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Era celosa hasta que fui a unas vacaciones ‘swinger’

Si hace un año me dices que iba a ver cómo una desconocida se la chupaba a mi marido y no iba a sentir celos, me habría reído en tu cara.

por Erica Garza; traducido por Julia Carbonell Galindo
09 Enero 2019, 4:00am

Shutterstock / Galina Barskaya

"Bien hecho, cariño”, le dice el bombero desnudo a su mujer.

Se están mirando con amor y me siento un poco desplazada. Después de todo, yo soy la que le ha practicado sexo oral. Ella está ocupada haciéndole lo propio a mi marido a nuestro lado.
SI hace un año me dices que iba a ver cómo una desconocida se la chupaba a mi marido y no iba a sentir celos, me habría reído en tu cara. Siempre he sido celosa. Si mi marido o uno de mis exnovios se atrevían siquiera a mirar a una mujer atractiva, yo asumía que querían acostarse con ella. Soy famosa por las discusiones de pareja que casi siempre empezaban con una acusación por celos.

Nada me parecía más peligroso para mi necesidad de controlarlo todo que el swinging, y por eso me invitaron como periodista a dos complejos hoteleros de Cancún con todo incluido donde la ropa es opcional: el Desire Pearl y el Desire Riviera Maya. Acepté porque eran vacaciones gratis, pero por dentro decía que no a las excitantes y a la vez preocupantes imágenes que inundaban mi cabeza de orgías, de sexo grupal y de mi marido dando placer a otras mujeres.


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Los celos no eran lo único que me asustaba. Como exadicta al sexo y al porno que ha escrito largo y tendido sobre el tema, he tomado demasiadas decisiones destructivas en mi pasado sexual. Aunque había reprimido mi adicción desde que conocí a mi marido gracias a una combinación de mis esfuerzos y su apoyo, ¿supondrían unas vacaciones lascivas reabrir viejas heridas?

“No pueden obligarnos a hacer intercambios”, le dije a mi marido (y a mí misma) mientras hablábamos de lo que nos preocupaba. Como padres de una niña pequeña, no veíamos el momento de dejarla con sus abuelos y estar sin hijos en cualquier sitio durante cuatro noches. ¿Por qué no hacerlo en un hotel para swingers?

Estuvo de acuerdo y añadió: “Tampoco pueden obligarnos a desnudarnos”.
Desire no se anuncia como un hotel para swingers. Descubrí más tarde que preferían describirse como un hotel para parejas donde la ropa es opcional, lo que resulta más inclusivo para que parejas más convencionales como nosotros puedan disfrutar sin tener que intercambiar saliva o cualquier otro tipo de fluido corporal con un desconocido.

"Entre los huéspedes de entre 30 y 70 años, había gente delgada, más gordita, baja, alta, con pechos naturales, de silicona, con el pene pequeño, con el pene grande, peluda y recién depilada. Y todo el mundo parecía relajado, confiado y feliz estando desnudo"

Unas semanas más tarde llegamos a la lluviosa Cancún. Un divertido taxista nos llevó hasta el recóndito Desire Pearl, donde empleados sonrientes nos dieron la bienvenida en una recepción con champán y documentos de descargo de responsabilidad. Las normas del hotel incluían respetar su política de “no es no”, no hacer fotografías a otros huéspedes y no practicar sexo en público en zonas concretas como el jacuzzi o la sala de juegos.

De camino a nuestra habitación, todos los empleados dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo —barrer hojas mojadas, llevar equipaje, vigilar las instalaciones— para saludarnos y mirarnos directamente a los ojos con una mano en el corazón.

“Les enseñamos a reaccionar ante una persona desnuda, a mirarla directamente a los ojos”, me explicó más tarde Alberto Martínez, director general de Desire Pearl, cuando le pregunté cómo gestionaban los empleados la desnudez y el sexo en público. Me costaba creer que fueran capaces de trabajar con tanta distracción.

