Bielorrusia

Por qué una foto de un parque ha desatado la furia de la última dictadura europea

En Bielorrusia las fuerzas del gobierno, entre ellas la última agencia del KGB que todavía sigue coleando entre las exrepúblicas soviéticas, castigan a quienes osan manifestarse, y persiguen la libertad de expresión como ningún otro país de Europa.
11.7.16
Dzianis Dashkevich toma fotografías en el parque de Rogachev, Bielorusia. (Imagen por Ali Duncan/VICE News)

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Hace diez años, los líderes de Rogachev, una monótona y pequeña ciudad del este de Bielorrusia, concibieron un plan. Con el objetivo de estimular el turismo y de embellecer la ciudad, decidieron construir un parque público en el centro de la misma. Lo idearon todo con todo lujo de detalles. Las extensiones de césped perfectamente podado estarían punteadas por elegantes fuentes. Los niños jugarían en un parque nuevo, se levantaría una laguna artificial — se la rellenaría con una bandada de cisnes de importación, y la belleza de los cisnes atraería a turistas llegados de todas partes. Algunos vecinos, de hecho, ya elucubraban con que hasta los lejanos ciudadanos franceses se acercarían hasta aquí para conocer la belleza del lugar.

Hoy sin embargo, el gran parque de Rogachev es poco menos que un vertedero. No se ha construido ningún parque para el ocio infantil, ni hay turistas, ni lagos; y mucho menos hay rastro alguno de los cisnes. En realidad, durante la reciente visita de VICE News a la pequeña ciudad, en el parque apenas se observan un puñado de botellas vacías de vodka y un montón de porquería acumulada junto a un lago enfangado.

"Según relatan los datos oficiales, se habrían invertido alrededor de 600.000 dólares en la reconstrucción del parque", tal y como señala el periodista Dzianis Dashkevich, mientras camina por la naturaleza abandonada y hace fotografías para su blog. "Es una locura. Aquí se invirtieron millones de rublos bielorrusos. ¿Qué ha sido de ellos?", se pregunta.

Dzianis se agacha. Las perneras de su pantalón de traje, un pantalón de poliéster se le remangan ligeramente hacia sus rodillas. La fría primavera bielorrusa le enrojece las orejas.

"¡Se lo comieron y se lo bebieron todo!", proclama un viejo que viste un sombrero de piel y que camina por el parque en compañía de su nieto. Hace unos años, le cuenta el viejo a Dashkevich, los funcionarios locales descargaron camiones plagados de materiales de construcción —tablas de madera, bolsas de cemento —, en el centro del parque. Estaban preparándose, aparentemente, para arrancar a trabajar. Pero entonces, de repente, todos los materiales descargados se esfumaron.

"Dicen que está todo guardado en algún almacén de algún sitio", cuente el viejo. Y se encoge de hombros. Poco después de que todo desapareciera, añade Dashkevich, el exalcalde de la ciudad fue arrestado y esposado por las fuerzas de seguridad.

Y de repente, mientras estamos hablando, aparece un grupo de funcionarios. Dashkevich y el viejo siguen departiendo cuando un convoy de vehículos conducidos por más burócratas irrumpe en el parque y se detiene. Siete funcionarios del ayuntamiento descienden y nos preguntan: "¿Quiénes sóis? ¿Qué estáis filmando?"

"Estos no son los vecinos habituales del barrio", susurra Dashkevich. "Supongo que nos habrán estado siguiendo… No hay nada de extraño en ello".

Cuando Dashkevich empezó a escribir las primeras entradas de su blog en 2011, el periodismo era tan solo un hobby que apenas le ocupaba unas pocas horas; durante aquella época trabajaba durante el día como director de una productora de eventos junto a su mujer. En aquella época en Rogachev no había ningún medio de comunicación independiente; solo periódicos del estado. En sus páginas tan solo se leían constantes noticias sobre la grandeza de los políticos locales y sobre la grandeza de sus logros.

Mira el documental de VICE News: Blackaout: nos metemos en la última dictadura europea, en Bielorrusia:

Al poco tiempo, las investigaciones de Dashkevitch sobre los tejes y manejes de Rogachev se hicieron más serias. Cada día la gente le sugería entre 15 y 20 actividades o situaciones que denunciar. A veces eran solo imágenes de baches inconvenientes, pero en otras ocasiones llegaban a sus manos documentos filtrados del ayuntamiento. Ahora su blog tiene unas 5.000 visitas diarias. Dashkevich asegura que alrededor de unas 10.000 personas —una tercera parte de la gente que vive en Rogachev— le siguen a través de las redes sociales.

Desde que empezara con su web Dashkevich ha padecido el registro de su casa, la confiscación de su computadora y hasta ha visto como le cerraban su negocio. También asegura haber sido detenido en varias ocasiones y haber sido golpeado por los agentes — como los que le interceptan en el parque.

