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All That Trash: Empieza el espectáculo

Superhéroes con bigotazos y babosas con dientes: el descabellado cine fantástico de Juan Piquer Simón.

Lo que nos fascina del truco no es que nos engañen. Asumimos el engaño con algo de falsa candidez. Es en el riesgo mismo de su realización donde reside la magia del truco: Juan Piquer Simón (1935-2011) entendía el cine como fantasía, y todos sus trucos, tan valientes como disparatados, algunos fullerísimos, nos siguen sorprendiendo a día de hoy… Fanáticos del cine de Michael Bay, absténgase de seguir leyendo.

Este mismo año veía la luz el espléndido libro Juan Piquer Simón. Mago de la serie B, coordinado por Jorge Juan Adsuara y prologado por la hija del director valenciano. Más de trescientas deliciosas páginas que enamorarán a cualquier aficionado al cine fantástico y de terror español, repasando su vida y obras; un sincero trabajo de devoción lujosamente ilustrado con fotografías y carteles de un cine tan deshonrado como arrestado. Y es que fallecido hace ahora dos años, el 8 de enero de 2011, el cine de Juan Piquer Simón juega en las mismas categorías inferiores en las que se foguearon tiempo atrás otros directores como Ed Wood, Ishiro Honda, Roger Corman, Jess Franco o –con mejores resultados, evidentemente– Jacques Tourneur o Cecil B. De Mille. Como el de todos ellos, su cine no es otra cosa que empresa, en su acepción más aventurera, fantasiosa e ingeniosa: como afirma Jorge Juan, “como especialista en la serie B y dentro de sus posibilidades, Juan Piquer Simón hizo películas de calidad regular y otras mejores, pero siempre tuvo beneficios con todas ellas”.

Cuidado con el perro: Viaje al centro de la Tierra (1976)

Basada en la popularísima novela de Julio Verne con el mismo nombre, Viaje al centro de la tierra (1976) es, para muchos, la mejor película de Piquer Simón. Rodada en inglés en las cuevas de Valporquero en León y en Lanzarote, la adaptación del director valenciano no es desde luego mucho peor que la versión norteamericana de los 50s dirigida por Henry Levin. Estrenada en verano de 1977, la peli recaudaría en pesetas lo que en la actualidad vendría a ser un millón de euros: protagonizada por Kenneth More, Pep Munné, Ivonne Sentís, Frank Braña y un clásico como Jack Taylor, uno de sus principales atractivos es la resultona e imaginativa utilización de una amplia variedad de trucos trileros de maquetación y artesanía, cortesía de Emilio Ruiz del Río y Francisco Prósper. Descaradísima por oportunista resulta también la inclusión a capón en el argumento de un gorila, aprovechando el tirón en taquilla de la recientemente estrenada versión de King Kong del británico John Guillermin. Cine pop o cine popular en definitiva, deudor de las primeras lecturas de juventud de Piquer Simón (Verne, Salgari, Stevenson o Wells), quien de aquí en adelante habría de convertirse en un todoterreno del cine de género, como Ossorio, Klimovsky, Naschy, Franco, Aured o el injustamente olvidado Eugenio Martín.

¿Que Supersonic Man (1979) es una mierda? Pues seguramente… No, no estamos hablando precisamente del cine de Pedro Costa o Abbas Kiarostami. Es un hecho, tiene todos los ingredientes para serlo: José María Caffarel, un planeta llamado Zoltron, un Cameron Mitchell especialmente atocinado y obsesionado con los berberechos, el robot más cutre de la historia del cine y un superhéroe con bigote que adquiere superpoderes al mirarse su reloj de pulsera. Una jodida obra maestra del exploit más audaz, amenísima y soberanamente oportunista: uno se hace una idea de las aviesas intenciones de los productores cuando lee que inicialmente Supersonic Man habría de llamarse Flash Man, ripeo totalmente oportunista de las aventuras de Flash Gordon. Como apunta muy acertadamente un usuario de IMDB: "if you have no life, viewing this film is a must"... Prueben a buscar en YouTube la canción que hace de banda sonora a Supersonic Man. Prueben e intenten quitársela de su cabeza, si pueden: es imposible. Seguirá ahí durante días, quizá años…

