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Cultură

Pasé un mes saliendo con maduritas con pasta y no lo volvería a hacer

La única forma de saber realmente si algo es bueno para ti es intentarlo, cagarla y luego soltar una lágrima cuando revivas la experiencia en tu mente.
10.11.15

Esta mujer no es ninguna de las que aparece en el artículo. Foto vía usuario de Flickr Phil Galdys

Hace unos meses estaba acostado en la cama y de repente me entraron ganas de probar algo nuevo. Después de volver a instalarme Tinder en el móvil —lo había borrado porque había asustado a la mayoría de mis matches mandándoles letras de canciones de Drake— y de crearme un perfil, la aplicación me pidió que seleccionara un rango de edad de las mujeres que me interesaban.

Con gesto despreocupado, deslicé el dedo hacia la derecha, puse el límite en 50 años y empecé a pasar perfiles. Finalmente me aburrí, se me cansó el pulgar y me quedé dormido. A la mañana siguiente, me desperté con una notificación y otra y otra. Después de abrir la aplicación, me di cuenta de que tenía decenas de matches. Muchos eran de mujeres «maduras» y aquello me dio una idea: probaría a cenar y beber en restaurantes caros a cuenta de mujeres maduras, sin echar a perder la cita demasiado rápido ni huir justo después de tener el estómago lleno.

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Salir con una mujer madura rollo madre y que esté buena es la fantasía de casi todo adolescente heterosexual, pero convertirte en un mantenido es algo distinto. Cuando eres un hombre con mentalidad un tanto machista, renunciar a cierto poder y mostrar vulnerabilidad es un paso que va más allá de hacerte una paja viendo vídeos de MILF en Pornhub. Mi ejercicio sería un compromiso total para con un estilo de vida y un trato muy distintos a los que estoy acostumbrado. Un experimento obligado para saber si la realidad estaba a la altura de mis expectativas.

La noche siguiente publiqué un anuncio en Craigslist en el que buscaba mujeres maduras y creé un perfil en una página web de citas con asaltacunas.

«Hombre universitario de 19 años que trabaja en medios de comunicación. Soy muy abierto y estoy dispuesto a hacer casi cualquier cosa», escribí en mi biografía, y después agregué algunos detalles sobre mi apariencia (aclaré que no soy horrible) y sobre mi situación económica (terrible). «Busco algo informal porque quiero aprender. No esperes nada a largo plazo, pero tampoco un "aquí te pillo, aquí te mato"».

Agregué al perfil una foto de mi cara parcialmente oscurecida, abrí mi cuenta y la dejé abierta al público. Durante el mes siguiente, tuve varias citas con mujeres entre los 35 y los 48 años en Toronto. Todas las mujeres con las que salí eran agradables pero firmes, algunas más firmes que agradables. Estas fueron las citas más destacadas.

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*Todos los nombres han sido cambiados.

Esto sí es comida fina. Foto vía usuario de Flickr w00kie

Tessa, 39 años

Tessa fue la primera que me escribió cuando creé el perfil. Dijo que le había gustado lo directo que parecía por lo que había escrito en mi biografía y que admiraba que a mi edad fuera tan trabajador. Sin embargo, por las obvias intenciones con las que cualquiera se inscribe en una página de citas, nuestra conversación pasó a temas más superficiales, como qué sexy le parecía mi mandíbula o lo sensual que yo encontraba su cuerpo atlético.

Como era mi primera incursión en el reino de las citas con mujeres solo un poco más jóvenes que mi madre, realmente no sabía qué esperar y llegué preparado para irme si la cosa se ponía rara o incómoda (sospechaba que ese sería el caso). Había oído algunas historias de «terror» de amigos que habían salido con personas mucho mayores que ellos. De vez en cuando, estos encuentros salen mal cuando uno se entera de que la otra persona está desesperada por llevar a cabo alguna práctica sexual extraña o el mayor trata a la persona más joven como un pan recién salido del horno.

Llegué al lugar del encuentro -un restaurante italiano en una zona de moda de la ciudad- diez minutos antes y me sorprendió encontrar a Tessa ya sentada en la mesa con una servilleta sobre las piernas y el bolso cuidadosamente puesto a un lado. Era despampanante. En cierto modo, me recordó mucho a Gillian Anderson en «Expediente X», de quien estaba muy enamorado cuando era niño. Aquello fue motivo suficiente para hacer que todo funcionara.

