Esto aprendí de mí y de los hombres andando en bicicleta en Bogotá

Artículo publicado por VICE Colombia.


Mi cumpleaños pasado me trajo una bicicleta nueva: blanca y negra, grande, de llantas gruesas y frenos de disco. Eso es todo lo que puedo decir sobre ella, no sé mucho —en realidad nada— sobre bicicletas. Pero llegó y por fin pude reemplazar la otra que tenía: una de esas «playeras» de canasta, guardabarros y «señoritera». Tal vez por eso no me gustaba ni la usaba tanto, por las flores del asiento y el hecho de que no era una bicicleta para ir rápido sino para sentarse derecho mientras se pedalea, como una señorita.

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Con la nueva bicicleta podía andar en una posición más cómoda y andaba más rápido, que era lo que más me importaba. Una cosa llevó a la otra y ahora tengo una creciente obsesión: trato en lo posible de ir y volver en bicicleta a donde sea y cada vez soporto menos esperar un bus o aguantarme un trancón.

Con cada trayecto he ido aprendiendo nuevas cosas y cogiendo mañas. Ya sé, por ejemplo, cuál es definitivamente la mejor ruta para llegar a mi casa en términos de rapidez, trancones y calidad de la vía. Ya sé cuáles son los semáforos más mamones y los más cortos. Ya no le tengo tanto miedo a los buses. Son cosas que probablemente le suenan idiotas a los realmente aficionados a andar en bicicleta, pero son cosas que hasta hace unos meses ignoraba y que ahora me hacen la vida más fácil.

Pero en cada uno de esos trayectos también he aprendido otras cosas sobre mí, sobre los hombres y ante todo sobre el mundo que nos dicta, a unas y a otros, lo que deberíamos hacer en función de nuestro género.

Creo que lo primero que noté fueron las miradas de reojo y las inyectadas de fuerza que le daban a los pedales algunos hombres cuando los pasaba por un lado. Como dije antes, cuando me subo a una bicicleta me gusta andar rápido —también es la razón por la que siempre llego sudada, roja y asquerosa a mis destinos—. Esa afición por correr me hace a menudo adelantar a otros ciclistas. Normal. Pero con el tiempo empecé a notar que había algunos, siempre hombres, que cuando los pasaba me miraban más de lo usual, y unos minutos después me pasaban volando por el lado.

Al principio pensé que seguramente era algo que me estaba imaginando, una actitud que no es desconocida para ninguna mujer que crece en un mundo que le dice que las miradas y los roces que la incomodan no sucedieron, que todo se lo imagina. Qué va, no me estaba imaginando nada, había hombres a los que pasaba y no hacían nada, también mujeres, pero otros reaccionaban como si los acabara de sentenciar a una carrera a muerte. Como si el hecho de que una mujer los superara fuera una señal de que iban a desaparecer y entonces tuvieran que alcanzarla para no morir desintegrados.

¿Por qué? ¿Qué significado extraño tiene para ellos algo tan común como que otra persona vaya más rápido? En el fondo lo que creo que hay es un «ideal» de masculinidad que pretende ser tan fuerte —el mejor, el más rápido, el más teso— que resulta siendo frágil ante casi todo. Es imposible ser el más fuerte o el más rápido, y aparentemente somos las mujeres —la supuesta antítesis de esa pretendida masculinidad— las que hacemos más evidente la mentira de esa forma particular de «ser hombre». Si uno va por la vida creyéndose que es hombre porque es el más rápido o el más teso y es superado por una mujer en bicicleta, es fácil imaginarse que un hecho tan pequeño haga tambalear todo lo que uno cree sobre sí mismo.

Pero, ¿a lo bien? ¿No debería cualquiera con acceso a un televisor saber que hay mujeres atletas y superar el hecho de que no es el hombre más rápido sobre todas las mujeres del mundo?

Eso fue lo primero que noté y lo que me hizo abrir más los ojos ante una nueva cara que hasta ahora no conocía de la maldita desigualdad de género. Y me empecé a fijar más.

Surgió lo evidente: andar en bicicleta era otra situación más, nueva para mí, en la que las mujeres estaban «expuestas» y «desnudas» ante los ojos de los hombres que las querían mirar. Nada muy distinto a la sensación de caminar por la calle y sentir la mirada intrusiva de algunos hombres. Pero encima de una bicicleta esa mirada además se sentía como el tipo de mirada que tendría cualquiera que viera a un perro pedalear una bicicleta. «¿Qué es eso? ¿Es un perro? ¿Un perro en una bicicleta? Wow. Y mire como se le ve la cola». Ahora reemplace «perro» por «mujer».

