Elliot Tupac: El ser y no ser de la gráfica chicha

Elliot Tupac: El ser y no ser de la gráfica chicha

Desde Lima encontramos a uno de los cerebros de esta icónica tipografía cumbiera.
22.11.17

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En el distrito limeño de Barranco se encuentra el estudio de Elliot Tupac. Su nombre tiene tanto alcance e importancia como ese ritmito que salió de Perú y hoy el mundo distingue con claridad: la cumbia chicha.

La chicha es esa expresión cumbiera que el Perú tiene. Nace de la mezcla de cumbia colombiana con ritmos como el huayno o los aires de las sierras peruanas. Es una música que comienza en los sesenta y se expande en los ochenta con las olas migratorias. Algunos de sus héroes sonoros son Los Shapis, Chacalón y la nueva crema, Los Mirlos entre otros. Y por años, la cumbia chicha se ha dado a conocer a través de carteles y volantes de vistosos colores y letras grandes. Algo que por relación, terminó conociéndose como gráfica chicha,

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Y así es, pues lo que algunos latinoamericanos relacionamos con Perú —la Señorita Laura, las polladas o la denominada ‘perubólica’ de los años noventa— hoy no es más que un fastidioso lugar común. Quien quiera mirar de verdad hacia ese país debe reconocer orgullos más reales y más actuales, orgullos que se encuentran no solo en la comida, sino también en el legado gráfico de la chicha y en la música.

Libre de ataduras y preconcepciones académicas, la obra de Tupac ha recorrido Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Francia, Inglaterra… lista a la cual habría que agregarle un largo etcétera. Su pasaporte está repleto de sellos, y su vida como artista, no solo de dinero, sino también de experiencia y visión de mundo. Elliot Tupac sabe que tiene que cobrar para vivir, pero prefiere concentrarse en su obra.

Cortesía Elliot Tupac

Creció en un ambiente en que el vínculo entre música popular y trabajo gráfico era común, y así desde niño Tupac vive en un punto de convergencia permanente entre la figura, el color y la sensación, un flujo local que antes solo apreciaba y si acaso copiaba y hoy es su material de trabajo.

Y también su escudo.

Cuando Tupac usa colores fuertes y fluorescentes con letras grandes (en la fuente tipográfica Dolphin) y con ellas pinta expresiones de la calle peruana como ‘buenazo’, ‘bravazo’ y ‘chela’, no lo hace sencillamente para darle un toque ‘popular chic’ a un rasgo local. Tupac no es así. Él sabe medir las distancias y sabe cuándo conviene, o no, usar la gráfica chicha. Y para esto no hay manuales, solo su talento desbordado.

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Entrevistar a Elliot Tupac es hallar una fuente de anécdotas nutridas de la vida en Lima, pero mezcladas con el mundo entero. Con él habríamos preferido irnos de viaje en una combi y pasear por las calles limeñas. Pero debimos limitarnos Skype. En medio de las penurias de una conexión débil, esto nos contó.

Noisey: ¿Para ti qué viene siendo la cumbia chicha?
Elliot Tupac: La cumbia chicha viene a ser parte de la vida. Desde muy niño he estado con ella y la he representado. Igual, la música tiene variantes en su denominación: cumbia, cumbia tropical andina, ritmo chicha, que si costeña, que si amazónica, selvática… Pero la chicha es parte de esa formación auditiva.

¿Hoy la escuchas? ¿Sientes que es un patrimonio de Perú para el mundo?
La escucho. La escucho bastante y me identifico. Y es un patrimonio importante dentro de un contexto social. Es parte de un patrimonio peruano que se exporta,

La gráfica que yo hago no pretende ser una gráfica latinoamericana como tal. Creo que las personas deberían identificarse con las cosas a través de su lado más consciente. Muchas veces siento que el asunto de la estética popular ha sido obligado a generar cierta aceptación en la gente, y mi trabajo ha sido lo contrario: hacer que ella exista sin que siga alguna tendencia o moda.

¿Cómo te involucraste en el trabajo gráfico?
Mi papá y mi hermano desarrollaron parte de la estética popular y del cartel. En esas circunstancias yo crecí y me desarrollé. Entonces, cada vez que podía, dibujaba y diseñaba. A partir de los once años empiezo a diseñar y a colaborar en el taller. Esos carteles luego se convertirían en serigrafías. El gusto por el dibujo fue de siempre. Lo otro fue un asunto de tener que colaborar en casa. Tenía un talento para dibujar letras y había que usarlo.

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¿Cómo es una jornada de trabajo gráfica tuya?
Ha cambiado mucho desde el asunto del cartel. En el taller de carteles todo es muy mecánico, ya sabemos que hay un cliente que puede ser un grupo o la productora que hace el evento. Nos llegan los textos. Uno los dibuja, otro los imprime, y es una dinámica así.
Pero ahora mi trabajo es más libre y variante. Estoy en el taller, pero luego puedo estar fuera dándoles un taller a los niños, o viajando. Tengo actividades variables durante un día. Eso hace que mi trabajo no tenga ese peso a nivel gráfico de lo popular, para ahora tener espacio para desarrollar asuntos como la evolución y la idea de que nada es estático, que todo tiene debe estar mutando.