Me gustaría aclarar que cuando dejó de llover temporalmente y mi marido y yo fuimos corriendo al jacuzzi, descubrimos que había tantos tipos de “distracciones” como categorías de porno que yo solía ver, al menos en lo que respecta a los diferentes tipos de cuerpo. Entre los huéspedes de entre 30 y 70 años, la mayoría estadounidenses blancos, había gente delgada, más gordita, baja, alta, con pechos naturales, de silicona, con el pene pequeño, con el pene grande, peluda y recién depilada. Y todo el mundo parecía relajado, confiado y feliz estando desnudo.

Aunque me sentía fuera de lugar, me quité enseguida la parte de arriba del bikini y mi marido se quitó el bañador como si no hubiera otra opción posible. Pese a que me solía sentir insegura por mis muslos y mi torso, ver todos esos tipos de cuerpo acabó rápidamente con mis inseguridades (no porque pensara que mi cuerpo era mejor, sino porque nadie parecía estar comparando). Mi marido y yo pedimos bebidas y nos miramos el uno al otro pensando: ¡Están todos desnudos!

Todo el mundo era abierto y amable en el jacuzzi, pero no era la gran orgía que me esperaba. Aunque normalmente siento ansiedad en situaciones sociales, ahí estaba cómoda. Resulta reconfortante ver el efecto positivo de la desnudez en el acto de socializarse. Como niños que aún no saben lo que es la vergüenza, la gente miraba a los demás, hacía cumplidos constantemente sobre su cuerpo, hacía chistes y hablaba abiertamente sobre sus fantasías.

“En casa todo el mundo sabe dónde estamos. Se lo contamos a nuestros compañeros, amigos y familia, a todo el mundo”

También se daban conversaciones completamente normales, desde el trabajo hasta los vecinos (la mayoría de corbata y pudientes, ya que el hotel no era precisamente barato) y nos sorprendió la cantidad de gente que hablaba de sus hijos. De las incontables parejas con las que hablé en esos cuatro días, solo conocí a dos que no tenían hijos.

“¿Saben vuestros hijos dónde estáis?”, pregunté a una pareja de Ohio.
“Por supuesto”, respondió el marido. “De hecho, nuestra hija de 16 años fue la que escogió la lencería y los disfraces sexis de su madre para las noches temáticas”.

Cuando notaron mi gesto de sorpresa, que pronto pasó a ser de admiración, el hombre se explicó un poco más. “En casa todo el mundo sabe dónde estamos. Se lo contamos a nuestros compañeros, amigos y familia, a todo el mundo”. Después lanzó una idea simple, pero revolucionaria: “Nosotros creemos que si tienen un problema con nuestro estilo de vida, no los queremos en nuestras vidas. Simplifica las cosas”.

Otra mujer presumía de haberle comprado a su hija adolescente un vibrador como regalo de Navidad y hablaba del orgullo que sintió cuando lo vio fuera de la caja y debajo de la cama de su hija.

Me dejé llevar por esta forma tan abierta de ver las cosas. Ese era el tipo de relación que quería tener con mi hija cuando creciera, todo lo contrario a la que tuve yo con mi madre, que solo me habló de sexo una vez cuando era pequeña. Me señaló a la entrepierna y me dijo: “No dejes que nadie te toque ahí abajo nunca”.

Aprendí no solo de mis padres y nuestro ambiente catolólico, sino también de la televisión, los libros y las canciones —desde los cuentos de hadas y las comedias románticas a la mayoría de las canciones pop— que nadie respeta a las zorras, que los hombres son los que engañan y las mujeres las que lloran y que las relaciones son frágiles. Y aunque considero que ahora estoy mucho mejor, aún tengo cosas que me frenan. Los celos son una de esas cosas, pero también lo eran los prejuicios hacia qué tipo de gente iba a encontrarme en el hotel.