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Cuando me vio acercarme a la mesa, no se levantó. En vez de eso, me dedicó una mirada inquebrantable, como si quisiera ver el interior de mi alma. Y como soy un duro oponente en los concursos de miradas, mantuve mi mirada fija mientras extendía la mano y me presentaba.

«¿Cómo estás?», le pregunté. Ella respondió «Bien, bien. Siéntate». Seguí sus instrucciones sin cuestionarla y me senté.

Uno de los términos que se utilizan en la comunidad de asaltacunas para hablar de chicos más jóvenes a los que les gustan las mujeres mayores es «cachorro», y aunque Tessa nunca utilizó el término estando conmigo, sí lo hizo en nuestras conversaciones digitales. Por supuesto, «cachorro» es, básicamente, otra forma de decir que eres propiedad de una matriarca, cosa que yo tenía clara al entrar en esto. De hecho, me gustaba la posibilidad de ser cuidado por una mujer mayor y con una vida próspera. Era un giro a los estereotipos típicos de las interacciones hombre-mujer, y me gusta comer gratis, así que ¿por qué no?

Rompimos el hielo fácilmente después de unos minutos de conversación trivial. Terminamos teniendo una larga cena (de 100 dólares), con una botella de vino (de 40 dólares), y pasamos el resto de la noche caminando por la ciudad ligeramente embriagados. Ella lo pagó todo. Tessa era contable y dejó claro que no permitiría que yo pagara nada. Al final le dije que me sabía mal que me hubiera invitado a la cena, y me dejó pagar el café (aproximadamente 4 dólares) cuando paramos en una cafetería.

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En el momento de la despedida, Tessa se mostró muy lanzada. Se me echó encima muy rápido y yo me entregué sin protestar (obviamente). Por primera vez en mucho tiempo, no tuve que hacer prácticamente nada. Nos dimos besos un rato en el banco de un parque y luego tomamos caminos separados. Antes de irme, le dije que quería hacerlo de nuevo, pero luego me sentí raro porque vi fotos de sus hijos cuando me agregó en Facebook. Nunca volvimos a salir, a pesar de los dos mensajes que me envió diciéndome que fuéramos a comer helado a Baskin Robbins. Me encanta el helado, pero la idea de besar a alguien que podía ser mi madre tal vez era demasiado en ese punto.

Foto vía usuario de Flickr Nicolás Alejandro

Ángela, 42 años

Poco tiempo antes de salir con Tessa, Ángela vio mi anuncio en Craigslist y me escribió un correo electrónico diciendo: «Te invito a cenar pero, ¿estás dispuesto a follar? Si no, no me interesa». Yo no sabía cómo responderle exactamente. No había ninguna foto de ella, no sabía quién era y el único detalle que me había dado era su edad. Quiero decir: por lo general estoy dispuesto a follar, pero empecé a sospechar que quizá estuvieran tomándome el pelo o que me estuviera engatusando algún tipo de depredadora sexual. Me olvidé del tema hasta que, después de un par de semanas, volví a encontrarme los mensajes mientras organizaba mi correo. Lo leí otra vez después de haber salido con Tessa y pensé: «A la mierda, ¿por qué no?». Le escribí: «Claro. Llámame». Mi teléfono sonó casi inmediatamente.

Hablamos durante unos diez minutos antes de decidir encontrarnos. Ella propuso que fuéramos a un café, luego a un bar y que viéramos a dónde nos llevaba la noche. Una vez más, al igual que en la cita con Tess, Ángela lo pagaría todo. Mientras arreglábamos la cita no tomé ninguna decisión y ella tampoco me dejó. Cuando hablamos por teléfono una de las cosas que me dijo fue que no quería que, bajo ninguna circunstancia, la llamara asaltacunas. Me advirtió de que si iba a referirme a ella con otro término que no fuera «cariño», tenía que ser «tigresa» y de que tenía que escucharla todo el tiempo. Todo aquello me confundió un poco. Yo estaba acostumbrado a estar en el mismo nivel que la otra persona en mis relaciones, así que era jodidamente raro que me dijeran que tenía que someterme a otra persona. Por un momento, sentí un poco lo que casi toda mujer ha sentido durante miles de años.

