Lo que hemos aprendido del caso de La Manada

La sentencia no fue un abuso, fue una agresión hacia la mitad de la población​.
26.4.18
Protestas a las puertas de la Audiencia de Navarra tras conocerse la sentencia de La Manada. REUTERS/Vincent West

Soy hombre y mi mirada, claro, es la de un hombre. Creo que hay que decir esto si uno va a ponerse a escribir sobre un tema como una violación, porque nunca he sufrido una. Ni he estado cerca. Probablemente nunca me pase algo así. Tampoco he sufrido en mi vida un abuso sexual. Ni acoso. Nunca he tenido que tomar precauciones al ir caminando de madrugada por la calle, ni he sentido en mi vida una pizca de miedo o incomodidad por culpa de un grupo de mujeres que venían de frente, de lado o por detrás.

Pertenezco, además, a una sociedad que ha invisibilizado todos estos miedos, abusos, acosos, agresiones, cambios de acera de madrugada y llaves preparadas en la mano 100 metros antes de llegar al portal de casa. También pertenecen a esa misma sociedad la jueza y los dos jueces que dictaron sentencia, uno de los cuales emitió un voto a favor de la absolución total para los cinco acusados. Los tertulianos de televisión que opinan sobre el caso también son parte de esa sociedad. Y, por supuesto, los cinco acusados, ya condenados a un delito de abuso y absueltos del de violación.

El tribunal que leía el fallo de la sentencia, no juzgaba tanto a los cinco jóvenes como al concepto social de violación. ¿Qué es una violación? ¿En qué consiste? De eso iba la cosa. Los antecedentes no eran buenos. Veníamos de sentencias indignantes. Se me viene a la cabeza aquella mítica en la que un juez italiano decidía que la víctima no había sido violada porque, para acabar con los pantalones vaqueros bajados a la altura de los tobillos, había tenido que poner de su parte. Todo el mundo sabe lo ajustados que van los vaqueros, por dios, no hay más que ver esos anuncios tan sexis que ponen en la tele, ¡queda usted absuelto! ¡A otra cosa! Era 1999.

Casi 20 años después, hemos aprendido que el concepto de violación parece no haber cambiado. El tribunal de la Audiencia de Navarra ha vuelto a comprar como única posibilidad válida para que exista una violación esa escena cinematográfica en la que una mujer grita socorro y patalea, mientras es sometida con violencia por un hombre que, quién sabe, podría terminar asesinándola viendo el comportamiento rebelde de la chica. Si el miedo a un daño aún mayor paraliza a la mujer, si el alcohol o la droga le impiden reaccionar, decir sí o no, su cuerpo, al parecer, es de uso y disfrute público. Eso también lo aprendimos con la sentencia.

Nadie que no se sienta en sintonía con la sociedad se fuma un cigarro tranquilo después de violar a alguien

Quizá más que aprender algo, seamos sinceros, confirmamos lo que como sociedad ya teníamos interiorizado. Tan interiorizado, que los propios acusados, con antecedentes en situaciones similares, se quedaron fumándose un cigarro, sentados en un banco delante de aquel portal. Nadie que crea haber cometido una violación hace algo así. Nadie que no se sienta en sintonía con la sociedad se fuma ese cigarro tranquilo. Ellos sí lo hicieron. Con el móvil de la chica, además. Puede que en aquel momento incluso tiraran de datos y acompañasen el cigarrito de después con vídeos divertidos.

REUTERS/Vincent West

Como aquel vídeo del joven y exitoso humorista Jorge Cremades en el que una chica está borracha y sola en una discoteca y un grupo de chavales, al darse cuenta, se le echan encima gritando “me la pido”. Un vídeo antiguo y ya retirado, con miles de likes. A propósito, de chicos y de chicas. Likes de la sociedad. Y cientos de comentarios “jajaja”, “LOL” “XD”. Nadie se fuma cigarros ni le da likes a violaciones, ni a nada que se le parezca si no forma parte de una cultura que entiende que eso no es violar así que, según el ADN social, eso no debe de serlo.

Otra cosa que aprendimos es que durante estos dos años del caso de La Manada, los grandes medios de comunicación, los mayores altavoces sociales, han hecho su papel habitual: el de vendernos una película entretenida en lugar de hacer un análisis serio y aburrido de qué sociedad somos y de las cosas que genera. Según las crónicas de la tele mañanera, La Manada, un grupo de peligrosos perturbados, salía de algún rincón oscuro de nuestra sociedad ejemplar para cometer aquella atrocidad. Ni pizca de autocrítica. Nadie que preguntase en aquellas mesas en directo: “¿Por qué se quedaron fumándose ese cigarro tan ricamente? ¿No se sentirían protegidos por un concepto de mujer-cosa que tanto medios de comunicación como nuestra cultura española se encarga de fomentar a diario?”.

No, qué aburrimiento, eso no pasó. Eso no es televisivo. Nadie se preguntó nada, nadie fue más allá del cómodo relato facilón. Yo sí me pregunto cuántos de los tertulianos que ponían el grito en el cielo contra aquellos monstruos no habrá incomodado-acosado-abusado alguna vez de una mujer sin ni siquiera saberlo, sintiéndolo como parte de un juego aceptado en el que el hombre juega y ellas sufren el juego, normalmente en silencio y sin denuncias. Hay niveles, por supuesto, no estoy comparando, pero también hay vínculos comunes. Y el vínculo común que une a “los monstruos” de La Manada y a cualquier hombre que no se pare a revisar este “juego” es la ceguera propia para cuando se trata de uno mismo.

La sentencia no fue un abuso, fue una agresión hacia la mitad de la población

Los cinco de La Manada recibieron una condena menor. De momento seguirán en la cárcel, un lugar en el que la idea es que te reinsertes de los males que le has provocado a la sociedad. ¿De qué males puede reinsertarse alguien a quien la propia sociedad le dice que no ha violado? Pero lo de aquel portal de Pamplona sí fue una violación, diga lo que diga una justicia que se fuma un cigarro, sentada tan tranquila a las puertas de la indignación femenina, que ya no puede más.

Es una violación abusar de una persona que está borracha/asustada/paralizada, aunque no se resista —¿tendría sentido resistirse ante cinco tíos?—. Lo fue entonces y lo seguirá siendo cada vez que —ya sean cinco, cuatro, tres, dos o uno— una mujer se vea en la situación de tener que decidir si quedarse parada para que el mal sea menor o resistirse, patalear y ser protagonista de los sucesos, esta vez ya no como violada, sino como algo peor. Si la justicia no se entera, al menos enterémonos el resto. Aprendamos que la sentencia no fue un abuso, fue una agresión hacia la mitad de la población.