Drogas

Mi amigo murió por las drogas que le di

Compartir éxtasis con un amigo te puede llevar a la cárcel contra la voluntad de la familia de tu difunto amigo.
12 Noviembre 2018, 4:45am
ilustración chico en la carcel drogas
Ilustración por Owain Anderson 

Este artículo se publicó originalmente en VICE Reino Unido.

Se estaba acabando el semestre en la residencia de estudiantes de la Universidad de Lincoln. Era la última noche antes de las vacaciones de Navidad de 2014 y el ambiente estaba muy animado. Había una fiesta prácticamente en cada habitación con estudiantes dispuestos a montar una buena antes de volver a casa con sus familias.

Ashley Hughes y Luke Green, ambos de diecinueve años y estudiantes del Grado de Ingeniería Mecánica, se habían hecho buenos amigos tras conocerse en su primera semana, unos meses antes. Ambos eran chavales de clase media que nunca habían tenido problemas con la ley. Junto con otro amigo, decidieron comprar unas pastillas de éxtasis a otro estudiante que conocían.


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Cuando amaneció, sus vidas habían dado un giro de 360 grados. Ashley se había desmayado y estaba inmóvil en el suelo delante de sus amigos con una sobredosis de MDMA. Mientras los médicos luchaban por salvarle la vida a Ashley en el hospital, la policía detuvo a Luke como sospechoso por tráfico de drogas. Encerrado en una celda, antes de que lo pusieran en libertad, Luke se enteró de que Ashley había muerto por la noche.

La mezcla de dolor y conmoción por haber visto morir a su amigo y el miedo de lo que podría ocurrirle a él hicieron de Luke un ermitaño. Bebió hasta acabar en el hospital. En julio de 2015, ocho meses después de la muerte de Ashley —y a pesar de lo convencido que estaba su abogado de que el caso no justificaba una pena de prisión—, un juez del Lincoln Crown Court condenó a Luke a doce meses en Glen Parva, el correccional más violento del Reino Unido.

Cuatro años más tarde, aunque ha intentando poco a poco reconstruir su vida, Luke sigue sin ser capaz de hablar del tema sin echarse a llorar. La pregunta es: ¿se lo merecía?

Luke Green (a la derecha) en la web de la BBC

En los últimos cuatro años, debido en gran parte al aumento de la pureza, 226 personas han muerto por consumo de éxtasis en Inglaterra y Gales, y aunque en España la cifra es bastante inferior, estamos a la cabeza del repunte de consumo de éxtasis en Europa en los últimos años. Cada una de esas personas tenía padres, familiares y amigos que aún están lamentando su muerte.

Cerca de la mitad de los que murieron por consumo de éxtasis eran adolescentes y jóvenes en la veintena, y en muchos casos consiguieron la droga de amigos y conocidos. La gente no suele comprar drogas recreativas del primer camello que se encuentran en una esquina. Pasar, compartir o vender éxtasis a sus amigos es algo que decenas de miles de personas hacen cada fin de semana por toda Inglaterra. Pero, ¿qué pasa con esos jóvenes, en situaciones parecidas a la de Luke Green, que pasan las pastillas o el polvo responsable de la muerte de alguien?

A la caza de alguien que pague el pato, la policía exagera la participación de la gente en el tráfico de drogas y los jueces dictan sentencias muy duras para mandar un mensaje firme

Una investigación de VICE sobre casos antiguos en Reino Unidos ha revelado varios casos de vidas arruinadas y tratamientos injustos, personas a la que compartir drogas con sus amigos les hizo pasar de ser simples adolescentes a despiadados “traficantes de muerte”, tanto si su objetivo era realmente causar algún daño como si hubieran podido morir ellos también. La policía, los jueces y la prensa les están persiguiendo injustamente y les están castigando basándose en una actitud anticuada hacia la gente que consume y compra droga. Esta situación va cada vez más en contra de la voluntad de los parientes de los fallecidos.