Cuando en Perú y fuera empezaron a apreciar tu trabajo, ¿cómo reaccionó el gremio gráfico?
Buenísimo. Se empieza a ver el reconocimiento de la gráfica popular. Eso ha tenido que ver con que se dignifique el trabajo de cartelista. Para conseguir eso había que ser juicioso y cuestionador en aspectos como el diseño y el contenido. Desde el 2004 o 2005 mi trabajo comienza a visibilizarse localmente. Entre 2010 y 2011, me empiezan a llamar de afuera. Cuando esto empezó a salir, se habría quedado solo en un anécdota si no hubiera puesto límites. Es lo que les pasa a algunos colectivos de gráfica en el Perú: que piensan que se trata de hacer lo que la gente quiere o de dar lo que la gente pide. Y no es así. No importa cómo lo haces, lo importante es lo que dices.

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Una mentada de madre puede ser graciosa, pero el trabajo que yo he hecho tiene que ver con identidad, con el valor, con los procesos, con darle el cuidado a cada trazo. Eso hizo que mucha gente se identificara con este trabajo. Entonces, no es un asunto de color, es algo que tiene que ver con un contenido, con una gráfica. Y que en esa medida genera un orgullo y la representa. Algunos colectivos juegan a usar la gráfica popular a modo de expectativa, o como si fuera algo exótico. Pero no se dedican a construir una idea de gráfica popular mucho más permanente.

En esta década ha habido mayor interés en la cumbia. Así como hay rescate, hay moda. ¿Crees que la cumbia resiste o se adapta a lo actual?
Así como en Colombia, en otras partes la cumbia va perdurar. Los ritmos asociados al placer y al gusto de la gente son honestos y, en esa medida, son capaces de permanecer en el tiempo. No es el caso de la cumbia digital. Se ha puesto el título de exótico, pero no tiene mucha conexión. Puede gozar de reconocimiento, pero, ¿en qué espacios? Espacios reducidos para un público definido, no masivo. Es como pensar que algo popular debe ser consumido por un grupo pequeño.

¿Por qué crees que la cumbia digital es una moda?
Sigo pensando que es una moda, de hacer algo distinto para el momento, no para permanecer. Veo que hay artistas que se visten con atuendos nativos pero no conocen y no entienden las tierras y costumbres nativas.

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La estética chicha está hoy presente también en marcas y eventos. ¿Te pagan por eso? ¿Cómo ves esa presencia en otros contextos?
Sigo pensando que no podría hacer lo que hago si fuera solo color. El color es un elemento que suma. Pero trabajar con empresas implica cosas más grandes. En principio implica que el trabajo de acercamiento popular tenga un sentido estético. Mi trabajo está en el rubro de lo tipográfico y del diseño, con respaldo de lugares académicos. Viajo mucho para hacer actividades académicas. Esto de lo popular lo he expandido de manera responsable. No soy el tipo básico al que le dicen: ‘Hay que trabajar algo para Puma y se ilusiona’. Lo tomo siempre con prudencia, me interesa saber de qué se trata el proyecto. Me interesan los proyectos comerciales que tienen una línea ética acorde a mis principios.

Cortesía: Elliot Tupac

¿Entonces eso justifica para ti trabajar con marcas?
La solvencia de estos trabajos tiene que estar ligada a mi solvencia moral. Y yo además tengo que generar para las empresas una obra de responsabilidad. Es así como la empresa confía en mí y me recomienda para otros proyectos. Puedo ser una persona natural, pero trabajo como si fuera una empresa.

¿Sientes que quienes te imitan lo hacen bien?
Ocupar referencias está bien. Siempre lo digo y lo mantengo. Yo no me he inventado nada. Lo que hago es capturar momentos. Toda esa información la voy capturando y, a la vez, modificando. La copia molesta a cualquiera. Pero si viene de un emprendimiento básico, no me molesta porque es una manera de empezar. Pero cuando hay áreas de diseño de empresas con dinero que copian cosas mías, yo reclamo. Por ejemplo, Marca Perú.

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Trabajé con ellos unos proyectos audiovisuales, y ellos desarrollaron una tipografía, recreando los trazos que hago cuando pinto murales. Ellos en su prudencia y miedo me comentaron que hacían el proyecto, que no estaban copiando y que por favor les firmara un documento de no vulneración de mis derechos como creador. Lo tomé como un homenaje, no como una copia.

¿Qué futuro le ves a la estética de la chicha y la música?
Va a permanecer en el lugar que le corresponde. La cuestión masiva, el barrio, el pueblo… Pero, si hablamos de una escena, esta es mutante, es un capricho sonoro y estético. No le veo mucho futuro, se han enfocado en verlo como una gallina de los huevos de oro y no se preocupan por una secuencia que permita permanencia.

Sale un grupo de chicha, retoma y reversiona las cosas. Pero, ¿cuándo se va a hacer algo nuevo? Tal vez algo así fue lo que hizo el grupo Chicha Libre. Hicieron su selección de cumbia chicha e hicieron una variante, su versión, su construcción. La cumbia digital tiene esa especie de manipulación, que es facilista e inmediata. Veo que algunos exponente de la cumbia digital no solo en Perú sino en otros países, están desviando su propuesta porque el público también ha mutado. El público se aburre y el músico tiene que cambiar.

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www.elliottupac.com

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