Varias personas nos cuentan qué canción les recuerda historias terribles

“Cada vez que escucho Bitter Sweet Symphony no puedo evitar recordar esas dos horas que mis colegas me tuvieron esperando en un puticlub”.

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22 Enero 2018, 5:00am

Montaje por VICE. Fotografía de Juanes por http://www.livepict.com vía Wikimedia Commons

Supongo que alguna vez has tenido gastroenteritis. Cuando has pasado por algo así tiendes a repudiar por completo la comida que crees que te ha llevado a esta terrible situación; utilizo el verbo “creer” porque no tiene por qué ser la comida REAL que te haya jodido el estómago, puede que el culpable haya sido un puré de verduras caducado pero como la noche en la que empezaste a ir al baño fuiste a comer sushi, pues piensas que el detonante fue ese maldito nigiri de salmón.


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El caso es que entonces pasas una época de rechazo gastronómica hacia ese producto, una reacción lógica que genera el cuerpo para intentar no volver a ser envenenado. A veces la cosa dura meses, incluso años. Toda una vida en el peor de los casos.

Vale, ahora cambiemos de campo. De la comida pasemos a la música. Supongo que, de la misma forma que seguramente odiáis un plato de comida, tenéis una canción que habéis decidido no volver a escuchar porque os recuerda una historia terrible. Como cuando rompiste con Carla mientras de fondo sonaba Blue de Eiffel 65; o como cuando con 10 años fuiste al Zoo de Barcelona y viste como un tipo —que luego supiste que estaba profundamente borracho— caía en el pozo de los monos y no paraba de cantar El Cadillac Solitario de Loquillo; o como cuando escuchaste Atrapados en la red de Tam Tam Go y te recordaba a Atrapados en la red de Tam Tam Go.

Estas historias son las que nos interesan y por eso hemos preguntado a varia gente que nos cuente la suya.

Nacho Vegas — Morir o Matar

Tinder es el bien y el mal de nuestra generación. Quedé con un tipo para hacerle unas fotos, algo relacionado con un proyecto de arte que yo tenía entre manos. El caso es que no era feo, y decidí decirle que sí a la tercera o la cuarta, porque era mejor que seguir escuchándole hablar maravillas sobre sí mismo.

Llegamos a mi casa y nos enrollamos. Yo puse Spotify en aleatorio porque nunca sé si me apetece más indie español o Micah P. Hinson para follar. El caso es que estábamos en el lío, cuando de repente, no sé qué cojones hizo, pero el tío se movió raro, se separó de mí y sus gritos se mezclaron con Morir o Matar, de Nacho Vegas. Querido Nacho, yo amaba tu música. El tipo se subió los pantalones como pudo, y se largó sin mirarme a la cara y sin dejar que lo acompañara al hospital. Ahora no puedo escuchar Morir o Matar porque me recuerda a ese momento y me da entre risa vergüenza.

Al día siguiente cuando me desperté, me había mandado un audio: “Tengo una fractura de pene. Siento que la noche acabara así. No se lo cuentes a nadie”. Joder si lo conté, lo sabe hasta mi madre.

Andrea, 25 años, modista

The Verve — Bitter Sweet Symphony

Yo no puedo escuchar el Bitter Sweet Symphony de The Verve. En el año 98 acabe en un puticlub en el que había una gramola la cual repetía en bucle una y otra vez cuatro o cinco canciones hasta que alguien pagaba por poner una canción. Una de las canciones que sonaba en bucle era ese Bitter Sweet.

Había quedado con unos amigos del pueblo (en el pueblo) a tomar el vermú al mediodía y era típico coger el coche a última hora de la tarde para ir al pueblo de al lado a tomar copas y calimochos. Así que me subí en el coche como muchas otras veces, solo que esta vez a un par de ellos se les ocurrió la brillante idea de parar en un puticlub a tomar una copa. Quizá suena raro pero en ciertos entornos esto se considera gracioso o descacharrante.

A las 20:30 o 21:00 entramos 10 garrulos a tomar la copa al puticlub y las dos horas que estuvimos allí se convirtieron en una pesadilla al tener que escuchar en bucle a The Verve cada 15 minutos.

Obviamente, cada vez que escucho esa canción no puedo evitar que me venga a la cabeza la imagen de esas mujeres moviéndose con suma desgana al ritmo de la canción en un sitio tan sórdido. Fue horrible y The Verve siempre están ahí para recordármelo.

Javier, 38 años, informático

Extremoduro - So Payaso

¿Os acordáis esa lejana etapa en la que escuchar So Payaso y Puta de Extremoduro era la hostia? Bueno, yo como cualquier adolescente confusa la reproducía en mi flamante nuevo MP3 unas 20 veces al día, como mínimo.

