Málaga ya se ha ido a la mierda

El modelo turístico de ciudad impulsado por el PP está amenazando la subsistencia de la cultura independiente, aun así, aún queda un poco de esperanza.

por Pol Rodellar; ilustración de Carlos Santonja
|
oct. 10 2018, 3:21am

Lo dicen muchos malagueños: "esta ciudad ya se ha ido a la mierda". Muchos atribuyen esto al hecho de que haya un señor del Partido Popular de 76 años que lleva 18 años en el Ayuntamiento. 18 años, sí. Encima, la formación azul lleva en el consistorio desde 1995.

Fue a partir de la segregación de Torremolinos en 1988 —que antes fue un antiguo barrio que aglutinaba toda la oferta de ocio y hostelería de la ciudad— cuando Málaga empezó a apostar por generar un modelo turístico que pudiera competir con la oferta de ese nuevo municipio de la Costa del Sol, que era uno de los principales destinos turísticos de sol y playa de toda España.

Hasta ese momento, Málaga había sido una ciudad puramente residencial que aún estaba desarrollando su urbanismo, esta escisión hizo que la alcaldía empezase a plantearse un nuevo modelo económico para la ciudad basado en el turismo, que se consolidó con la llegada del PP al consistorio, primero con Celia Villalobos —de 1995 al 2000—, y luego con Francisco de la Torre, desde el año 2000 hasta la actualidad.

Si bien ha sido un proceso lento, estos últimos años los malagueños han ido viendo como su ciudad empezaba a dejar de pertenecerles y a girarse a favor de ese visitante que pernocta en hoteles y viene buscando sol, playa, comida y fiesta, todo aderezado con una perfecta coartada cultural: la presencia de todos esos museos como el Picasso, el centro Pompidou, el Carmen Thyssen, el Centro de Arte Contemporáneo y muchos —muchos— otros.

En los medios se ha hablado holgadamente sobre la gentrificación de centros urbanos como los de Barcelona y Madrid, donde los ayuntamientos han higienizado ciertos barrios céntricos a base de utilizar esa carta buenista de “mejorar” y dotar de equipamientos culturales —museos, universidades— unos barrios históricamente humildes y aportarles un valor económico que, finalmente, termina expulsando a los vecinos de toda la vida para dejar paso a una tráfico de población de presencia temporal.

Todo este engranaje les viene de perlas a todos esos especuladores inmobiliarios que no sabían qué diablos hacer con todos esos pisos que tenían medio vacíos o alquilados por cuatro duros heredados de la crisis y que ven como ahora se revalorizan y ven que pueden sacarles un rédito económico con el alquiler de pisos turísticos.

"No se dan licencias desde 1997 y, de hecho, las que hay, las tienen los mismos grupos de empresas, que tienen varias salas en el centro y que, de hecho, no hacen ni música en directo"

Málaga ya lleva un tiempo sufriendo estas vicisitudes, viendo como su centro mutaba por completo y se expulsaban vecinos, se cerraban salas de conciertos y bares de toda la vida que eran sustituidos por hoteles, restaurantes de tapas o pisos turísticos.

Como símbolo del final de una era de la música alternativa de la ciudad, el pasado mes de abril cerraba una de las salas más emblemáticas del centro de la ciudad, la única que ofrecía música en directo. Esta no fue la única sala activa en la ciudad pero su cierre representa un camino que muchos perciben como definitivo.

Según Álvaro Fernández, uno de los integrantes del colectivo Culoactivo Canela (promotores, entre otras cosas, del festival CanelaParty), en 2003 Málaga era un punto importante para la cultura underground e indie de este país. “Recuerdo la dicotomía Teatro Cervantes/Sala Spectra, ahí tocaban bandas locales, nacionales e internacionales. En la Spectra venían propuestas poco conocidas, por ejemplo, ahí tocó toda la Bcore de la época: Standstill, Madee, Maple, Aina, No More Lies, Delorean; pero también pasaron por ahí bandas internacionales como Mono, Converge, Capitol City Dusters o Elliott. Luego al Teatro Cervantes vinieron Wilco, Animal Collective, Big Star, José González, Mogwai, Dan Deacon, etcétera. Daba gusto, veías a gente de toda Andalucía que venía a ver los conciertos”.

Todo esto terminó cuando el consistorio empezó a vigilar más el tema del ruido. Dani García, de la antigua promotora Goetia y del podcast de música The Chapel, apunta que “antes se podía tocar en bares y el Ayuntamiento no molestaba mucho, había poco control de licencias y de ruido, pero con el tiempo, la Spectra dejó de montar conciertos porque, aunque tenía licencia, tenía quejas de los vecinos por el ruido. El mismo motivo por el que a la sala Velvet, hace unos años, tuvo que cambiar de sitio”.

