Sexo

Los clubs de strippers de Estados Unidos han reabierto y estas son sus medidas sanitarias

Las cosas no son como antes.
traducido por Mario Abad
26 Mayo 2020, 6:34am
strippers wearing masks
Images: Paul Duane

Es viernes por la noche en el Trails Gentlemen’s Club, en Salt Lake City. En circunstancias normales, sería uno de los fines de semana más ajetreados en la mayor ciudad de Utah, ya que el 1 de mayo señala de forma no oficial el final del invierno; solo falta un mes para que lleguen las noches tórridas de verano.

Ese viernes noche, sin embargo, era especial por otro motivo añadido: el 1 de mayo, Utah, Salt Lake County y Salt Lake City levantaron muchas de las restricciones sanitarias impuestas durante la pandemia del mismo modo arbitrario y anárquico con que las habían aplicado. Salt Lake County fue de las primeras regiones del país en permitir la apertura de su media docena de clubs de strippers.

Visitamos estos locales durante la primera semana de reapertura para comprobar cómo se ha aplicado la nueva normalidad.

Las bailarinas del Trail llevan mascarillas y se mantienen a 2 metros de distancia de los clientes y de sus compañeras. Imagen: Paul Duane

Son las 21:20 y el sol acaba de desaparecer tras el horizonte por la vertiente occidental de las montañas de Sierra Nevada. El aparcamiento del Trails está lleno y se está empezando a formar cola en la puerta. Desde fuera, el local parece un club de hip-hop, con un DJ pinchando Drake, Future, Tyga, Post Malone, Blueface y Rihanna.

Los clientes esperan en grupos, colocados estratégicamente a 2 metros de distancia unos de otros. Antes de la pandemia, los establecimientos de este tipo tenían normas muy estrictas respecto al uso de sombreros y prendas que cubrieran la cara, pero hoy todo el mundo la lleva tapada. Unos con mascarillas N95. Otros con pañuelos al estilo del viejo Oeste. La gran mayoría lleva pasamontañas de esquí, un guiño sutil a una temporada de esquí que se vio interrumpida de forma brusca debido a la pandemia.

En la puerta, un segurata con mascarilla N95 desempeña la doble tarea de comprobar documentos de identidad y tomar la temperatura a los clientes (los que superen los 37 grados no pueden acceder al club). Cuando todos los miembros de un grupo han pasado por este filtro, se les dirige a una mesa en la que otro segurata les recita las normas del nuevo mundo:

  • Mantener la distancia de 2 metros entre bailarinas, empleados y otros clientes

  • No quitarse la mascarilla excepto para beber

  • No acercarse a menos de 2 metros del escenario si no es para dejar dinero en el borde

  • Una vez depositado el dinero, el cliente debe volver a su sitio

La crisis ha golpeado rápida y duramente a los clubs de strippers de Salt Lake County, al igual que a otros negocios pequeños, pero con un agravante: los strip clubs (y los casinos) no tenían derecho a solicitar ayudas para pequeñas empresas, algo que muchos en el sector consideran una injusticia.

Una empleada del Southern X-posure, otro club de Salt Lake City, señala que el local donde trabaja, como los demás, no podía optar a las ayudas gubernamentales, pese a que sus dueños pagan todos los impuestos y tasas, como la de venta de bebidas alcohólicas.

Productos de limpieza en el escenario del Trails. Imagen: Zoe Zorka

“El negocio había bajado mucho las dos últimas semanas antes del cierre porque el Gobierno había empezado a recomendar a la gente que se quedara en casa”, nos cuenta la empleada.

En el Trails, las luces LED en torno al escenario brillan más de lo habitual, al no haber clientes apostados en la “baranda de las propinas”. Al final de cada actuación, una empleada ataviada con mascarilla retira los billetes del escenario con una mopa (otra empleada equipada con guantes los contará posteriormente), mientras otra esteriliza la zona para la siguiente bailarina.

Pese a que debe guardarse la distancia de seguridad de 2 metros, todas las bailarinas están obligadas a llevar mascarilla.

Hay cierta ironía poética en el hecho de que esas mujeres esculturales de formas perfectas bailen al ritmo del tema de Future “Mask Off”. Mientras, el DJ recuerda a los clientes que mantengan la distancia de seguridad y se laven las manos.

La adopción de estas nuevas medidas era la única vía posible de sustento para muchas de estas mujeres en un estado en que las cifras de desempleo se han disparado y todavía no se ha acabado de sacar adelante un programa de asistencia federal para trabajadores autónomos.

Las bailarinas del Trails deben limpiar las barras antes y después de actuar y no pueden tocar el dinero. Imagen: Paul Duane

“No tenemos derecho a ayudas por ser trabajadoras autónomas, por lo que la situación ha sido muy dura”, dice Steph Mercedes, gerente de las bailarinas del Trails.

A 16 km de las luces brillantes de Salt Lake City, en la ciudad de Magna, el local The Bears Den también ha abierto sus puertas. Este establecimiento achaparrado y anodino en mitad del paisaje desoldado de Utah tiene como principales clientes a los obreros de la cercana mina de cobre Río Tinto Kennecott.

“La guarida”, como la llaman cariñosamente, es el único bar abierto en Magna, ya que los demás fueron declarados estructuralmente no seguros después de que una serie de terremotos afectara a la zona en marzo y abril.

En La guarida no hay un DJ flamante ni luces LED, sino paredes revestidas con paneles de madera y luces navideñas. Al no pertenecer a Salt Lake City, aquí las normas son distintas. Las bailarinas siguen teniendo que llevar mascarilla y no pueden tocar el dinero, pero los clientes pueden ir sin mascarilla.

