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«No había ni un ruido»: Un superviviente del atentado de la sala Bataclan nos cuenta su experiencia

"Creo que es el momento de sacarlo todo. Ha llegado un momento en que esto me está jodiendo y necesito superarlo".
30.11.15

Este artículo fue publicado originalmente en Noisey, nuestra plataforma dedicada a la música.

Hace una semana y media, seguramente estuvieras enviándote mensajes con los amigos y haciendo planes para la noche del viernes, y ni por un segundo imaginaste que estabas a punto de verte arrastrado, junto con el resto del planeta, a un horrible infierno en el que reinaban la histeria colectiva y la incapacidad de entender. Yo pasé la noche del viernes en el Café De La Danse, una discoteca a pocos metros de la sala Le Bataclan, donde Eagles of Death Metal actuaban en el momento en que se produjeron los disparos. La noche acabó con 130 personas asesinadas, entre ellas amigos, compañeros y conocidos que había perdido para siempre.

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Por esta y por muchas otras razones decidí no hablar de los atentados de París en Noisey Francia. Yo lo estaba pasando mal, pero los familiares y amigos de las víctimas estaban completamente destrozados y, en aquel momento, no parecía apropiado decir nada. No quería contribuir a añadir más ruido al chirrido de la maquinaria de las redes sociales.

Debéis entender que este horrible suceso se ha producido en casa, en las calles que todos nosotros hemos recorrido infinidad de noches. El silencio parecía la única opción, al menos hasta que Rodrigue Mercier, uno de los supervivientes de la masacre, se puso en contacto conmigo.

Mercier es un ingeniero de sonido de 26 años a quien veo a menudo en conciertos en París. Quería contar su historia, una semana después de lo ocurrido, como ejercicio de retrospección y análisis de cómo este suceso ha cambiado su vida. Y quería hacerlo lejos del tumulto de los medios. Me aseguró que había rechazado docenas de entrevistas y que quería contármelo a mí. Me reuní con él ayer por la tarde y después de la entrevista, todavía dudé por un momento sobre si debía publicarla. Sin embargo, cuando volví a casa, sentí que nuestra conversación fue tan intensa que debía compartirla. No porque Mercier relatara algún hecho escabroso de lo que ocurrió aquella noche, sino porque es el relato de una persona que vive para la música, que ha atravesado un desafío demasiado abrumador, que manifiesta un fuerte deseo de aferrarse a la vida y a su pasión y que solo quiere pasar página y seguir adelante. Como todos nosotros.

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Noisey: Hola, Rodrigue. ¿Te importaría presentarte?

Rodrigue Mercier: Tengo 26 años, soy ingeniero de sonido y vivo en Montreuil [una ciudad al este de París]. Escucho rock alternativo desde que era niño y hace ya un tiempo que sigo a los EODM. Los vi por primera vez en 2005, en Trabendo, y desde entonces debo de haber ido a nueve conciertos suyos. Es una de mis bandas favoritas.

Entonces, el viernes estabas en la sala Bataclan como fan del grupo, no por trabajo, ¿verdad?

Exacto. He trabajado unas cuantas veces en Le Bataclan, pero mi trabajo principal está en Mécanique Ondulatoire y, desde septiembre de este año, en Le Klub. Me paso la mayor parte del tiempo en salas de conciertos.

¿Cómo fue aquella noche?

Me compré la entrada en el último momento, a las 18:00 del viernes, en la misma página de Facebook del evento. Se la compré a una chica que se quería deshacer de la suya. Al principio iba a ir con unos cuantos amigos, pero acabé yendo solo. Durante la actuación de los teloneros, estuve en el bar de al lado tomando algo. Cuando lo pienso ahora, ocurrió algo raro –un detalle sin importancia, pero me chocó- durante la hora previa. Yo no dejaba de escuchar una y otra vez un tema del primer álbum de Soulsaver, «Longest Day». La letra dice, «This must be the door to take / I've nowhere left to run / I wanna run / I better run now / Run / As far as I can».

Entré en Bataclan minutos antes de que empezaran EODM. Todo iba bien. Estaba en primera fila, superfeliz. En un momento dado, tocaron un tema de su último álbum que no me gustaba mucho, así que aproveché para ir a tomar algo. Vi un par de amigos charlando en la otra punta de la barra, pero no quise interrumpirles y, además, imaginé que nos iríamos viendo a lo largo de la noche. Luego el grupo tocó otro tema que tampoco me gustaba, así que me quedé en el fondo de la sala, cerca de la cabina de sonido.

