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Casi todos los asesinos en masa desde 1966 tienen 4 cosas en común

El mayor estudio sobre asesinos en masa financiado por el Gobierno de Estados Unidos ha revelado datos asombrosos sobre ellos.
MA
traducido por Mario Abad
DS
traducido por Daniela Silva
Tiroteo Santa Clarita, California. Nathaniel T. Berhow

El perfil estereotipado del asesino colectivo es el de un hombre blanco con un historial de problemas de salud mental o de violencia doméstica. Si bien esto puede ser cierto en ocasiones, en Estados Unidos se ha llevado a cabo el mayor estudio sobre asesinos en masa hasta la fecha y ha revelado que existen 4 factores comunes a todos ellos.

El nuevo estudio financiado por el Departamento de Justicia estadounidense, en el que se analizan todos los asesinatos colectivos —aquellos en los que se mata a más de cuatro personas en público—perpetrados en el país desde 1966, reveló que los autores de las masacres habían sufrido algún trauma durante su infancia, una crisis personal o algún agravio específico, y que se servían de un “guion” o ejemplos para validar sus sentimientos o usarlos como hoja de ruta. Y había un cuarto aspecto: el acceso a un arma de fuego.

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La causa primordial de los tiroteos masivos es objeto de intensos debates políticos, en los que un bando los atribuye a enfermedades mentales y el otro, a las armas de fuego. Los investigadores confían en que los hallazgos de este estudio propicien una aproximación al problema más holística y basada en pruebas, así como oportunidades para atajarlo desde la política.

“Los datos son datos”, señaló Jillian Peterson, psicóloga en la Universidad de Hamline y una de las autoras del estudio. “Los datos no tienen carácter político. Esperamos que sirvan para ahondar en estas conversaciones”.

El estudio, compilado por Violence Project, un laboratorio de ideas apartidista dedicado a reducir la violencia en la sociedad, se publicó en noviembre de 2019 y constituye la base de datos más exhaustiva y detallada de asesinos masivos hasta la fecha, cifrada según 100 variables distintas. Su publicación se produjo menos de una semana después de que un adolescente matara a dos estudiantes en un instituto en Santa Clarita, California, y luego se pegara un tiro en la cabeza.

Los investigadores usaron la definición de “asesinato en masa” usada por el FBI —cuatro o más personas muertas, sin contar al autor de la masacre—y la aplicaron a los tiroteos en sitios públicos. Los datos recabados se remontan al 1 de agosto de 1966, cuando un exmarine abrió fuego desde una plataforma de observación en la Universidad de Texas y mató a 15 personas. No fue el primero de Estados Unidos, pero los investigadores lo escogieron como punto de partida porque fue el primero en recibir considerable cobertura mediática.

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La base de datos arroja unos resultados sorprendentes. Los asesinatos colectivos son cada vez más frecuentes y mortales: de los 167 incidentes registrados por los investigadores en ese periodo de 53 años, el 20 por ciento ha ocurrido en los últimos cinco años, y la mitad de ellos a partir de 2000.

La motivación es, cada vez con más frecuencia, el odio racial, religioso o misógino, sobre todo en los ocurridos en los últimos cinco años.

En un tiempo en el que uno de los asuntos más controvertidos de Estados Unidos es el de la legislación que regula el uso y la tenencia de armas, el estudio demuestra que más de la mitad de todos los asesinos colectivos de la base de datos obtuvieron sus armas de forma legal.

Pero los investigadores aseguran que lo que más les sorprendió fue la cantidad de asesinos en masa que mostraban síntomas de haber sufrido una crisis en un momento previo a la comisión del acto. “Ahí se dan oportunidades de prevención”, apuntó Peterson.

Cinco perfiles de asesinos colectivos

Desde hace tiempo, los expertos advierten de que no hay un único perfil de asesino de masas. Pese a ello, los investigadores de Violence Project llegaron a la conclusión de que, con frecuencia, existen determinadas características personales que se alinean con determinados lugares escogidos por estos asesinos para perpetrar su acto, y crearon cinco categorías generales:

  • Asesinos K-12: hombres blancos, generalmente estudiantes o exalumnos de una escuela y con antecedentes de trauma. La mayoría de ellos tienen tendencia suicida, planean su crimen cuidadosamente e informan a otros de sus intenciones en algún momento previo. Utilizan varias armas de fuego que suelen robar a algún familiar.
  • Asesinos de universidad: hombres no blancos alumnos de la universidad, con tendencia suicida, antecedentes de violencia y traumas infantiles. Por lo general, usan armas de fuego obtenidas de forma legal y dejan alguna especie de manifiesto.
  • Asesinos en el lugar de trabajo: hombres de cuarenta y tantos años sin perfil racial específico. La mayoría de ellos trabajan donde cometen los asesinatos —que suelen ser lugares de trabajo de clase obrera— y actúan movidos por un resquemor con alguien de allí. Utilizan pistolas y rifles de asalto comprados de forma legal.
  • Asesinos en lugares de culto: hombres blancos en los cuarenta, generalmente movidos por odio o por violencia doméstica que acaba manifestándose públicamente. Sus actos no suelen estar muy planificados.
  • Asesinos en establecimientos comerciales (tiendas o restaurantes): hombres blancos en la treintena con historial violento y delictivo. No suelen tener relación alguna con el lugar escogido para el crimen y usan una única arma de fuego obtenida de forma legal. Cerca de una tercera parte de ellos muestran claros signos de padecer un “trastorno del pensamiento” como la esquizofrenia, que provoca en ellos ideas desorganizadas, paranoia o delirios.

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Escalada de odio

El estudio muestra que la cifra de asesinos motivados por el odio racista, religioso y misógino ha ido en aumento desde la década de 1960 y se ha intensificado considerablemente durante los últimos cinco años.

