Bercris, migrante venezolana, coordinó la logística para 300 personas durante las semanas que estuvo en el campamento frente a la terminal. “Nunca me había tocado pasar por un momento tan difícil. Me sentía preocupada y quería tratar de solventarle todas las necesidades a la gente que iba llegando”.
Aunque no existen baños ni duchas en el campamento, las mujeres buscan maneras de mantener su cuidado. Hacerse trenzas, pintarse las uñas y maquillarse es parte de su cotidianidad.
Denisse, nacida en la ciudad costera de Píritu, en el estado Anzoátegui, dice desde una carpa que apenas cubre la lluvia: “Yo no salí de Venezuela por traicionar a mi patria, sino por darle un mejor bienestar a mi hijo, por culpa de un gobierno que sí traicionó a su patria. Solo busco algo para él, que es colombiano, así sea para su alimentación”.
Interior de uno de los cambuches donde una familia de tres niños y dos adultos pasaron varias semanas.
Con la visita de médicos voluntarios al campamento, Marianny pudo pedir un traslado en ambulancia hasta el hospital Simón Bolívar para hacerse la primera ecografía y un control prenatal.
Milagros es otra de las lideresas del campamento que ha estado en comunicación con las autoridades y fundaciones para gestionar ayudas alimentarias, donaciones y sobretodo la salida hacia la frontera.
En estos buses les llevan hasta Cúcuta o Arauca, con mínimas medidas de bioseguridad. El único baño que tiene va sellado durante un recorrido de más de 15 horas.