El número del poder y el privilegio

Primero Twitter me hizo sentir poderosa pero luego perdí toda esperanza

Lo que aprendí creciendo online.

por Eve Peyser; ilustración de Kitron Neuschatz, y Lia Kantrowitz
26 Noviembre 2018, 4:00am

Desde octubre de 2015 hasta hoy he vivido unas 168 vidas diferentes en internet. Fui Eve Nadie antes de ser Eve La Escritora de Sexo antes de ser Eve la Cómica antes fui Eve la Chica Depresiva y antes fui Eve la Borracha y antes fui Eve la Feminista y antes fui Eve la Bloguera de Tecnología y antes fui Eve la Socialista Demócrata y antes fui Eve la Hater y antes fui Eve la Abstemia y antes, la Eve Redactora profesional de política y antes fui Eve la chica de la espada antes de ser la repetición de mí misma que soy hoy en día.

Tomar la esencia de lo que eres y traducirlo en un producto digerible es una extraña forma de vida, especialmente si eres una adolescente y sientes que eres una persona inestable. Nunca tuve como objetivo principal vender mi personalidad para ganarme la vida pero en la era de las redes sociales, tu marca personal es la que manda; venderme era inevitable y es que yo misma era un activo necesario para mi carrera como escritora (sobre todo en internet, me sentía cómoda a la hora de confesar mis impulsos más desquiciados ante un público enorme con el fin de encontrar afirmación y amor. Utilizar mis altibajos vitales para mi marca personal era una forma de vida para mí.

Cuanto más sentía que mi vida era algo que debían consumir otras personas, explotando todo el dolor, placer, miedo y resentimiento que implica estar viva, pues más tuiteaba de forma compulsiva. Mi presencia online era insostenible y la verdad es que se me estaba yendo de las manos así que mudé de piel y me convertí en una versión más respetuosa conmigo misma.


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Volvamos a octubre de 2015: mi vida estaba a punto de cambiar para siempre porque estaba a punto de publicar el primer tuit que se me hizo viral. Me acababa de licenciar en la universidad el año anterior y aunque sabía que quería ganarme la vida escribiendo, no sabía muy bien cómo llevar a cabo esa ambición. Tras un año pululando, me encontré con un amigo en un bar que trabajaba como editor de una web así que empecé a redactar ensayos de temática personal y posts estúpidos mientras trabajaba a media jornada en una cafetería.

Desde entonces, me dedico a tuitear cualquier tipo de pensamiento mundano o un enlace a un artículo pero no tenía suficientes seguidores como para que me tomaran en serio. Hasta que un par de días antes de cumplir los 22 tuiteé pantallazos de una conversación de Tinder con Martin Shkreli, aquel chico guapísimo con pinta de yerno perfecto que copó todos los titulares por haber inflado los precios de varios medicamentos, incluido un retroviral que pasó de costar 13,5 dólares a 750 para los enfermos de sida.

"Todo el mundo estaba pendiente de mí y la verdad es que eso es lo que siempre había querido"

Nunca quedé con Shkreli, tampoco tenía especial interés en hacerlo (al menos no con el objetivo de tener una cita romántica) pero aproveché que habíamos hecho match para preguntarle qué se sentía al ser el hombre más odiado de Estados Unidos de la noche a la mañana y de qué manera podía justificar ese capitalismo tan macabro.

Tuiteé la conversación y empezaron a llegarme un montón de notificaciones y yo estaba tumbada en la cama con el ordenador en la tripa, medio paralizada, dándole al F5 sin parar en Twitter para refrescar mi timeline, viendo un montón de favs y retuits, un montón de respuestas y nuevos seguidores. La verdad es que todo el mundo estaba pendiente de lo que yo decía y eso me hacía sentir poderosa. Todo el mundo estaba pendiente de mí y la verdad es que eso es lo que siempre había querido.

Pasemos a 2016: estoy en Twitter durante horas todos los días así que no le sorprenderá a nadie leer que estoy bastante sola y deprimida. Me paso el día tuiteando y en parte premian mis impulsos en las redes sociales: tengo más de 10.000 seguidores, y subiendo. Para mí, todo eso significa que soy especial y que algo estoy haciendo bien. Aquel tuit viral supuso un éxito para mí, me dio una notoriedad que sigo disfrutando y es que he podido llevar a cabo mis proyectos profesionales. Me dedico a escribir para todo aquel que quiera contratarme y mi marca personal en Twitter es muy importante.

Tengo citas con chicos que me rechazan y gracias a esas experiencias me pagan artículos en revistas como Cosmopolitan o New York Magazine donde vuelco los detalles más escabrosos de mi desastrosa vida sentimental, entre otros asuntos. Siento que tengo el carnet de escritora, y lo estoy disfrutando pero aun así me sigo sintiendo vacía. Aunque me aterra la carga que me suponen las redes sociales, sigo tuiteando y tuiteando y luego vuelvo a tuitear un poco más. Lo hago porque me repito a mí misma que no estaría donde estoy (ganándome la vida escribiendo) si no fuera por mis tuits. No es que consiga mi trabajo por cualquier conexión o secreto sino porque me ven en Twitter. Siento que he saldado mis deudas con esta plataforma y, al contrario de lo que sentí cuando tuiteé mi primer viral, siento que se trata de una gran responsabilidad. No quiero admitirlo pero tengo miedo.

