verduras de las eras

Las señoras

COLUMNA | "Veo que es un desperdicio que esas señoras de mi barrio y mi sector vivan la mitad de su vida en un limbo".
1.9.17
Ilustración: Daniel Senior | VICE Colombia

Me intrigan y me encantan, me paralizan y me mueven las señoras de mi ciudad, de mi sector, de mi barrio y de la clase social en la que nací (aunque ¿sabe uno en qué clase social nació? ¿Nace en alguna? ¿No es siempre la pertenencia a una clase social un motivo de incógnita y de inquietud, y no somos todas reinas que nacimos en un sector equivocado, siempre más abajito y más arribita que lo que les parece a los demás?), cuando las veo en Carulla, donde el lector ya sabe que me la paso y donde me pasa de todo (que no es nada, pues me la paso allá precisamente porque allá no acontece ni se oye absolutamente ninguna historia, es puro patinadero para el pensamiento y puro imaginar los pensamientos ajenos, y parece un lugar que estuviera entre el sueño y no haber nacido, presente continuo, una especie de comodidad ensimismada en comunidad, lleno de cosas que no son cosas exactamente sino productos, finales de procesos, un sitio vulgar y descarnado, sin carne y sin palabras, donde flota la satisfacción que no proviene del deseo), donde ellas están calladas, mientras que en mi recuerdo siempre están diciendo algo, hable que hable, repitiendo fórmulas ("Ay, no , es el colmo", "¿Te lo dije o no te lo dije", "Cría cuervos", "Por algo será"), que rematan frunciendo la boca y haciendo doble papada, pero no hacen eso en el supermercado, solo las veo pensar, ahí a solas, y luego hacer que el muchacho les lleve hasta el carro las bolsas de mercado, aunque podrían llevarlas ellas mismas, pero a lo mejor quieren un contacto con un muchacho, y a continuación sacan unas monedas de propina y las llaves del carro, las llavecitas, que es lo que una amiga mía dijo el otro día que veía cuando pensaba en los señores bogotanos, no en las señoras: "Todos esos señores como tan femeninos, con sus llavecitas", dijo misteriosamente, e hizo un movimiento con la mano como si sacara del bolsillo de un blazer imaginario un llavero e hiciera sonar las llaves, el movimiento entre celoso y afanoso de los señores bogotanos de mi sector —"Todo esto: mío"—, a quienes no voy a contrastar con las señoras, pues ellos son también señoras, son las señoras que les han quitado la virilidad a ellos mismos mientras ellos les quitaban a ellas la vida para no usarla ni vivirla, versiones pequeñoburguesas de un inevitable travestimiento asexual, hasta que al final queda una amalgama señora-señor del norte de Bogotá, pero por otro lado le creo a un vecino mío, que sí fue enfático en contrastar a las señoras con los señores y me dijo: "Las mujeres de nuestro barrio se sienten menos capaces que lo que son y los hombres se sienten más capaces de lo que han demostrado", y habló del papel que ellos interpretan de ejecutivos exitosos en su irrelevancia y su fracaso, pero voy a dejar eso de lado porque ahora estoy hablando específicamente de las señoras que veo en mi barrio y que después de cumplir ¿cuántos años?, ¿los que cumplí yo este año? a veces muchos menos: he visto la metamorfosis en unas harto menores, que pasan directamente de niñas a mamarrachos a través de un proceso expedito que ellas mismas se imponen, y que es el desbarranque de alienación de su propio deseo y del anhelo de su corazón, de aniquilación de su expresión y de supresión de todo lo que en ellas sea individual o sexual, y muchas veces pasa que uno mira a un señor y le ve que es el mismo niño que fue pero calvo y barrigón, pero en cambio ve a una señora y adivina que fue una señora desde los nueve o los cinco años, desde que jugaba a ser señora y se quedó así, y me parece que las veo jugar al tecito de muñecas cuando las veo en los cafés tomando "onces" con las "amigas" (con las que sostienen una competencia implacable de nimiedades, que debe antojárseles más brillante que la miseria que en realidad comparten), en sus supuestas escapaditas: "Magínese que nos fuimos