Tales son los inconvenientes de ser una persona curiosa en el escenario de la llamada "Última Dictadura" europea, un alias que fue acuñado, nada menos, por el expresidente estadounidense George W.Bush en 2005, cuando ejercía como tal . Según fuentes de Periodistas Sin Fronteras la libertad de prensa en Bielorrusia es la más baja de Europa. Es incluso peor que la libertad de prensa que existe en la Rusia de Putin. Los periodistas que trabajan en los márgenes de los medios oficiales han sido golpeados, torturados, estigmatizados y acusados de extremismo y de vandalismo. Algunos han sido encarcelados y otros han desaparecido momentáneamente.

Todo ello es de sobras sabido por los eurócratas de Bruselas, quienes en 2010 decidieron sancionar a Bielorrusia con un puñado de sanciones económicas. Sucedió después de que el presidente, Alexander Lukashenko, conquistara por cuarta vez consecutiva las fraudulentas elecciones (desde entonces, de hecho, ya las ha ganado en una quinta ocasión). De hecho, siete de los rivales políticos que le han disputado las elecciones han terminado interceptados y arrestados por las fuerzas de seguridad.

Lukashenko ha conquistado todas las elecciones que se han celebrado en Bielorrusia desde que la ex república soviética obtuviera su independencia de la URSS en 1990.

"Necesitamos combatir la tiranía que se produce en el umbral de nuestra puerta", escribió Nick Clegg, el líder del partido de los Liberal Demócratas británicos en 2011. "Podría tratarse de Corea del Norte, de Zimbabue o de Irán. Pero en realidad es mucho peor. Está mucho más cerca de casa: se trata de Bielorrusia, justo aquí. En Europa".

Sin embargo, parece que la indignación contiental se ha disipado. A principios de año, los ministros de Exteriores de la Unión Europea retiraron la mayoría de las sanciones que pesaban contra Bielorrusia. Entre otras controvertidas medidas, decidieron levantar los embargos que pesaban sobre los bienes de Lukashenko. ¿El motivo? "La mejoría de las relaciones entre la Unión Europea y Bielorrusia". Muchos vieron en ese gesto un reconocimiento al papel de Minsk por su participación en las conversaciones de paz sobre la crisis de Ucrania, que se celebraron a cuatro bandos.

Los disidentes políticos bielorrusos han acusado a Bruselas de haberles dejado en la estacada — o de renunciar a proteger, respetar y garantizar sus derechos humanos y sus libertades en pos de una abstracta estrategia geopolítica, en la que Bielorrusia sería un campo de batalla estratégico, una zona preciadísima que se levanta entre Rusia y la Unión Europea. Solo una semana después de que las sanciones de la Unión fueran levantadas, el emisario especial de Naciones Unidas en Bielorrusia se refirió a la situación de los derechos humanos en el país como una situación "lúgubre".

Lukashenko habría invocado recientemente a la ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI), al que le habría pedido un crédito de tres millones de dólares. Y no cabe duda que, a consecuencia de ello, y como él muy bien sabe, ahora mismo se encuentra bajo el escrutinio internacional. De tal manera, su gobierno ha eludido últimamente incurrir en ninguna de sus repetidas violaciones de los Derechos Humanos. En Minsk y sus alrededores, la disidencia advierte que se avecina un "periodo de liberalización" — por mucho que los periodistas aseguran que la información política no censurada es tan difícil de publicar como antaño.

En una manifestación reciente celebrada frente a la embajada de Rusia en Minsk, la policía se abstuvo de cargar contra nadie, algo que raras veces dejan de hacer. Claro que lo que sí que hicieron fue anotar los nombres y las direcciones de todos los asistentes a la protesta. Un presunto agente del KGB se paseó entre la multitud sosteniendo una pequeña videocámara.

(Bieorrusia es el único país post-soviético cuyas fuerzas de seguridad siguen conservando el mismo nombre con el que se las conocía en tiempos de la Unión Soviética). En realidad, los agentes KGB se pasean de incógnito por las calles de Bielorrusia. Claro que no cuesta demasiado detectarlos en sus ropas de paisano — llevan chaquetas oscuras, gorras negras y tejanos ajustados. De hecho, su atuendo se ha convertido en uno de los más reconocibles durante las concentraciones de los miembros de la oposición

Un oficial de policía anota los nombres y las direcciones de todos los asistentes a la manifestación celebrada frente a la embajada de Rusia en Minsk. (Todas las imágenes por Ali Duncan/VICE News).

El resto de la tarde en compañía de Dashkevich se convierte en un vodevil. Mientras el periodista se dispone a abandonar el parque irrumpe en escena otro vehículo. De su interior emerge una gruesa mujer que lleva una chaqueta negra de cuero, guantes negros de cuero, un sombrero negro de fieltro y una bufanda de seda. La mujer se identifica como Tamara Vorbiev, responsable de "ideología" de Rogachev".

"¿Por qué estás mostrando esta parte de la ciudad", se pregunta Vorbiev, que gesticula hacia mí. "¿Acaso no puedes mostrar lugares más bonitos?"

"¿Nos permitirías que nos fuéramos", responde Daskkevich. "Estábamos a punto de ir a comer algo".

"Pero si ya te has tomado el café", replica Vorbiev. Ahora no cabe duda de que los burócratas están al corriente de que nos hemos reunido con Dashkevich en su apartamento, a primera hora de la mañana, para tomar café.

