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Imagen por Rogelio Velázquez/VICE News.
VICE News

Ana y Manuel se esconden en México, pero no se sienten a salvo de la Mara Salvatrucha

Esta pareja hondureña, como muchos otros ciudadanos de centroamérica huyó de su país por miedo a esta pandilla, pero aseguran que sus ramificaciones ya llegaron hasta este país, en el que además han sido extorsionados y perseguidos por las autoridades.
27.12.16

Su vida en San Pedro Sula, Honduras, era tranquila; él pintaba casas, ella era empleada bancaria y sus hijos acudían a un colegio bilingüe de la zona. Ana y Manuel no pertenecían a la clase alta hondureña pero tampoco vivían en la miseria. Un día el automóvil que había comprado Manuel se convirtió en el inicio de todos sus problemas y en la razón que los obligó a huir de un país que no querían abandonar.

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Miembros de la Mara Salvatrucha, también conocida como MS-13 —una pandilla que en la última década ha alcanzado fama mundial por la violencia que ejerce en algunas zonas de países como El Salvador, Guatemala y por supuesto Honduras— se dieron cuenta que el vehículo podría servirles para cometer actos ilícitos sin ser rastreados. Traficar droga, transportar a un enemigo asesinado, extorsionar o robar en un vehículo que no les pertenecía, aseguraría el éxito de sus operaciones criminales.

Por ese motivo acudieron al domicilio del joven matrimonio: no les robaron el auto, lo tomaron prestado. Todas las noches acudían a la casa de Manuel y se lo pedían. Manuel no podía poner objeción, los pandilleros controlaban su colonia: habían llegado tres años antes de otras zonas de la ciudad, y con el paso del tiempo se asentaron ahí y reclutaron a los jóvenes locales para librar una guerra contra el Barrio 18, sus enemigos acérrimos.

Ana, incluso, no podía ver a su madre que vivía a unas calles porque tenía prohibido pasar a colonias controladas por el Barrio 18. "Si quieres ver a tu madre debes de ir al centro", le decían hombres armados que mostraban orgullosos los tatuajes de la MS-13.

Manuel sabía que no pasaría mucho tiempo para que las autoridades lo involucraran en algún crimen, ya que sus datos aparecerían en el registro del auto que se usaba para cometer delitos. Temía ir a la cárcel por algo que no había hecho, pero temía más las consecuencias de decirle "no" a un pandillero, de enfrentarlos y arriesgar su vida.

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Una noche de septiembre, antes que llegaron a pedirle prestado su automóvil, pensó en sus hijos, en los delitos por los que sería juzgado si seguía permitiendo que la MS-13 utilizara su coche. Pensó en su vida en la cárcel y decidió poner un alto: cambió la batería de su auto por una en mal estado para que el vehículo no arrancara, y con eso justificar que no podía prestarlo. Esa noche, los pandilleros creyeron su mentira, pero al día siguiente volvieron. Manuel volvió a decirles que no.

—Si no nos prestas nada, tu familia y tú serán encontrados en una bolsa —le dijeron, advirtiéndole que lo matarían.

—No sirve la batería, si quieres revísala —dijo Manuel.

—Agradece hijo de tu puta madre que no te arrancamos en este momento los tatuajes que tienes con los nombres de tus hijos. ¡Tienes 24 horas para que te vayas de aquí, perro!

—¿Cómo me vas a correr de aquí si esta es mi colonia? Aquí crecí y no te debo nada a ti.

—¿Qué no me debes nada? Si ahorita yo quiero te vuelo los sesos —dijo el pandillero mientras sacaba una pistola.

Manuel cuenta que en ese momento le sacaron una fotografía con un celular, y le advirtieron que su imagen iba a ser enviada a través de WhatsApp a integrantes de la MS-13 en Guatemala, El Salvador y México, para tenerlo fichado. Horas después, Manuel decidió huir con su familia del país donde pensó vivir toda su vida. El objetivo era llegar a Estados Unidos pero para llegar tenía que pasar por México.

Ana y Manuel se sostienen de la mano. Ante el temor de ser descubiertos no permiten que que sus rostros sean fotografiados. (Imagen por Rogelio Velázquez/VICE News)

Después de cruzar tratando de no ser ubicados por la MS-13, llegaron a Palenque, Chiapas, una de las ciudades más importantes del sur de México. Ahí lograron esquivar los controles que el Instituto Nacional de Migración (INM) coloca en las carreteras para identificar indocumentados. Después fueron trasladados por jóvenes de la zona, mediante un pago, a Villahermosa, Tabasco, luego a la ciudad de Cárdenas: ahí tuvieron que caminar durante varias horas bajo la lluvia con sus hijos, que a cada rato pedían descansar.