"Nadie parecía aburrido ni tenía pinta de no seguir enamorado. Parejas que llevaban décadas casadas se besaban y se tocaban en público como adolescentes"

Como mucho otros, antes de llegar al Desire, mi reacción instintiva era que los swingers eran extraños, incluso me daban un poco de pena. Era algo que la gente de mediana edad hacía cuando se aburrían de sus mujeres. Probablemente era idea de los maridos. Pero tras mi estancia en el hotel y hablar con la gente de allí, me di cuenta de lo equivocada que estaba. Nadie parecía aburrido ni tenía pinta de no seguir enamorado. Parejas que llevaban décadas casadas se besaban y se tocaban en público como adolescentes. Y las mujeres no habían ido hasta allí obligadas. Muchas de ellas habían tenido la iniciativa de ir al hotel o, si no la habían tenido, habían tomado la decisión final.

“Las que toman la decisión de venir aquí son las mujeres”, me explicó más tarde Martínez. “La que acepta es la mujer”.

Es verdad que en el hotel las mujeres parecían más agresivas que los hombres. La mayoría de los cumplidos que recibí me los hicieron mujeres. ¿Has tenido un bebé? ¡No te creo! Y muchas de las veces que me entraron, fueron mujeres. No puedo dejar de pensar en besarte. ¿Puedo? Y aunque muchos maridos no dudaban en empezar una conversación amigable con otras mujeres y hombres tanto si tenían un interés sexual en ellos como si no, las mujeres evitaban hablar con alguien a no ser que buscaran algo más y analizaban el jacuzzi y la pista de baile como si estuvieran de caza.

“Es la sexta vez que venimos”, nos dijo un hombre estadounidense del medio oeste cuando salíamos del jacuzzi para ir al bar de recepción, donde la gente iba en lencería o con trajes de lo más sexi. Su mujer, que estaba sentada a su lado y estudiaba la estancia, llevaba una espiral alrededor de los pezones. No parecía estar interesada en hablar con nosotros. “La sexta”, repitió él, “y nunca hemos salido de las instalaciones del complejo”.

Me sorprendió, especialmente teniendo en cuenta lo cerca que estaba Chichén Itzá. ¿De verdad se pasaban todas las vacaciones practicando sexo?

Cuando el hombre nos dijo que no eran swingers, me costó aún más entender por qué habían ido allí. “Lo vemos como porno en directo”, aclaró.

Igual que nosotros, eran una pareja convencional. Nos cruzamos con muchas de esas los siguientes días. Un hombre me dijo que no estaba en contra de la idea del swinging, pero que nadie cumplía las expectativas de su mujer tras nueve viajes. Su mujer, pequeña, rubia y guapa, no nos miró mientras su marido confesaba esto. Esto me provocó algo de inseguridad. Me pregunté: ¿No cumplimos sus expectativas? ¿No resulta insatisfactorio?, le pregunté.

Se rio. “A veces la excitación de no saber si va a pasar algo o no es suficiente para todo el año. Fantasear puede ser más satisfactorio que la realidad”.

"Con los celos aún en la cabeza y mi marido probablemente notándolo, empecé a juguetear con dos mujeres mientras los hombres miraban y solo tocaban a sus respectivas parejas"

Obviamente no solo había parejas convencionales. Después de la cena de la primera noche, como no habíamos visto a nadie practicar sexo en público, decidimos volver al jacuzzi cuando ya se había hecho de noche.

Entonces presencié la primera orgía pública. Aunque lo había leído en el documento de descargo de responsabilidad, mi primera reacción fue pensar que eso iba contra las normas.
“¿Esto está permitido?”, le pregunté a mi marido susurrando.

Pero no me respondió. Estaba ocupando mirando a dos parejas intercambiándose y gimiendo en una maraña de piernas y brazos a la luz de la luna.

Cuando uno de los hombres al que se la estaban chupando se cambió con su pareja para que fuera ella la que recibiera, nos saludó.

