Pizza

Por qué todos pedimos pizza a domicilio los domingos

Hablamos con un experto para que nos aclare un problema que nos incumbe a todos.

por Pol Rodellar; ilustración de Aina Carrillo
22 Junio 2018, 9:31am

Imagen por Aina Carrillo vía usuario de Flickr Pat Castaldo y Wikimedia Commons

Las pizzas tienen un poder extraño que hace que, cuando leemos o escuchamos la palabra “pizza”, de repente, nos entre una urgencia incontrolable de comer una. PIZZA. PIZZA. PIZZA. ¿Podría ser que ahora estéis deseando introducir bucalmente una buena margarita dentro de vuestro cuerpo?

Yo os garantizo que así es como me siento después de escribir “pizza” en mayúsculas tres veces seguidas. Joder, necesito una tan fuertemente que no dudaría en dejar morir a una tortuga marina atrapada en un enredo de plásticos si a cambio me dieran una maldita pizza recién cocinada en un horno de leña. Un-jodido-horno-de-leña.

Otro poder que tienen las pizzas, un poder que seguro que no os ha pasado desapercibido, es que nadie puede resistirse a cenar una un domingo por la noche. Ese es el momento pizza, el pizzae momentum, como decían los romanos. Una extraña conjunción de factores —un equilibrio celestial, si me lo permitís— hace que la pizza sea el ágape ideal para finiquitar la semana, para ese momento que supone el ocaso de la felicidad anteriormente proporcionada por la llegada del fin de semana y, por lo tanto, de la libertad.


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Puede que sea por la resaca, que hace que tengamos que hacer un esfuerzo mental demencial solo para tener que abrir la nevera; puede ser por la apatía general exagerada por el hecho de haberte pasado el día en pijama viendo series o puede ser porque el domingo, ese último día de la semana, ya no te queda energía ni para cocinar un mísero huevo frito, pero todos los humanos nos unimos en una especie de comunión mística en este acto de digestión que nos iguala y nos tranquiliza. Es la última esperanza de una humanidad moribunda.

Carlos Salas Merino, psicólogo especializado en psicología clínica y de la salud y en terapia cognitivo-conductual, me comenta que, los domingos, “en el cerebro ocurre lo mismo que cualquier otro día. Cada persona tiene una perspectiva del domingo según su casuística: para los religiosos es el día del Señor; para los futboleros es el día del partido; para los que van a ver a sus suegros suele ser un día regular; para los pensionistas es un día más y para los modernos es el día del brunch. En cualquier caso, suele ser el día que tenemos conceptualizado como el final de la semana y podemos agobiarnos con la perspectiva de una nueva jornada laboral”.

"La pizza es el pequeño placer que nos damos para encontrarnos mejor”

Esta forma de sobrevivir al infierno de los domingos puede ser que venga influenciada por todo el imaginario de internet y de series de televisión americanas en las que toda depresión es un billete directo a comer pizzas o helados enormes.

Salas nos advierte de que “vemos de forma recurrente situaciones en las que una persona está triste y se atiborra de helado o comida basura, y pensamos: No es una buena decisión, porque además de estar mal, va a engordar. Y a veces entendemos que pueda ser esa celebración de la depresión. En realidad comemos para sobreponernos a ese estado, intentamos disfrutar para estar mejor”.

De la misma forma, la publicidad ha tenido mucho que ver. “Si nos fijamos, últimamente los anuncios de pizza parece que venden emociones, como algunas marcas de refresco o de L. Casei, tienden a mostrar menos el producto y más circunstancias asociadas a ello. ¿Alguien ha visto un anuncio de pizzería a domicilio en el que la persona que pide esté sola o en pareja? Esta imagen (que probablemente sea la más realista) se intenta evitar y se intenta asociar la pizza con las fiestas, familia, etcétera”, señala el psicólogo.

Teniendo esto en cuenta, durante los domingos —en los que damos por finalizada la semana y estamos exprimiendo los últimos jugos del fin de semana— puede que “nos dejemos llevar por estas campañas de publicidad que nos venden felicidad, alegría y familiaridad” e intentamos alcanzar estos estados a través de la pizza.

"Existe el riesgo de convertirse en un adicto a la pizza y que cuanta más pizza pidamos, menos nos satisfaga pero más la ‘necesitemos’"

La solución creemos que está en la comida porque “comer suele ser algo agradable y en nuestro cerebro se activan las áreas relacionadas con el placer, por eso podemos utilizar ese placer para aliviar nuestros malos momentos. Cuando estamos tristes, apáticos o deprimidos, nuestro organismo secreta menos neurotransmisores relacionados con el placer y, en esos momentos, la comida aporta un pequeño subidón. Es el pequeño placer que nos damos para encontrarnos mejor”.

El problema ahí es si convertimos la pizza del domingo en una idiosincrasia inalterable, en un dogma supremo. “Convertir la pizza en costumbre tiene un efecto muy evidente sobre la salud física, pero tiene un efecto psicológico negativo a medio y largo plazo si lo utilizamos como una evasión de los problemas: por un lado los problemas seguirán sin resolverse, por lo que seguiremos estando mal, y por otro, podríamos necesitar cada vez más esta estrategia para regular nuestra emoción y convertirnos en adictos, en… pizzómanos”.

¿Y cuáles serían las consecuencias de ser un pizzómano? “Como toda adicción, algunas vías neuronales se saturarían y, por efecto de la habituación, harían que cuanta más pizza pidiéramos, menos nos satisficiera pero más la ‘necesitáramos’. Hay que aprender a utilizar estas estrategias para regular nuestra ansiedad de una forma saludable. No pasa nada por pedir comida a domicilio, pero no podemos usar la comida como alivio, porque podemos entrar en dinámicas muy negativas”, termina Salas.

Pese a que los domingos es un auténtico placer comerte en la cama una pizza que acabas de pedir con el móvil y que te ha traído un repartidor, intenta que no sea CADA PUTO DOMINGO. Puedes buscar otro tipo de actividades que te hagan salir del pozo del final de semana: haz un poco de deporte, queda con unos amigos y emborráchate, juega a Warhammer o busca la felicidad en otra ocupación que no sea acurrucarte en un rincón de tu apartamento y zamparte una cuatro quesos entre llantos.

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