Ahora la oferta de música en directo se ha trasladado a otros puntos de la localidad, dejando el centro como un coto de discotecas, bares de tapas para turistas y procesiones de cofradías. Muchas de esas salas no tienen una programación tan ecléctica como la de hace años, exagerando aún más la poca diversidad que se impulsa a nivel musical y cultural desde el mismo Ayuntamiento. Dani me comenta que “no se dan licencias desde 1997 y, de hecho, las que hay, las tienen los mismos grupos de empresas, que tienen varias salas en el centro y que, de hecho, no hacen ni música en directo, solo las quieren porque les permiten abrir hasta las siete de la mañana”.

Alberto Jiménez lleva toda la vida dedicándose a la producción y programación de eventos —aparte de haber trabajado en la sala Velvet— y me cuenta que “tampoco es un tema de licencias, porque, ¿dónde se darían? El centro de Málaga es muy pequeño y está saturado y además no cuenta con establecimientos que puedan albergar salas de conciertos. La propia arquitectura de los locales impide que haya grandes espacios. Uno de los problemas que tenía la Velvet es que era pequeña, tenía poco a foro, y si pagas 6.000 euros de alquiler mensual y tienes que cubrir gastos de personal en puerta y técnicos de sonido, no te salen los números”.

Las cofradías se llevan entre un 70 y un 80 por ciento de las ayudas destinadas a cultura

Mientras las salas van cerrando, tanto Álvaro como Dani como Alberto, me comentan el tema de las cofradías. No es solo que estas asociaciones —que antes solo salían durante la Semana Santa—, ahora se inventen motivos para salir cualquier día del año —que hasta el propio obispado se ha quejado— y hacer ruido con sus cornetas y trombones —ruido que, a ojos del Ayuntamiento, es ruido bueno, no como el que generan las salas de conciertos—, sino que estas cofradías también se llevan entre un 70 y un 80 por ciento de las ayudas destinadas a cultura, aparte de disponer de locales céntricos cedidos por el Ayuntamiento. Es como si el alcalde hubiera modelado la ciudad a su gusto.

Según Alberto Jiménez, “no hay una colaboración entre lo público y lo privado, antes había una programación muchísimo más abierta con muchísimas propuestas y ahora se ha centrado en ciertas propuestas que salen en Operación Triunfo. Existe una falta de diversidad, no es que se esté acabando con la cultura underground o lo que sea, es que se está acabando con la diversidad”.

Uno de los grandes problemas de Málaga es que la ciudad no tiene una economía diversificada, en la ciudad solo se vende turismo y Semana Santa “y si esto desaparece, nos jodemos vivos. La diversidad hace que una ciudad sea más cosmopolita, más creativa y tenga más capacidad de generar ingresos”, comenta Jiménez.

Para Jiménez, “es todo mucho más complejo de lo que aparentemente pudiera ser. Hay un problema de urbanismo, Málaga es una ciudad que se desarrolló muy rápido durante los años sesenta y setenta, una ciudad muy residencial, una ciudad donde difícilmente pueden convivir el ocio con el turismo y con las oficinas. Al juntar todo esto en el centro, que es muy pequeño, obviamente se generan conflictos”.

Martin Moniche, Secretario Provincial de Cultura del PSOE de Málaga y gestor y agitador cultural en La Térmica, analiza este modelo. “En 2003 se abre el Museo Picasso y el Ayuntamiento se centra en este modelo cultural de museos de franquicia, como el Pompidou o el Ruso y, como oferta cultural y posicionamiento de la ciudad, sí que se da una imagen de que Málaga apuesta por la cultura, pero a esta le falta un movimiento cultural de base, la cultura como participación. Más que visitantes de museos nos faltan hacedores de cultura, una ciudadanía activa que participe y sea parte de esta cultura. Málaga necesita fomentar la acción y participación y luego una industria cultural que gestione los espacios de manera privada y que, finalmente, genere dinero”.

"Málaga apuesta por la cultura, pero le falta un movimiento cultural de base, la cultura como participación. Más que visitantes de museos nos faltan hacedores de cultura"

Está claro que a Málaga le falta una oferta cultural variada en el centro de la ciudad. Moniche desearía un centro con “salas de conciertos, salas de fiestas y un tablado flamenco en condiciones. El centro tiene unas limitaciones urbanísticas evidentes, con locales pequeños, pero todos estos espacios se pueden crear, como en el puerto, que fue rehabilitado. Ahí no molestaría y, de hecho, se ha construido un hotel enorme que parece una polla”.

Martín también coincide en que hay demasiado apoyo a las Cofradías y que a veces no se puede entender que se subvenciones mantos y coronas cuando hay artistas y creadores que necesitan más ayuda y apoyo. “Falta un poco de iniciativa y creatividad por parte del Ayuntamiento a la hora de otorgar estas subvenciones a los artistas”, comenta, “no saben cómo hacerlo, pues se limitan a hacer certámenes y concursos con premios —que es una fórmula de hace 20 años— en vez de ofrecer ayudas en la gestión, producción o abriendo espacios de trabajo y de desarrollo con oficinas para iniciar redes de distribución de las creaciones que se hacen en esta ciudad”.