Mi primer gran pedo vino por esa época. Al día siguiente, cuando llegó la resaca y una cantidad enorme de rumores de que ese día me había acostado con un tío, perdido la virginidad con él y, por supuesto, no recordaba nada. Así que empecé a llorar, a intentar comunicarme con el chaval en cuestión y a tratar de descifrar qué había pasado la tarde anterior.

Resulta que al final sólo nos besamos, hasta que me caí al suelo y, tras ese ridículo, decidieron llevarme a casa a dormir la mona.

Al final la historia no resulta tan truculenta como esperabais, pero el mal trago que pasé ese día, sumado a que escuché en bucle esta canción me ha hecho no querer recordarla nunca más. Niños: no bebáis, tanto.

Alex, 23 años, publicista

Labi Siffre - Bless The Telephone

Esta canción me la mandó una novia que tuve hará unos 4 años. Nos queríamos mucho, pero resultó que le tocó vivir uno de mis episodios de depresión. Me sentía muy triste y angustiado por todo lo que me rodeaba (excepto ella) y, aunque se esforzaba mucho para hacerme feliz, no supe reconocer lo suficiente sus gestos. El caso fue que, en uno de mis momentos más bajos, recibí esta canción por WhatsApp con un “sabes que te quiero mucho ¿no?”. Me pareció una canción preciosa.

Pocos meses después, cortamos: se le había acabado la paciencia y me dejó, diciéndome “no soy capaz de querer a alguien que no es capaz de quererse”. Poco tiempo después, me saltó la canción en cuestión en las Sugerencias (las malditas Sugerencias) de Spotify. Revisé la letra otra vez y en ese momento entendí la última llamada de una persona que se siente impotente intentando ayudar a alguien que quiere. El sentimiento de culpa y de fracaso me ha perseguido desde entonces (reconozco que no lo he conseguido superar y que me ha vuelto a pasar en relaciones posteriores, cada vez con peores consecuencias) y, aún a día de hoy, soy incapaz de escuchar la canción entera sin romper a llorar.

Marcos, 26, camarero

Deluxe — El Amor Valiente

Tengo sinestesia del tipo "ver cosas cuando escucho musica", y en especial tengo un problema con la música repetitiva porque por algún motivo que desconozco hace que me sienta como si estuviera en el espacio exterior, rollo Gravity, que quedo suspendida en el cosmos sin oxígeno y con la sensación de que voy a morir sola mientras observo la tierra.

Resulta que yo estaba volviendo de esquiar conduciendo súper cansada y con un hambre terrible. Paré en un pueblo del Aragón profundo para comerme un bocadillo en un bar. Pedí y me senté en la barra a esperar. De fondo sonaba la que me pareció la canción más repetitiva y horrible de la historia musical y automáticamente entré en un bucle eterno de muerte letal. Ante tal mareo me olvidé de la existencia de Shazam y al no querer abandonar el local sin mi bocadillo decidí aguantar y descubrir quién era el autor de tal aberración. El dueño del bar me dijo que era de un Xoel Nosequé y que el CD lo había grabado su hija, y a pesar de estar a un paso del brote psicótico le pedí amablemente si podía poner la radio, a lo que el señor accedió sin entender muy bien.

Con el estómago lleno volví a la carretera, pero parecía que mi cerebro seguía bloqueado en el espacio exterior y me hizo creer que estaba en el derecho de denunciar a quien hubiera escrito ese coñazo de tema (algo con lo que sigo obsesionada y que haría si fuese posible). Amor Valiente puta mierda.

Paula, 23 años, asistente de producción freelance

Juanes - La Camisa Negra

Debía tener unos 14 años. Después de la cena de fin de curso fuimos a un pub donde solo estábamos la peña de mi curso. Quería hacerme la mayor delante de mis compis así que hice como que sabía mucho de beber y esto. Me pedí un negrita con Coca-Cola (xdlol). No iba ni por la mitad cuando me empecé a encontrar no muy fina. Recuerdo perfectamente que empezó a sonar La Camisa Negra.

Y mientras Juanes canturreaba “porque negra tengo el alma blablablá”, yo eché una pota descomunal en el puto medio de la minúscula pista. Lo que salió de mi boca sí que era negro. A la puta mierda mi reputación de entendida en los artes ebrios.

Si me pasara ahora tendría la excusa perfecta para pirarme y poner Netflix, que es lo único que me llena. Pero de aquellas, mi mente adolescente no pensaba en otra cosa que el suicidio mientras intentaba limpiar de pota negra mi precioso vestido blanco. Para más escarnio de mis compañeros, mis padres me vinieron a buscar a la puerta del pub. No he vuelto a beber Negrita. Y ahora cada vez que escucho La Camisa Negra de Juanes tengo unas irrefrenables ganas de vomitar.

Paula, 23, periodista