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Puede que tus amigas te estén arruinando la vida

¿Cómo de amigas es “muy amigas”?

Kitty Drake

Foto: Image Source / Alamy Stock Photo 

Este artículo se publicó originalmente en VICE Reino Unido.

Estoy tumbada en la cama con mi amiga Leah*, que está llorando. Una pequeña parte de mí se siente mal por ella —que llora porque sufre depresión—, pero otra parte de mí, más grande y sincera, se siente feliz. Leah y yo somos amigas desde que teníamos 11 años, pero desde hace más o menos uno, las cosas han cambiado. Ella consiguió un trabajo y se echó un novio, con quien ha comprado dos peces a los que han llamado 2018 y Lana del Rey. Por aquel entonces, yo vivía en la habitación que queda justo encima de la de Leah, y a veces la oía alimentar a los peces.

Me tumbaba en silencio, muy quieta, y escuchaba el grave rumor del motor de la pecera; en esos momentos me sumía en oscuros pensamientos sobre lo feliz y plena que era Leah sin mí. Más o menos coincidiendo con mi traslado de vuelta a casa de mis padres, el novio de Leah compró una pecera más grande.

Cuando Leah me pidió por teléfono que fuera a hacerle compañía, sentí un subidón. La consolé en mis brazos mientras lloraba y le pregunté con voz suave si ya había confiado en alguien más. Cuando dijo que no, me sentí necesitada, buena persona, incluso pura.


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Este extraño comportamiento posesivo es relativamente nuevo para mí, aunque yo siempre he disfrutado de la intimidad claustrofóbica de las amistades femeninas. Todas mis relaciones se remontan a más de una década y se basan en el mito compartido de que quieres a tus amigas de siempre más que a las nuevas, y mucho más de lo que nunca podrás querer a una pareja. Después de ver a mis amigas prometerse con sus novios / conseguir trabajo / hablar largo y tendido sobre lo mucho que les gustaría mudarse a un sitio de costa, he llegado a la conclusión de que puede que ese mito sea falso.

No es que me aburran, es que saber que son felices me hace infeliz. En mi interior siento que mis amigas son más ellas mismas, más mías, cuando me llaman para que vaya a consolarlas. Por esa razón, he empezado a esperar que acudan a mí llorando.

A la mayoría de nosotros se le hincharía el pecho de orgullo por conseguir mantener a sus amistades de toda la vida. Sin embargo, la propia intensidad de esas amistades podría estar acabando con nuestra salud mental.

Como mujeres, la sociedad nos ha educado para intercambiar confidencias: para conocer de verdad a otra persona y que esta te conozca a ti, has de exponer tus pensamientos y experiencias más íntimos. Esa capacidad de compartir el dolor es, en parte, una de las razones por las que las amistades femeninas son tan preciadas; sientes que tu amiga está unida a ti de una forma visceral, angustiosa y a la vez constructiva, porque la cercanía se basa en mostrarse vulnerables unas con otras.

Saber que que mis amigas son felices me hace infeliz

Se ha demostrado que compartir y revivir problemas de esta forma provoca depresión. La psicóloga Amanda Rose descubrió que, a pesar de que tenían relaciones más estrechas, las chicas que compartían sus problemas con sus amigas también eran más susceptibles de sufrir trastornos emocionales.

Si la cercanía de una amistad depende del dolor compartido, existe también el peligro de que se cree ese dolor de forma artificial para mantener viva la relación. Tal vez Leah y yo disfrutáramos de aquel día de lágrimas juntas, porque sirvió como atajo para recuperar una intimidad que había estado muy abandonada últimamente. En un email, Amanda me explicó que, a los veintitantos años, cuando empezamos a encontrar la felicidad más allá de nuestras amistades, es posible que haya personas que “exageren o incluso se inventen problemas con tal de mantener la amistad, algo que eleva el riesgo de sufrir depresión y ansiedad”.