Intentaron llegar al norte del país, "pero en Veracruz un señor que supuestamente nos ayudaría solamente nos robó", dice Ana a VICE News en algún lugar de México. Cuenta que en el municipio de Acayucan tuvieron que esperar más de 24 horas hasta que sus familiares les enviaron dinero. Ahí, agentes de migración los ubicaron y los persiguieron hasta un monte donde se escondieron para no ser detenidos. Migración no los localizó.

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Un taxista se ofreció llevarlos, a cambio de 25 dólares, a un sitio más al norte: aceptaron. Al llegar, pasaron la noche en una estación de gas. El dinero se estaba agotando y la frontera aún quedaba lejos. Si hubieran tomado un vehículo y manejado sin detenerse, el trayecto desde Veracruz hasta Brownsville, Texas, hubiera durado más de 16 horas.

El chofer de un trailer, quizá "la única persona buena" que han encontrado desde que salieron de Honduras, se ofreció trasladarlos hacia una ruta cercana a la Ciudad de México, y no aceptó ninguna remuneración económica a pesar de la insistencia de Manuel.

'La MS-13 está aquí en México'.

Tras burlar de nuevo a los agentes de migración en un autobús, lograron llegar a una casa para migrantes en el Estado de México, localizada a una hora de la capital. El lugar era un supuesto albergue para indocumentados, pero ellos aseguran que era dirigido por un pollero que traficaba y extorsionaba a personas centroamericanas que pretendían llegar a Estados Unidos. Fueron extorsionados y echados de ahí. Ahora, con el temor de ser ubicados por la MS-13 se esconden en la capital del país y tratan de ganarse la vida, para después llegar a su destino.

—¿Creen que la Mara Salvatrucha los encuentre aquí?

—Siempre tengo en la mente a los mareros. Mucha gente cree que ellos no están acá, pero sí: la MS-13 está aquí en México. Eso de que varios tengan tu foto es cierto, porque a un amigo lo agarraron aquí y lo desaparecieron —dice Manuel. "A mi me dan miedo Los Zetas y la Policía Federal: los primeros secuestran y los otros nos roban el dinero", señala Ana.

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—¿Algún día, si la situación de violencia cambia, regresarían a Honduras?

—No va a cambiar, simplemente porque no hay trabajo, no hay oportunidades. Pero a nuestros gobernantes no les importa la patria, mucho menos darles un sueldo justo a la gente, si hubiera un salario justo, la gente no tendría la necesidad de delinquir. Por ahora tenemos que sobrevivir aquí, y pedirle asilo al gobierno de México que nos acepte como refugiados, a pesar de que tenemos muy cerca de nosotros a la gente mala que nos quiere hacer daño.

Ana y Manuel ilustran el fenómeno de la migración centroamericana a México. De acuerdo con datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para finales de este año, el gobierno mexicano tendrá casi 8.000 solicitudes de asilo, y una población de cerca de 7.000 refugiados, la mayoría son familias centroamericanas que huyen de la violencia en sus países.

Mark Manly, representante de la Oficina del Alto Comisionado de la ACNUR, comenta en entrevista con VICE News que en los últimos meses muchos de los solicitantes de asilo huyen de las pandillas. "Cuando los pandilleros amenazan a un integrantes de una familia, todos los miembros de ésta se ponen en riesgo. Vemos familias completas huyendo. En Tapachula, Chiapas, llegó una familia compuesta por 18 personas".

El funcionario internacional señala que actualmente los países donde más solicitan asilo los centroamericanos son Estados Unidos, México, Belice y Costa Rica. "En México el aumento de personas que solicitan refugio, creció más de 900 por ciento, entre 2011 y 2016; y el aumento de los que se les brinda esta condición en el mismo periodo ha sido de más de 1,200 por ciento".

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Cifras del gobierno mexicano muestran que cerca de 450.000 personas cruzan la frontera sur de manera ilegal cada año, pero no todos piden refugio. "No lo hacen porque no tienen la información suficiente, ni siquiera saben que pueden pedirlo, por eso estamos trabajando con las autoridades para ampliar la información, y que las personas conozcan los programas para los refugiados. En la medida en que la gente tenga información, puede tener un lugar más seguro para permanecer mientras su trámite es aceptado, y evitar los riesgos de la ruta migratoria", dice Manly.

*Ana y Manuel pidieron que sus nombres fueran cambiados por seguridad.

Mira el documental de VICE News: Las noches en San Pedro Sula, Honduras.

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