Carta de amor al ibuprofeno

El creador del ibuprofeno, el producto que nos ha aliviado todas esas resacas infernales, ha muerto.
ibuprofeno
Fotografía por Juanjo Villalba

Es que ni nos lo habíamos planteado, ese fue nuestro error. Nadie se había parado nunca a pensar que sí, que joder, que alguien en algún momento inventó el ibuprofeno. Siempre habíamos creído que era un elixir que emanaba de las entrañas de la Tierra, un material casi celestial que nos era brindado por los dioses para curar nuestros males y que era compactado en pastillas por unos seres preciosos con dedos de marfil llamados G’narlads, pero no, detrás de estas fantasías lisérgicas había un hombre, Stewart Adams, el inventor del milagro, el creador del ibuprofeno.

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Stewart murió el pasado 30 de enero de 2019 a los 95 años de edad, y su pérdida nos obliga a rendirle un sentido homenaje, agradecerle eternamente la creación de su magna obra. Fue en diciembre de 1961 cuando el químico probó un nuevo fármaco que estaba desarrollando para paliar los efectos de una resaca que estaba sufriendo. “Tenía un poco de dolor de cabeza después de salir una noche con los amigos, así que tomé una dosis de 600 mg, solo para estar seguro, y vi que fue muy efectivo”, comentó en una entrevista realizada el 2015. El resultado fue —como ya sabemos— maravilloso y decidió continuar con la investigación, patentar el producto y comercializarlo en el Reino Unido en 1969. Había nacido una leyenda.

Sí, joder, lo sabemos: la industria farmacéutica apesta y estos cerdos juegan con la vida y el sufrimiento humano y todo esto pero es que, joder, uno necesito que ese dolor, esa resaca en forma de puñal liso y cortante que está clavada en la parte trasera del cerebro, desaparezca. Sin no lo hace, estaremos condenados a pasarnos el día tumbados en la cama pidiendo comida a domicilio y llorando y pensando que no somos nada y que nuestra muerta incluso hará que este mundo sea un lugar mejor.


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Porque si algo le tenemos que agradecer a este producto es todo el dolor que nos ha aliviado durante esos sábados y domingos de resaca letal. Salir de fiesta y emborracharse no sería concebible si no hubiera sido por la presencia de esta píldora inhibidora del dolor. ¿Cómo coño se lo hacían los humanos prehistóricos, lo griegos o los señores feudales para sobrevivir a la ingesta desproporcionada de alcohol que muy probablemente impactaba sus estómagos día tras día? Así que le damos las gracias a Stewie —¿puedo llamarte “Stewie”?— por ofrecernos la posibilidad de salir a beber como monos y petarnos unas buenas fiestas y poder estar mínimamente vivos al día siguiente, al menos lo suficientemente activos como para poder abrir el embalaje ese fino y transparente de los tranchetes y poder alimentarnos; gracias al ibuprofeno por habernos salvado ese día que, de resaca, tuvimos que asistir al cumpleaños de nuestro primo pequeño, con todos esos putos gritos y niños pidiéndote que los levantases y les hicieras mil mierdas; gracias por todas esas mañanas en las que hemos tenido que fichar muy temprano en la oficina —aun oliendo a DYC— y currar durante ocho horas después de habernos ido a dormir a las tres de la mañana completamente destruidos y con los pantalones meados. Gracias, ibuprofeno. Haces la vida mucho más fácil.

Es cierto que antes no sabíamos a quién agradecer la superación de todas estas resacas insufribles. Solo era cuestión de hacer una sencilla búsqueda en Wikipedia, ahí habríamos dado con Stewart y su prodigio, pero no lo hicimos y ese fue nuestro error. Creíamos que el Ibuprofeno siempre había estado ahí, colgando de un árbol del Edén, pero no, alguien gastó cierto esfuerzo y cierto tiempo de vida en dar con él. Así que, cada vez que nos estemos recuperando a base de Dr. Oetker e ibuprofenos, repitámonos una y otra vez el nombre mágico, “Stewart Adams”, “Stewart Adams”, “Stewart Adams”. Y démosle las gracias por su creación.

Sigue a Pol Rodellar en @rodellaroficial.

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