Foto: Miguel Ángel Vicente de Vera | VICE Colombia

Recorrí el Camino de la Muerte, la carretera más peligrosa del mundo

La antigua carretera que conecta La Paz con la zona selvática de Los Yungas es una de las más peligrosas del planeta. Hoy en día es una atracción turística para los ciclistas más osados.

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sep. 14 2018, 3:30am

Foto: Miguel Ángel Vicente de Vera | VICE Colombia

8:00. Una camioneta pasa a buscarme al hotel. Dentro hay cuatro personas más todavía somnolientas; nos saludamos discretamente. Vamos a un pequeño taller mecánico donde nos dan las bicicletas, probamos el equipo y hacemos acopio de provisiones. El grupo está formado por dos argentinos, una chica canadiense, una pareja brasileña y el reportero español que escribe esto. Tardamos una hora y media desde La Paz hasta nuestro punto de partida llamado La Cumbre, a 4.650 metros sobre el nivel del mar.

9:30. Nos recibe un frío cortante y un paisaje glaciar dominado por un lago de tonalidades grises. Ajustamos la ropa y el equipo entre risas y bromas que en el fondo tratan de disimular los nervios por la empresa que se nos avecina. Nos acompañan tres guías de la agencia turística El Solario: René Huanca y Mario Tapia en bicicleta y un tercero en el vehículo de apoyo. Nos dan unas primeras indicaciones de seguridad y comportamiento vial y nos recuerdan que esto no es una carrera. Pero claro, con una presencia internacional de ciclistas y una meta por atravesar, obviar la pulsión de competir resulta del todo imposible.

Todos llevamos varias capas de ropa que nos iremos quitando a medida que avance el descenso, ya que nos enfrentamos a un desnivel total de 3.500 metros. Justo antes de salir, los dos guías se santiguan. En ese preciso momento te das cuenta de que la cosa va en serio. Comienza el descenso. El primer trayecto transcurre por una moderna y transitada carretera asfaltada y tiene una duración de algo más de una hora. Tras las primeras curvas aparecen cruces que marcan el fatídico lugar donde fallecieron dos personas. Esta estampa se irá repitiendo a lo largo de todo el paseo, transformando la vereda en un inesperado cementerio.

De inmediato se forman dos grupos; a la cabeza, los argentinos, Fernando y Rafael, seguidos del intrépido reportero; a unos metros, Shirley, la chica canadiense, junto a la pareja brasileña. Vamos bastante rápido, llegando incluso a rebasar a otro grupo que salió una media hora antes. Desciendo a una velocidad por encima de mi nivel de control deseable, pero no me quiero quedar atrás.

10:30. Después de este primer tramo llegamos la localidad de Unduavi. Aquí paramos y tomamos un pequeño snack. El escenario rocoso andino se transforma en otro tropical, de abundante vegetación. Un cartel que recuerda al Far West anuncia el comienzo de los dominios de La Ruta de la Muerte. Frente a nosotros se abre un paisaje que enmudece: una sucesión de enormes desfiladeros tapizados con una vegetación selvática y una fina carretera de tonos ocres que serpentea hasta esfumarse en el horizonte.

Foto: Miguel Ángel Vicente de Vera | VICE Colombia

Nos ponemos el casco y los guantes. Estamos a una altura de 3.600 metros. Esta carretera, de 64 kilómetros de longitud, nada tiene que ver con la de antes: no está asfaltada, no tiene ninguna valla que proteja de los abismos de hasta 800 metros de profundidad, es muy estrecha (con tramos de tan solo cuatro metros), repleta de guijarros y con numerosas zonas inundadas de agua debido a la presencia de riachuelos. En invierno llueve y nieva frecuentemente. A todo esto hay que sumarle que esta es la única vía donde se circula por la izquierda, tal como hacen los ingleses. Esta medida facilita que en caso de cruce (es de doble dirección) los vehículos dispongan de una mayor visibilidad de los precipicios.