¡Sí, de nuevo ESA foto! Supersonic Man (1979)

Menos inspirada le quedó al valenciano la blanquísima Misterio en la isla de los monstruos (1981), un intento de revisitar el cine de aventuras más amablemente verniano y para toda la familia, de reparto delirante, con –entre otros– Terece Stamp, Peter Cushing, Ana Obregón, Paul Naschy y un chino doblado por Quique Camoiras. Disfrutable por momentos, bien localizada y hecha con medios, Misterio en la isla de los monstruos es una cosa naive que engancha ocasionalmente, cuando el bueno de Piquer introduce uno de esos insertos de documentales a lo Bruno Mattei que, por no encajar ni en color ni en grano con los de la peli, siempre resultan entrañables. Como dije en otra ocasión no sé donde, el público potencial de esta peli son viajeros de autobuses de línea, niños de orfanato, trash humpers y gente que cumple condena en la cárcel; cine de evasión del que ya ni se hace ni se espera... Aun así, ahí donde la ven, recaudó unos ciento treinta millones de pelas en todo el mundo. Igualito que el Isaki Lacuesta ése.

¡Ozú con el ninio!: Mil gritos tiene la noche (1982)

Como La grieta o Slugs, muerte viscosa, Mil gritos tiene la noche aka Pieces (1982) funcionó espectacularmente en taquilla en su momento, y de hecho es una de las pelis preferidas de directores como Edgar Wright, Eli Roth o Quentin Tarantino. Slasher universitario de manual, cuenta con un reparto solvente: Christopher George –a quien muchos recordarán de Miedo en la ciudad de los muertos vivientes de Lucio Fulci– y Linda Day George en los papeles principales, con secundarios habituales como Ian Sera y Frank Braña, clásico absoluto del cine español, fallecido en este 2012; alguien que puso su nombre en decenas de películas durante medio siglo, desde Perros callejeros hasta el Rey de reyes de Nicholas Ray, pasando por Hasta que llegó su hora o la desvergonzada Necrophagus de Miguel Madrid. De estética pulp, ambientada en Boston pero rodada en Madrid, Mil gritos tiene la noche es, posiblemente, la cinta más valiente e insensata del cine de terror español, un splatter atípico que recaudó cerca de veinticinco millones de dólares solamente en los USA. Con ella y con Los diablos del mar (1982), Piquer Simón volvió a presumir de no haber perdido nunca dinero con ninguna de sus pelis. Siguiendo con la ronda de descalificaciones, digamos que igualito que la puta mierda aquella de las barrenderas de la González-Sinde. Publicada en DVD en la descatalogada colección bizarra naranja de la Filmax.

De la aberrante Los nuevos extraterrestres (1983) no se pueden decir demasiadas cosas positivas: dejémoslo en que es una película inquietante al estilo de las de los Hermanos Calatrava, con Concha Cuetos y un alienígena bautizado como Trompi, una especie de oso hormiguero de cartón piedra realizado por un artista fallero poco inspirado en una mala noche de crack. Según se lee por ahí, Los nuevos extraterrestres es un título de culto en Alemania. También lo fueron el genocidio y Scorpions… Demasiado mala para aplicarle la etiqueta “so bad – it´s good”, lo único reivindicable de la peli es que continúa financiándose con la autonomía militante de todas las producciones del valenciano, torpedeadas continuamente por el gobierno sociata recién llegado al poder, acostumbrado a subvencionar garbancerías para TVE con el visto bueno de la siempre siniestra Pilar Miró.

Camarero, estos caracoles habría que cocerlos un poco más: Slugs, muerte viscosa (1987)

La siguiente peli de Piquer Simón habría de ser Slugs, muerte viscosa (1987). Rodada en NY con bastantes medios, y con un par de detallitos bastante decentes –por ejemplo, la escena sexual de la parejita con final trágico–, es evidente que cualquier película de terror en la que tenga un papel Concha Cuetos estará abocada al fracaso (ver a Emilio Línder aka Víctor Daroca, retorciéndose de dolor en un restaurante tras haber ingerido horas antes una ensalada de babosas carnívoras asturianas, no resulta muy terrorífico, que digamos). Editada en DVD por Suevia, resulta una compra recomendable para cualquier fan del fantaterror español, al incluir como extra un interesante coloquio con el director valenciano en el programa que tenía en la segunda cadena la rubia aquella que se rumoreaba que iba a tener un hijo ilegítimo con José María Aznar… Distraída, pero ni de lejos lo mejor de Piquer Simón, en mi modesta opinión.

