Perfiles

El topo mayor no tiembla ante los temblores

Héctor 'El Chino' Méndez es el líder de una de las brigadas de rescate mexicanas que salva vidas en todo el mundo.
19.9.16

Fue el temblor del '85 lo que hizo que los cuidadanos formaran brigadas de rescate, como la que lidera El Chino, quien ahora busca salvar vidas en las tragedias alrededor del mundo. Foto por José Luis Martínez Limón.

Este texto fue publicado originalmente en septiembre de 2014.

Septiembre, 1985. La Ciudad de México se despierta para atestiguar la peor tragedia en lo que va de su historia: un terremoto de 8.1 grados en la escala Richter. Movimiento trepidatorio, furia tectónica en su versión más destructiva. Decenas de miles de muertos. Cientos de personas sepultadas bajo las ruinas. Imperan el caos y la confusión, una de las metrópolis más pobladas del mundo ha sido reducida a moronas.

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Ante la insuficiencia de las autoridades y el estado general de shock, los civiles se ven forzados a unirse a las labores de rescate. El pueblo auxilia al pueblo, sudor versus sangre. No tienen entrenamiento, pero el ímpetu y la necesidad suplen la falta de pericia. Los voluntarios se entregan en cuerpo y alma para sacar a los supervivientes de entre los edificios colapsados. Trabajan sin parar. A la mañana siguiente llega la réplica del temblor. No es tan intensa como la del día anterior, pero, aún así, su efecto es devastador. Muchos desisten en su afán por ayudar. Tienen miedo. Están exhaustos. Sin embargo, en las inmediaciones de Tlatelolco, una cuadrilla de jóvenes se mantiene activa. Retiran piedras a mano limpia, se abren paso por huecos pequeños, cavan túneles y penetran en los escombros.

Con el paso de los días, este equipo llegará a ser conocido como Los Topos. Hoy son famosos a nivel mundial. No hace falta mencionar que Héctor El Chino Méndez no sólo se encontraba entre ellos, sino que se volvió su emblemático líder.

Si consideramos la labor del rescatista como una especie de combate contra los embistes de la naturaleza, una lucha cuerpo a cuerpo por recuperar víctimas de entre los escombros, un enfrentamiento de defensa social contra las catástrofes más desgarradoras que sacuden a la humanidad, entonces El Chino sería definitivamente el más osado y experimentado de los guerreros mexicanos.

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Nombra un desastre natural que haya azotado a la población mundial durante los últimos treinta años y con toda seguridad la figura del Chino estuvo presente. Ayudando. Salvando. Auxiliando. En cada una se vio su silueta legendaria ataviada con su uniforme de batalla naranja brillante. Desafiando a la muerte, propia y ajena, en las circunstancias más extremas que se puedan llegar a imaginar: tsunami en Indonesia, megatifón en Filipinas, Katrina en Nueva Orleans, tsunami más desastre nuclear en Fukuchima; Torres Gemelas en Nueva York, terremotos en Hatí, Irán, Turquía, Italia, Perú y Chile; cerros deslavados, inundaciones y huracanes; explosiones en Guadalajara, en instalaciones de Pemex, en Argentina. Y la lista se extiende. Ha estado en cada uno de los brutales golpes geográficos dejando tras su paso un inventario particular de calamidades y milagros. Todos conformando su propia serie de duros retos para los equipos de búsqueda y rescate.

Saltamos hasta marzo del 2014. El Chino está sentado al otro lado de la mesa. Lo primero que llama mi atención es el parecido marcado que guarda con el señor Miyagi, el sensei de las películas Karate Kid. Lo segundo, es la cantidad estratosférica de azúcar que vierte en su café; fácil unas cinco cucharadas por taza. Estoy por realizar la primera pregunta de la entrevista, pero él se me adelanta: "¿Viste lo de Washington?".

Su trabajo es completamente voluntario, los gastos corren por su cuenta.

Entrecierro un poco los ojos a manera de respuesta. Ante el silencio que evidencia mi ignorancia absoluta sobre el tema, agrega: "Se deslavó un cerro sobre el poblado de Oso. Hay cientos de desaparecidos. El asunto está muy cabrón. Na' más terminemos este pedo, me lanzo en chinga para allá. Quizás hoy mismo por la tarde, a más tardar mañana temprano. Todo depende de la lana del boleto. Es que las pinches aerolíneas ya no chingan, se pasan de verga con sus precios. Y eso que uno sólo quiere ir a ayudar. Me cae que el mundo está bien pendejo".

