorge defiende que sus clientes no son personas necesariamente adictas al sexo. Más bien, persiguen la posibilidad de revivir una vez más la fantasía que alguna vez vieron cumplida entre aquellas paredes tan alejadas de la vida real.

A menudo, esos clientes que Jorge ve más que a sus mejores amigos no solo le regalan propinas generosas, sino que también le obsequian con palmeras de chocolate, cajas de bombones y tuppers con croquetas caseras o cocidos deliciosos. Están muy agradecidos de que en Madrid exista un lugar donde mostrarse en libertad sin que nadie les vaya a juzgar. Un día en el que Jorge se sentía con un humor especialmente bueno, preparó una bandeja llena de chupitos de tequila y se paseó por las diferentes salas anunciando: "¡Chupitos gratis para brindar por la libertad!". Nadie aceptó su oferta. Las respuestas que recibió fueron: "No, chiquillo, que tengo el azúcar por las nubes." "Con mi diabetes eso me mataría." "Ay, mi alma, si no tuviese problemas de circulación...".

A veces eso se asemeja mucho a una residencia de ancianos. "Cada día hay algo nuevo, no te puedes aburrir", explica Jorge. "La función que desempeño es muy satisfactoria. Lo que más necesita la gente que acude aquí es hablar, que les escuchen. El factor psicológico está constantemente presente. Solo en un centro de este tipo se puede comprender el concepto de diversidad".

La función que desempeño es muy satisfactoria. Lo que más necesita la gente que acude aquí es hablar, que les escuchen. El factor psicológico está constantemente presente

La gente está muy confundida al intentar definir el sexo de una forma universal. El sexo es un mundo, complejo y laberíntico, y dentro de una Zona Liberal entiendes lo necesario que es que cada individuo emprenda una búsqueda singular hasta reconciliarse con la definición que más se ajusta a sus instintos." La única pega que encuentra de pasar jornadas de trabajo de hasta catorce horas seguidas en un lugar donde solo se habla de sexo, es que acaba el día muy, pero que muy cachondo.

A diario se encara con situaciones morbosas que se van acumulando en su cabeza hora tras hora hasta hacerle sentir que la bragueta del pantalón le va a explotar. Se calienta ante clientes que presumen del tamaño de su aparato reproductor o al rechazar con aparente calma las proposiciones indecentes, algunas de ellas tan tentadoras como originales, que no pocos le hacen de forma continuada. Se calienta, también, al explicar el funcionamiento de los juguetes sexuales que intenta vender. Con frecuencia se ausenta por unos minutos para ir a los baños a masturbarse. "Es duro saber lidiar con tanta testosterona suelta".

A las doce de la noche, hora de cierre, se hace el silencio de pronto. Jorge no se acostumbra a este contraste entre instintos desatados y súbita calma.

Antes de echar la verja, su responsabilidad es ponerse los guantes de látex y una mascarilla y pasar la fregona por las instalaciones. Aparte de tangas —"¡los tangas Hello Kitty son los que más abundan!"—, pelucas, heces, sangre y todos los tipos de semen que existen —"semen seco que se rasca y punto, semen aguado con el que tengo que ir con cuidado para no resbalarme, semen tan viscoso como un flan recién salido del horno"—, no deja de encontrarse zanahorias untadas de lubricante, pepinos envueltos en preservativos y plátanos maduros.

Acumula en una bolsa de basura los restos de aquella libertad salvaje y Jorge se despide hasta el día siguiente del local donde trabaja, tan querido por muchos madrileños, tan necesario.