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Sexo

Perdí la virginidad con doce años y fue mejor de lo que podáis pensar

"Estaba muy nervioso, no os engañaré".

por Anónimo; tal y como se lo contó a Alba Carreres; ilustración de Teresa Cano
20 Agosto 2019, 3:30am

Ilustración de Teresa Cano

Las estadísticas dicen que los españoles perdemos la virginidad de media a los 17,7 años. Pero las estadísticas son solo eso, cifras, y hay casos extremos que las contradicen. Esta es mi historia.

Perdí la virginidad con 12 años. Cuando lo cuento la gente se suele escandalizar y sentir pena por mí y supongo que es una reacción natural. No es muy “normal” tener a un amigo que reconozca en público que se ha desflorado a tan temprana edad. Aunque siempre, cuando lo explico sale alguien que si bien no a los doce, la perdió a los trece. ¡Os sorprenderíais de la gente que hay!

De hecho a mí me faltaba una semana para cumplir los trece y lo recuerdo como si fuera ayer a pesar de que ya han pasado unos quince años. Llevaba seis meses saliendo con mi primera novia. Ella tenía mi misma edad. Nos enrollábamos por las esquinas, a escondidas, y hacíamos petting en su habitación. Supongo que lo normal en un primer amor.

Un mes antes de nuestra primera vez ella me confesó que al llegar a casa, después de nuestros roces y de nuestras caricias, había sangrado sin que tuviera la regla, por lo que me dijo que creía que se le había roto el himen. Nos lo contábamos todo, nos queríamos a nuestra manera, fue algo muy intenso en todos los sentidos.

Entonces un día, mientras estábamos solos en mi casa, me lo propuso. Recuerdo que estábamos ya en ropa interior y que todo fue como muy fluído. En aquel momento pensé que sería una buena idea, puesto que ya llevábamos tiempo frotando nuestros genitales sin llegar a la penetración y aquello suponía dar un paso más.

Estaba muy nervioso, no os engañaré. Pero todo resultó mucho más sencillo de lo que podía haber imaginado. Sabía que mis padres tenían condones en un cajón de su mesilla de noche, así que fui hasta su habitación para robarles uno.

Pensé que por uno que les cogiera nadie se daría cuenta, pero entonces vimos que entre los preservativos “normales” había uno de fresa y se nos ocurrió que quizás molaría más si usábamos el de sabor. Fuimos unos ingenuos al pensar aquello, pero en aquellos momentos os juro que lo que menos me importaba era que me pillaran mis padres.

Visto con perspectiva supongo que aquel primer polvo no fue ni mucho menos el mejor y quizás caería en un tópico si dijese que “fue especial”. Lo describiría como un poco cutre, eso sí… Nada que ver con mis relaciones en la actualidad. Seguro que duró menos de lo que ahora me parece, pero podría asegurar que no fue nada fuera de lo convencional con lo que uno se puede encontrar en su primera vez.

Fue una primera vez dentro de lo habitual con la excepción de que vino años antes de lo que se considera “normal”. No podría decir que fue un desastre porque no lo fue, ni tampoco creo que llegase antes de tiempo. Simplemente vino, así sin más, sin planificarlo, dejando que todo siguiera su curso. Al día siguiente de haberlo hecho por primera vez con doce años mis padres me preguntaron por el condón que les faltaba en su mesilla de noche. Fue algo bastante embarazoso porque no tuve alternativa y tuve que confesar.

Aquel momento se me quedará grabado toda mi vida. No me salían las palabras y tampoco sabía cómo afrontar la situación. Sí, había follado por primera vez, pero también me habían pillado mis padres y era algo que a la vez me incomodaba que supieran. Podría haberles dicho que lo utilicé para una felación, o inventarme cualquier excusa, pero no sé muy bien por qué les dije la verdad.

Supongo que los pobres se quedarían confusos y preocupados. Al menos yo me quedaría así si descubriera que mi hijo de doce años ha perdido la virginidad. Mis padres conocían a la chica, ya les había dicho que era mi novia, pero supongo que les preocupaba que lo hiciéramos con protección.

Recuerdo que mi madre por la tarde me trajo varias cajas de preservativos que le había regalado una amiga suya que trabajaba en una empresa de condones. Siempre he sospechado que aquella amiga de mi madre jamás ha existido. Que fue un intento de mi madre de intentar lidiar con la situación y de proporcionarme preservativos sin que se notara su extrema preocupación por mi salud sexual. Aquello le funcionó.

Realmente aquella primera vez nada cambió en mi vida. Sí, por una parte había supuesto un crecimiento a nivel experiencial de mi vida sexual, un hito que en la sociedad en la que vivimos es recordado aún no sé muy bien por qué, algo que te marca porque tarde o temprano tendrás que contar. Pero por otro lado no me sentí de forma distinta ni tampoco vacilé delante la mayoría de mis amigos de haber sido el primero.

Creo que la virginidad está sobrevalorada, que incluso el hecho de pensar en la primera vez como tal genera unas expectativas falsas que a veces quedan por cumplir, que es más importante vivir el momento y dejar fluir las experiencias que pensar que constantemente estamos cambiando el curso de nuestra historia. Está claro que todas las acciones tienen consecuencias y que hay que acatarlas, pero a veces las ansias de sentirnos protagonistas magnifican esas repercusiones.

Con el tiempo me di cuenta de que en estos casos como el mío la edad es lo de menos. A veces se juzga sin saber y tendemos a escandalizarnos por cosas por ignorancia. Os juro que si tirase atrás lo volvería a hacer, porque a pesar de que socialmente está mal visto, no creo que sea algo de lo que me tenga que arrepentir.

Y sí, cuando me preguntan por mi primera vez, me incomodan los comentarios que puedan surgir por el estigma que conlleva. Pero con mis círculos de amistades más cercanos no dudo en reconocer que perdí la virginidad con doce años y fue mucho mejor de lo que algunos pensarían.

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