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Arte: Azuma Makoto / Fotografía por: Shiinoki
Ediciones VICE

Marihuana. Jardinería cannábica legal en Uruguay

En 2019 se estimó que 1.000 personas trabajaron en el cannabis legal del país. La mayoría son personas menores de cuarenta años.
19.10.20

La planta de marihuana era desconocida en Uruguay por lo menos hasta los años setenta cuando pequeños grupos, sobre todo de artistas, la conseguían del exterior a cuenta gotas. Por entonces no había dealers. Las referencias sobre el cannabis eran vagas y cargadas de prejuicios que marcan su nombre hasta hoy. Hubo que derribar muchos estereotipos para que su legalización fuera posible.

Uruguay fue el primer país donde la marihuana, aunque con restricciones, creció libremente desde 2013. Ese año se reguló su producción con una ley impulsada por el Gobierno del expresidente José “Pepe” Mujica.

“Hay tres maneras de acceder a la marihuana legal. Una es el autocultivo, la otra posibilidad es registrarse y comprar cinco gramos en farmacias a siete dólares, la tercera vía de acceso son los clubes sociales”.

Pero Uruguay también exporta marihuana. Y está haciendo de la legalización una incipiente industria y una forma de aprender de una planta condenada durante décadas a la oscuridad del clóset. Abierta la puerta, se exporta, se disfruta sin miedos y hasta se convirtió en un medio de vida. Para algunos es una forma de tener un trabajo estable que de otra manera no aceptarían. O la posibilidad de crecer profesionalmente junto a un rubro con perspectivas de ascendente proyección internacional. Para otros simplemente ha sido la posibilidad de hacer lo que siempre quisieron pero en la legalidad. El año pasado se estimaba que 1000 personas trabajaron del cannabis legal entre quienes lo hacen en los clubes, en las plantaciones que abastecen a las farmacias y en los cultivos dedicados a la exportación. La mayoría son personas menores de cuarenta años.

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Marihuana. X Ray por Azuma Makoto

Damián Collazo nunca pensó en tener un medio de vida legal de la marihuana. Para fumar sin depender de nadie, empezó a plantar en 2006 las semillas que venían dentro del cannabis prensado paraguayo. Hoy es uno de los productores de marihuana con más experiencia del país. Uno que otros cultivadores llaman cuando tienen problemas. Cultiva en el CLUC (Cultivando Libertad Uruguay Crece) uno de los 156 clubes sociales de marihuana. La ley de regulación del cannabis prevé que hasta 45 personas conformen una asociación civil sin fines de lucro para producir marihuana. Lo deben hacer con un estricto protocolo de cultivo y de seguridad. La cosecha se reparte entre los socios. Hay clubes donde el trabajo de los asociados es parte de la sostenibilidad del modelo, otros cobran membresías más o menos altas para costear los gastos de equipamiento, energía eléctrica, mantenimiento, aportes a la seguridad social y al salario de los jardineros.

Damián cultivó su primera planta en la casa familiar siendo un adolescente. El segundo año consiguió una genética tipo skunk, el híbrido moderno madre de buena parte de las variedades de marihuana que se plantan en todo el mundo. Tiene un olor inconfundible y un efecto potente. Los llamados de atención de sus padres no llegaron por plantar marihuana sino por el olor a zorrillo que invadía todo el hogar.

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La independencia de mamá y papá tiene un costo que Collazo, en parte y a veces, solventó con los frutos del cannabis mientras era estudiante. “Cuando me hice independiente trabajaba, pero si no llegaba a fin de mes la marihuana era un recurso fácil para mover entre amigos. Lo hacía como algo satelital. Con la legalización retomé con más ganas. Y fue cuando lo vislumbré como una posibilidad de vida. Nunca se me hubiera ocurrido”, explica ahora con varias cosechas en sus hombros.

Entre 2013 y 2014 si tenías entre 20 y 30 años y vivías en Uruguay probablemente la legalización de la marihuana fuera parte de la conversación entre amigos, con la familia o por ahí. Y en su caso lo fue más. Era uno de los primeros cultivadores legales, “era la única conversación posible”, dice Damián.