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Cuando nos encontramos, el aspecto de Ángela dejaba claro que ella era quien mandaba: tenía una chaqueta negra de cuero y vaqueros azules con botas negras altas y una camisa blanca escotada. Estaba buena —era como una especie de madre motera sin la parte de la metanfetamina— y también era muy controladora. Estaba tan decidida a tomar todas las decisiones que en un momento determinado, al principio de nuestra cita, me cogió la mano con fuerza y tiró de mí hacia nuestro primer destino. Aquello era un experimento y estaba consiguiendo café y alcohol gratis, así que no me podía quejar.

Tengo una imagen borrosa de la noche. Sé que andamos de bar en bar… Recuerdo muy bien que Ángela era una mujer muy interesante: me contó que se había divorciado hacía un tiempo de su esposo, que era diez años mayor que ella, y esto le desató un deseo por salir con hombres más jóvenes. Cuando le pregunté con cuántos hombres había salido antes de mí, me dijo que no podía recordarlo, pero que había estado haciéndolo con bastante regularidad durante el último año. También insistió en que fuéramos a su casa y yo cedí.

Cuando llegamos a su casa, un loft cerca de la cafetería al que me llevó al principio, todo el lugar estaba decorado como una especie de antro sexual del distrito rojo, preparado con el único propósito de seducirme. La habitación tenía colores pastel: había un sofá gris de cuero con cojines rojos de terciopelo, y unas perlas blancas colgaban delante de una puerta que daba hacia el pasillo. Además, la habitación olía muy bien: era como si la lavanda y el chocolate hubieran tenido un bebé. Casi toda la luz del lugar, que era tenue y atmosférica, provenía de unas luces de neón que formaban la palabra «amor» y otro tipo de frases sacadas de Tumblr. Había algunas velas encendidas en la mesa de la cocina y de fondo se escuchaba música house.

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Tan pronto como me desaté las botas y me puse de pie, Ángela me señaló el sofá que estaba en medio de la habitación. Casi inmediatamente después de que mi culo tocara el sofá, se acercó a mi pantalón y empezó a frotarme la entrepierna, sin besos ni prolegómenos. Yo estaba un poco incómodo; además, ella me recordaba a la tía de un amigo que tomaba un montón de zumos vegetales y estaba hiperbronceada. Pero me había tomado antes dos pastillas para la ansiedad, así que a mi cerebro realmente no le importaba nada en ese momento. En unos segundos, me quitó el pantalón, me arrancó los boxers y comenzó a mamármela inmediatamente. Tengo que decir que fue una buena mamada. Ángela conocía muy bien el juego y lo jugaba muy bien.

De repente, se detuvo y se puso de pie. Por un momento, casi pensé que había hecho algo mal. ¿No había ofrecido suficiente resistencia? No entendía. Después de una pausa se quitó sus pantalones y luego trató de montarse encima de mí.

Ahí fue cuando las cosas se pusieron mal. Cuando le dije que tenía que coger un condón, ella trató de impedir que lo hiciera. Le dije que no estaba interesado en hacerlo sin condón, y ella me dijo que dejara de quejarme. Al instante, perdí por completo el interés. Un poco enfadado por el hecho de que alguien me jera lo que podía y no podía hacer con mi propio cuerpo, mandé a la mierda el rollo de la sumisión y la empujé suavemente. Los dos medio nos sentamos en el sofá durante un minuto, mientras yo me ponía los pantalones de nuevo y le explicaba que la cosa se había puesto demasiado rara para mí. Le dije que era una mujer muy agradable y que estaba muy agradecido por las bebidas, pero que ya estaba. Que para mí ahí terminaba nuestra noche de aventuras.

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Terminé dejando 30 dólares sobre la mesa a pesar de que me dijo que no lo hiciera. En parte lo hice porque me sentí mal (sé que no debía haberme sentido así, teniendo en cuenta que tengo derecho a rechazar el sexo), y en parte porque un sentido de masculinidad arraigado me decía que debía haber pagado la mitad de la cuenta. Mientras bajaba las escaleras de su apartamento borré nuestros mensajes de texto y su número. Nunca volvimos a hablar.

