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Cultură

A los extraterrestres no les gusta J Balvin

Me fui a Tabio a tratar de contactar seres de otros planetas con un grupo de personas que se dedica a ver ovnis y extraterrestres.
12.2.16
Ilustración por Natalia Mustafa.

"Vamos a cantar un mantra de protección para protegernos contra la energía negativa. Demos círculos alrededor de la fogata. A ver, las mujeres digan 'Jesús' y luego los hombres respondan 'Om'. ¿Listos?"

Jesús Om,

Jesús Om,

Jesús Om,

Jesús Om Om Om.

Son las 9:00 p.m. Me encuentro en una finca cerca a Tabio, Cundinamarca, a 45 kilómetros de Bogotá. Todo está completamente oscuro, excepto por los pocos árboles que ilumina la fogata. Al fondo, puedo adivinar una cadena de montañas. Alrededor del fuego, ocho personas esperamos de pie a que nuestro guía ordene el siguiente paso. Él tiene la clave de la comunicación extraterrestre. A eso hemos venido.

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Se llama William Chaves, es ufólogo y desde hace más de 20 años da charlas sobre alienígenas y organiza excursiones a Tabio para establecer contacto con los "hermanos mayores", como los suele llamar. Los que lo miramos no sabemos qué hacer. Yo aprieto los puños dentro de mis bolsillos y maldigo la hora en que terminé cantando un mantra cristiano, que suena como a himno eucarístico, y cuya melodía nadie, ni siquiera William, parece terminar de saber. A lo lejos se alcanza a ver la sombra de la Peña de Juaica —o Guaica o Huaika o La Puerta de los Dioses, depende de a quién se le pregunte— una montaña de 400 metros de altura que se alza entre los municipios de Tenjo y Tabio.

***

Por años, ciudadanos innominados de Tabio han asegurado ver luces extrañas. El más reciente avistamiento ocurrió en enero de 2008, según reportó entonces Caracol Radio. Aquella vez, dicen, unos objetos no identificados sobrevolaron la Peña e iluminaron el cerro durante una hora.

El caso más memorable, sin embargo, es el de Luis Roberto Rodríguez, un campesino de la zona que en 1991 aseguró que fue abducido por un ovni durante tres días y trasladado a Pitalito, Huila. Durante el trayecto, Rodríguez habría recibido un mensaje para el presidente de Estados Unidos, George Bush. El comunicado, que el hombre leyó cuatro meses después frente a cientos de peregrinos congregados en la plaza del pueblo, mezclaba retóricas apocalípticas y antiarmamentistas, e instaba al mundo a detener la carrera nuclear.

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—A mí, personalmente, no me consta —me dijo días antes por teléfono Andrés Chaparro, quien hace 15 años trabaja como bibliotecario del municipio de Tabio— pero sí hay gente que dice que hay luces que giran alrededor (de la montaña) y que se agrandan y se encogen.

Peña de Juaica. Foto vía usuario de Flickr carlostabio.

El bibliotecario Andrés me contó que alrededor de la peña circulan leyendas populares que se remontan a los muiscas, para quienes la zona era de descanso. Según estas leyendas, a la llegada de los españoles, El Zipa, gobernante mayor de los muiscas, se dirigió a la Peña de Juaica para esconder parte de su oro junto a unos indígenas que terminaría por arrojar de la peña para que el tesoro quedara guardado en secreto. Unos dicen que son las almas las que se manifiestan.

La voz al otro lado del teléfono terminó diciendo que, paralelamente a esto, también hay mucha gente que se interesa por la montaña desde la ufología, que le atribuyen a las luces una naturaleza extraterrestre y que aseguran que la montaña es un portal dimensional.

***

A William, el guía de la salida, lo conocí después de encontrar su número en una página de Blogspot llamada Contacto Ovni Colombia. Después de hablar con él, le dije que asistiría a su próxima conferencia. Esa fue la primera de un par de veces que hablaríamos por teléfono. Tiempo después lo volví a llamar interesada en asistir a una de sus salidas guiadas que organizaba a Tabio.

Desde hace mucho tiempo he sentido interés por el tema de los ovnis y los extraterrestres. Tal vez tiene que ver con haber crecido con un papá fanático de los Expedientes Secretos X y una abuela que se devoraba todo tipo de literatura mística. Actualmente, mi interés por el tema está limitado por un amplio escepticismo, por no tener a la mano pruebas contundentes que, a mí, me corroboren el fenómeno. Mis intenciones más profundas de creer, sin embargo, subsisten intactas.