Esa mirada no la he sentido mucho, pero no por eso, por ser menos común, deja de sorprender. ¿Qué es lo novedoso de ver a una mujer en bicicleta? ¿Hay gente que no sabía que podíamos mover las piernas en círculos mientras dirigimos un manubrio? ¿Y por qué tan a menudo «la sorpresa» viene acompañada del mismo morbo violento del que chifla, dice cosas y mira con lascivia?

De la mano de esos descubrimientos también vinieron otros menos amargos, más curiosos y que me mostraban que esto del «deber ser mujer» y el «deber ser hombre» no solo nos pegaba duro a nosotras al montar bicicleta sino también a ellos. Claro, con nosotras es más explícito, a veces más paila y violento. Pero con los hombres también es represivo y en ocasiones los priva de vivir cosas y explorar sentimientos a los que las mujeres tenemos fácil acceso.

Me explico.

Un día iba en la bicicleta por una calle estrecha y para evitar el trancón me subí al andén, igualmente estrecho. Adelante había un hombre de pie, quieto, pero apenas pasé por su lado se movió y para no atropellarlo frené y me caí. Su reacción, y la de otro hombre cerca, fue ir y ayudarme. Me preguntaron si estaba bien, les dije que sí, les agradecí y seguí mi camino. Todo el incidente fue mi culpa, no debí haber andado por el andén y casi atropello a una persona por imprudente. Aún así nadie me dijo nada, nadie me insultó, solo recibí compasión y ayuda. Siento que las cosas no hubieran sido igual de ser un hombre, a quien probablemente habrían insultado o tal vez no habrían ayudado con tanta diligencia.

Lo que pasó fue una muestra, para mí, de que en ocasiones a las mujeres nos perdonan más las cosas o nos permiten equivocarnos más. Eso no es del todo agradable porque parte de la premisa de que somos menos capaces, menos ágiles, «viejas brutas» y que por eso nos equivocamos cuando cogemos una bicicleta —una idea que al mismo tiempo nos pone una presión extra: la de no equivocarnos para no «probar» que tienen razón—. Pero por otro lado, creo que ese «permiso de equivocarnos» también nos da un espacio en el que podemos ser vulnerables sin ser juzgadas, un lujo que muchos hombres no se pueden dar.

La ayuda que me dieron cuando me caí me hizo sentir reconfortada, y sentí que la idea de «la vieja que se equivoca» o «la niña delicada» era también un lugar en el que podía jugar y hacer trampa. Podía ser un espacio de libertad para sentirme vulnerable sin miedo a ser criticada. Un espacio en el que no había hostilidad sino ayuda y empatía por parte de otros. Al menos en esta ocasión fue así. Creo que si fuera un hombre y hubiera tenido ese accidente, me hubiera sentido humillado y miserable por varias cuadras.

Esa misma empatía vino después en un segundo escenario: llevaba varios días, tal vez semanas, sintiendo un ruido raro en mi bicicleta. Después de un jurgo de tiempo paré en una tienda de bicicletas, que ni siquiera era taller, a preguntar si me podían ayudar a identificar la razón del ruido. Con apenas una mirada, los dos hombres que me atendieron me dijeron que el problema era que no tenía aire. Quedó en evidencia mi infinita ignorancia. Una mirada más larga reveló que además faltaba un tornillo y que llevaba quién sabe cuánto tiempo sin frenos traseros. «Qué peligro», dijo uno de ellos.

Me cayó encima el sentimiento de idiotez profunda. Pero mientras me sentía imbécil e ignorante, los dos hombres no hicieron otra cosa que tratarme con calidez mientras inflaban las llantas y me explicaban algo de mecánica de bicicletas. Tal vez en una época distinta de mi vida, o simplemente en otro día, hubiera interpretado su comportamiento como condescendiente, como fruto del mismo pensamiento de «es una niña, qué va a saber». Pero ese día lo sentí como otro espacio en el que no se me juzgaba duro por ignorar cosas básicas de mi bicicleta. Por el contrario, los hombres fueron cercanos, casi cariñosos, en la forma en la que me ayudaron. Y se sintió bien, me sentí bien.

Probablemente esa no sea una situación muy distinta a la que haya vivido cualquier otro hombre primerizo en una bicicleta. Pero mientras seguía el camino a mi casa —ahora volando a bordo de una bicicleta con aire— pensaba que tal vez la cercanía, la empatía y el casi cariño con el que me habían acabado de ayudar esos dos hombres no se lo ofrecerían a un tercer hombre, impedidos por el miedo al acercamiento que les impone el prototipo de masculinidad. Y esa es tal vez la tara más grande, y más triste, que le impone la inequidad de género a los hombres: la prohibición de explorar todo el rango emocional que tienen.

Cuando me regalaron la bicicleta, nunca pensé que dos ruedas sujetas a un par de barras de metal me ofrecieran la posibilidad de ver otra cara de un mundo absurdo que se sigue dividiendo entre hombres y mujeres.

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