Los miembros del grupo ya no ríen ni hacen bromas. En este momento me pregunto si realmente es una buena idea lanzarse en bicicleta por una de las carreteras con mayor registro de muertos del mundo. El inconsciente me juega una mala pasada y se me escapa un atisbo de oración que —debido a mi ateísmo— neutralizo de inmediato.

Antes de salir recibimos nuevas indicaciones: "Esta es la regla de oro: la bicicleta irá donde vayan sus ojos, así que por favor no miren ni los paisajes. Sé que es difícil, pero es muy importante, solo miren su camino y estén concentrados. Esto no es un juego”. Mientras explica esto viene a mi mente el mito de Orfeo, quien para salir del infierno tenía tan solo una condición: jamás debía girar la cabeza hacia atrás. Por supuesto que miró… René nos explica que la gran mayoría de las personas que vienen a la ruta son extranjeros, a los bolivianos no les gusta este lugar. Demasiadas muertes y demasiadas lágrimas derramadas.

Parece que desde sus inicios, esta carretera estuvo marcada por el signo de Caín. Fue construida por prisioneros paraguayos durante la Guerra del Chaco (entre Bolivia y Paraguay por el control de la región del Chaco Boreal) en la década de 1930. Desde entonces, no hubo un año en que no se produjeran muertes. El peor de los episodios aconteció el 24 de julio de 1983, cuando un autobús se desbarrancó precipitándose por un cañón, produciendo la muerte de más de 100 pasajeros en el peor accidente vial de la historia de Bolivia. Las cifras oficiales barajaban, hasta el año 2007 —fecha en la que se inauguró la nueva carretera—, una media de 100 muertes al año. Miles en total, nadie sabe exactamente cuántas. Esta triste realidad hizo que en el año 1995 el Banco Interamericano de Desarrollo la “bautizara” como la carretera más peligrosa del mundo.

11:00. Nos damos un abrazo, tomamos la foto de rigor de grupo. Comienza, ahora sí, la verdadera aventura. El vértigo se siente en cada pedaleada. Llevo toda mi vida usando la bicicleta, pero esta vez me cuesta mucho domarla. Hay muchas piedras en el suelo que hacen que la bicicleta tiemble continuamente, y eso que llevamos suspensión delantera y frenos de disco de último modelo. Tengo que hacer mucha presión en el manillar para mantener el rumbo. Al cabo de unos minutos aparece una primera cascada, no muy grande, pero insalvable. Nos indican que vayamos con cuidado, el suelo está muy resbaladizo. Algunos se bajan y caminan, otros optamos por atravesarla a lomos de la bicicleta.

Foto: Miguel Ángel Vicente de Vera | VICE Colombia

Llegamos a un mirador, perfecto para tomar fotografías. Las vistas son espectaculares, todo rodeado de un imponente paisaje selvático, con cascadas y una rica vegetación. Me siento sobre el bordillo mientras mis piernas cuelgan sobre un abismo de cientos de metros. Respiro profundamente. Descansamos y volvemos a la carga. En una nueva curva encontramos una placa que reza “A los mártires de la democracia”. Esta frase esconde una terrible historia: en este mismo lugar, en el año 1944, miembros de la dictadura militar lanzaron al vacío a cinco políticos de la oposición.

René nos anuncia que llegamos a “la Curva de la Muerte”, un giro de 180 grados no apto para cardíacos. "Una de las últimas muertes se produjo aquí, fue un italiano que entró muy rápido y resbaló, pero esto ocurrió hace algunos años. En 2011, un poco más abajo, una turista japonesa se cayó por uno de los precipicios por filmar con el móvil a su novio. "Murió en el acto", explica mientras el fuerte viento no deja de pegar en la cara.


Durante la bajada aparecen tres camionetas de pobladores de la zona. De manera automática, voy a refugiarme al lado interior, más resguardado, pero un bocinazo me hace recordar que en esta carretera se circula por la izquierda. El conductor pone cara de resignación, seguramente le ocurre a diario.