Miré a mi marido y él me estaba mirando, esperando a que yo tomara la decisión de irme corriendo o de unirme. Ahí fue cuando experimenté la característica clave del concepto del Desire: yo decidía por los dos. Cuando el hombre nos saludó, dejamos de ser una pareja convencional y pasamos a ser swingers. Al menos yo. Con los celos aún en la cabeza y mi marido probablemente notándolo, empecé a juguetear con dos mujeres mientras los hombres miraban y solo tocaban a sus respectivas parejas. En un momento dado, miré hacia el bar de la piscina y me topé con los ojos del camarero. Es verdad que no pierden el contacto visual, pensé.

Cuando quedamos satisfechas, me separé de las otras dos mujeres y fuimos nadando hasta el bar como si fuéramos viejas amigas, cada una riéndonos y dándonos mimos con nuestras parejas, pasando de diosas del exhibicionismo a cariñosas esposas.
“Me llamo Ginger”, dijo una de las mujeres, alargándome una mano arrugada para que se la estrechara. “Encantada”.

Los siguientes días, como si esa noche con el grupo hubiera desbloqueado algo en nosotros, mi marido y yo jugamos a ¿hasta dónde llegaríamos? Reservamos un sensual masaje para parejas en el spa en el que su masajista, una mujer, y el mío, un hombre, casi nos hacen llegar al orgasmo con las manos. Después juntaron nuestras camillas y nos dejaron acabar. Quedamos con las parejas del jacuzzi para hacer más juegos de agua, lo que acabó por trasladarse a la habitación de alguien donde vi a mi marido tocar los pechos de otras mujeres mientras otros hombres me tocaban los míos. Luego vi cómo se la chupaban varias veces mientras caras aleatorias se metían entre mis piernas. Durante todo el rato, mientras bajábamos la guardia y llegábamos cada vez más lejos, mi marido y yo íbamos comprobando que todo iba bien, y las demás parejas hacían lo mismo.

“Manos y bocas está bien, ¿verdad?”, preguntó un marido.
“Si metes el pene en otra vagina, te mataré”, respondió una mujer.
“¿Vas bien?”, nos preguntábamos mi marido y yo por turnos. “¿Te parece bien?”. La respuesta siempre era sí.

Lo que más me sorprendió de ver a mi marido dar placer a otra persona fue que no sentí ni rabia ni resentimiento ni miedo. Probablemente fuera porque yo estaba haciendo lo mismo. Es más, me planteé que si estaba tan equivocada con lo que era ser swinger, algo natural, divertido y liberador, ¿en qué más podía estar equivocada? Puede que mi recuperación de la adicción al sexo tuviera que basarse más en satisfacer mi sexualidad que en reprimirla. Puede que no tuviera por qué esconder de mi gente que soy swinger y no monógama, incluida mi hija. Solo es un camino alternativo a las mismas historias que la familia, la iglesia, los medios y demás nos cuentan siempre sobre el matrimonio. Puede que los celos, el control y la posesividad no eran las mejores vías de conservar mi matrimonio. Puede que esas vías infalibles nos condujeran al fracaso.

Pero no rompimos todas las barreras. El mejor sexo que he experimentado en este viaje ha sido con mi marido a solas en nuestra impoluta habitación sin niños, mientras hablábamos de nuestras aventuras diarias.

"El mejor sexo que he experimentado en este viaje ha sido con mi marido a solas en nuestra impoluta habitación sin niños, mientras hablábamos de nuestras aventuras diarias"

En nuestro tercer día, cuando cambiamos del Desire Pearl al Desire Riviera Maya, que estaba aún más lleno, conocimos a un bombero y a su mujer en el bar. Congeniamos enseguida, hablamos de nuestros respectivos vecinos en casa, nuestros trabajos y nuestros hijos. Llevaban muchos años siguiendo ese estilo de vida y cuando les contamos lo que habíamos hecho esos días, nos dijeron que habíamos estado haciendo un “intercambio suave”, lo que parecía ser el siguiente nivel a “convencional”. A diferencia de un “intercambio completo”, las parejas que hacen intercambios suaves practican de todo menos sexo con penetración. Tanto mi marido como yo afirmamos que estábamos bien así, que no queríamos ir más allá.

