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feminismo

Nos violan porque pueden

Una reflexión sobre el porqué de las manadas.

por Irantzu Varela
08 Agosto 2019, 3:30am

Nos hemos acostumbrado a llamar “manadas” a los hombres que deciden voluntariamente y de forma individual aliarse con otros hombres para violar la libertad sexual de una mujer, aprovechando su superioridad numérica. Pero no son manadas.

Las manadas son organizaciones animales, orientadas a garantizar la supervivencia de todos los miembros del grupo. Se crean para defenderse de otros animales, para proteger a los más débiles y cuidarse mutuamente de peligros del contexto o para buscar alimento. La colaboración está pensada para el bien común. Pero los hombres que deciden voluntaria e individualmente aliarse con otros hombres para violar la libertad sexual de una mujer lo hacen para perpetuar y fortalecer el privilegio masculino. Para imponer de una manera brutal la posibilidad de acceder al cuerpo de las mujeres que les ha otorgado el patriarcado, y que llevan ejecutando durante toda la historia, en todos los contextos, en todas las culturas.

La creencia de que los cuerpos de las mujeres están al servicio del deseo masculino y de que el acceso a ellos es libre, en la medida en que el hombre sea más o menos poderoso, es la clave del sistema patriarcal. Los hombres “decentes”, los “buenos”, tienen derecho a exigir a “sus” mujeres que cumplan con el “débito” conyugal —que ya no se llama así, pero que sigue estando vigente en la idea de que, cuando tienes novia (o mujer, o “esposa”) tienes garantizado follar—. Los criminales de guerra (o sea, todos los ejércitos) tienen derecho a utilizar los cuerpos de las mujeres como botín, como descanso del guerrero o como arma para destruir la moral y el honor de los criminales de guerra del otro bando, porque la Moral y el Honor, siempre es de ellos. Los torturadores violan a las torturadas, los explotadores violan a las explotadas y los novios violan a sus novias, cuando están borrachas.

El acceso a nuestros cuerpos ha sido siempre un derecho, para ellos. Y negociar las condiciones de este acceso ha sido para nosotras, a menudo, un privilegio. Cuándo, cómo, por dónde o por cuánto. Demasiadas veces ninguna de estas condiciones la hemos puesto nosotras.

Por eso no creo en las manadas, como concepto. Porque seis hombres violando en grupo a una mujer son, por lo menos, seis violaciones. Porque el hecho de que sean un grupo solo aumenta su percepción del cuerpo de ella como un objeto, y las posibilidades de hacer lo que les dé la gana con él, como un derecho. Pero para ella, el hecho de que sean un grupo, sólo aumenta el terror, la imposibilidad de oponer ninguna resistencia, no digamos de negociar. Porque todas hemos visto a los hombres comportarse en grupo y casi todas hemos visto a un hombre violándonos, por eso todas podemos imaginarnos hasta qué extremo pudo llegar su miedo. Por eso no nos importa cuántas veces, ni por dónde, ni si ella gritó o lloró o se negó. Porque todas sabemos lo que es el miedo. Nos lo han enseñado ellos.

Los casos de violaciones múltiples practicadas en grupo se han multiplicado en los últimos años. Y hay quienes buscan explicaciones en los lugares equivocados. No es el porno. Nosotras también vemos porno, y no violamos. No es el origen. En todos los sitios, siempre, se nos ha violado. Y no es culpa de ella, nunca. Hiciera lo que hiciera, estuviera donde estuviera, consumiera lo que consumiera.

Los violadores son de diferentes edades, nacionalidades, creencias, posiciones sociales, niveles culturales, profesiones y experiencias vitales. Pero todos comparten una única característica: la masculinidad. Nacidos, asignados, leídos o asumidos como hombres.

Como esos seres que tienen el derecho —casi la obligación— de conseguir lo que desean, de considerar una opción el uso de la fuerza y de juntarse en manadas para demostrarse a sí mismos —y a los otros— la pertenencia.

Porque no es por follar, eso ya lo sabemos, ¿no? Es por demostrar quién manda, quién la tiene más dura, quién la mete más adentro. Quién es más hombre. Se animan, se graban, se jalean, se ríen, se burlan de ella, se retan. Lo hemos visto en los vídeos. O lo hemos visto.

A quienes pretenden usar como explicación la nacionalidad de los violadores, cuando no es la suya, les importan una mierda las violaciones en grupo. Y les importamos una mierda las mujeres. Les importa tener una excusa aparentemente razonable para normalizar y humanizar su racismo. Porque no hay forma humana ni razonable de justificar la idea de que algunas personas son mejores por tener menos melanina, o son peores por haber jugado al fútbol a la sombra de una mezquita, en vez de una ermita.

A quienes les llaman “animales”, “locos”, “enfermos”, a quienes los deshumanizan, se les escapa el pequeño detalle de que es poco probable que personas con las capacidades de discernimiento perturbadas coincidan por casualidad en una cuadrilla, en un grupo de WhatsApp o en el bilbaíno parque de Etxebarria. Y también se les olvida que nosotras tenemos capacidad para la maldad, problemas, desequilibrios emocionales, patologías y problemas mentales, pero no violamos.

A quienes, desde las instituciones o los cuerpos policiales, pretenden plantearnos que reduzcamos nuestra libertad, que así no van a violarnos, que sepan que vamos a utilizar la sororidad, la autodefensa feminista, el spray de pimienta, las navajas y los botes de laca que hagan falta para poder seguir saliendo de noche y de día, sobrias y hasta las trancas, con plumífero o sin bragas, siempre, cada vez, y donde nos dé la gana. Si no pueden protegernos —que no pueden—, que nos dejen organizarnos sin ellos.

La explicación de las “manadas”, de las violencias machistas, de la violencia sexual, es la masculinidad. Una construcción sociocultural —pero sobre todo política— que ha sometido a las criaturas a las que se ha asignado el sexo masculino a un adiestramiento que les ha convencido de que son más bestias, más irreflexivos, más irrespetuosos de la voluntad ajena y más activos sexualmente de lo que son en realidad. Y que les ha obligado a fingir, desde pequeños, para que nadie se dé cuenta de que esos comportamientos no les salen de dentro. Y les ha soltado en un sistema cuyas estructuras les convencen de que se merecen todo lo que conquisten: tierras, pasta, goles, gobiernos, espacios o cuerpos.

La forma de combatir las violencias machistas y la violencia sexual es acabar con la desigualdad. Desmontar y reinventar un sistema político, económico, social, educativo, cultural, sexual, moral, que está basado en una construcción artificial de la idea de masculinidad y feminidad. Un pensamiento binario que cree que algunas características físicas nos hacen mejores, peores, merecedores de todo o sirvientas, fuertes o frágiles, bestias o bellas. Necesitamos un plan para cambiar desde la raíz esto. Y eso es el feminismo. Por ahí transitan y en ese marco crecen todas nuestras propuestas y respuestas. Escuchadnos, sabemos de qué hablamos.

Y si, ahora mismo, estáis pensando que os llamo a todos violadores… Es porque no os importamos nosotras, ni nuestra libertad, ni nuestros deseos, ni siquiera el básico, el de vivir sin miedo. Os importa poder seguir accediendo a nuestros cuerpos, previo pago, a la fuerza o regateando el consentimiento. Y notáis que esto se acaba. Veis, mejor que nosotras, el final de vuestros privilegios.

Tranquilos, el plan es la libertad, no vengarnos de lo que le habéis hecho a nuestros cuerpos.

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