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—Este sábado vamos a hacer una salida. Nos vamos a ver en el parque central de Tabio a las 4:00 p.m. Va a haber charlas, conferencias, actividades energéticas con cristales y un avistamiento de ovnis. Tienes que llevar carpa y sleeping. Este jueves va a haber una conferencia en Bogotá con un invitado, así que nos vemos ese día, ¿listo?

La transcripción de esta conversación suena fácil. Se lee. Se entiende. William, en cambio, es un hombre de hablar enredado, confuso, acelerado, que desgasta la pregunta de "¿listo?" cada vez que cree llegar a un acuerdo con su interlocutor.

Hasta que no nos perdonemos y no nos conozcamos a nosotros mismos no vamos a poder comunicarnos con otros seres. Eso se logra con meditación. Yo medito seguido. Solo. En mi cuarto.

El jueves que lo conocí llegué a las 6:30 p.m. al salón de eventos de un edificio sobre la 45, donde comenzó la conferencia casi una hora más tarde, con apenas cinco personas en el salón.

—El tema de la conferencia de hoy es la liberación de implantes…— arrancó William, para luego iniciar una intrincada exposición, apoyado con diapositivas de Power Point, sobre las actitudes o elementos que obstaculizan el contacto con extraterrestres y la evolución de la raza humana. Según William, esas trabas se llaman "implantes", pues son obstáculos impuestos por –hasta donde entendí y hasta donde William explicó– civilizaciones de otros planetas que quieren dificultar el camino de la raza humana a la iluminación espiritual. Los hay de todo tipo: los aparatos tecnológicos, el egoísmo, la avaricia…

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Tres hombres, que estaban todos alrededor de los 50 años, escuchaban conmigo en silencio. William hablaba sin hacer muchas pausas y las palabras que decía hacían eco en un salón diseñado para aguantar 30 personas. Por las ventanas abiertas del salón se escuchaba el ruido de los carros y los buses que transitaban entre la calle 45 y la carrera 13, mientras William nos contaba cómo la meditación le ayudaba a contactarse con extraterrestres.

–Hasta que no nos perdonemos y no nos conozcamos a nosotros mismos no vamos a poder comunicarnos con otros seres. Eso se logra con meditación. Yo medito seguido. Solo. En mi cuarto. Así es que podemos empezar a liberarnos de los implantes.

William seguía hablando con su eco como único interlocutor. Mientras tanto, para mí, los implantes dejaban de ser lo que había imaginado: se convirtieron en defectos de carácter.

***

Ya dijimos el mantra (Jesús Om, Jesús Om, Jesús Om) al menos una docena de veces. William nos explica que este ejercicio —una mezcla de por lo menos tres estructuras simbólicas de distintas religiones: Jesús, mantras, la Madre Tierra— tiene como objetivo protegernos de cualquier fuerza malvada. Al parecer, otras entidades, como demonios, podían acceder también por el mismo camino por el que debían llegar los extraterrestres.

Posible ovni sobre los cerros de Tabio. Foto vía usuario de Flickr Rodríguez-Bello.

William nos dice que ahora cada uno debe abrazar un árbol. Nos explica que al hacerlo se recibe una carga energética directamente de la naturaleza. Así será más fácil conectarnos con los "hermanos mayores". El grupo se dispersa con timidez. Todo se queda en silencio mientras vamos desapareciendo entre la oscuridad y los árboles. Después de unos minutos, en los que de hecho resultó muy tranquilizador y agradable abrazar el árbol, vuelvo a la fogata.

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—Cuando estaba ahí escuché un ruido, y al mirar vi la silueta de una persona pequeña, como de 1,20 m—, dice un hombre del grupo, de quien luego supe que era médico taoísta.

A mí me empieza a palpitar más rápido el corazón.

Cristian, un tipo sonriente, de 22 años, que se ha vuelto la mano derecha de William en las charlas y salidas, responde a las inquietudes del taoísta. Le dice con naturalidad que seguramente lo que ha visto es un ser que pertenece a una raza de niños pequeños que viven debajo de la tierra. Nos da una mirada y pronuncia el nombre de la raza (me costará varias semanas saber cómo escribirla: houdo). Cristian explica que son una raza de seres inofensivos, que su labor es cuidar la naturaleza.