Cada vez que explicaba lo que hacía o sus proyectos Collazo encontró “reacciones demasiado conservadoras que no esperaba”. Actitudes indiferentes que también han ido cambiando con la legalización. “Los mayores empezaron a ver al cannabis como una planta más y dejaron de verla como una droga de narcos o un arma letal. Fue un cambio drástico. De no hablarlo con el vecino, porque no se podía, empezó a ser un tema  normal. Ahora la gente ya no pregunta, la disponibilidad de información es alta. Es como hablar de tomates. Se normalizó”, entiende este cultivador.

“Los mayores empezaron a ver al cannabis como una planta más y dejaron de verla como una droga de narcos o un arma letal. Fue un cambio drástico”

Damián editó el libro Uruguay se planta (2014), el único manual de cultivo del país, y está a punto de recibirse de ingeniero agrónomo con una tesis sobre el manejo de plagas en el cannabis. Es el cultivador responsable de uno de los primeros clubes sociales de marihuana de América Latina. Con la primera cosecha en 2015 “comencé a ganar plata de forma legal y hasta tenía seguridad social”, recuerda.

A veces hace trabajos zafrales en otros cultivos. Pero el que más disfruta y el que lo define es el de marihuana. “Mi principal ingreso viene con el cannabis en el club. Ahora empecé a explorar el cannabis medicinal porque hay oportunidades laborales. Y también ayudo a otros productores”, dice. Collazo recibe un sueldo mensual por su trabajo cotidiano en el club. Los socios pagan una cuota para solventar cada gasto de la asociación que conforman y de la que Collazo es el motor fundamental.

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Hoy tiene 30 años, pero cuando adolescente sucumbió al endiosar a la planta. “Como toda sustancia prohibida se construye un mundo paralelo. Como fue un cultivo ilegal y reprimido durante muchos años se construyeron relatos sin base real. Luego me di cuenta de que es una planta más. Hoy es como si fuera tomate, soy productor de cannabis, le saqué la magia y lo veo racionalmente”, explica a VICE.

Desde cuando lo único que llegaba a Uruguay era un residuo de marihuana de Paraguay que se hacía pasar por cannabis a hoy, han pasado muchas variedades de marihuana por sus manos. Al comenzar en el club, querían cepas altas de THC, el principio activo más conocido de la marihuana que da el efecto “psicodélico” y responsable de tumbarte en el sofá, pero esa costumbre adolescente también la viene borrando los años. En los últimos tiempos aumentó la disponibilidad de variedades altas en CBD en el mundo y ahora son las preferidas de Collazo.

“Queríamos contrarrestar estas variedades altas en THC, muchas son infumables no las tolero”, dice el jardinero que en verano, primavera y otoño trabaja de sol a sol. Y descansa en invierno, como la marihuana.

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Collage por Azuma Makoto

No todas son luces en la regulación uruguaya. La regulación es excesiva. No puede haber lucro de autocultivadores ni de los clubes cannábicos. Los turistas siguen comprando marihuana ilegal porque no hay dispensarios y no la pueden adquirir en las farmacias. No hay emprendimientos que ayuden a sostener algo parecido a un negocio a escala para abastecer la demanda insatisfecha de los usuarios uruguayos. Solo una quinta parte de los usuarios del último año están registrados. Y de los 41.000 usuarios registrados para comprar en las farmacias algo más de 10.000 compraron entre febrero y mayo de este año. Cuando se crearon los clubes de cannabis el Gobierno de entonces no quería hacer de la marihuana un comercio ni un negocio por extraño que parezca.

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Vico no vive del club de cannabis. Sino del pisco que produce y vende en Perú. No cultiva marihuana por lucro. Sino por placer. Un placer que antes encontraba en el vino.

“El vino era todo en mi vida. Era mi alimento porque estaba en la mayoría de mis comidas, el mundo social y mi trabajo. La marihuana ha corrido un poco al vino. Bebo muy poco y fumo desde que me levanto hasta que me acuesto”, dice el alma mater del club con 43 socios, que es sommelier y cuenta 40 años.

Cuando Uruguay daba el debate público para regular el cannabis lo sedujeron los pensamientos del expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica. “Anotaba las frases de Pepe, era como el nuevo Mandela, andábamos todos locos”, recuerda. En su adolescencia plantaba marihuana en Lima, Perú. Pero con mucho miedo.

“No había un país que fuera legal como Uruguay. Y yo tenía este hobby”, dice. Se instaló durante el verano 2013-2014 con su novia para probar suerte con el vino. Pero se quedó cultivando marihuana. Y muy pronto se convirtió en el cultivador preferido de sus amigos.