seis amigas y pasamos delicioso, echando cháchara, nos reímos como locas", y uno piensa qué delicioso ni qué nada, seguro están todas juntas igual que por separado, preocupadas porque su esposo se vaya con una mujer menor, con una preseñora, o sabiendo que su esposo ya se ha ido con otra aunque viva con ellas, y ellas haciéndose las que no se han enterado, porque los hombres son hombres y en este país hay muchas putas, "las mujeres son terribles", pero él "al menos es buen papá, eso sí pa qué", y a propósito: "Ole, ¿cómo andan sus chinos?", y hacen sus grupitos de whatsapp del colegio de los "chinos", donde pueden tratar de influir en algo, y no crean que hablo de amas de casa exclusivamente, hablo de profesionales y hasta de profesoras, y de ministras (ministras de cosas de señoras, como la cultura y eso, porque para triunfar en otros campos del poder hay que volverse señor, que es más o menos lo mismo pero con una rudeza que según dicen es de señores), y dicen que el colegio que escogieron les parece "genial, hay como disciplina pero también los dejan como libres, nos ha encantado, aprenden a hablar inglés sin acento, una machera", mientras el marido (que no sé por qué en mi imaginación siempre se llama Roberto: "Roberto, mi marido", aunque se llame como quiera llamarse) no disimula la vergüenza cada vez que mija dice cualquier cosa, pero le dio el collar de perlas que al menos sirve para que ella se entretenga imaginándose que la "muchacha" se lo robó, porque llaman "muchachas" a las empleadas del servicio aunque tengan su misma edad: "Ole, necesito que me recomiende una muchacha", y ahora que digo de recomendar muchachas me viene a la mente la odiable Celestina, primera postmenopáusica célebre de nuestra literatura, que se metía en la casa de las mujeres jóvenes para convencerlas de ceder ante el requerimiento de los hombres, esa vieja que por no ser ya objeto de deseo era "puerta entre la calle y el espacio resguardado de la virgen", como habré dicho cien veces en mis clases, y que seguro era igualita a algunas de las "mamás" de mis alumnas con sus "¿Pero Tavo sí es detallista?, y sus "Hazte desear, que te busque él", y sus "No seas pendeja, que él invite", y "Te lo digo porque te quiero: él no te merece", vicarias del amor y proxenetas de sus propias hijas, y allí donde el personaje de Fernando de Rojas pedía una cadena de oro en pago de sus oficios, estas llevan su collar de perlas, que bien puede ser la representación de un sartal de gotas petrificadas de semen, como aprendimos por los sueños de la Dora de Freud, y a propósito de Freud, otro accesorio clave es la cartera, que las señoras agarran con fuerza ("La inseguridad está tenaz"), y siempre esa cartera (decir "bolso" es de indias, o, pues, de putas) es muy cara y es símbolo inequívoco de estatus, y es de piel de animal y representa el útero mismo de su dueña ("Qué cartera tan espectacular", "Regalo de Roberto", "Uuuuyñ, pero qué regalazo", la cartera donde "Nunca encuentro nada" y "Yo aquí llevo de todo"), y de repente, llegadas a cierta edad, ya no basta el abultamiento de la cartera —embarazo sin fin— sino que viene otro abultamiento, en la cabeza, me refiero a que tienen que cortarse el pelo y embombárselo, y la laca (¿por qué? ¿Hay que simular un casco? ¿Es una sobrecompensación? ¿Quisieron tener en la cabeza algo que no tuvieron y por eso se hacen allá arriba esos nidos?), y un poco después o un poco antes del enredo, la inflación y la petrificación del pelo se vuelven rubias, porque también es obligación taparse las canas, y es más fácil si se aclara todo el pelo, de modo que a partir de los cincuenta más o menos, o sesenta más bien, se vuelven como gringas, como si Carulla fuera Stop and Shop, en vez de llenarse de su fuerza y de buscar su propia majestad y volverse reinas (calvas o no), porque ya les habría llegado el turno, y al mismo tiempo que pasean ese rubio desesperado, el reemplazo del sol que apagaron a pisotadas en la premenopausia, empiezan a vestirse de colores chillones, como si en eso radicara