No entiendo absolutamente nada.

***

Después de haber mostrado sin mayor explicación varias ilustraciones de extraterrestres, William le dio clic a un video y nos contó que íbamos a escuchar un mensaje del presidente de la Federación Galáctica recibido por una emisora. Sin más introducción ni explicación abrió el video. La voz de un locutor británico, que parecía estar dando un boletín de noticias, era acompañada por la ilustración de un hombre ario de pelo largo como imagen de fondo. De repente, el locutor era interrumpido por una voz distorsionada que aseguraba ser Vrillon, el comandante del Comando Galáctico Ashtar. El mensaje, en inglés, y con un sutil acento británico, invitaba a los humanos a dejar de lado las armas nucleares y la guerra, para dar paso a un tiempo de paz y así poder ascender a un plano espiritual superior.

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Después de un poco de búsqueda en internet, encontré que el mensaje del comandante Vrillon no es nuevo. Ni reciente. El mensaje que William nos mostró se oyó por primera vez en 1977, cuando el audio del canal de televisión ITV, del Reino Unido, fue interrumpido por otra señal durante seis minutos. En esa época, la policía de Hampshire, el condado en el que se encontraba la estación de transmisión del canal, y la Autoridad Independiente de Radio y Televisión, se pusieron a la tarea de dar con el responsable de la intercepción. Nunca lo pudieron encontrar, pero siempre se dio por hecho de que se había tratado de una broma, no de un alienígena. Sin embargo, el incidente, y los nombres con los que vino se han vuelto capítulos y nombres clave dentro de la cultura y los seguidores de la ufología.

William le dio clic a un video y nos contó que íbamos a escuchar un mensaje del presidente de la Federación Galáctica recibido por una emisora

Ese es el caso de Ashtar, un nombre que hace parte de una mitología alienígena amplia que tiene sus raíces en la década de los 50 en Estados Unidos. En 1952, George Van Tassel, un ufólogo norteamericano, aseguró ser contactado por un extraterrestre con ese nombre. Van Tassel hizo parte de una ola de personas que durante la segunda mitad del siglo XX declararon haber sido contactadas por extraterrestres. Sus testimonios alimentarían el frenesí New Age de los años sesenta y setenta que terminó transformando muchas de estas historias en ritos de culto cuasi religiosos.

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El video terminó y William continuó hablando de lo importante que era ser buena persona para lograr la comunicación interplanetaria. La charla hizo más explícitos sus matices de discurso normativo y moralizante: tenemos que ser más espirituales, dejar de interesarnos por lo material, hay que meditar, la respuesta está en el interior, hay que creer para ver.

En un intento por entender cómo los discursos de alienígenas y de espiritualidad New Age habían llegado a un punto en que se convertían en uno solo, di con The Gods have Landed: New Religions from Other Worlds, un libro escrito por James Lewis, un autor estadounidense dedicado al estudio de las religiones. En él, Lewis señala que los "contactados" y sus seguidores terminan muchas veces reproduciendo creencias y prácticas que trascienden al fenómeno ovni. Ya no buscan luces en el cielo: los extraterrestres se manifiestan telepática y espiritualmente. Sus mensajes llegan en sueños y señales. En posesiones y canalizaciones. Relatos que se asemejan más a una historia bíblica que a una de H.G. Wells.

***

Hacemos una pausa en las actividades de la noche. Hace frío. Algunos la aprovechan para ir a la tienda, que está a un cigarrillo de distancia. Los otros nos quedamos con el apresurado William. Nos ofrece Big Cola y nos cuenta que dos semanas atrás, en otra salida, tuvieron un encuentro cercano con unos seres. Según él, cuatro presencias decidieron manifestarse justo al lado de donde hoy está viva la fogata. William señala unos arbustos al lado del camino indicando el sitio en que vieron cuatro siluetas de color violeta.

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—Estaban ahí parados, ¿cierto?— le dice a un hombre que aviva la fogata, quien sólo asiente con timidez.