Una empleada le toma la temperatura a un cliente en The Bears Den. Imagen: Zoe Zorka

El segurata, sin embargo, al igual que el del Trails, tiene una nueva función: la de registrar el nombre y el número de teléfono de todo cliente que entre.

“Es por si hay un rebrote”, explica con la voz amortiguada por la mascarilla quirúrgica de papel, que es evidente que le va pequeña.

La única bailarina del local, una mujer delgada y pálida con el pelo mechado y raíces, ejecuta su actuación en el pequeño escenario del bar, al ritmo de temas clásicos del rock de los 80. Mientras, una camarera prepara bebidas tras una mampara de plexiglás y se cambia los guantes diligentemente entre rondas.

La clientela, ataviada con prendas de camuflaje, botas de vaquero y complementos de Harley Davidson, alterna la mirada entre la artista y el televisor que hay detrás de la barra, en el que se retransmite una carrera de NASCAR y las noticias de Fox News. Dos clientes me muestran orgullosos sus mascarillas de marca Punisher y otro alardea de la suya, una N95.

Morgan, la camarera, calcula que esa noche el club está al 60 por ciento de la clientela habitual, una estimación similar a la que me dio el personal del Trails.

“La gente tiene dinero que gastar. Les han dado los incentivos y creen que están preparados para volver al trabajo”, me explica mientras limpia un palo de billar para entregárselo a otro grupo de jugadores.

Para David, un mecánico de 50 años cliente habitual de La guarida, volver al local no solo implica recuperar cierta normalidad, sino también apoyar a los pequeños negocios que, según él, son importantes para la comunidad.

“No me da miedo ponerme malo”, dice al tiempo que saca un puñado de billetes de dólar para dárselos a la bailarina.

A waitress at Trails serves drinks wearing a mask and disposable gloves. Image: Paul Duane

“No soy tan viejo y bien podría superarla. Si tiene que pasar, que pase. Pero bueno, yo tomo medidas. Me lavo las manos y respeto el distanciamiento físico”, dice señalando las mesas, separadas respetando las normas.

“La gente necesita ingresos. Como los gobiernos no nos han ayudado, nos ayudamos unos a otros”.

Pese a que parece que la afluencia ha aumentado en los tres clubs, muchas bailarinas aseguran que han notado un descenso considerable de las propinas.

“Una parte esencial del trabajo es hablar con los clientes cuando no estamos en el escenario”, dice Steph Martines, la gerente de las bailarinas. “Como no puede haber bailes en el regazo, la única forma de hacer que los clientes se sientan únicos ahora es conversando”.

Una mujer que dice llamarse Sass y lleva más de diez años bailando en La guarida asegura que se siente aliviada de no tener que llevar una mascarilla para hablar conmigo. Lleva el pelo castaño cortado a la altura de los hombros y las uñas cortas y arregladas. Irradia sensatez, y cada dos por tres para para saludar a los clientes a los que hace seis semanas que no ve.

Sass dice que, a pesar de que haya aumentado la clientela y los beneficios generales, ella solo se ha llevado un 60 por ciento de lo que se llevaría en un buen día, algo que achaca al hecho de tener que llevar mascarilla.

“No te dan tanto dinero si no te ven sonreír”, explica mientras cuenta lo que ha ganado el día anterior en el club.

El futuro para estos clubes y sus bailarinas es tan turbio como para tantas otras personas en Estados Unidos y otros países del mundo.

Una bailarina del Trails. Imagen: Paul Duane

Olivia, también bailarina de La guarida, asegura que le gusta mucho su trabajo, pero que está elaborando un plan de contingencia y se plantea volver a estudiar y sacarse el título de Flebotomía.

Martines hace hincapié en la importancia del negocio y de tener dinero ahorrado, algo en lo que también coincide Sass.

“Invierte en ti misma”, me dice con el entusiasmo y la experiencia de una madre que lleva años dando charlas de ánimos a sus hijos.

Sass ya ha empezado a invertir en sí misma: está sacándose una licencia de construcción que le permitirá trabajar como obrera en estructuras elevadas.

“La construcción no ha parado, ni siquiera con la pandemia, y no hay muchas mujeres en el sector”, dice, y aclara que espera que siendo mujer le sea más fácil conseguir la adjudicación de un proyecto.

Olivia está de acuerdo con ella, pero también hace un llamamiento a la gente a que contribuya a apoyar a los pequeños negocios de la zona “viniendo, dejando propinas y pasándoselo bien”.

Me pregunta si puedo pedir a los gobiernos federal y estatal que no vuelvan a poner trabas a su modo de ganarse la vida. Antes de que pueda responderle, me interrumpe con otra reflexión.

“Aunque bueno, también es importante que se tomen las precauciones necesarias para frenar la enfermedad. Espero que las medidas hayan funcionado y lo sigan haciendo”, añade.

Imagen: Paul Duane

Por ahora, clubs y trabajadoras se mantienen en un precario equilibrio entre el desempeño de su trabajo y el acatamiento de las normas sanitarias. Todas las bailarinas con las que hablo enfatizan la importancia de tomar las medidas necesarias para evitar que el virus se propague.

En el Trails, un corpulento portero se acerca a dos mujeres y les pide amablemente que no se alejen demasiado de la mesa que tienen asignada, socavando ligeramente el ambiente de cordialidad que reina siempre en el local cualquier viernes por la noche.

Un cliente está a punto de enseñarme su mascarilla basada en unos muñecos de acción cuando estalla una pelea en el aparcamiento del bar, lo que provoca que varias personas se olviden del distanciamiento social por un momento. Aquello deja de manifiesto que incluso las precauciones más estrictas pueden fallar en un momento dado.