"Siento que he saldado mis deudas con esta plataforma y, al contrario de lo que sentí cuando tuiteé mi primer viral, siento que se trata de una gran responsabilidad"

Ahora estamos en marzo de 2017: tengo un nuevo trabajo, escribiendo sobre política para VICE. Creo que jamás hubiera conseguido este trabajo sin mi cuenta de Twitter y es que, después de todo, ya tengo 40.000 seguidores: gente que hace click en mis artículos y eso es bueno para el negocio. Revaloriza todo lo que hago. Suelo tuitear sobre dos temáticas: o bien vuelco todos mis pensamientos absurdos sobre mi existencia o bien escribo sobre el infierno político que nos ha tocado vivir y en ambos casos mis seguidores aumentan. Si escribo una pieza que resulta muy agresiva políticamente, cierto tipo de personas se enfadarán hasta enloquecer y mis seguidores aumentarán. Es lo que hay.

Ya con 2018 bien avanzado, mi vida se enreda y ya no puedo ignorar las grietas de mi marca personal, que hace aguas. Tengo un trabajo a jornada completa y estoy manteniendo una relación seria con un hombre maravilloso cuyo amor y compañía alimenta mi alma como nunca han podido hacer hacer miles de desconocidos. Odio Twitter. Tengo 79.000 seguidores y sigo odiándolo, joder. Sigo usándolo todo el rato, aun así. Mi timeline es una cascada de negatividad constante, noticias terribles y todo el mundo gritando a todo el mundo, igual es que simplemente me estoy haciendo mayor pero toda la ira cibernética me hace sentir exhausta.

Cada día parece un nuevo #Gamergate, como aquella campaña misógina de 2014 contra las mujeres en el mundo del videojuego. Internet es un lugar cada vez más salvaje y está lleno de ira: ya no es seguro usar Twitter con la soltura de antaño. Por primera vez en muchos años, mi ilusión por informar al mundo de todos mis pensamientos mundanos y sentimientos se ha desvanecido. Además, me asusta pensar que la bestia de Twitter vaya a castigarme por las locuras que he compartido a lo largo de los años y que los momentos que menos han significado para mí y los más duros regresarán para morderme en el culo. Ya no sé quién soy y me avergüenzan todas las formas distintas en las que me he presentado ante un público formado únicamente por desconocidos. A ratos quiero desaparecer pero acabo relamiendo la mierda y es que tengo ganas de volver a tener un tuit viral.

Me siento consumida y me odio a mí misma y quiero dejar mi pasado online arrinconado al fondo de mi mente. Mi marca personal me hizo sentir importante así que es normal que, mientras crezco y me convierto en una persona que ya no vive su vida como si todo el mundo estuviera observando y juzgando, al final me siento como una víctima de mis anteriores personalidades. Todo lo que he escrito (tanto en redes sociales como en medios) me persigue. Me aterra pensar que es demasiado tarde, que me resigno a ser una persona superficial y ostentosa y a pensar que es el final. Quiero salir de aquí.

"Ya no sé quién soy y me avergüenzan todas las formas distintas en las que me he presentado ante un público formado únicamente por desconocidos. A ratos quiero desaparecer pero acabo relamiendo la mierda y es que tengo ganas de volver a tener un tuit viral"

Mientras el verano se torna otoño, sigo sintiéndome insegura acerca de quien soy o de quien quiero ser pero de alguna manera sé que estoy saliendo del agujero. De vez en cuando repaso mis tuits antiguos y borro cientos de mensajes que me hacen sentir lástima y vergüenza cuando los releo. Al principio de este arduo proceso sentía mucho asco, estoy llena de odio pero finalmente me relajo al pensar en todas las personalidades que he tenido online e incluso me siento un poco arrogante ante los avances que he realizado en los últimos tres años: he pasado de necesitar atención todo el rato y ser una depresiva con tendencias suicidas a tener menos depresión y menos tendencias suicidas que solo necesita atención de vez en cuando. ¡Poco a poco!

Todavía no he dejado Twitter del todo y es que ahora mismo siento que tuitear requiere esfuerzo, como el trabajo. Pero eso no ha impedido que cambie mi relación con esta red social. Publiqué 1.033 tuits en enero de 2018 pero solo 188 en agosto de 2018, estas cifras demuestran que estoy cambiando para mejor. Me siento orgullosa de mí misma y la verdad es que pienso que es estúpido sentir orgullo porque, a ver, seamos claros: ¿tan difícil es publicar menos de 1.000 tuits al mes?

Sigo pensando en el título del relato de Flannery O’Connor ‘Todo lo que asciende tiene que converger’ extraído de una cita del filósofo y jesuita francés Pierre Teihard de Charin: la cita dice así: "Sed fieles a vosotros mismos, moveos siempre hacia arriba, hacia una mayor conciencia ¡y un amor más grande! En la cumbre encontraréis, unidos, a todos aquellos que hayan realizado el mismo ascenso, viniendo de sitios distintos. Todo lo que asciende tiene que converger".

Así es la vida, supongo. Todas las versiones de mí misma que existen han salido a flote y tengo ganas de saber cual asciende más, y de qué manera tengo que converger.

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