A la caza de alguien que pague el pato, la policía exagera la participación de la gente en el tráfico de drogas y los jueces dictan sentencias muy duras para mandar un mensaje firme mientras que la prensa actúa como un catalizador para usar de chivo expiatorio a personas que ya están traumatizadas.

Un adolescente que fue castigado por la prensa tras haber sido condenado por pasar éxtasis a un amigo que más tarde murió en un accidente declaró a VICE: “Fue el peor doble revés posible. Que mi amigo muriera y a mí me detuvieran en relación con ello. Me preguntó si tenía algo de MDMA y le di un poco. Lo siguiente que sé es que la policía irrumpió en mi habitación en plena noche y me dijo que había muerto, así, sin más.

“Intentaron pintarme de camello, investigando mi móvil. Compro droga, pero nunca en mi vida he vendido droga. Tenía puntuaciones de partidas de póker en el móvil e intentaron volver eso en mi contra para que pareciera un camello. Se aprovecharon de mi ingenuidad y de que nunca antes me había metido en líos. Era una buena cabeza de turco para ellos. La prensa se inventó que era un camello responsable de la muerte de mi amigo. Fue difícil lidiar con eso”.

La policía y la Fiscalía de la Corona no suelen perseguir casos de posesión o tráfico de pequeñas cantidades de cualquier droga, incluido el éxtasis. Aun así, cuando alguien muere, se descarta rápidamente el atenuante.

El éxtasis no es una droga excepcionalmente peligrosa y pasarle una pastilla a un amigo no resulta incomprensible. Los que lo hacen no son tan insensatos como lo pintan los jueces y, por lo tanto, su nivel de culpabilidad no es, ni de lejos, tan alto

La semana pasada, Katie Lavin, graduada en Media Studies (Comunicación Audiovisual), rompió a llorar en los juzgados tras haber sido condenada a seis meses de cárcel por tráfico de drogas de clase A que conllevaron la muerte de su amiga y compañera de habitación Joana Burns en Sheffield el pasado junio.

Junto con un grupo de amigos, el dúo —Joana tenía 22 años y Katie 21— decidió hacer bote y comprar algo de éxtasis para celebrar su graduación de la universidad. Katie se encargó de comprar la droga en nombre de todos a un camarero que conocía, así que fue a ella, que aún estaba en duelo por la muerte de su amiga, a la que arrestaron, contra la que presentaron cargos, a la que condenaron y la que acabó en prisión por tráfico de drogas. También fue a ella a la que la BBC se refirió como la “camello que acaba en prisión por proveer de MDMA a una estudiante universitaria que ha muerto”.

Al mandar a Lavin a prisión, el fiscal Jeremy Richardson le dijo: “Siendo una jovencita tan inteligente, que hayas hecho algo tan estúpido me resulta incomprensible. Has truncado tu futuro”. Al condenar a dos años y medio de cárcel a Benjamin Williams, de 26 años, el camarero que vendió a Katie el éxtasis, el juez dijo que estaría “fracasando en su deber público” si no enviara a ambos a prisión: “Ambos habéis desempañado un papel diferente en la muerte de una joven. Ambos tendréis que lidiar con ello el resto de vuestras vidas. Sois los arquitectos de esta catástrofe que habéis cernido sobre vosotros. El éxtasis es una droga de clase A por algo. Es una droga excepcionalmente peligrosa”.

A decir verdad, el éxtasis no es una droga “excepcionalmente peligrosa” y pasarle una pastilla a un amigo no “resulta incomprensible”. Los que lo hacen no son tan insensatos como lo pintan los jueces y, por lo tanto, su nivel de culpabilidad no es, ni de lejos, tan alto.

