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redes sociales

Señales en redes sociales que muestran que estás tirando tu vida a la basura

Son señales inequívocas, pero nadie hace nada.

por Pol Rodellar
23 Noviembre 2018, 5:00am

Imagen de portada vía la cuenta de Twitter de Arevalo y el usuario de Flickr Steve Johnson | CC BY 2.0

Las redes sociales son una gran mierda porque evidencian que no somos nada y que no le importamos a nadie y que moriremos solos y encima nos obligan a observar de forma totalmente depresiva los éxitos y maravillas que se suceden en las vidas de los demás; éxitos y maravillas que entendemos perfectamente como falsos y que son solo un disfraz que oculta un sinfín de inseguridades y traumas, pero que igualmente nos joden la vida porque insinúan un oasis de felicidad que no llegaremos a alcanzar nunca.

Pero, gracias a Dios, no todo es malo en el maravilloso mundo del internet dos punto cero, pues este ejercicio de autoflagelación y dolor esconde un rinconcito agradable y cálido que nos permite detectar con incómoda precisión ese momento conciso en el que la gente está empezando a tirar su vida a la basura, tarea en la que las redes sociales son realmente eficaces.


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Y será desde esa atalaya poderosa desde donde podremos deleitarnos con el fracaso ajeno y podremos decir eso de “yo le di un like a ese post que hizo Miguel sobre la relación entre la izquierda identitaria y los reptilianos, yo le di un like en el momento concreto en el que el palacio de la cordura de este tipo empezó a derrumbarse”.

Porque la gente la lía en internet y dicen cosas extrañas y estas cosas extrañas señalan el momento en el que alguien está cayendo muy abajo o su cerebro ha hecho un *click* raro. Momentos en los que se puede intuir que algo empieza a ir mal en la vida de esa persona: un post con demasiado texto y sin ningún emoji; más de diez hashtags en una foto de Instagram o un tuit incongruente en el que se amenaza de muerte a alguien sin ningún tipo de ironía. Estos flirteos con la locura son realmente un grito de ayuda enmudecido, un aviso para que los demás navegantes de las redes hagamos algo y ayudemos a ese pobre ser a salir del pozo hacia el que se está viendo catapultado.

Las señales son varias, por todos conocidas. Como Laia, que cada media hora escribe algo en Twitter sobre actualidad (que si la Dolera, que si la bronca de OT, que si Dani Mateo y las bandera de España, que si el máster de Cifuentes) para ver si algún comentario de mierda de los suyos se le hace viral. O Rubén, ese tipo que en Instagram ya lleva veinte fotos seguidas en las que sale enseñando su outfit en un ascensor, siempre con gafas distintas pero con la misma cara de capullo. Tampoco le debe estar yendo muy bien a Cristina, que cuelga stories a las cinco de la mañana fumando hierba y escuchando en SoundCloud a raperos con nombres extraños como .ıllıllı..§Ƚåžÿ..ıllıllı. y diciendo que "SoundCLoud es el nuevo mp3" (¿?).

O los bloques de texto que se pega Gerard en Facebook sobre la infinita influencia que ha tenido la masonería en la historia de España (con cero comentarios). O las reseñas sobre hardware de Ernesto, que nadie lee ni nadie pone “me gusta” pero que sigue subiendo cada jueves a las doce del mediodía bajo el título de “Bienvenidos a las tecnoreseñas de Ernesto”. El tipo debe tener la cabeza totalmente frita. Luís, en cambio, se nota que está empezando a perder la cabeza con todos esos artículos que comparte sobre jóvenes emprendedores, nuevos modelos de empresas, “cómo ser más productivo vistiendo siempre la misma ropa”, entrevistas al cretino de Glovo y mierdas así.

"Las redes sociales son la punta del iceberg de un mundo secreto y oscuro que vive dentro de todos y cada uno de nosotros y que se oculta tras esta fina cortina que llamamos realidad"

De hecho no hace falta ir tan lejos, en el Instagram de Natalia solo aparece ella en los dos mismos rincones de su casa (una casa con esos espejos ondulados feos del IKEA colgando en la pared), sonriendo siempre con la misma mueca de “estoy tremendamente feliz pero no”. Luego esta Alicia que está rallando a todo el mundo con sus teorías sobre Alcásser y solo comparte blogs cuya última entrada se publicó en 2008.

Y Rodrigo, joder con Rodrigo, lleva unos meses que solo hace fotos contrapicadas de esquinas de edificios tituladas “Geometría #1”, “Geometría #2”, etcétera. ¿Y qué me decís de los vídeos de Esther? Lleva dos años colgando solo fotos de su perro, ¿es que no conoces a NADIE? O Raquel, que parece que ahora su mundo sea solo esa barriga de preñada que tiene. Luego está Juan, que en Instagram, si te fijas, solo le da “me gustas” a fotos de chicas medio desnudas de enormes tetas.

Menos preocupante sería lo de Marina si solo se limitara a escribirlo todo en mayúsculas, pero es que está cada día invitando a la peña a unirse a eso de la secta esa en la que se ponen piedras en la frente y a veces van al campo a follar entre ellos después de meterse ayahuasca. Todos estas personas concretas no existen, pero podrían hacerlo perfectamente.

Luego esa peña, así en general, que no puede evitar compartir todos los chats extraños y desagradables que tienen para denunciar un "problema social". A veces te planteas sino son ellos los que generan todos esos conflictos y que quizás sus interlocutores no son nada más que unas estúpidas víctimas inocentes en el duro y largo camino hacia el éxito en las redes.

Son muchas las señales que denotan una oxidación de la cordura. Están ahí sueltas y solo tenemos que parar un poco de atención para detectarlas. Las redes sociales son la punta del iceberg de un mundo secreto y oscuro que vive dentro de todos y cada uno de nosotros y que se oculta tras esta fina cortina que llamamos realidad, un estrato existencial que funciona en paralelo a todo lo tangible y que está basado en los secretos inconfesables que todos creemos estar ocultando. Pero de vez en cuando aparecerán algunas grietas aquí y allá que nos dejarán entrever el horror oculto que late dentro de todos nosotros.

Sigue a Pol en @rodellaroficial.

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