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El Chino continúa exponiendo sus molestias con el sistema. Me mira directo a los ojos cuando habla y sus manos nunca se quedan quietas. Tras unos minutos a su lado, resulta evidente que tiene la mecha de la lengua muy corta y que no es de los que sueltan el micrófono con facilidad. Pero su monólogo es tan energético como interesante y la verdad es que ni ganas dan de interrumpirlo. Para tratarse de alguien que ha respirado el hedor de la descomposición humana en tantas ocasiones, sorprende un poco que su sentido del humor esté intacto. Si acaso, ver tan de cerca a la calaca, sólo ha potenciado su gusto por la risa. Bromea constantemente, agrega dos groserías a cada enunciado, imita a las personas a las que se refiere y cabulea a la mesera. El líder de los Topos se aleja rotundamente de la solemnidad que lo podría acompañar.

Aprovecha que lo observo con atención para aclararme que él es más cabrón que bonito. Al igual que Los olvidados de Buñuel, es oriundo de Nonoalco. Valedor del barrio más rudo. Compa de la banda. Puma de corazón. De origen humilde. Razón por la que siempre tiene que andar chiquiteando de aquí y allá para juntar el dinero necesario para acudir a las zonas afectadas. Ya que su chamba es completamente voluntaria, los gastos involucrados en traslados, manutención y equipo corren por su cuenta. En parte los cubre con el dinero que genera con su trabajo como contador público cuando la realidad no requiere de sus labores como superhéroe y otro tanto con la ayuda generosa de amigos más pudientes.

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"Es más", agrega, "cada que toca ir al puto aeropuerto, me cae que llego con todas mis chingaderas en metro".

Después engarza su discurso con un relato sobre otro deslave sucedió en Guerrero el año pasado. En ese dramático evento, una montaña lapidó al poblado de La Pintada. Setenta personas perecieron atrapadas por el lodo. El gobierno quería declarar el sitio como un campo santo, argumentando que era imposible recuperar los cuerpos. Pero El Chino y su brigada los mandaron a la verga —en sus propias palabras— y asistieron a la localidad. Tras un esfuerzo monumental, que entre otras cosas incluyó una visita estratégica, y algo criticada por el resto del equipo, al programa de Laura Bozo, consiguieron recobrar sesenta y ocho cadáveres.

El Chino y su equipo rescatan el cuerpo de una víctima después del tsunami en Indonesia, en 2012.

"Tómenla, putos", dice entre risas. "¿No qué no?" Y luego agrega un tanto hastiado: "Es que si uno quiere hacer las cosas en este pinche país, le tiene que buscar a güevo por todos lados". El Chino es sumamente crítico y lo expresa sin inhibición, pero también aprecia los valores nacionales como la solidaridad al momento de los madrazos. Uno de sus principios fundamentales es representar a México siempre a la altura que merece. No al gobierno, a ése le vale madres, sino al país. Porta la bandera con respeto.

Le pregunto qué caracteriza al rescatista mexicano. "Conocimiento y güevos", contesta de manera inmediata. Mi siguiente pregunta, casi obligada, es qué caracteriza a un miembro de su grupo de rescate. "Para ser un topo", me responde con tono serio, "se requiere haber superado al ego en su totalidad, no esperar absolutamente ningún tipo de retribución ni reconocimiento, obrar por un fin superior a los intereses personales, ser una persona leal, chingarle muy duro y ser bien pinche valiente".

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"El problema", me dice, "es que ahora todo está echo un jodido desmadrote y hay topos por todos lados. Muchos que no merecen ni el nombre".

Desde su fundación en el '85, la asociación Topos se ha fraccionado en múltiples grupos. Existen cinco brigadas distintas que llevan el título. Podrá parecer sorprendente, pero en el mundo de los cuerpos de rescate suceden las mismas chingaderas que en el resto de oficios: conflictos personales, envidias, luchas de poder. Y el lodazal se pone aún más cochino por el aspecto altruista implícito en las labores humanitarias. Todo mundo quiere colgarse el título. Salir en la foto abrazando a la víctima. Todos quieren ser vistos como el santo salvador.

Lo que más desquicia al Chino, es que muchos sinvergüenzas buscan obtener un beneficio personal a partir de las catástrofes de otros. Algunos incluso intentan hacer negocio con ellas. Algo molesto me dice: "Una cosa es que los putos se anden tomando selfies en las zonas de desastre, haciéndole a la mamada de que son los meros vergas cuando no meten ni las manos, y otra muy distinta es que pretendan capitalizar con la desgracia ajena. A esos sí deseo que se los lleve la chingada".

