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Algunas personas nos cuentan sus historias de yoga más vergonzosas

“Se resbaló de su tapete y se golpeó contra el suelo. Se oyó un pedo ruidoso. Y luego se echó a reír. Entre más se reía, más pedos salían”.
21.6.17

Este artículo se publicó originalmente el 14 de Febrero de 2017.

En vista de que es una práctica fundamentada en gran medida en la humildad, el yoga —ya sea Bikram, Hatha, Yin, Ashtanga, o cualquier otra variante— con frecuencia puede ser un poco humillante.

Hay pocas cosas en la vida tan aleccionadoras —tan virtuosas, inocentes e inequívocamente inspiradoras— como ver a alguien vomitar luego de mantener la postura del camello. O aprovechar ese momento durante la postura de estocada creciente, en el que la tanga se te enreda en el trasero. Tal vez la encarnación más auténtica y legítima de la eliminación del ego existe en los segundos que transcurren entre una caída y el suelo, mientras una extravagante sinfonía de flatulencias sale de tu cuerpo y se queda grabada en la mente de las personas que te rodean.

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A pesar de su reputación aparentemente serena, ha habido muchas víctimas de la despiadada e intensa etiqueta del yoga.


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Pero si accidentalmente vomitas, te cagas o tienes una erección durante una sesión de yoga –de eso se trata, ¿no? (No). ¿No se trata de dejar tus inhibiciones en la puerta y dejar que ondee tu bandera freak? (Tampoco). La verdad es que la sociedad occidental se apropió culturalmente del yoga [Nota editorial: mujeres blancas, por favor absténganse de llevar tanga al yoga], por lo que éste pasó de ser un ejercicio para la concentración a un entrenamiento para ejercitar los glúteos. Pero sin importar qué te llevó ahí, la práctica del yoga puede producir algunos momentos bastante vulnerables, así que les pedí a algunas personas que me contaran sus anécdotas.

Aquí están sus historias.

Annika Borg, 24

Pasé una clase entera de yoga con mi tanga completamente metida en el trasero porque en algún punto me estiré de más. Tenía 14 años en ese momento (y también estaba con mi mamá), así que ni siquiera obtuve placer alguno. Tal vez un placer confuso, pero eso es todo. Nunca me pasó nada similar con la tanga desde entonces.

Yulanda Luka, 26

Al final de la clase, normalmente descansamos en la postura Savasana durante unos minutos, y luego el instructor nos pide que nos levantemos lentamente y dice algunas frases para indicar que la clase ha terminado.

En una ocasión la clase terminó y todos seguían acostados en sus tapetes, o preparándose para salir. Fui una de las primeras en levantarse y cruzar el salón para guardar mis cosas. Mientras caminaba por la habitación, me resbalé con el charco de sudor de otra persona y caí en mi trasero. Estoy hablando de una caída con la pierna recta, que casi llega al techo. Todos en la habitación quedaron sorprendidos y luego permanecieron en silencio.

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Logré sobrevivir y el instructor le restó importancia a la situación al comentar sobre la cantidad de sudor en el piso y luego se aseguró de que yo estuviera bien.

Kelly, 27

Había estado practicando yoga caliente tipo Moksha durante algunos años y pensé que probaría el Bikram. Me dijeron que hacía más calor y era más intenso. Acababa de regresar de una viaje de mochilazo a Centroamérica donde había pescado algún virus, y no me sentía muy bien, pero fui a la clase de todos modos. Dentro de los primeros cinco minutos empezamos a hacer ejercicios de espalda y de respiración que realmente no me estaban sentando bien. Tuve que hacer un enorme esfuerzo por aguantar y no vomitar. Más pronto que tarde, sentí que ya no podía más y me dirigí hacia la puerta. El instructor me aconsejó que me quedara y siguiera con mi respiración; sin saber lo que iba a suceder a continuación. Lo único que recuerdo es vomitar un batido de proteína lechosa en la parte delantera de la habitación, lo que arruinó por completo el estado de paz de mis compañeros.

El personal fue lo suficientemente amable para llevarme un plátano y un poco de agua de coco al baño, y me dijeron que podía volver cuando me sintiera cómoda. Antes de la clase, había comprado una membresía de un mes para clases ilimitadas de introducción al yoga. Sobra decir que no regresé. Nunca.


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Brian, 27

Durante mi tercer año en la universidad, finalmente me animé a probar el yoga caliente por primera vez. Mi roomie en ese entonces había sido un yogi veterano y me insistió en ir, hasta que finalmente acepté. Era una clase en la tarde después de pasar una noche en la ciudad. Mi nivel de hidratación estaba muy bajo, pero mi nivel de confianza aún estaba alto.

Como hice con todas las actividades durante mi estancia en la universidad, le di varias fumadas al bong antes de asistir a nuestra sesión. Llegamos temprano, pero no lo suficientemente temprano, ya que tuve que ponerme al frente de la clase y podía sentir la presión de las miradas de los yoguis sobre mí mientras luchaba para desenrollar mi tapete y colocar mi toalla en el piso. Después de acomodar todo, me estaba acostando y pensé, "hace mucho más calor del que esperaba", y recapacité sobre cómo estaba demasiado pacheco para estar ahí.

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Estuve totalmente jodido durante la siguiente hora. Traté de igualarles el paso a mis compañeros yoguis y no parecer fuera de lugar, pero mis tropiezos constantes, movimientos equivocados, mala coordinación y la enorme masa de sudor que me rodeaba eran señales claras de un hombre fuera de su elemento. En un momento que supuse era la mitad de la sesión, miré hacia la salida, imaginando lo glorioso que se sentiría el aire frío afuera del estudio. Si no fuera por mi roomie, me habría ido. Pero las burlas [que habrían seguido] durante el resto de mi vida fueron suficiente para hacerme continuar. Seguí con la rutina y me sentí más cómodo mientras la clase avanzaba. Terminó, finalmente, y sobreviví con una nueva perspectiva y aprecio por el yoga.

Samantha Duff, 26, dueña de estudio de yoga

Fue un momento muy memorable. Estábamos haciendo yoga caliente y todo el mundo estaba sudando como loco, y una de nuestras estudiantes menos coordinadas se resbaló de su tapete y se golpeó contra el suelo. Se oyó pedo ruidoso. Y luego se echó a reír. Cuanto más se reía, más pedos salían. Era una ráfaga, como una ametralladora. No podíamos dejar de reír. Fue muy chistoso.

Matt Mays, 37

Una vez en Nueva York fui a una clase de Halloween disfrazado de guerrero espartano. Casco con cepillo, protección en los brazos y piernas, peto y falda masculina. Terminé siendo el único con un disfraz puesto. No puedes salir de la habitación cuando haces Bikram yoga, así que tuve que aguantar toda la clase con un calor de 43 grados centígrados. Sin embargo, me gané una pizza gratis, por el mejor disfraz.

En otra ocasión intenté pararme de cabeza por primera vez y me caí y golpeé como a seis chicas, estilo dominó. No lo he vuelto a intentar desde entonces.

Hillary Windsor es una escritora que vive en Halifax. Síguela en Twitter.