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Al poco tocaron «Kiss the Devil», una de mis canciones favoritas, y fue entonces cuando corrí a ponerme delante. Un instante después oí… un ruido. No sabía qué era y, por deformación profesional, supuse que era un fallo de la caja de inyección directa (que sirve para equilibrar la impedancia de un instrumento eléctrico en una mesa de mezclas) del escenario. Eran sonidos de roturas y estallidos muy breves. Mi reacción fue dirigir la vista hacia la cabina de sonido, como diciendo, «¿Qué cojones hacéis, tíos?». Por otro lado, me sabía fatal por el ingeniero de sonido, porque es un fastidio cuando pasa eso.

De repente, la banda dejó de tocar, pero el ruido continuaba. Lo que sentí en ese momento –y nunca lo olvidaré- fue el silencio absoluto que se produjo en la sala. No sé si fue mi percepción o si realmente ocurrió así, pero aquel silencio era aterrador. Nadie gritó, nadie dijo una palabra. No se oía ni un ruido, a excepción de los estallidos. Pensé que eran petardos, porque sonaban igual que las tracas que encendíamos cuando éramos críos.

Volví a mirar atrás, tratando de comprender qué estaba pasando, pero la sala seguía sumida en la oscuridad. Entonces, de repente, se encendieron las luces. Miré a mi alrededor y vi a toda esa gente tumbada en el suelo. Yo seguía de pie y, en un acto reflejo, me agaché –no tenía espacio para tumbarme-. Inmediatamente me di cuenta de que había alguien disparando un arma. Seguía estando todo en silencio, pero en ese momento empecé a oír los impactos de bala. Estaban matando gente, de forma indiscriminada. No apuntaban a nadie en concreto.

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Estaban lanzando ráfagas a toda la pista de la sala. Al chico que tenía a mi lado le alcanzó una bala. No lo conocía, pero habíamos pasado la mayor parte del concierto juntos. Recuerdo que hubo un momento en que se encendió un cigarrillo en el interior del local, provocándome unas ganas tremendas de fumar, así que yo también acabé encendiéndome uno. Me quedé inmóvil, sabiendo que aquello no iba a parar pero que tenía que hacer algo si quería salir vivo de allí. Alcé la vista y vi la luz de la salida de emergencia, muy cerca de donde estaba, a unos siete u ocho metros. Era la única salida.

¿Cómo llegaste hasta la puerta?

Todo el mundo estaba en el suelo, pero no sabía si estaban arrastrándose para salir o ya muertos. Había muchísima sangre, era imposible saberlo. Como no quería empujar a nadie y todo el mundo estaba tumbada en el suelo, literalmente crucé la puerta de un salto, por encima de la gente. Perdí las gafas y aterricé fuera, en la calle Amelot. No he encendido el televisor ni he visto las noticias desde el viernes, por lo que no sé qué pasó después, pero estoy casi seguro de que esos tíos empezaron a disparar hacia la calle.

Así es, empezaron a disparar hacia la calle. Ya estabas fuera. ¿Qué hiciste entonces? ¿Empezaste a correr de inmediato?

Iba caminando, aturdido y confuso, cuando, al mirar hacia atrás, vi cómo abatían de un disparo a un tipo que intentaba salir del local. Entonces empecé a correr en zigzag como nunca antes había corrido. No sé si fue porque corría increíblemente rápido o por el miedo, pero sentía que me iba a dar un infarto. Y eso que considero que estoy en forma. Atrás iba dejando gente que se paraba, pensando que estaban seguros. Les grité que siguieran corriendo por las calles cercanas y que se escondieran donde pudieran. Crucé la calle Amelot y llegué al bulevar Beaumarchais. Allí, mi instinto me llevó a llamar un taxi para sacar de allí a tanta gente como fuera posible, pero entonces me di cuenta de que había perdido el teléfono móvil y estaba solo. Segundos más tarde apareció una pareja y nos metimos en un restaurante cercano. Todos los clientes, que estaban disfrutando de una cena pija a la luz de las velas, me vieron irrumpir en el restaurante, sin resuello, vestido como voy ahora, con unos vaqueros y una gorra de béisbol –si te digo la verdad, llevo desde el viernes sin cambiarme de ropa- y acompañado de aquella pareja. La chica estaba empapada en sangre y cargaba con su novio, al que habían herido. Una bala le había rascado la sien y otra le había perforado el lóbulo de la oreja.

