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Así eran los protoquinquis de los bajos fondos españoles durante el franquismo

El libro 'Protoquinquis y guerrilleros: los bajos fondos en España (1937-1960)', bucea en un capítulo oculto de la historia de nuestro país.
03 Octubre 2018, 4:00am
Detectives disfrazados de delincuentes y hampones (Ahora, 3 de enero de 1931). Todas las imágenes cortesía de La Felguera Editores

Existe una creencia fuertemente arraigada en la sociedad española a base de décadas de propaganda franquista. Es aquella que asegura que los años de la dictadura, incluso pese a la miseria y las calamidades de la posguerra, estuvieron prácticamente exentos de delincuencia. Al fin y al cabo, la policía del régimen y organismos como la Brigada Político-Social, creada por el dictador en 1941, se aplicaron con empeño: las delaciones, las detenciones arbitrarias y las torturas estaban a la orden del día. La Ley de Vagos y Maleantes, que castigaba con dureza desde a personas sin recursos hasta homosexuales, pasando por aquellos que denotaban “conducta reveladora de inclinación al delito”, se encargaba del resto. Con Franco, delinquir salía caro, y eso redujo considerablemente las ganas de hacerlo. ¿O no?

El libro Fuera de la ley vol. 3: Contrabandistas, expropiadores, p_rotoquinquis y guerrilleros: los bajos fondos de España (1937-1960)_ nace, entre otras cosas, para desmontar ese mito. El tercer volumen de la serie ‘Fuera de la ley’, editado por La Felguera, es un recorrido inédito por una España gris. Sí: un país atestado de represión y miedo, pero no por ello libre de gentes de mal vivir: contrabandistas, maquis, estraperlistas, pistoleros, atracadores, vengadores, ladrones de trenes... Todos ellos poblaron los barrios más degradados de las grandes ciudades y fueron ocultados por la historia. Alguien tenía que contarlo.


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“Nos hemos pasado la vida escuchado la expresión 'esto con Franco no pasaba', que está impregnada en el imaginario de la gente y, sobre todo, de los mayores”, señala Servando Rocha, editor de La Felguera y autor de varios pasajes del libro. “La realidad es que la mayoría de las cosas sí pasaban, pero el franquismo ponía todo su empeño en transmitir la falsa idea de que existía paz en las calles para no crear alarma social”.

Los instrumentos para transmitir esa idea eran muchos y muy variados. “De entrada estaba la censura”, apunta Rocha. “Tras el final de la Guerra Civil se impuso un silencio informativo que hacía casi imposible enterarse de lo que ocurría en materia de sucesos y crímenes. Además de tener que estar debidamente acreditado, si un periodista quería hablar con la brigada criminal y la policía científica tenía que poseer un carné especial que, en la práctica, estaba en poder de muy pocos. Y crímenes como los asesinatos o las violaciones se juzgaban en tribunales militares. Por todo ello, si atendemos a los datos oficiales da la sensación de que hubo una reducción drástica de la criminalidad, cuando en realidad no fue así”.

Ficha policial de Faustino Morales García, natural de Salamanca, en la que consta la siguiente referencia: "Profesional. Carterista. Blasfemo"

A toda esa opacidad se sumaba la corrupción del propio régimen, que impregnaba cada aspecto de la sociedad española. “La administración controlaba absolutamente todo, incluida la propia corrupción: de hecho, estaba tan metida dentro del propio aparato franquista que era lo que lo hacía funcionar”, señala Servando.

Mientras el país se recuperaba de las profundas heridas de la guerra, el ciudadano de a pie se buscaba la vida. El estraperlo estaba a la orden del día, e incluso en locales como el mítico Bar Chicote de Madrid, se traficaba con penicilina. “El mercado negro de productos de primera necesidad era frecuente”, cuenta Rocha. “De él se encargaban los ladrones de caminos o los saqueadores de trenes de mercancías, pandillas a menudo formadas por miembros de una misma familia”.

Sentencia contra atracadores (Crónica, 19 de noviembre de 1936)

Muchos de ellos eran los denominados protoquinquis, predecesores del Jaro, el Vaquilla, Pirri, el Torete y demás antihéroes que años más tarde contribuirían a popularizar las películas de Eloy de la Iglesia y figuras como El Lute. “En realidad, los quinquilleros o mercheros forman una etnia nómada, separada de la etnia gitana, que tradicionalmente se dedicó a la venta y tratamiento de metal barato o quincalla”, explica Servando. “Tras emigrar del campo a la ciudad, y al comenzar a popularizarse el uso del plástico y escasear el metal, muchos se pasaron a la delincuencia”.

No todo era salir del paso. El periodista y escritor Daniel Bernabé, otro de los autores que ha colaborado en el nuevo volumen de La Felguera, confirma que “Madrid fue un paraíso para las drogas durante la posguerra. Los opiáceos, la cocaína y las anfetaminas no eran difíciles de encontrar. Eso sí, únicamente en los ambientes golfos de la clase alta”, cuenta.

Bernabé firma uno de los capítulos más apasionantes del libro: el dedicado a José María Jarabo, delincuente que copó las informaciones del que, ya superada la posguerra, fue uno de los pocos medios que abordaban los sucesos: el semanario El Caso. O, como era conocido popularmente, “El periódico de las porteras”. El periplo de Jarabo tenía miga: en julio de 1958 asesinó a cuatro personas, una de ellas embarazada. Fue condenado a garrote vil un año más tarde.

“Jarabo fue un peculiarísimo personaje que se llevó por medio a dos prestamistas y a la mujer y sirvienta de uno de ellos por un extraño y primario sentido de la honra”, cuenta Bernabé. “Un dandi caribeño-castizo que se pulió una desorbitada fortuna en el Madrid de los años cincuenta. Un as con los puños, un depredador sexual. Y un asesino muy bien vestido que acabó como estrella mediática de aquel momento”.

Misa en la cárcel de Huéscar (Granada) en 1940. Fotografía: Juan Antonio Avilés

Con casi 500 páginas, el proceso de gestación del tercer volumen de Fuera de la ley ha sido arduo: para hacerlo realidad han hecho falta horas y horas de hemeroteca y tardes enteras en lugares como la Biblioteca Nacional. “Ha sido el más problemático de los tres”, confirma Servando. “En él se dibuja un país difícil de trazar”.

Pero el esfuerzo ha merecido la pena. “Creo que libros como este contribuyen a cambiar la forma que tenemos de mirar nuestro propio pasado. Y al mismo tiempo, sirven para recordar que, pese a lo que se ha venido diciendo, España ha tenido personajes de leyenda en el submundo de la delincuencia”.

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