Líneas, un pájaro con cuerpo de mujer, ojos dentro de rombos, un caballo de dos cabezas, la mesa de la infancia con cuatro rostros cristalizados en piel verde, azul, rosa, amarilla, más líneas, más colores. Agustín retuerce la geometría, la clonación y los cuerpos en pintura.Rescata objetos en bazares y les da un soplo de vida con su pincel. Le arranca la gravedad a un piano de La Quiñonera y lo vivifica con mezclas de pigmentos. Agarra una departamento entero, como el suyo, como alguno en la Barceloneta, y le agrega pasillos de líneas en las paredes, hace de la cocina una burbuja entre la dimensión de sus figuras y la pared de la sala es una continuación de un cuadro enmarcado.
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El universo santoyano vive en la ilustración de un poema infantil náhuatl y paralelamente en su bestiario erótico expuesto este año. Su misma experiencia, los viajes en montañas rojizas, la vejez del desierto, sus 31 años, una nueva familia, textiles tradicionales, son fragmentos de Agustín plasmados indirectamente en su arte.Como maestro, en sus talleres por la capital y en sus clases en el Centro Morelense de las Artes, no enseña su obra a los alumnos para que ellos se suelten sin ningún modelo próximo, para que saquen de ellos mismos el fondo y la forma de su expresión artística.
Su psicodelia se deslizó por el Corredor Cultural en Condesa y Roma y en Camino Silvestre. El sábado 12 de marzo tuvo un showroom en su casa y taller “La pajarera”, donde estarán al desnudo murales, cuadros, dibujos, ilustraciones y tesoros rescatados de un rincón empolvado en proceso de metamorfosis psicodélica.
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