Actualmente él sólo responde por los miembros de la Brigada Internacional de Rescate Tlatelolco Azteca (BIRTA), el equipo del que aún figura como jefe y que se diferencia del resto por el color del uniforme que visten: naranja azafrán brillante, tono adoptado de las togas que usan los monjes budistas del Sudeste Asiático y que representa la renuncia a lo material, el desapego y el sacrificio de la vida propia por el beneficio de los demás. Todos estos son elementos esenciales en la filosofía de los Topos Azteca y forman parte central del código del guerrero yaqui bajo el cual se rigen. "El Guerrero renuncia a todo: la familia, las comodidades, ya no habrá para ti ni noche ni día, ni miedo, hambre, frío, calor, descanso; renunciar a ti mismo porque ya no te perteneces", se estipula en la página de internet de la brigada.

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Al momento de la acción, cuando las cosas se ponen densas, más vale tener estos factores presentes. Porque los turnos se extienden durante días sin descanso. No hay nada con qué protegerse de las inclemencias del tiempo. Lo más cercano al hogar es el suelo duro de algún albergue improvisado. Y la muerte acecha en todo momento.

"¿Miedo? Claro. Habría que ser un pinche loco para no sentir algo parecido al pánico cuando estás metido en un puto agujero negro bajo los escombros y llega la réplica del temblor. O cuando estás despejando un edificio colapsado y se escucha la alarma de tsunami".

Para muchos rescatistas es igual de importante rescatar a los vivos que a los muertos, para que los dolientes puedan despedirse.

"Lo importante es siempre mantener la calma. Actuar con seguridad. Aceptar que desde que llegaste al sitio de la tragedia es como si ya estuvieras muerto; si vives para contarlo es que corriste con mucha suerte. Y si te entra el desespero, unas buenas cachetadotas deberían ser suficiente para ponerte en tu lugar. Si no es así, uno no sirve para este trabajo y es mejor que te retaches al lugar de donde viniste que estorbarle a los demás". De los más de cincuenta desastres donde El Chino ha prestado sus servicios, las situaciones más canijas que le han tocado enfrentar fueron el tsunami del Sudeste Asiático, en 2004, y el terremoto de Haití, en 2010. A su parecer, ambos eventos eran como el infierno de Dante vuelto realidad. En Banda Aceh, Indonesia, por dar un ejemplo, solamente en dos días sacaron setecientos cadáveres. Simplemente imaginar el hedor involucrado hace más que válida la comparación con el averno. Pero no fue únicamente la brutal devastación lo que tornó a estos casos en los más extremos, sino la duración de las tareas de rescate. Cerca de dos meses inmersos en la pesadilla. El límite de las capacidades humanas rebasado desde las primeras semanas de trabajo. La resistencia física y mental puesta bajo la prueba más dura. "Es como estar en la guerra, sólo que peor, porque no hay enemigo a quien odiar".

En estos treinta años de tupirle macizo a la machaca, El Chino ha rescatado a varias decenas de sobrevivientes y más cadáveres de los que puede llevar la cuenta. Quizá no sea un aspecto que se tenga por lo general en claro, pero recuperar a los muertos es casi tan importante como rescatar a los vivos. Para los seres queridos del difunto recobrar el cuerpo es algo fundamental. Si el occiso permanece como desparecido, no existe certidumbre de su muerte. El deceso no es tangible. Y esto invariablemente desemboca en mayor sufrimiento. Los familiares necesitan despedirse, así sea por última vez.

Es por esto que muchas veces El Chino y su brigada continúan con sus labores de búsqueda por periodos tan largos. Mucho tiempo después de que el resto de equipos ya se han marchado, los Topos siguen escarbando. Para ellos las bajas sucedidas en un desastre no son estadísticas, sino historias humanas. Cada una con su valor particular. Cada caso individual mereciendo el mismo grado de esfuerzo por su parte, como todos los demás.

"Y cuando se acaba la función y por fin regresas a casa, más vale que le metas freno de mano a los recuerdos y parar en seco la mente. De otra manera corres el peligro de quedarte demente, desquiciado por las imágenes que te asaltan".

Las escenas que se atestiguan durante las misiones son motivo suficiente para deprimir clínicamente al más atrevido de los entusiastas. El secreto, afirma El Chino, está en recuperar la rutina lo más rápido posible. Claro, después de haber dormido cuarenta horas seguidas para recobrar fuerzas.

Pero por ahora eso tendrá que esperar, el líder de los Topos está a punto de entrar nuevamente en modo de combate. En un par de horas saldrá hacia Washington a medir sus fuerzas contra el deslave de una montaña. Tendrá que recurrir a toda su experiencia y conocimiento para salir airoso de la batalla una vez más.