12:00. En el camino aparecen tres bolivianos, dos hombres y una mujer, que cierran la carretera con una gruesa cuerda. Tienen cara de pocos amigos. Ya me habían informado de que en Bolivia es muy habitual que las comunidades bloqueen las carreteras a modo de protesta. Efectivamente quieren que les paguemos 50 bolivianos (poco más de 6 euros) por persona, a modo de tributo por atravesar sus tierras. Los guías nos explican que ellos también quieren sacar partido a este destino turístico. Nos parece correcto y les pagamos de inmediato. Luego hacemos alguna que otra broma sobre su ingenuo mecanismo de contingencia. Nuestra sorpresa llega a los 200 metros, cuando aparecen otros tres nuevos “aduaneros” con una cuerda con púas para las llantas, por si hubiera algún “exaltado” que hubiera decido obviar el pago.

13:00. Llega una nueva parada técnica, para beber agua y reagrupar el equipo. Estamos todos sedientos y exhaustos, pero todavía queda un tramo por recorrer. Aparece una anciana y nos ofrece naranjas, agua y hoja de coca. Pruebo un poco, para empaparme de su característico sabor. El guía compra una bolsa grande para su padre. Explica que esta zona produce la mejor del país.

14:00. Nos encontramos en el tramo final. Aparece un nuevo paisaje, menos selvático, más apacible en sus formas, con zonas de pasto y pendientes menos pronunciadas. La temperatura sube notablemente, ahora todos vamos con camiseta. Es en este momento cuando Fernando aprieta a fondo y se aleja bastante de todos, incluso de los guías. Intento seguirlo, pero no puedo, va muy rápido, adiós al oro olímpico.

Sigo el descenso, esforzándome todo lo que puedo para alcanzarlo y de repente oigo un sonido muy fuerte, como el disparo de una escopeta. Miro hacia abajo y compruebo que se pinchó una rueda. Maldita sea. Me paro y espero al coche de apoyo, me pasa Rafael, luego la canadiense y finalmente la pareja brasileña, que van a una velocidad de crucero de paso campestre. Para que no pierda tiempo, el conductor me da una bicicleta de repuesto.

Me subo a la nueva, pero no va tan bien. Comienzo a pedalear duro, sudo, me duelen las piernas, pero solo pienso en remontar. Todavía queda una hora de recorrido, me indica el conductor, no puedo llegar último.

Foto: Miguel Ángel Vicente de Vera | VICE Colombia

Cojo de nuevo velocidad, no tardo en adelantar a la pareja de brasileños, luego supero a Shirley, la canadiense, que ahora parece tener más seguridad y pedalea con más fuerza. El calor, el cansancio y, sobre todo, el dolor en las manos por mantener el manillar fijo hacen que desee que esta aventura llegue pronto a su fin.

Por delante tengo a los dos argentinos, creo que difícilmente los alcanzaré. Pero la Rueda de la Fortuna es caprichosa, y cuando ya estamos en la parte final veo a Rafael de pie al lado de la bicicleta. Su rueda también se pinchó. Lo saludo con la mano, con una sonrisa que esconde una perversa satisfacción. No me bajo de la bicicleta a socorrerle, porque mi caballerosidad en esta competición tiene sus límites.

14:30. Después de cinco horas de adrenalínica bajada, finaliza el camino de piedras y llegamos a una carretera muy cerca de la localidad de Yolosa, a 1.180 metros. Final de la aventura. Llego segundo, después de Fernando. Al poco llega su compatriota y, cerrando el pelotón, Shirley y el matrimonio brasileiro. Nos abrazamos y nos felicitamos con el alivio de haber llegado sanos y salvos.

15:00. El fin de la fiesta tiene lugar en un hotel con piscina donde nos sirven el almuerzo. Literalmente arrasamos con el bufé libre. No dejamos ni rastro de comida. Luego nos lanzamos a la piscina y brindamos con cerveza por haber esquivado, una vez más, las garras de la muerte.

Foto: Miguel Ángel Vicente de Vera | VICE Colombia

Publicada originariamente en Mundo Diners como "El Camino de la Muerte: un descenso por el lado salvaje de la vida".

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