Cifras del Ministerio del Interior británico, conocido por subestimar el consumo de drogas, muestran que 550 000 personas han admitido consumir éxtasis al menos una vez el año pasado en Inglaterra y Gales. Incluso si solo hubieran consumido esta droga dos veces, eso supone 1,1 millón de dosis el año pasado. Aun así, el número de muertes relacionadas con el éxtasis en 2017 fueron 57. No hay duda de que el éxtasis puede ser letal, pero no es un narcótico “ruleta rusa” (con una posibilidad de una entre seis de morir), como intentan hacer creer las autoridades.

Cuando los jueces hablar de tener el deber público de encarcelar a gente como Katie Lavin, buscan un efecto disuasorio: es un aviso a la gente joven de que eviten cualquier cosa que tenga que ver con el éxtasis. ¿Calan los mensajes de los jueces en la juventud? Parece ser que no. En 2018, el éxtasis sigue siendo la principal droga preferida, y la proporción de jóvenes entre 16 y 24 años que consumen esta droga es más alta que hace diez años.

Si tenemos en cuenta que los que pasan o venden droga que causan una muerte probablemente ya se estén sintiendo culpables (sobre todo si ha sido un amigo suyo el que ha muerto), ¿a quién se supone que ayuda esta mano dura? No a los que han fallecido, declaran los seres queridos que hablaron con VICE.

Antes de la sentencia de Katie Lavin, Lewis Birch, el novio de Joana Burns, declaró: “Estoy seguro de que a Joana no le habría gustado que Katie tuviera que pasar por todo esto. Conseguir droga de un camello para su grupo de amigos no es traficar con droga. Era la primera vez que Katie la pillaba para nosotros. Cualquiera de nosotros podría estar en su lugar”. En una vista el mes pasado, la madre de Joana, Mosca, dejó claro que ella tampoco quería que Katie o Benjamin fueran a la cárcel.

Si tenemos en cuenta que los que pasan o venden droga que causan una muerte probablemente ya se estén sintiendo culpables (sobre todo si ha sido un amigo suyo el que ha muerto), ¿a quién se supone que ayuda esta mano dura?

Luke Campbell, de 16 años, murió el año pasado tras consumir éxtasis en una discoteca de menores de la parroquia costera de Ilfracombe, Devon. Había comprado las pastillas antes de la fiesta a un amigo de 17 años. Ese amigo llevaba vendiendo pastillas a su círculo de amistades unos cinco meses. Les proveía a través de otro amigo de 16 años que compraba las pastillas en la red oscura usando bitcoins. El juez iba a condenar al amigo de Luke a dieciocho meses de cárcel y a mandar al chico de 16 años a prisión si no hubiera sido porque la familia de Luke intervino.

En una carta dirigida al juez que se leyó en el juicio, la familia escribió: “No estamos hoy aquí para buscar venganza. Sabemos que Luke decidió consumir éxtasis de forma independiente y sin coacción para celebrar su último día de instituto. Luke no habría querido que se considerara responsable de lo que ocurrió aquella noche a otra persona, especialmente a su amigo. Para nosotros, saber que hay dos chicos más que se van a ver negativamente afectados por esta situación al enfrentarse a una pena de prisión agravará el impacto que el delito tiene en nosotros. Ya hemos perdido a Luke, no queremos que más jóvenes pierdan sus vidas”.

Así que Dan quedó en libertad condicional y fue condenado a 200 horas de trabajos para la comunidad, y el otro chico a libertad vigilada durante seis meses. Ambos ayudaron a la familia de Luke a grabar videos educativos sobre los peligros de la droga para que se proyecten en colegios e institutos.

Foto: Westmacott / Alamy Stock Photo

A veces la policía no identifica a los que pasan la dosis letal a su amigo sin querer y, por miedo a lo que les pueda pasar legalmente, no dicen nada, y eso no ayuda a las familias que están en duelo.