Rose se refiere a esto como “el peor de los casos”, aunque yo creo que es bastante común. Mila*, fotógrafa de cincuenta y largos años, me explica que cuando su mejor amiga no acudió a ella como confidente antes de someterse a una operación, empezó a desear recibir una llamada a las 3 de la madrugada: “Estaba muy nerviosa y quería que le pasara algo malo que la obligara a necesitarme de nuevo. Más que a su marido o su familia, quería ser yo la persona que más necesitara en momentos de crisis”.

La idea de que tu amiga y tú lo sois todo la una para la otra resulta tan atractiva que suele acabar convirtiéndose en parte de tu identidad. El papel que desempeñas en ese relación de amistad puede requerir que reprimas determinados aspectos de tu personalidad, pero como no sabrías qué sería de ti sin esa amistad, te aferras a ese papel con todas las consecuencias. Morgan*, de 31 años, recuerda que la intensidad con la que vivía la relación con sus amigas le impedían expresar su sexualidad libremente.

“Mis primeras amistades, cuando vivía en Australia, eran como románticas. No en el sentido sexual, sino porque eran muy intensas. Me pongo muy a la defensiva con mis amistades de la adolescencia, y me cuesta reconocer mis problemas con ellas; supongo que se debía a que eran homófobas. Recuerdo que deseaba con todas mis fuerzas no ser lesbiana, y cuando tuve una experiencia sexual con una chica no pude decírselo a nadie. Es una pena que haya tenido que arrastrar ese silencia hasta los 30, y creo que parte de la culpa de esto lo tiene la tremenda influencia que mis amistades ejercían sobre mí”.

“Estaba obsesionada con mis amigas. Sigo estándolo. Tenía una amiga que era capaz de hacerme reír hasta no poder más. Ya nunca me río como con ella y dudo que nadie pueda hacerme sentir igual"

La psicóloga y escritora Carol Topolski señala que a veces, aferrarse a este tipo de amistad es una forma de evitar la madurez. “La seguridad de lo que nos es familiar resulta muy seductora”, afirma. “

Perder una amistad requiere un periodo de luto, puesto que has perdido una parte importante de tu historia personal”. Morgan explica ese grado de cercanía como una especie de adolescencia prolongada: “Estaba obsesionada con mis amigas. Sigo estándolo. Tenía una amiga que era capaz de hacerme reír hasta no poder más. Ya nunca me río como con ella y dudo que nadie pueda hacerme sentir igual. Por esa razón, en parte, decidí mudarme a otro país”.

Foto: HEX LLC. / Alamy Stock Photo

También hay cierto sentimiento de humillación en ser la amiga que no es capaz de desvincularse. Es como si se hubieran encendido todas las luces, dejando visible el intrincado entramado de hilos que os unen y mostrándolo como lo que es: asfixiante y objetivamente demencial.

Sin embargo, cuando pregunto a Morgan si cree que deberíamos esperar menos de nuestras amistades femeninas, su respuesta es no: “Odio eso. No tenemos que despreciar esas cualidades —la soledad o el anhelo de sentirse necesitada— porque es así como funcionan las relaciones humanas. Si tienes amistades muy cercanas, estas deberían ser viscerales. Debería haber una dependencia mutua”.

Con ánimo de arreglar las cosas, llamo por teléfono a Leah. Esta vez soy yo la que llora, y luego compartimos reflexiones sobre nuestra amistad. “Sí, ya sabía que una parte de ti no quería que fuera feliz” —la conexión se corta de vez en cuando porque Leah está en un ferri, de vacaciones con su novio—, “pero tenía miedo de quedarme atrapada en ese papel de amiga ‘dulce’ y ‘simpática’. Tomé la decisión consciente de intentar ser algo más”.

Es una conversación muy agradable. Al final, se corta la conexión, pero horas después Leah me escribe para decir que uno de sus peces ha muerto.

@kitty__drake

*Algunos nombres se han cambiado.