Dashkevich habla con Tamara Vorobiev, la "jefa de ideología" de Rogachev. (Imagen por Ali Duncan/VICE News)

La doctora Galina Mizhevich, una profesora de la universidad de Leicester asegura que no le sorprende en absoluto que una burócrata del departamento de Ideología, haya sido enviada hasta nuestra posición para averiguar lo que está sucediendo. "Bielorrusia dispone de un ministerio de que se ocupa de los asuntos ideológicos", relata. "Es como una especie de réplica del sistema del sistema soviético. Hay libros en todas las librerías en los que se explica detalladamente en qué consiste la ideología".

Y pese a todo, como afirma Mizhevich, la ideología es maleable. Después de que Rusia invadiera Crimea en 2014, advierte Mizhevich "hubo un intento por propagar las ideas nacionales; nociones como lo que significa se bielorruso, al público general — con el objetivo de crear un sentimiento nacional diferente del ruso". Paradójicamente, después de la Segunda Guerra Mundial, los discursos estatales incidieron en los padecimientos de la Unión Soviética.

Pasadas unas horas, después de comer patatas hervidas y costillas de cerdo cubiertas en queso derretido, el auto de Dashkevich es detenido varias veces más por los agentes de tráfico locales. Y cuando el periodista se dirige a fotografiar una fábrica que lleva tiempo abandonada y que en su día estaba consagrada a la venta de verduras enlatadas, una mujer sonriente irrumpe de la nada para contar que la fábrica ha sido vendida recientemente y que en poco tiempo volverá a estar funcionando.

De entre todas las decenas de periodistas que trabajan para los medios controlados por el estado a los que contacté, solo uno se ha avenido a hablar.

Me reúno con Egor Krustalev en un sórdido sótano de Minsk donde hay un bar. El lugar está medio vacío pero el sonido es ensordecedor. Cantantes locales vestidos con ropa ajustada cantan canciones de pop ruso en el escenario situado en el centro del local.

Un hombre cuyo aspecto le delata como a un agente del KGB bielorruso filma a los manifestantes de Minsk. (Imagen por Ali Duncan/VICE News)

Khrustalev es el ex vicepresidente del Canal 2, uno de los medios de comunicación estatales más grandes del país. También es presentador de un programa televisivo y esta noche tiene que grabar un programa de televisión de cultura general. Cuando llego al bar, Khrustalev camina de arriba abajo ataviado con una chaqueta de terciopelo color marrón. Sostiene un cigarro a medio fumar y ensaya sus líneas.

Hoy todos los grandes canales de televisión de Bielorrusia están controlados por el estado. En los últimos años la televisión del país ha caído en el habitual estilo estrafalario de los medios estatales rusos. Su cobertura informativa es cinematográfica, y tal y como ha expresado el escritor Peter Pomerantsev, no se esfuerzan en vender ningún discurso, tanto como en dejan clara la hipótesis de que la verdad objetiva en la información es una ilusión en sí misma, de manera que nada puede ser verdad.

Más del 90 por ciento de bielorrusos mira la televisión rusa. Así lo asegura Andrew Wilson, que trabaja en el Consejo Europeo para las Relaciones Extranjeras. Esto podría ayudar a explicar porque la mayoría de la población del país está a favor del papel de Rusia en el conflicto de Ucrania.

"Aquí no existe el periodismo como cuarto poder y no me hago ninguna ilusión de que así sea", asegura Khrustalev durante un descanso de su filmación. "Ha sucedido así históricamente, de manera que la televisión de los territorios post soviéticos nunca ha tenido funciones comerciales. Ha tenido una función política…. Se trata de tradiciones que se han abandonado después de la caída de la Unión Soviética". Claro que todo público tiene sus preferencias editoriales, explica.

"Cuando yo estudiaba la BBC nos era presentada como un ejemplo de periodismo fresco e independiente. Pero más adelante pudimos comprobar cómo la BBC termina empleando los mismos trucos ideológicos y los mismos clichés que se usan, digamos, en los canales de propaganda habitual de Rusia y de Ucrania".

Khrustalev cuenta que hasta no hace mucho dirigía espacios en la televisión rusa y en la ucraniana. En uno de ellos, apareció un político ruso hablando de hasta qué punto Rusia, Ucrania y Bielorrusia son, a efectos prácticos, lo mismo. En otro, un música ucraniano se extendía contando que tanto Ucrania como Rusia adolecen de no tener raíces históricas. Khrustalev no hizo nada por conciliar esas dos miradas.

"Claro que cuando uno empezó a habar de Rusia atacando a Ucrania y el otro a hablar de que los ucranianos son unos nazis", explica, "corté esas partes y las edité".

Antes de salir del bar le pregunto a Khrustalev si disfruta de su trabajo.

"He tenido la oportunidad de trabajar en momentos increíbles, como el momento de la irrupción de la televisión soviética", asegura. Y se apoya en un sofá de cuero que queda en un rincón del bar. "Claro que todo lo bueno termina algún día", concluye.

Información adicional por Ali Duncan

Sigue a Katie Engelhart en Twitter: @katieengelhart