“Cada uno tiene su estilo”, dijo la mujer del bombero. Tenía la mirada amable y la voz suave. Sonreía a menudo y hacía preguntas atentas. Eso me gustaba. Parecía que le importábamos y más tarde me enteré que era algo importante para ella. No le gustaba practicar sexo con gente con la que no quería intimar a nivel emocional. Esa conexión le ponía.

Horas más tarde se la estoy chupando a su marido y ella al mío. A pesar de lo que dijo de la conexión, la mujer del bombero parece tener más interés en su marido que en el mío, y me parece bien, aunque me hace preguntarme si lo estoy haciendo mal. Después de cambiar de posición un par de veces, el bombero dijo: ¿Queréis probar un intercambio completo?
Como no he llegado al orgasmo, me lo planteo, pero miro a mi marido antes de responder. No dice nada, solo me mira. De nuevo, la decisión es mía, pero empieza a pesarme esta responsabilidad.

Para ganar tiempo, pregunto algo que nunca habría preguntado en el punto álgido de mi adicción sexual: “¿Tenéis condones?”.

Ambos niegan con la cabeza. Echo un vistazo rápido a la habitación. En un sitio como este, debería haber más condones que miniaturas de champú, pero no veo ninguno. Miro en el frigorífico como último y extraño recurso.

Me baja el pulso y empiezo a notar el cambio de humor. La otra pareja se han tumbado en nuestra cama para acurrucarse y hablar y yo le hago mimos a mi marido a su lado, pero ya no me interesa hablar con ellos.

"No me arrepiento de nada de lo que hecho en este viaje ni de lo que no he hecho. Y ahí va otra excitante razón por la que me alegro de no haber hecho un intercambio completo: nos queda algo nuevo que explorar la próxima vez"

La mujer nos cuenta la historia de otra pareja swinger que conocen en su ciudad. “Resultan graciosas las cosas que te ponen celosa cuando empiezas a hacer intercambios”, dice. “Nuestra amiga es muy bajita y su marido es alto. Le ha visto practicar sexo con varias personas durante años y nunca ha tenido problemas. Pero una vez vio a una mujer en un club de swingers ponerse de puntillas para besarle y se volvió loca”. Se ríe. “Ser más bajita que él era algo suyo, algo especial para ellos dos solos. Esta mujer la estaba reemplazando de una manera sorprendente y poco habitual”.

Ver cómo mira a su marido y luego a nosotros, ver sus rizos en mi almohada, sentir cómo me acaricia el brazo mientras habla… De repente quiero que se vayan. No es que me arrepienta de lo que acabamos de hacer o que no me gusten, pero mi marido me gusta más y prefiero hablar con él. Casi traspasamos nuestro último límite y necesito reconectar con él y que hablemos con sinceridad de cómo nos sentimos.

Aunque creo que el sexo sin protección es peligroso, de repente me alegro de que no haya condones en la habitación. Le digo educadamente a la pareja que tenemos una reserva para cenar, ellos lo entienden y recogen sus cosas. Lo que podía haber sido una larga noche de compartir esperanzas y miedos, nuestro pasado y tiernas historias sobre nuestros hijos se convirtió en algo rápido y semianónimo, algo que de alguna manera me parecía más seguro y también más sexi. Y aunque he tenido lo mío de sexo vago y casual en el pasado, no me arrepiento de esta vez. No me arrepiento de nada de lo que hecho en este viaje ni de lo que no he hecho. Y ahí va otra excitante razón por la que me alegro de no haber hecho un intercambio completo: nos queda algo nuevo que explorar la próxima vez, si es que hay próxima vez. Por lo mucho que hemos hablado de ello desde que volvimos a casa, creo que si la habrá.

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