Coronavirus

Diario de mi cuarentena en un piso compartido de Madrid: semana 1

La limpieza y las quedadas con ligues en supermercados desatan el caos.
20 Marzo 2020, 4:30am
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El miércoles 11 de marzo y aunque aún quedaban días para la declaración del Estado de Alarma mi empresa decidió mandarnos a casa, así que llevo más de una semana de cuarentena. Desde entonces he salido de casa dos veces. Una a la compra y otra a darme un paseo y ver a mi mejor amiga, el jueves pasado, cuando las terrazas aún ni habían cerrado y todo parecía normal. Antes de llegar a su barrio, hasta donde paseé, le escribí un WhatsApp: "Cuando nos veamos, ¿cómo nos saludamos?". Me respondió que con los pies, como en China, y eso hicimos. Nos habíamos estado riendo de ese saludo el fin de semana anterior, así que aquello fue un poco justicia poética.

Fue rarísimo no poder darle dos besos ni un abrazo, no poder tocarla, no poder compartir mechero. La cosa aún no se había puesto fea, así que nos echamos unas risas durante un rato pero después empezamos a comentar cómo los casos en Madrid, donde vivimos, no paraban de aumentar sin que se tomaran medidas, pero también comentamos lo complicado que debía ser tomar medidas. "Pero qué coño, les pagamos para eso", sentencié.

Hablamos del precio humano de poner la economía en el centro y le dimos un repaso al Gobierno y a la irresponsabilidad de celebrar una manifestación a las puertas de una más que segura pandemia mundial y a VOX y su Vistalegre III. También conjeturamos sobre cómo sería la situación en España tomando como referencia la de Italia. Un rato antes de despedirnos me miró y me dijo que disfrutara ese momento, que probablemente sería el último en el que nos veríamos en semanas, probablemente en meses. Le dije exagerada y volvimos a hacer el choque de pies. Pero tenía razón: aquel fue el último contacto analógico que tuve con alguien que no fueran mis compañeros de piso en semanas, probablemente en meses.

Esa misma noche Díaz Ayuso anunció el cierre de todos los centros educativos, Almeida cerró las terrazas al día siguiente y por todos mis grupos se hablaba de la necesidad de chapar Madrid y de que no huyeran ni más provincianos ni más catetos con segundas residencias en el Levante. La cosa se empezaba a poner fea, aunque Fernando Simón seguía teniendo el mismo tono tranquilizador y solemne y hacía incluso bromas.

"Si habéis tenido la suerte de teletrabajar os habréis dado cuenta de que la suciedad, de pronto, se multiplica"

El viernes les anunciaron a dos de mis compañeros de piso que también teletrabajarían. El tercero -somos cuatro contando conmigo, dos chicas y dos chicos- curra en una oficina de Correos, así que desde entonces y hasta ahora ha tenido que seguir trabajando para aquellos que creen que es de vital importancia pedir un libro que no va a leer o unas deportivas que no va a usar. Vivimos en el centro de Madrid y tenemos un piso de más de 100 metros cuadrados con dos baños, habitaciones muy grandes y ventanas más grandes aún.

Y esto es importante, porque seguramente de haber tenido una casa más pequeña o con menos luz o con menos baños la cosa se habría complicado un poco más.

El caso es que desde que empezó la cuarentena en mi piso compartido, hace ya más de una semana, los temas de debate principales han sido dos: la limpieza y las distintas actitudes frente al coronavirus, así como las conductas derivadas de ellas. Veamos.

UN DÍA ME VOY A LARGAR Y LA MIERDA OS VA A LLEGAR AL TECHO

Cuando era niña mi madre solía decirnos a mi padre y a mí que un día se iba a largar y la mierda nos iba a llegar al techo. No era verdad -lo de que nos iba a llegar al techo, de largarse la veía capaz, porque cuando lo decía gritaba mucho y movía mucho las manos en el aire-, porque mi padre y yo limpiábamos bastante. Y en mi confinamiento no hay día que no piense aquella frase, en los segundos que pasan entre que me encuentro pelos en el baño y caigo en la cuenta de que son míos. O cuando alguien se deja en la pila de la cocina restos de comida después de fregar, que esos sí que nunca son míos.