Ahora resulta sencillo reivindicar el cine fantástico o de terror español, pero pocos recuerdan ya La Grieta (1990), una especie de "Alien meets Abyss". Un peliculón de reparto y rodaje imposible, capaz de reunir a Pocholo Martínez Bordiú haciendo de submarinista sueco y a Lee Armey, junto al nunca bien ponderado Frank Braña (haciendo aquí de un laborioso mecánico apellidado Müller), Emilio Línder o Ray Wise. Con un argumento más visto que una gorra plana de Suicidal Tendencies en el Zombie Club –experimento científico que sale mal y posterior expedición submarina enviada a la zona para analizar la situación–, La grieta es una notabilísima peli de aventuras, con gran vida comercial en formato VHS en Estados Unidos, espectacularmente rodada y muy conseguida gracias en gran parte a la labor de un decorador y maquetista de prestigio como el grandísimo Emilio Ruiz (en cuyo CV figuran Lawrence de Arabia, Dune, Espartaco, Conan el bárbaro o Patton), con un Goya a los mejores efectos especiales –galardón éste desconozco si especialmente meritorio o no, todo sea dicho... Cabe apuntar que La Grieta puede conseguirse en DVD junto a Supersonic Man y Slugs, muerte viscosa en un pack buy-or-die conjunto retardadamente titulado El cine fantástico de Juan Piquer Simón.

Nunca dejes que un dragón te monte una pierna: La grieta (1990)

La mansión de Cthulhu (1992), sin ser del todo fallida, revela una cierta falta de ideas y de medios, con un cierto puntito de telefilme y de nuevo con Frank Braña en camiseta de beatwifer con un aire total a lo Luis Miguélez. Rodada en la antigua Checoslovaquia, la historia va de unos pijos que van a pillar drogas en una feria y al final acaban metidos en un lío esotérico así como muy difuso. Quizá mal desarrollada –se dice que siempre fue difícil adaptar a Lovecraft en pantalla grande–, ofrecida inicialmente a un Vincent Price agonizante para el papel protagonista, lo mejor de esta pesadilla en un parque de atracciones son los soberbios últimos diez minutos y un navajazo que le meten a Emilio Línder nada más salir en pantalla. Eso, y que no dura ni hora y media. Bastante mejor es la respetable La isla del diablo (1994), otra adaptación resuelta con gracia y desparpajo, tarde y mal estrenada en cines, quizá algo infantil pero divertida a día de hoy; una historia de piratas e islas malditas habitadas por salvajes y engendros, valga la redundancia. Editada en DVD, aunque descatalogada, en la colección azul de aventuras de la Filmax (junto a Misterio en la isla de los monstruos y Viaje al centro de la Tierra), junto a otros títulos del director valenciano, a servidor le llenó más que la filmografía completa de Reygadas.

Las últimas películas en vida de Piquer Simón habrían de ser Manoa, ciudad de oro y El escarabajo de oro (1996). El que firma, que no las ha visto en su totalidad, se abstiene de emitir juicio de valor alguno acerca de ellas, aunque algo me dice que tampoco nos estamos perdiendo lo mejor de Piquer Simón: por aquellos años, el director se ganaba la vida colaborando con Álvaro Sáenz de Heredia y producciones de la televisión autonómica valenciana. Sea como fuere, y como afirmaba orgulloso el director en una entrevista: “Mis películas son de serie B aquí, pero salen al extranjero y siguen siendo B, mientras que el resto de españolas serán A aquí, pero luego salen por ahí fuera y no llegan ni a la serie Z más infame”.

Si han seguido leyendo hasta aquí, declárense fans y háganse con éste libro, ya en su segunda edición a menos de un año de su lanzamiento, pidiéndolo por email directamente a Jorge Juan Adsuara.

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