Janine Milburn, la madre de Georgia, una adolescente que murió en mayo tras consumir éxtasis en el Festival de Mutiny de Portsmouth, dice: “Ninguno de sus amigos ha reconocido que estaba con ella. Están lidiando con su propio sentimiento de culpa y con su dolor en silencio. Deben de estar terriblemente asustados. Guardarse este gran secreto no es bueno para nadie. Ella eligió consumir. Nadie tiene la culpa. No son delincuentes, son críos haciendo cosas de críos”.

Dominic* tenía 17 años cuando vendió algunas pastillas de éxtasis el año pasado a un amigo que murió de sobredosis. Cuando se enteró de que su amigo había muerto, se asustó mucho y no podía salir de casa. “Tenía mucho miedo, no sabía qué hacer. Estaba demasiado asustado como para hacer algo, así que me quedé en mi apartamento. No vi a nadie”, dice. “Estaba destrozado. Había perdido a mi amigo y me sentía responsable del dolor que estaban sintiendo los que le conocían, su familia y amigos. Era responsable de su pérdida. También estaba preocupado porque estaba en un lío tremendo. Iba a entregarme, pero me daba miedo que me condenaran a diez años de prisión. Me aterraba”.

Alf final Dominic acabó confesándoselo todo a la policía. “Me eché a llorar y se lo dije. No merecía la pena mentir”. Cinco meses más tarde recibió una carta de la policía que decía que le acusaban de tráfico de drogas de clase A. “Sabía que no sobreviviría a la cárcel, que seguramente me acabaría suicidando”, dice Dominic. “No soy un tipo duro, sabía que probablemente me pegarían a diario. Me llamarían asesino. Fue el peor supuesto de todos”. Por suerte para Dominic, los padres del chico que había muerto pidieron clemencia y evitó la cárcel.

Este miedo también puede llevar a la gente a no llamar a la policía cuando alguien está sufriendo una sobredosis porque les da miedo acabar en prisión. En 2015, cinco adolescentes de entre 16 y 17 años fueron condenados por obstrucción a la justicia por abandonar a su amigo en una carretera secundaria porque se estaba muriendo de una sobredosis.

A los amigos que proporcionan droga a sus amigos se les ha tratado con el mismo desprecio que a los traficantes a gran escala

El proveedor de pastillas lleva décadas en el punto de mira. El rumbo se marcó cuando Leah Betts, la hija de un policía, murió tras consumir éxtasis en su decimoctavo cumpleaños en Essex en 1995. Su foto en el hospital copó todas las portadas. La indignación pública dio paso a las declaraciones de una estampida de bandas del East End que aseguraban que serían los primeros en encontrar y castigar a la persona que le había vendido la droga. Desde entonces, a los amigos que proporcionan droga a sus amigos se les ha tratado con el mismo desprecio que a los traficantes a gran escala.

“Incluso Boy George dice en un artículo que es ridículo que yo fuera a la cárcel por una pastilla”, dice Joanna Maplethorpe veintiún años después de estar en prisión por darle a su amiga una pastilla de éxtasis en su vigesimoprimer cumpleaños en 1997. Joanna, que por aquel entonces era una ayudante de márquetin de 22 años de Surrey, le dio una pastilla a su amiga Alexandra Thomas, que estaba muy borracha y tuvo una reacción extremadamente adversa. La llevaron al hospital y se recuperó por completo, pero Joanna estuvo en la cárcel nueve meses de todas formas.

Joanna dice que se volvió muda en prisión y que le suministraron un montón de potentes antidepresivos. Tras su puesta en libertad, la prensa la persiguió y le constó mucho encontrar trabajo. “Me ha jodido la vida” asegura. “Tengo mucho odio. Me medico. Es como una soga alrededor del cuello. La gente en el trabajo me busca en Google y me dicen que les molesta que haya estado en la cárcel por tráfico de drogas de clase A”.

Por supuesto, el Reino Unido no es un caso aislado. En Estados Unidos, la tierra de las locas contradicciones en la política de drogas, pueden condenarte por homicidio inducido por drogas. El año pasado el New York Times llevó a cabo una investigación dirigida a consumidores de heroína acusados de este delito que demostró que, cada vez más, los fiscales estadounidenses tratan las muertes por sobredosis como homicidios, aunque los que compartieron la droga no tuvieran intención de hacer daño a nadie.