Foto vía Wikipedia

Marilyn, 40 años

Conocí a Marilyn el mismo día que envió un mensaje a mi cuenta. Era agente inmobiliaria y vivía y trabajaba en un barrio de lujo. Me recogió junto a una estación de metro en el extremo norte, alrededor del mediodía, en un Audi nuevo que olía a cuero nuevo y a cosas caras. Cuando entré en el coche, me dio un abrazo y me saludó con una sonrisa enorme. Tenía una risa increíble y hablaba muy bien. Yo estaba muy cómodo. De hecho, sentí que, a diferencia de mis otras citas, con ella no tenía que forzar la situación o fingir una conversación trivial. Era muy agradable estar con ella. Incluso le gustaba Drake.

Claramente, Marilyn trabajaba en el mundo de la moda. Se ponía capas y combinaba los colores de una forma que enloquecería incluso a los amantes de la moda más pretenciosos. Me hizo sentir un poco mal vestido. De todas formas, a Marilyn no parecía importarle tanto como me importaba a mí. Me preguntó dónde había comprado la chaqueta de cuero y le respondí: «Se la compré a un tipo en el Gran Bazaar». Era la verdad y no sentía ninguna necesidad de mentir estando con ella.

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Cuando hablamos por mensajes antes de la cita, planeamos almorzar y ver cómo iban las cosas para decidir si era una buena opción vernos otra vez después de esa cita. Yo estaba muy contento con la idea. Terminamos escogiendo un restaurante tailandés barato en el centro de la ciudad, que es popular entre los estudiantes de la zona, en un lugar que me pareció lo suficientemente concurrido para que no se quedaran mirándonos.

Marilyn y yo hablamos durante casi dos horas en compañía de unos platos de wok picante y egg rolls crujientes. Marilyn era vegetariana, y yo soy más de los que solo comen carne, así que terminamos discutiendo sobre la ética de comer carne. Los dos coincidimos en que la masacre animal es una mierda. Yo le dije que cargaba con la responsabilidad de la carne que consumo a diario. Ella terminó la conversación diciéndome que ella «comía carne … a veces». Tras ese comentario, pedí la cuenta. Pagamos a medias, sin discutir al respecto. En realidad, fue algo muy normal.

Después de la comida, nos despedimos e hicimos planes muy vagos para vernos otra vez. Meses después nos encontramos para tomar café. Cuando nos vimos, las cosas eran ya muy diferentes. Tenía menos energía, no sonreía tanto, y parecía estar ahí más por cortesía que para divertirse. Cuando le pregunté cómo estaban las cosas, me dijo que su madre había fallecido recientemente y que todo había sido difícil.

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Pasamos el resto de la noche hablando y caminando por la ciudad. Fue un día un poco sombrío (por el clima lluvioso, pero también por nuestra conversación), y al final terminamos en una iglesia. Fue intenso. Marilyn me dijo que necesitaba tiempo para ella, así que le di un abrazo y nos despedimos. Aunque nunca nos volvimos a ver, le volví a escribir un mensaje para ver cómo iba y ella me respondió que le estaba yendo mucho mejor. También me dijo que quería verse conmigo para ir a comer a otro tailandés. Le dije que me encantaría, aunque no era del todo cierto, solo para que no se sintiera aún peor de lo que ya estaba por la muerte de su madre.

Vanessa, 48 años

Vanessa contactó conmigo justo antes de que quitara mi anuncio de Craigslist. Me di cuenta de que ya iba a empezar el semestre y de que probablemente no debería seguir saliendo con mujeres que me doblaban la edad cuando en pocas semanas iba a estar rodeado de miles de chicas universitarias.

Me envió un mensaje con una descripción muy detallada y específica de sí misma. Aparte de su altura, su peso y su color de pelo, también hizo énfasis en que tenía ascendencia china. Cuando le envié un correo de vuelta diciendo que estaba interesado, también le pregunté por qué especificaba su raza. Ella me respondió que algunos hombres le habían dicho básicamente que se fuera a la mierda una vez la conocieron en persona y vieron que era asiática.

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Me pareció deprimente, pero no me sorprendió. Los hombres, especialmente los tipos blancos, pueden ser ofensivos con sus «fetiches» y sus manías a la hora de escoger mujeres. En cualquier caso, le aseguré que a mí no me importaba y que cualquiera que le hiciera eso era un imbécil. Quedamos en vernos al día siguiente en un restaurante coreano BBQ y en ir después a los muelles a hacer una sesión de fotos. (Soy fotógrafo y eso es una forma de romper el hielo muy útil en las citas. No me juzguéis por eso).

