peligros del capitalismo

Hablamos con los skaters revolucionarios de La Habana

La comunidad skater cubana vive sin medios para comprarse una tabla ni mantener sus skateparks, pero hasta ahora han mantenido unos lazos muy fuertes que se ven amenazados por la irrupción de las marcas y el capital extranjero.
10.1.17
Foto de Desmond Boylan, Reuters

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Era un día de junio entre semana. Casi anochecía. Yo sudaba profusamente mientras luchaba por atravesar el denso parque que rodea un enorme complejo deportivo al sur del barrio de Vedado, en La Habana. Iba en busca del único skatepark de Cuba, que según se rumoreaba estaba en algún lugar cercano.

Sin embargo, cada vez que me acercaba a alguien para preguntarle cómo llegar, todo lo que obtenía eran vagos ademanes que sugerían direcciones contradictorias. A punto de rendirme al calor y a la humedad, escuché el revelador sonido de las ruedas de poliuretano sobre el cemento.

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Esforzándome a través de la maleza de palmas y hierba de marabú, casi caigo de cabeza a un estanque vacío: había encontrado el skatepark... si es que podía llamarse así. El lugar estaba en muy malas condiciones.

El único skatepark de la isla, un auténtico polvorín lleno de grietas e inundado por la naturaleza. Foto de René Lecour

Dos tercios del skatepark estaban cubiertos con agua estancada y ruinas; el tercio restante era una amalgama de rampas de cemento y bancos, pirámides y una pendiente con una torre. Murales y grafitis —la mayoría variaciones del mantra "patina o muerte", un juego de palabras con el famoso grito de guerra de Ché Guevara "patria o muerte"— decoraban las paredes del parque.

Tres skaters estaban sentados bajo la sombra, en la parte lejana del parque. Un cuarto skater logró sacar un kickflip poco entusiasta y seguidamente se unió a sus amigos. Les pregunté con mi lamentable español si el parque estaba siempre así de muerto.

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"Es mediodía", contestó uno de ellos, limpiándose el sudor de la frente con su camiseta. No dijo más, así que lo tomé como una respuesta.

Su amigo sonrió y se resguardó bajo la sombra, cuidando sus ojos del sol. "Puedes ir a la 23 y G, siempre hay alguien allí".

Durante décadas, la intersección de las calles 23 y G en el barrio de Vedado ha sido el lugar de reunión más popular de los frikis de La Habana, el nombre colectivo para los punks, metaleros, skaters y otras comunidades alternativas de la ciudad. Todas las noches convierten el lugar en un carnaval de contracultura, disfrutando de la música, el ron y los cigarros baratos.

La esquina de los alternativos en La Habana, la 23 y G. Imagen vía LaHabana.com

Los soldados soviéticos y los hijos de los diplomáticos del Bloque del Este introdujeron el skate en la isla en 1980. Rápidamente floreció una cultura local del skateboarding, formada principalmente por un grupo de gente muy cercana que compartía una misma mentalidad. Tras la caída del Muro, la influencia extranjera continuó infiltrándose en la comunidad en forma de material donado (skates, coderas, camisetas, zapatillas…).

Con el objetivo de potenciar el skate en Cuba, el cubano-americano de primera generación René Lecour fundó Amigo Skate en 2009. Esta asociación, que tiene su base en Miami, nació para distribuir el equipo donado a los cubanos y para organizar competiciones. Con el final del embargo estadounidense, Lecour teme que los beneficios de un mercado abierto —más equipo, más oportunidades de patrocinio, más acceso a la comunidad global del skate— pueda representar un coste muy alto al fracturar la cultura, propagar el materialismo y hacer que el deporte se convierta en algo muy caro para los cubanos.

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Lecour recuerda una escena de El Padrino II: "¿Recuerdas cuando están celebrando el cumpleaños de Meyer Lansky en el hotel y el camarero lleva el pastel con la forma de Cuba? Lo cortan a pedazos y cada uno se queda con su parte. Pues bien, esto es justo lo que va a pasar: todos los que van a tomar un pedazo van a ser del extranjero, y los pobres se van a ver en aprietos", dice.

"Si no son cuidadosos, van a terminar con toda la comunidad del skateboarding, y todo lo que la gente disfrutaba de él se irá para siempre".

Los skaters cubanos tienen una personalidad propia, forjada por el aislamiento cultural y transmitida durante décadas. Foto de Chris Miller.

Ché Alejandro, uno de los primeros que abrazó el skate en Cuba, recuerda patinar en 23 y G en los años ochenta. En aquel entonces, él tenía que hacerse sus propias tablas de contrachapado forrado con papel de lija y llantas de metal de patines de los años cuarenta. Extrañamente, treinta años después sigue sin haber tiendas de skate en Cuba.

"Si tus cojinetes o tus llantas se rompen, estás jodido. Se acabó", me dijo Ché, resumiendo sin rodeos el estado de la escena skater cubana.