Los extraterrestres cada vez suenan menos a extraterrestres. De hecho, la palabra misma cae en desuso. En su lugar, aparecen otras expresiones: "seres de luz", "hermanos mayores", "elementales", "presencias". Gradualmente, lo que William nos invita a invocar se asemejan más a fantasmas o ángeles: fuerzas que vibran a una frecuencia distinta a la nuestra y que, por eso, no podemos ver. Presencias que nos vigilan y nos ayudan.

La forma física y el lugar en el que habitan los "hermanos mayores" que nos describen se vuelven más ambiguos. Lo que sí parece ser constante es el interés protector y la actitud paternal de estos seres hacia los humanos.

Christopher Patridge, otro de los autores que con sorpresa encontré habían dedicado años de estudio a entender como se había llegado a adorar a los extraterrestres, como quien adora a Jesús o a Mahoma, explora el tema de las religiones ovni en el libro UFO Religions. Allí, Patridge explica que estas religiones surgieron a partir de una reinterpretación de varios movimientos y seudo religiones que ya existían, como la Sociedad Teosófica. Dichos movimientos, impulsados por la popularidad del espiritismo y de las creencias paganas, tenían como objetivo lograr una sociedad más espiritual y más sabia, bajo la guía de una sociedad superior con la que tenían contacto y que, después del auge de los ovnis con hechos como la supuesta caída de una nave en Roswell, Nuevo México, Estados Unidos, en 1947, ahora tomaba la forma de alienígenas.

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—Todo empezó cuando era adolescente y me caí de unas escaleras y me pegué en la cabeza —dice Cristian, empezando un monólogo que durará cerca de 40 minutos y en el que citará varios libros que hablan de distintas razas de extraterrestres y de la probabilidad de que los gatos sean una raza alienígena—. Así fue que obtuve mi don y empecé a ver cosas que antes no veía.

Llega la media noche. William interrumpe a Cristian y nos indica que, por primera vez en toda la excursión, es hora de mirar arriba, al cielo, donde aparecen los ovnis, lo que fui a ver.

Caminamos unos metros hasta llegar a un terreno abierto. En la mitad del prado hay un círculo labrado con una flecha que apunta hacia la Peña de Juaica. Todos nos sentamos alrededor del círculo, y empezamos a mirar hacia arriba. El cielo está despejado. William empieza a señalar las constelaciones y a decir sus nombres, incluyendo a un grupo de estrellas llamadas las Pléyades. Hace una pausa y nos dice que en más o menos cinco minutos pasará una nave.

Entre más pasa el tiempo, veo más estrellas. Ninguna nave. A lo lejos se oye una fiesta amenizada con "Ginza". William dice que no aparecen los ovnis por eso. Por el reggaetón de J Balvin.

—Es una interferencia energética —dice William refiriéndose a la canción— por eso no vienen.

Pasan unos minutos. Comienzo a ver estrellas fugaces. En ese momento alcanzo a escuchar que el médico taoista y su hermana hablan de una de ellas como si fuera una nave.

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—Ahí pasó una, ¿sí vieron? —dice William, mientras yo sólo veo estrellas. Nada más.

A lo lejos se oye una fiesta amenizada con "Ginza". William dice que no aparecen los ovnis por eso. Por el reggaetón de J Balvin.

Después de media hora, damos vuelta para volver a la fogata. Caminamos. Me doy cuenta de que varios empiezan a hablar tímidamente de algo que, decían, acababan de ver. Yo nunca vi nada, y no estoy segura de que alguien haya visto nada distinto a lo que yo vi. Pero entre más negra la noche, más se difunde la idea de que hemos visto naves en el cielo. A pesar del reggaetón.

***

—¿Qué es la Federación Galáctica?— logré preguntar, por fin, interrumpiendo la conferencia atropellada de William y su paso incesante entre imágenes y presentaciones.

—Es un conjunto de planetas y civilizaciones extraterrestres que se encuentran en las Pléyades —me respondió, antes de apresurarse a decir—: a mí me contactaron unos seres de allí. Bajaron de una nave. Eran unos seres brillantes, de casi dos metros de alto. Y no caminaban, flotaban. Se acercaron a mí y me empezaron a hablar, pero no con palabras, sino telepáticamente.

—¿Y qué le dijeron? —preguntó uno de los asistentes.

—Que difundiera mi conocimiento. Y un mensaje que no puedo decir— respondió.