la jovialidad esquiva, o la vitalidad, y póngase el suéter amarillo de poliéster que forra las llantas, porque "Yo cómo hago, si me fascinan los postres", y a entregarse a la gula, que es pecado de mujeres, pecado infantil, la teta que se come la teta, y vengan la traguiza y la subsiguiente dieta, a ver si puedo volverme a poner el eslac que me combina con el buzo de punto, y el fular de seda que te hace ver seria y como un poquito señor, como si fuera corbata casi, y es que estas señoras han inventado una moda hórrida entre ellas, con las migajas de su imaginación y una idea loca del lujo, y esa moda atemporal y unifórmica incluye también el top rosado pálido, porque quieren expresar una inocencia todavía, y embutidas en esos medio disfraces de niña y medio disfraces de sofá-cama hablan de cómo adoran al papá, que probablemente era un tirano igual al marido que se consiguieron, que se refiere a ellas como "la fiera" y "la fiscalía", y dentro de mí oigo, en el silencio de Carulla, que se preguntan: "Ahora que no me miran los hombres, ¿quién soy? ¿De qué me disfrazo?, ¿de pollo?, ¿de basura?" Pero no, señoras, que antes tampoco los hombres las deseaban con amor, y menos Roberto, que solo quiso demostrarse y demostrar que no era homosexual casándose, pues todos los hombres de este estercolero machista son homosexuales, sépanlo ("Ok, todos somos, pero es importante aclarar que no todos en la misma medida", dijo el otro día un amigo mío, y tiene razón), y para no pensar en el deseo de los hombres (y tienen razón: ¿cómo se piensa en eso?), ellas más bien vuelven al teléfono y se aplican a ser malignas, juzgadoras, condenatorias de cada mujer que haya querido probar una medida de osadía: "Ay, esa es una de esas intelectualoides", "Esa arrogante", y después de hartarse juzgando contra las "locas" y las "groseras y las "robamaridos" y "las que se las dan de artistas", se embuten en el chaleco acolchonado azul oscuro porque "hay un chiflón", y se van para Cinemanía, donde ven películas francesas, que son todas "divinas", mientras huelen los pedos del marido (que las acompaña aunque esas son películas "para maricas"), y el fin de semana en tierra caliente leen novelas de no voy a decir quién, pero es un autor colombiano "buenmozo" y que "no pude parar de leer", en vez de aprenderse de memoria y de corazón Madame Bovary para entender qué es lo que les pasa, o mejor, para entender lo que no les pasa, y yo al menos tengo la ilusión de que sean alcohólicas, porque ya sé que la mayoría sí lo son, y adictas a las pepas, y no digo esto con sorna ni con desprecio, sino con dolor y con auténtica rabia y con ardiente compasión, porque veo que es un desperdicio que esas señoras de mi barrio y mi sector vivan la mitad de su vida en un limbo, puras zombis, y no es justo ni es lógico, y es más importante que lo que parece, pues ellas votan y crían hijos y con su vocabulario de treinta palabras enseñan a hablar a la tal élite (¿Y qué es la élite? ¿Existe?), o sea que la enseñan a pensar, y esas señoras, medio enloquecidas sin que nadie se dé cuenta, completamente aterradas ante el amor y ante la muerte, sin que a nadie le importen y sin que a ellas les importe nadie, profundamente tristes, desoladas, hacen daño y desuelan a su vez el mundo, y son el baluarte más firme del statu quo, el bastión del clasismo, de la misoginia y de la religión, y la patencia caminante de lo más destructor del patriarcado, y educan a sus hijas (a veces con los sangrientos celos, recelos y resentimientos que las mujeres mayores ejercen contra las menores, aunque estas sean sus propias hijas, o en ese caso con mayor ferocidad) para que sean igual de infelices, de frígidas, de inanes y de prontamente caducas como ellas y sus madres, y educan a sus hijos para que se conviertan en señoronas que manden en el país, y esta sea una sociedad señorera por parte y parte y por siempre jamás.


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* Esta es una columna de opinión. Por tanto, no representa la postura de VICE Media Inc.