Pero como señala el estudio, esto no solo ocurre en el mundo de la heroína. En 2012, Timothy LaMere fue condenado a diez años por asesinato en tercer grado tras haber compartido la droga psicodélica 2C-E en una fiesta en una casa en Blaine, Minnesota. Todo el mundo enfermó y su mejor amigo, Trevor Robinson, de 19 años, murió.

Las autoridades fueron implacables. Según una investigación del periódico local de Minnesota, la fiscalía amenazó a LaMere con una condena de 20 años de prisión si no se declaraba culpable del delito de homicidio. También reveló un gran aumento del número de gente condenada por homicidio en tercer grado relacionado con el tráfico de droga en Minnesota. En los cinco años previos a la condena de LaMere, fueron diez los condenados por este delito, mientras que en los siguientes cinco años, el número se eleva a veintinueve. Timothy, que sufría un trastorno bipolar, salió el año pasado, pero murió de un infarto en abril.

Hace falta reconocer un delito de “tráfico social”, que establezca que los individuos que pasan droga a sus amigos sin beneficio económico o con un beneficio mínimo no deberían ser tratados de la misma manera que aquellos que se ganan la vida con el tráfico de drogas

En 2015, Abhimanyu Janamanchi se metió un polvo cannabinoide sintético con otros estudiantes en una fiesta en la Universidad de Wesleyan en Connecticut. Se le paró el corazón y se salvó gracias a un desfibrilador, pero le detuvieron y le acusaron de tráfico de drogas y posesión de marihuana y pasó un breve tiempo en prisión antes de que le mandaran a un programa de rehabilitación. Esto significa que fue detenido y acabó en la cárcel por casi morir de una sobredosis.

En el Reino Unido, la gente involucrada en este tipo de casos —los que han sido condenados por tráfico de drogas y los amigos y familiares de los que han fallecido— coincide en que el status quo ya no ayuda.

La mayoría están de acuerdo en que hace falta reconocer un delito de “tráfico social”, que establezca que los individuos que pasan droga a sus amigos sin beneficio económico o con un beneficio mínimo no deberían ser tratados de la misma manera que aquellos que se ganan la vida con el tráfico de drogas.

No deberían llevarse a los tribunales bajo el pretexto de que su intención era causar daños ni tampoco deberían ser castigados para mandar un mensaje. La mejor manera de mantener a los jóvenes a salvo es más información sobre los posibles perjuicios y más puntos de análisis de droga. Hay quien dice que la despenalización y la regulación ayudará a salvar vidas y a reducir el índice de delitos, mientras que otros se limitan a aconsejar a la gente que no se acerque al MDMA, ni para venderlo.

“Me cuesta no pensar en Ashley”, dice Luke Green ahora. “Hay muchas cosas que me recuerdan a él, pero no quiero olvidarle”.

El tiempo que Luke pasó en Glen Parva en 2015 fue tan malo como se imaginaba. Le dieron palizas en las duchas, un asesino le amenazaba a diario y vivió motines y el incendio de un ala. El Daily Mail le calificó de “monstruo”. Mientras que los que estaban encerrados por apuñalar a alguien quedaron en libertad antes, a Luke no se la concedieron porque los agentes de la condicional declararon que “sería mala prensa” y que “seguramente dañaría la confianza pública”.

“Perdí mi plaza en la universidad y ahí se acabó mi carrera en ingeniería. Tardé dos años en sentirme cómodo en público sin estar en alerta permanente. “Entiendo que los tribunales y la prensa quieran disuadir a la población del consumo de droga”, dice Luke, “pero no tienes que echar a la gente a los leones para conseguirlo”.

*Se han cambiado algunos nombres para proteger su identidad.

@Narcomania

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