Desde 2015, los titulares estadounidenses han estado dominados por casos de tiroteos movidos por el odio perpetrados contra feligreses negros en Charleston, judíos en sinagogas de Pittsburgh y Poway, mujeres en un centro de yoga en Tallahassee y latinos en un Walmart de El Paso. Esta situación añade más complejidad, si cabe, al problema de la violencia masiva en Estados Unidos.

Entre 1966 y 2000 se produjeron 75 asesinatos colectivos, de los cuales el 9 por ciento estaban motivados por racismo, el 1 por ciento por odio religioso y el 7 por ciento, por misoginia. De los 32 tiroteos que se produjeron en Estados Unidos desde 2015, el 18 por ciento de ellos estaban motivados por racismo, el 15 por ciento por odio religioso y el 21 por ciento, por misoginia.

El incremento de asesinatos masivos perpetrados por motivos ideológicos ha coincidido con el auge de la extrema derecha, que se ha organizado a nivel nacional e incluso internacional para forjar grupos de odio en internet. El despunte de tiroteos motivados por misoginia también cuadra con el aumento de los incel, un término anglosajón para definir a las personas que son célibes pero no por propia voluntad. Esta subcultura está formada por hombres jóvenes que sienten un profundo rencor hacia las mujeres, a quienes culpan de su aislamiento.

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La salud mental es un factor, pero raras veces la causa

Dos tercios de los asesinos que constan en la base de datos tenían un historial de problemas de salud mental. Puede parecer un porcentaje alto, pero los investigadores señalan que cerca del 50 por ciento de los estadounidenses han experimentado algún tipo de problema de salud mental en algún momento de su vida.

Por otro lado, la proporción de asesinos cuyas motivaciones tenían su origen directo en un trastorno mental (delirios o alucinaciones causadas por la psicosis) es de cerca del 16 por ciento, inferior al de los asesinos movidos por el odio, por alguna afrenta en el lugar de trabajo o por un conflicto interpersonal.

“Nos hemos habituado a atribuir los actos de alguien a sus problemas de salud mental”, señala Peterson. “Pero el hecho de que alguien sufra, por ejemplo, depresión no significa que todo lo que haga sea a causa de ello”.

No obstante ello, el estudio reveló que existe una relación muy estrecha entre la tendencia suicida y los tiroteos masivos. Casi el 70 por ciento de los asesinos colectivos tenía ideaciones suicidas antes o durante la comisión del crimen, y el porcentaje aumenta en el caso de los asesinos en centros escolares.

Según los expertos, estos hallazgos tienen poderosas implicaciones para las políticas públicas. “Esto demuestra que hay oportunidades para la intervención, que estas cosas no pasan de repente y porque sí”, añade Peterson.

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“Sabemos mucho más de la prevención del suicidio que del problema en sí, y sabemos qué funciona: cosas como limitar el acceso a las armas, preguntar directamente, facilitar a las personas el acceso a recursos externos, no hablar del asunto en las noticias…”.

En busca de la fama

Según el estudio, el porcentaje de asesinos que actuaron movidos por el ansia de fama ha aumentado considerablemente en los últimos cinco años. Durante los 15 primeros años del siglo XXI, aproximadamente el 3 por ciento de los criminales actuaron movidos por el deseo de pasar a la historia como asesinos en masa.

Entre 2015 y 2019, la cifra aumentó hasta el 12 por ciento.

Curiosamente, hay un aliciente que ha persistido a lo largo de los años: la masacre de Columbine.

Aunque ha habido numerosas masacres en institutos anteriores a esta, con la de Columbine, ocurrida en 1999 en un centro de Littleton, Colorado, los asesinatos masivos se convirtieron en espectáculo mediático. La escena de caos vivida en las inmediaciones se retransmitió en directo durante varias horas hasta que se supo que los asesinos se habían suicidado y habían dejado extensas notas sobre sus planes y motivaciones.

La influencia de Columbine es tal que el estudio incluso reveló que el ansia de fama era un motivo que se circunscribía, principalmente, al Oeste estadounidense, pues el 70 por ciento de los tiroteos perpetrados por ese deseo se habían producido en dicha región.

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Cómo obtuvieron las armas

Casi la mitad de los asesinos en masa de la base de datos adquirieron el arma de forma legal. El 13 por ciento la “sustrajo” a amigos o familiares. Lo más probable es que los asesinos que actuaron en escuelas —sorprendentemente jóvenes— también obtuvieran las armas del mismo modo. Según los investigadores, este dato podría reforzar los argumentos en favor de una legislación más estricta respecto al almacenamiento de las armas de fuego.

Las pistolas son, con diferencia, las armas más utilizadas en este tipo de asesinatos. Su uso triplica el de las escopetas, rifles o rifles de asalto.

Los rifles de asalto se prohibieron en Estados Unidos en 1994, durante la Administración de Clinton, pero la prohibición prescribió una década después y los fabricantes de armas aprovecharon la oportunidad para volver a comercializar armas de fuego militares a los civiles.

Los investigadores señalan que, en los últimos cinco años, ha habido un aumento significativo, desde el punto de vista estadístico, del uso de rifles de asalto en matanzas, dato que coincide también con el mayor índice de mortalidad en los mismos.

Portada: varias personas asisten a una vigilia celebrada en memoria de las víctimas de la masacre de Santa Clarita, California, el 17 de noviembre de 2019. Nathaniel T. Berthow, estudiante de 16 años, murió tras dispararse con una escopeta y haber asesinado a otras tres personas en el instituto Saugus el 14 de noviembre. Foto por Apu Gomes / Getty Images

Este artículo apareció inicialmente en VICE US.

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