La apertura de una tienda en La Habana daría a los skaters acceso a nuevo equipo, pero Ché no está seguro de si podrían pagar por los productos. Con el salario promedio de los cubanos rondando los 25 dólares —unos 23 euros— al mes, un equipo de más de 30 dólares representaría una fuerte inversión incluso para un adulto asalariado. Los skaters no han tenido mucho con qué patinar, pero gracias a las organizaciones como Amigo Skate, para la cual trabaja Ché, lo que han tenido no les ha costado nada.

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"Digamos que abres una tienda. La gente podría ver todas las cosas pero no tendría con qué comprarlas. Los skaters en Cuba han sido tan afortunados de patinar gratis durante todos estos años que ninguno de ellos está acostumbrado a pagar por algo", dice Ché. "Puede que aquí se ponga tan caro que ya no puedas patinar. Es una situación difícil, pero ¿qué se puede hacer?".

Por el momento, organizaciones como Amigo Skate y Cuba Skate, con base en Washington, continuarán aprovisionando a los skaters cubanos a través de donaciones. Generalmente, se apoyan en redes locales de distribución, dando productos a los skaters más mayores dentro de un grupo de niños para que éstos a su vez entreguen las zapas o la tablas a quienes más las necesitan.

Lecour dice que desde su primera visita a La Habana en 2009 la tradición de distribución se ha visto afectada por el creciente número de extranjeros que llegan al país. "Ciertos grupos que traen material se concentran en un pequeño grupo de skaters a los que ayudan a patrocinar, pero solo en ellos", explica René. Lecour siente que el favoritismo crea una ruptura dentro del tejido de la comunidad.

Amigo Skate, que trabaja conjuntamente con líderes como Ché, está tratando de mantener un sistema que según Lecour ha funcionado en las últimas tres décadas. Ambos temen la posible corrupción de lo que ellos consideran un método democrático de regalar tablas.

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Hace varios años, Ché se encontraba en España y tuvo la oportunidad de patinar con un grupo local. El alto nivel de talento internacional, lleno de patrocinadores y fans, presagia, a los ojos de Ché, un futuro más grande y corporativo para la cultura del skate cubano.

"Lo que odié de Barcelona es que nadie te quiere hablar", dice Ché. "Son todos semiprofesionales. Graban vídeos y patinan con sus iPods sin hablarle a nadie. Eso apesta. La gente está demasiado preocupada por llevar a la cima su carrera profesional y esas cosas. El skate se está convirtiendo en un trabajo y se está perdiendo la pasión", apunta.

Una de las tablas que regala Amigo Skate. Foto de Chris Miller.

La mayoría de los skaters cubanos son optimistas con el final del embargo. Le dan la bienvenida al flujo de mercancía, a las oportunidades de patinar para compañías estadounidenses y a la posibilidad de construir tiendas de skate y mejores skateparks. Pronto tendrán acceso a la comunidad internacional de skateboarding y eso ayudará a desarrollar el deporte en Cuba. Sin embargo, Lecour tiene dudas acerca de hasta qué punto estos cambios beneficiarán a los skaters locales.

"En Cuba la palabra que se usa para las prostitutas es 'jinetera'; cuando tratas de obtener algo gratis, entonces estás 'jinatiando'. Es lo que los niños dicen que están haciendo cuando los extranjeros llegan con patinetes", dice Lecour. "De alguna forma se prostituyen… Se siente indefensos porque no saben cuándo será la próxima vez que alguien llegue con más material".

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Miles Jackson, el cofundador de Cuba Skate, considera que el papel de su organización es vital para la madurez de este deporte, aunque también le gustaría ver cada vez a más skaters cubanos que no dependan de las donaciones. Él cree que la importación de herramientas, tablas, camionetas y ruedas permitiría a los cubanos ser más autosuficientes.

Mientras que algunos skaters como Ché temen que la influencia extranjera comprometa la esencia cubana del skate, Jackson lo ve como una parte inherente de la expansión de este deporte en la isla caribeña.

"Cada vez más personas se dedican al skate", afirma Jackson. "Ahora hay pandillas que han fracturado poco a poco el sentido de familia que había al principio, pero creo que es bueno. Para crecer, necesitas ver que el skate se practica no solo en un barrio o plaza, sino en toda la isla. Creo que el panorama está atravesando en estos momentos algunos problemas por su expansión, pero es normal".

Jackson ha trabajado con el Departamento de Estado de EEUU para coordinar la logística de la importación de materiales de construcción a Cuba. Su objetivo era construir un parque oficial de skate que complemente el improvisado skatepark de La Habana. También han llevado a la isla imprentas de madera para permitirle a los cubanos fabricar sus propias tablas.

A medio plazo, el objetivo de Jackson es que el skate se reconozca como deporte oficial en Cuba, y para ello ha iniciado contactos con las autoridades cubanas. Sin embargo, Jackson reconoce que al final el desarrollo del deporte dependerá de los skaters cubanos.

"Estos jóvenes son buenos skaters, pero necesitan madurar como miembros de la sociedad", dice Jackson. "Necesitan salir y crear organizaciones [a favor del skate] y hablar por sí mismos. El gobierno no va a decirle a un grupo de niños 'Vaya, sois geniales, ¿qué podemos hacer para ayudaros?'. No: si realmente lo aman, tendrán que pelear por el skate", concluye.

Sigue al autor en Twitter: @DMOberhaus