Así fue la primera edición del L.E.V. en Madrid

El festival asturiano aterrizó por primera vez en la capital con carteles de sold out.
LEV Madrid Naves Matadero
Todas las fotografías cortesía del L.E.V Festival

La primera vez que fui al L.E.V. fue este mismo año, en Gijón. Llegué allí como un lienzo en blanco y a las pocas horas de entrar en La Laboral, el edificio más grande de España, me acordé de Walter Benjamin. Fue nada más salir del recital de Lanarak Artefax. "Es lo más parecido a una misa que he vivido en mucho tiempo", le dije entonces a mi amiga Teresa, que me acompañaba.

Recordé entonces La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, el pequeño ensayo en el que el pensador marxista habla de la pérdida del aura de la pieza artística como consecuencia de la posibilidad de su reproducción gracias al avance de la técnica. El filósofo alemán identifica el aura con la unicidad, con la experiencia de lo irrepetible. La capacidad de reproducción de la obra, derivada del avance tecnológico, destruye para él su originalidad, dejándola huérfana de su valor ritual y tradicional y dotándola, únicamente, del valor exhibido.

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Vuelvo a él en una de las primeras actuaciones del L.E.V. en su primera edición en Madrid, la de Ryoichi Kurokawa. La nave 16 del Matadero, una especie de hangar en la que se ha colocado una barra, un escenario muy bajo y unas sillas, al fondo, donde descansan algunos está muy oscura y en silencio. Kurokawa empieza a pinchar y la pantalla tras él se ilumina, haciendo de su figura una sombra. Subassemblies, el concierto audiovisual que ha traído a Madrid explora la relación entre lo natural y lo humano. Entre lo que siempre estuvo ahí y lo que pusimos.

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La sala se ilumina, de cuando en cuando, con las imágenes de bosques y casas abandonadas, de senderos y edificios en perspectiva. La arquitectura del hombre y la de ¿Dios?, los espacios que habitamos toman forma, se contraen y se expanden, se crean y se destruyen. De cuando en cuando alguien pide silencio. Miro las caras del grupo de chavales que está a mi lado, iluminadas por los visuales del japonés, y pienso que quizá esto es lo más parecido a meditar, a abstraerse, a pensarse en relación con el todo o la nada que experimentaremos muchos de nosotros en mucho tiempo.

Justo antes de Kurokawa, sobre el mismo escenario, James Ferraro abría la noche en la Nave 16 con el estreno de Requiem for recycled earth, un recital acompañado de flauta y oboe. Y los visuales, surgidos de su colaboración con el artista digital Maotik, parecían un poco el preámbulo de los de Kurokawa, mostrando un futuro distópico que ya es presente, reflexionando, y llevándonos a reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí, sobre qué somos y en qué nos hemos convertido, de nuevo a través de la relación entre el medio y el individuo, entre la naturaleza y la sociedad, con una pieza compuesta para ser escuchada específicamente en Soundscape, un sistema de sonido inmersivo diseñado por d&b audiotechnik e instalado en Matadero para la ocasión.

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Son poco menos de las 22 cuando Kurokawa termina su recital y el público sale de la Nave comentando la jugada, la organización impecable de la primera edición del L.E.V. en Madrid. A mi lado, un grupo habla de que "Matadero no es La Laboral ni el Botánico Atlántico pero…" y no alcanzo a oír más. Y no: ni las naves del Matadero son comparables a la grandeza y la majestuosiedad del edificio más grande de España —La Laboral se alza con el título, con sus 270.000 metros cuadrados— ni el ambiente de su patio, en el que suelen jugar los niños del barrio y pasear perros, a la bucólica estampa del Jardín Botánico Atlántico de Gijón, en el que se programan algunos del conciertos del L.E.V. en la capital asturiana.