La legalidad permitió a Vico disfrutar de cuatro salas de cultivo de interior y tener hasta cuatro cosechas anuales. La planta de marihuana cultivada en el exterior permite una o dos cosechas anuales. Pero en sus salas de cultivo interior Vico juega con la naturaleza maleable de la planta. En una guarda las llamadas plantas madres. Es su selección de cepas que mantiene en estado vegetativo. Es decir no floran. De ellas corta esquejes (ramas) puestos a enraizar en otra sala. La tercer sala es la de crecimiento de esos esquejes ya convertidos en plantas. Y la cuarta sala es donde las plantas de marihuana completan su floración. Con estas facilidades Vico puede jugar con el ciclo de las plantas y tener cuatro cosechas en un solo año mientras preserva las genéticas favoritas de los socios del club.

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La rutina de Vico es la del ciclo vital de la planta. En estos momentos está comenzando la temporada de siembra en el hemisferio sur. Por eso está aprontando el sustrato que es la cuna de la marihuana. Selecciona genéticas y preventivos para evitar hongos, ácaros, larvas y otras pestes. También biofertilizantes como el guano de murciélago tan apreciado para la floración, lactobacilos, melaza de caña y otros fertilizantes orgánicos. Además, acondiciona cada sala de cultivo, el invernadero en exterior y las herramientas para manipular el cultivo.

“De no hablarlo con el vecino, porque no se podía, empezó a ser un tema  normal. Ahora la gente ya no pregunta, la disponibilidad de información es alta. Es como hablar de tomates. Se normalizó”.

Paula Bordenave está muy cerca de recibirse de química agrícola y medio ambiental. Optó por su carrera porque quería dedicarse a la agricultura. Pero no había pensado en que su tarea sería ajustar los protocolos para secar toneladas de marihuana para exportación.

El cáñamo tiene menos de 1% de THC. Es un híbrido donde el principio activo preponderante es el CBD, que tiene bajísimo efecto psicoactivo. Eso hace que pueda saltear las fronteras y ser consumido en Suiza, donde el cannabis vendido en tiendas tampoco puede tener más que 1% de THC según la reforma legal aprobada en 2017. Es la misma flor, de la misma planta, con el mismo sabor. El cáñamo tiene efectos muy similares pero sin la pesadez mental que se le atribuye al THC.

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“No caigas en el consumo”, le dijeron a Paula en su familia. A ella le hizo gracia. Pensaban “que estar en el rubro era moverse en el consumo”. Pero cuando la empresa donde trabaja exportó las 14 toneladas y lo publicaron los periódicos, le dieron la razón. “No visualizaban la dimensión, que es una industria con protocolos, organización, legalidad y gobiernos de por medio”, dice Paula que con 26 años hace 70 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta a la capital del país para trabajar en este rubro que le fascina.

Al principio debió acostumbrarse al olor de la marihuana. Pero ya tiene el olfato entrenado y hasta caracteriza las variedades según los aromas. “Al oler ya sé qué variedad es. Si tiene buena humedad o no. Si se secó bien o no. Al principio es un choque oler tanto. Me tuve que acostumbrar”, cuenta.

Desde que trabaja en Cplant ha secado dos toneladas de marihuana con la ayuda de los manejadores de aire. Está a cargo de tres salas de 11 metros cuadrados cada una. La empresa donde trabaja abrió el mercado de exportación de cáñamo uruguayo a Suiza. Además de enviar producción propia han colocado la de otras empresas. Y esperan que el ritmo siga creciendo.

“Después que se exportó fue un orgullo y una satisfacción ver que podemos seguir para adelante otro año. El sector va a crecer muchísimo, la legalidad se va a ir abriendo para más personas. Van a haber más mercados y rentabilidad para los subproductos de la planta. Me veo creciendo y aprendiendo mucho más”, proyecta Paula.

Fuera del clóset la marihuana en Uruguay es muchas cosas. Un rubro agrícola en ascenso, un cultivo experimental muy versátil, una forma de vida y sobre todo una forma de mostrarle a la sociedad que los fantasmas son una mentira.

Este artículo hace parte de la sexta edición de VICE en Español, Planta: Latinoamérica desde la raíz, en la que tratamos de entender las relaciones que como latinoamericanos tenemos con estas plantas maestras. En los enlaces puedes leer las historias sobre peyote, chile, amapola, tabaco, cacao y ayahuasca