Esa última frase pareció sintetizar lo que sería la totalidad de la conferencia: una serie de teorías y secretos confusos que William no nos podía decir. El cierre fue un relato en el que contó, sin ningún orden particular, distintas teorías y varias de sus anécdotas.

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—A mí una vez se me apareció un reptiliano en mi cuarto. Me dijo que ese Dios en el que yo creía no existía. Luego me tocó y me dejó una marca en el brazo —dijo mientras, con los ojos muy abiertos, nos mostraba en qué parte de su brazo le había quedado la marca. No vi la marca. Se le había borrado, dijo.

A mí una vez se me apareció un reptiliano en mi cuarto. Me dijo que ese Dios en el que yo creía no existía. Luego me tocó y me dejó una marca en el brazo.

Unos momentos después llegó Cristian, su sonriente mano derecha. Ahí lo conocí. Cristian traía, en su cámara, unas fotos que había tomado en la última salida que habían hecho a Juaica, y en las que William nos había dicho que seguramente salían el par de naves que habían visto esa noche. Cristian traía la cámara descargada. Tuvimos que esperar más de media hora antes de poder ver las fotos.

***

Dos de la mañana. Cristian nos pide que nos pongamos de pie para invocar a los elementales. Parece que vamos a intentar tener el tipo de experiencia espiritual y psíquica que, según William había explicado, también se podía tener con un extraterrestre. Me levanto con la firme intención de dejar que un alien se manifieste en mi espíritu, si es que eso le interesa.

Cristian saca de su maleta unos inciensos y un muñeco de más o menos diez centímetros. El muñeco es narizón, con pelo y sombrero.

—Les presento a mi amiguito, se llamaRisoco, le gusta el whisky y me acompaña a todos lados —dice, mientras lo acaricia y lo sienta al lado de la fogata.

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Entonces entiendo que los elementales, como otras entidades que se habían mencionado esa noche, no son extraterrestres. En este caso, son algo más parecido a un pitufo. Cristian nos da a cada uno una barra de incienso. Las encendemos. Cerramos los ojos.

—Invocamos a los duendes, hadas, sílfides y ninfas para que acudan a nosotros.

Luego nos pide que escojamos uno de los seres que acaba de nombrar y que le pidamos algo mientras el incienso se consume. Así lo hacemos. Así lo hago: le pido plata.

Fin de la actividad.

Entonces entiendo que los elementales, como otras entidades que se habían mencionado esa noche, no son extraterrestres. En este caso, son algo más parecido a un pitufo.

Sin manifestación espiritual ni psíquica. Sin ningún duende o hada que quisiera manifestarse entre nosotros. Sin plata.

Me retiro a la carpa que habíamos armado horas antes. Desde adentro escucho que los otros siete asistentes empiezan a leer el mensaje que, en 1991, leyó Luis Roberto Rodríguez, el campesino abducido.

Una vez más, se habla alrededor de la fogata de lo importante que es lograr la paz y de que todo lo que querían los "hermanos mayores" era que dejáramos a un lado el egoísmo y la avaricia. Al interior de la carpa yo me quedo dormida mientras pienso en los cincuenta mil pesos que pagué para poder asistir al evento. Menos plata.

***

—¡Sí! ¡Sí la veo! —dije emocionada al ver una de las fotos que me estaba mostrando Cristian.

Eran casi las diez de la noche y finalmente podíamos ver las fotos que nos habían prometido a los cinco asistentes de la conferencia. Con lo último que me quedaba de credulidad, esperé a que apareciera algo. Tal vez fue el deseo de creer, más que otra cosa, lo que me hizo ver una silueta en una de las fotos. En la imagen aparecían la cabeza y los hombros de una figura invisible contra una cerca de piedra. Cristian empezó a hacerle zoom a la parte de la foto en la que estaba la silueta. Se me borró la sonrisa. Al mirar de cerca, era evidente que la supuesta silueta sólo era una afortunada alineación de las piedras. La textura de las piedras cambiaba donde se veía la silueta, dando la ilusión de ver algo invisible que se superponía a ellas.

Ni Cristian ni el otro hombre que se había acercado a ver la foto parecieron notarlo, o, si lo notaron, prefirieron no decir nada y guardar la ilusión de que sí había algo. Para mí ya no había forma de sostener la fantasía.