Cuando llegamos al restaurante y pedimos la comida, la conversación no fluía y comencé a cabrearme. Se pasaba mucho rato mirando el teléfono (¡no es solo cosa de millennials!) y respondía mis preguntas con respuestas muy vagas. Por suerte, como en un BBQ coreano uno tiene que cocinar su propia comida y luego comérsela, dejaba el móvil ocasionalmente para poner un poco de carne en la parrilla y hablar conmigo un minuto. Cada vez que hablábamos, sus ojos se iban por toda la habitación y nunca me miraba fijamente (¡todo lo contrario a Tessa!). Parecía realmente nerviosa. Traté de parecer lo más relajado posible para hacerla sentir más cómoda; incluso hice que mi voz sonara suave y angelical, pero todo fue en vano. Ella no lograba relajarse.

Cuando nos fuimos del restaurante y empezamos a caminar hacia el muelle, como lo habíamos planeado, estuvo todo el tiempo mirando el móvil, todavía con más frecuencia que antes. Más o menos a mitad del camino, me detuve y le pregunté si estaba bien, y en ese momento me dio la noticia: su esposo (que yo no sabía que existía) estaba preguntándole dónde estaba y sospechaba que ella lo estaba engañando.

Sorprendido, le pregunté por qué no me lo había dicho antes y me respondió que era porque temía que me negara a salir con ella. Tenía razón, obvio. Definitivamente no habría salido con alguien que, además de engañar a su esposo, me ponía a mí en peligro. Pero me dio pena decirle toda la verdad, teniendo en cuenta lo nerviosa que ya estaba y la posibilidad de que terminara llorando en medio de la calle.

En lugar de eso, le dije que me parecía un poco extraño y que creía que debíamos terminar la cita para que ella pudiera volver con su esposo. Decisión equivocada: Vanessa cargó contra mí, acusándome de ser miope y desconsiderado con su situación.

Después de desahogarse durante casi medio minuto, se detuvo y me dijo que no volvería a sacar el móvil en lo que quedaba de cita si yo olvidaba todo lo que acababa de pasar. En este punto, yo había perdido totalmente el interés y estaba dispuesto a rechazar su oferta, así que me quedé mirándola, sacudí la cabeza y suspiré. Le dije que con gusto la acompañaba de vuelta a su coche, pero que realmente no le veía ningún sentido a seguir con eso. Me dijo que estaba bien y llamó un Uber. Entonces vi mi oportunidad para salir corriendo. Me despedí y me puse los auriculares para empezar una larga y tranquila caminata a casa al ritmo de Phil Collins. Por eso me puedes juzgar.

Lo que aprendí

Si hay algo que uno puede extraer de toda esta experiencia es que salir con gente mucho mayor que uno es una mezcla entre lo emocionante-desafiante y lo jodidamente incómodo. Es increíble que te paguen cenas caras, que alguien te guíe en todo y que te den sexo fácil, pero yo no logré soportar que las mujeres que me daban todos estos lujos me miraran simplemente como si fuera un culo fresco.

Francamente, en lo que respecta a las citas, todavía no estoy seguro de si soy un inmaduro o de si algunos de los momentos más incómodos no fueron mi culpa. Por ejemplo, aunque la insistencia de Ángela de dominar me parecía completamente desagradable, también se podría decir que simplemente yo no fui lo suficientemente abierto, sobre todo si se tiene en cuenta que yo debía asumir el papel de cachorro. Dicho esto, debo admitir que también me cuesta ver porno donde los tipos gritan obscenidades a las mujeres con las que están follando, y la única vez que una ex me pidió que la asfixiara mientras lo hacíamos, lo cierto es que perdí un poco mi erección. Supongo que simplemente soy un blandengue.

Pero ¿le recomendaría a otro tipo de mi edad que se consiguiera una asaltacunas? Sí. Sí, lo haría. No porque pueda garantizarle que estará contento con el resultado —podría terminar tan extrañado como yo, sobre todo después de darme cuenta de lo distinto que es al porno—, sino porque creo firmemente en que hay que aprender las cosas de la manera difícil. De hecho, creo que la única forma de saber realmente si algo es bueno para ti es intentarlo, cagarla y luego soltar una lágrima cuando revivas la experiencia en tu mente. Además, puedes divertirte un rato y emborracharte gratis en lugar de pagar a medias, como la mayoría de la gente lo hace hoy en día. ¿Cómo podrías resistirte a eso?