Pero la organización ha sabido aprovechar la oportunidad de traer el festival más puntero de electrónica visual a la capital con una buena organización y un cartel lleno de imprescindibles del género: de Morton Subotnick a Kelly Moran, de Francisco López a Plaid. Entre los nombres españoles del cartel, Komatssu, que substituyó a Promising/Youngster (quien no pudo actuar por problemas de salud) o Rrucculla, que definió la esencia de su música cuando la entrevistamos en junio como "la representación de tener 50 pestañas abiertas en un buscador mientras te deslizas por tu feed de Twitter e Instagram a velocidad 4G". La bilbaína ofreció, el viernes por la tarde, en otro de los espacios del Matadero ocupados por el L.E.V., el plató de la Cineteca, un directo audiovisual lleno de algunas de las referencias que la han convertido en una de las grandes promesas de la música experimental en nuestro país: el jazz y las melodías pop, la capacidad para sintetizar un sentir general -y generacional- en collages visuales y sonoros y la comunión entre batería acústica y vanguardia digital.

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Francisco López también llevó su producto nacional al Matadero, en su caso el domingo, con una de sus performences inmersivas en la oscuridad que mezclaron sonidos ambientales dando lugar a mapas auditivos. De él y su actuación decía la creativa ene13 en Twitter que "se debería hablar de él como se habla de Miquel Barceló, Eduardo Chillida, etc. Una propuesta sonora, con los ojos cubiertos con un antifaz. El monomedia donde el multimedia es tu imaginación. Fue un viajazo que con el sonido espectacular de la nave nos barrió".

Pero la Nave 16, el Plató de la Cineteca y la Plaza, donde actuaron la jovencísima Babii, Dj Rum o Jaime Tellado, aka Skygaze, otro de los españoles del cartel, no fueron los únicos espacios de Matadero que colonizó, en su primera edición en Madrid, el L.E.V.: en la Nave 0 se instaló VORTEX, la nueva sección del festival. El nombre elegido -en latín remolino de viento, vorágine- ya anunciaba lo que sería el espacio: un torbellino en el que tecnología y arte en todas sus formas, desde el audiovisual hasta el videojuego pasando por la realidad virtual, convergían para experimentar y reflexionar sobre la realidad virtual y en constante movimiento en la que ya nos movemos.

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Las historias de Lupe, una puertorriqueña conocedora de la escena punk del Lower East Side neoyorkino, o del Taiwán del presente y del futuro, el celebérrimo Ghost in the shell en realidad virtual o la inmersión en un bodegón del XVII fueron posibles, tomaron forma, durante unas horas y a lo largo de todo el fin de semana, en este espacio que daba la bienvenida a todo aquel que se acercaba hasta Matadero. En su marco se prestó especial atención, en esta edición, a propuestas de artistas canadienses que, a través de un Focus Quebec, trajeron hasta Madrid piezas como la performance retrofuturista de Maxime Corbeil-Perron, que a través de gafas 3D nos trasladaban a un universo performático con Imaginary Optics.

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El viernes, entre actuación y actuación, entre la Nave 0 y la 16 se oían comentarios relativos a la calidad del sonido o al equipo especialmente instalado en el Matadero para el L.E.V. De la primera edición del festival en Madrid y de la necesidad de la capital de empezar a acoger festivales de referencia nacional, como este. Pero también de lo que ocurría afuera: el viernes en Barcelona las calles ardían y el sábado, con las llamas aún candentes, una chispa se encendía en Madrid. Los enfrentamientos entre policía y manifestantes por la Amnistía total de los condenados por la Sentencia del Procés se saldaron en la capital con 26 heridos y 10 detenidos. Y eso, claro, también se comentaba de cuando en cuando.

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Y si hace unos meses, la primera vez que pisé el L.E.V., en Gijón, lo hice pensando en Walter Benjamin cuando me despido de su edición en Madrid, de camino a Legazpi, voy pensando en otro teórico marxista, Antonio Gramsci, y en aquello de que hay que "adueñarse del mundo de las ideas, para que las nuestras sean las ideas del mundo".

Porque, en formato sonoro o visual, de manera más o menos explícita, más o menos abstracta, los artistas seleccionados por el L.E.V. para su primera edición en Madrid han traído un gran diálogo, un debate en el que salieron a colación algunos de los temas más de actualidad en los últimos años, y seguramente también en los próximos: nuestra relación con el medio ambiente y con nosotros mismos, el afán de progreso y su sentido y vigencia o qué hemos hecho con eso que antes llamábamos civilización. Las preguntas están hechas. Ahora le toca el turno a las respuestas.

Sigue a Ana Iris Simón en @anairissimon.

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