Los primeros tres días fueron un caos. Si habéis tenido la suerte de teletrabajar os habréis dado cuenta de que la suciedad, de pronto, se multiplica. Y si no también. Estar en casa el doble o el triple de horas conlleva también ensuciar el triple. Y debería ir de la mano, por tanto, de ordenar y limpiar el triple. Pero de esto al principio no eres consciente, claro, aprendes por ensayo y error, que es como aprenden los humanos. Algunos humanos al menos, hay otros que ni por ensayo ni por error. Para que os hagáis una idea, a media tarde del segundo día de confinamiento el aspecto de nuestro fregadero era el siguiente:

Así estaba mi fregadero el segundo día de confinamiento.

La taza de arriba no está suspendida en el aire, no vivo con el jodido Jorge Blas, es que hay un cuelgatazas sobre la pila, que en ese momento estaba casi completamente vacío porque la mayoría estaban sucias. Empecé a murmurar lo de "un día me voy a larg...", pero reparé en seguida en dos cosas. La primera, que no tenía donde largarme. Que de intentarlo acabaría, con suerte, con una detención por parte de un fornido soldado de la UME con la barba bien cortada, que tampoco estaba mal. La segunda, más relevante incluso, que algunos de esos platos y esas tazas, bastantes de esos útiles de cocina, eran de hecho míos.

Así que me sosegué y me propuse a mí misma lavar cada plato, cada vaso y cada jodida cucharilla justo después de utilizarlos. El resto hizo lo mismo, sin necesidad de comentarlo ni de debatirlo. Simplemente ocurrió. Lo mismo con el baño o el salón: cuando se hace deporte se vuelven a colocar los muebles en su sitio después y se barre. Hemos entendido que, dado que esto no tiene pinta de durar poco, lo mejor para todos es hacer el pacto no explícito de mantener relativamente el orden. Ese y otro, en esta ocasión explícito: un cuadrante de limpieza. Un cuadrante de limpieza serio y para el que no valgan excusas de ningún tipo.

Pero claro, ¿qué es el orden y que es la limpieza? No es sencillo vivir en un Gran Hermano sin cámaras, porque no te llevas los millones de premio y sobre todo porque tienes que comprender que la mierda y el desorden ni son para todos lo mismo ni le importan a todos por igual. Que hay quien tiene un ligero TOC, como yo, con que las cosas tengan un sitio -os ahorro la serie de Marie Kondo, la clave es esa, buscarle un sitio a cada cosa- y hay quien no.

Así que si eres de los primeros, lo mejor es que lo asumas y cargues con tu cruz: si quieres ver los mandos de la Play en su sitio tienes que colocarlos tú, porque probablemente solo para ti tengan un sitio. Si quieres que los vasos estén separados de las tazas tienes que separarlos tú, porque esa regla seguro que opera únicamente en tu cabeza. Si te molesta que haya dos gotitas en el espejo del baño, limpialas tú, porque con certeza solo te molestan a ti. Es lo que hay.

HE QUEDADO CON X* PARA IR A LA COMPRA

El segundo gran tema de esta primera semana en casa ha sido la disparidad de visiones sobre el coronavirus y las medidas de autocontrol y disciplina derivadas de ellas. Durante el fin de semana de la declaración del Estado de Alarma, uno de mis compañeros se pasó el viernes y el sábado comiendo Doritos, jugando al Fornite, quejándose de lo mucho que iba a durar esto y entrando y saliendo de casa con su ligue. La primera noche, la del viernes, apelé a la responsabilidad y le dije que él vería y que yo no era su madre pero que no era desde luego lo más responsable cuando me preguntó que qué me parecía que X viniera a dormir.

Al día siguiente fue él quien, desoyendo las recomendaciones, que en este momento no eran del todo claras, se fue a casa de X a dormir. Cuando Pedro Sánchez declaró el Estado de Alarma y la prohibición de salir de casa a no ser que fuera para hacer actividades imprescindibles -follar no estaba entre ellas- le dije que tomase una decisión: que se viniera ella a casa, que se fuera él a la suya o que se largaran al piso vacío que tienen sus padres en un barrio cercano. Me respondió que no le hiciera parenting y que era consciente de la situación. Que no podía irse porque tenía en casa las cosas del trabajo y que ella quería pasar la cuarentena en la suya. El domingo quedaron para ir al súper.