Ahora mismo la actividad privada de música y teatro está condenada. Por un lado está la gentrificación y los vecinos que se van del centro, pero luego están esos vecinos que se quedan en el centro pero que ya no les queda nada, solo las actividades tradicionales de toda la vida. Con el turismo exacerbado, la gente que invirtió en pisos y que se les quedaron colgados al no poder especular con ellos, ha encontrado un nicho de salida.

Los alquileres del centro suben y obligan a la gente a desplazarse a otros barrios. Alberto Jiménez comenta que “nos han expulsado del centro de Málaga, se han cargado el concepto de comunidad y me siento un extraño”. Dani García siente algo parecido, “llevo viviendo casi 18 años en el centro y ha cambiado mucho, ahora está degradado en cuanto a oferta cultural y también a nivel de vecinos. Hay pisos turísticos por doquier, antes había estudiantes pero ahora ni eso, son auténticos hoteles”.

A esto hay que sumarle un sentimiento de rendición en el que parece que la única salida es la huida. Álvaro de Culoactiva Canela se siente decepcionado. “Tengo esa sensación, de que todo se va a la mierda. Quizá también es en parte una realidad y en parte mi propio sentimiento. Yo me estoy planteando pirarme porque veo que todos los esfuerzos que he hecho en muchos campos no están teniendo la recompensa esperada, tanto a nivel cultural y musical como a nivel laboral”.

Pero no todo es tan jodido ya que desde hace poco tiempo existen varios colectivos que han empezado a operar en la ciudad, como el CSA Las Vegas que, instalados en una nave de un polígono de la ciudad, toman como modelo a La Residencia de Valencia, el Rincón Pío Sound de Extremadura, el Liceo Mutante de Pontevedra o el Hi Jauh USB? de Barcelona. Dani García de The Chapel, también ha iniciado un proyecto llamado La Mano, una promotora que programará en la Sala Theatro del centro de Málaga, tomando un poco el relevo de la antigua Velvet y dando cabida a las míticas sesiones Vermut-O-Rama.

"Falta que la cultura se acerque a los barrios para que la gente se interese por ella"

A la par, Juan Diego, uno de los propietarios de la antigua Velvet, ha cogido la antigua sala Ática y la a renombrado como —de nuevo— Velvet, un pequeño local cerca de la antigua sala que está perfectamente insonorizado (aunque sin licencia de música en directo), en el que de momento no se están haciendo conciertos pero que ofrece un poco de esperanza a la parroquia de la antigua sala ya cerrada.

Además, la Junta de Andalucía aprobó una ley que permitirá a establecimientos de hostelería ofrecer conciertos de pequeño formato de 15:00 a 23:00 horas, cosa que reactivará un poco la cultura del directo en el centro de la ciudad. Si bien algunos medios han dicho que esta ley depende de los ayuntamientos y que en Málaga no se aplicará, Alberto Jiménez me comenta que los ayuntamientos “tienen un plazo de 18 meses para aplicarla y, como en Málaga ahora en mayo habrá elecciones, el Ayuntamiento no se va a poner a regular una ley que generará conflicto con los vecinos. Se trata de una ley espinosa pero tiene un plazo que permitirá al Ayuntamiento no abordarla de momento. Que tampoco es que vaya a ser la panacea, porque una de las cosas que exige la ley es que el local esté insonorizado, y esto es una inversión que tendrá que asumir el bar”.

El Secretario Provincial de Cultura del PSOE, Martín Moniche, cree muy importante no concentrar demasiado la cultura en el centro de la ciudad. Málaga dispone de 27 barrios y habría que “hacer una apuesta por hacer cultura en otros barrios, más de trabajadores, y que los ciudadanos utilicen esos nuevos espacios y se apunten a talleres o asistan a los conciertos, que no sean espacios lejos de la ciudadanía y que esos espacios estén vivos e influyan en la vida de barrio. Que sean espacios para hacer e interactuar, no solo para vivirlos como meros espectadores”.

Y concluye. “Por un lado, Málaga se ha puesto en el mapa por el tema de los museos, que en esto ya está aprobado. Pero por otro lado le falta una industria cultural de salas de conciertos y espacios donde la gente apueste y cree empleo y riqueza en el sector y, finalmente, le falta que la cultura se acerque a los barrios para que la gente se interese por ella, que se haga desde el Ayuntamiento una apuesta ciudadana por la cultura”.

Suscríbete a nuestra newsletter para recibir nuestro contenido más destacado.

Más VICE
Canales de VICE