"Su polvo, su abrazo y su romanticismo de 0,60 céntimos de euro podrían ser los causantes de que dos o tres viejos estiraran la pata"

A partir de ese día y hasta ayer todo bien. Pero, a mediodía del jueves me volvió a hacer la pregunta: "Oye, quizá viene X a casa esta noche, ¿te importa?". Y se la lié. Le llamé egoísta e irresponsable. Le reproché que los demás no teníamos por qué ser víctimas de que no se aguantara a sí mismo y le pregunté si le daban igual miles de muertes: nuestro otro compañero seguía yendo a la oficina de Correos y tampoco había que ser un genio para comprender que exponerle a él a un virus que muy probablemente ya está en nuestra casa era exponer a decenas de personas.

Que su polvo, su abrazo y su romanticismo de 0,60 céntimos de euro podrían ser los causantes de que dos o tres viejos estiraran la pata, a lo que me respondió que no me pusiera así, que me "atuviera a los hechos, que me había preguntado antes de hacerlo". Le dije "excusatio non petita, accusatio manifesta__" y le solté una retahíla sobre el individualismo, la incapacidad de mirarse a uno mismo y de ejercer las libertades con responsabilidad.

Sus contraargumentos eran que "joder", que entendiera la situación, que lo estaba pasando mal, que llevaba cuatro días encerrado en casa, a lo que le respondí que COMO TODA ESPAÑA, que de nada servía haber hecho ese esfuerzo si hoy volvía a caer en lo mismo que el fin de semana pasado y que qué ocurriría si todos actuáramos como él. También decidí romper el contrato que habíamos hecho el día anterior por el cual me comprometía a hacerle el desayuno, la comida y la cena y a lavarle los platos por cinco pavos al día, porque él no para de trabajar y no para de comer precocinados y así me lo propuso.

Le llevé a su cuarto el plato de quinoa con verduras que había preparado el día anterior y le dije que nuestro convenio quedaba en adelante rescindido. Me hice un ERTE a mí misma: "paso de ser solidaria con quien no es incapaz de ser solidario y tiene la capacidad empática de una patata", le dije. Y me fui.

Nuestro contrato rescindido

Después le mandé a WhatsApp la entrevista de mi compañera Berta a una enfermera de la UCI, en concreto el siguiente párrafo:

"Nadie se puede imaginar lo que ven nuestros ojos", advierte Clara, que tiene claro que el agradecimiento de la gente es importante pero ni mucho menos suficiente. “Siento mucha rabia al ver que nuestro sector, junto con otros como los trabajadores de los supermercados o las farmacias, estamos trabajando para el resto de la población, dando el 200%, trabajando con mucho estrés y cansancio. Y mientras tanto hay personas que sacan más veces al perro que nunca o bajan a comprar con excusas, de verdad que no puedo comprenderlo. La gente se está muriendo"

Nos pasamos toda la tarde sin hablar, él en su cuarto y yo limpiando la cocina y el mío, pero por la noche coincidimos haciéndonos la cena y la volvimos a tener. Apelé en esta ocasión a que si no le importaban miles de muertes al menos pensara en que la duración de este confinamiento que le tenía tan desesperado sería directamente proporcional a lo a rajatabla que cumpliéramos las prohibiciones del Gobierno.

Volvió a decirme que comprendiera la situación y que era consciente de los peligros, pero que no lo veía para tanto. Me despedí diciéndole que le iban a dar el premio al ciudadano del año y preguntándole qué tal le caería el capullo de su personaje si esto fuera una película.

"La cuarentena está siendo un espejo que, como los del callejón del gato, nos hace conscientes de hasta qué punto estamos deformes y cuáles son nuestras deformidades"

De momento así seguimos, sin apenas hablarnos y con un maravilloso fin de semana por delante. Ayer le anunciaron a otra de nuestras compañeras de piso, que trabaja para una gran cadena que incluye supermercados que quizá le toque ir a uno de ellos porque no dan abasto, pero a él le sigue sin parecer para tanto lo de querer salir a echar un casquete y a hacerse unos arrumacos a riesgo de poner en peligro no solo la salud de sus compañeros de piso sino la salud de dos de sus compañeros de piso que trabajan cara al público. Dos carreras y un máster para no conseguir comprender el funcionamiento de las estructuras en red. Eso también se lo dije.

Por lo demás todo bien. Saldremos de esta. Y saldremos conociéndonos más tanto a nosotros mismos como a los que nos rodean, porque la cuarentena está siendo un espejo que, como los del callejón del gato, nos hace conscientes de hasta qué punto estamos deformes y cuáles son nuestras deformidades. Porque todos las tenemos. Seguiremos informando.

Sigue a Ana Iris Simón en @anairissimon.

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