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¿Se dio cuenta la gente del restaurante de lo que estaba pasando?

El propietario y el personal nos dejaron pasar sin dudarlo un segundo, pero tampoco dejaron de servir mesas. Nos quedamos acurrucados en la cocina, aterrorizados, mientras los camareros iban gritando las comandas: «Costillas de cordero para la mesa cuatro, ¿oído?», y cosas así. No tenían ni idea de lo que estaba pasando.

Estamos hablando de una noche de viernes en París. Quizá pensaron que era alguna pelea o un atraco.

Seguro. Había una clienta, una chica de unos 20 o 22 años, con cara de chica modélica, que no paraba de hacer preguntas absurdas: «Ah, ¿que ha habido un tiroteo? ¿Qué tipo de tiroteo? ¿Con armas de verdad?». Y a partir de ahí, empezó el carnaval de preguntas estúpidas. Nosotros solo queríamos una cosa: que dejaran entrar a más supervivientes, cerraran las puertas y echaran la persiana.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que llegó la policía?

Veinticinco o treinta minutos. Primero llegaron los bomberos, que se llevaron a Will, el chico herido. Yo me quedé con Morgan, su novia, un niño mudo y una mujer que buscaba a su hija, que había ido al concierto y le había enviado un mensaje diciendo que había logrado salir pero que había visto morir a su amiga delante de sus ojos. Y en torno a nosotros, un montón de gente que no se enteraba de nada.

¿No tenías ganas de marcharte de allí?

Sí, pero a Morgan le había entrado un ataque de pánico, el chaval no podía hablar y la madre de la chica desaparecida estaba petrificada. Pensé que tenía que quedarme y pensar con frialdad. «Que no cunda el pánico», me dije a mí mismo. En el fondo estaba aterrorizado, pero no podía gritar. Instintivamente, le pedí a los camareros que me dieran algo fuerte de beber para calmar los nervios. Pensé que si esos asesinos tenían que volver y matarme, quería morir borracho [risas].

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¿Estuviste así mucho tiempo?

No lo recuerdo. Tomé nota de muchas cosas [saca una pequeña libreta del bolsillo]. Sigo llevando mi diario conmigo y escribí unas cuantas notas mientras hacíamos tiempo. Escribí frases… cosas que no quería olvidar. Hubo un momento horrible en que el propietario quería echarnos.

¿En serio?

Sí, pero no lo demostró mucho. Nos quería hacer creer que estaban a punto de cerrar. Otra cosa que me chocó fue que, en las redes sociales, decían que todo acabó en Bataclan a las 00:20. Estábamos a unos cien metros de allí y no dejábamos de ver policías yendo y viniendo. Yo no tuve esa sensación de que todo se había terminado y estábamos seguros. En ese momento sí que quise irme.

¿Adónde?

Tenía amigos en el distrito 18, con los que se suponía que me iba a reunir después del concierto. De repente, solo deseaba una cosa: estar con ellos, aunque eso significara tener que ir andando. Tenía que salir de allí. Pedí un móvil prestado y me conecté a Facebook para avisarles. Entonces vi que tenía unas 170 notificaciones y 40 mensajes. Les envié un mensaje diciendo, «Esperadme, voy para allá». También contacté con mis padres para hacerles saber que estaba sano y salvo; le pedí a mi madre que publicara algo en Facebook para que la gente lo supiera. Luego me marché.

¿Te fuiste, sin más?

Eso pensaba yo, ingenuo de mí. Morgan quería ir al hospital Lariboisière, que estaba de camino. Allí era donde habían ingresado a su novio. Cuando salimos del restaurante tomamos consciencia de la situación. Las fuerzas de seguridad habían establecido su centro de operaciones justo al lado. Las calles estaban invadidas por agentes de policía y, tan pronto como salimos, uno de ellos nos ordenó que volviéramos a entrar. Le dijimos que el dueño del local quería cerrar, a lo que respondió, «Aún no se ha acabado, volved adentro». Todo parecía irreal. Por un lado, el dueño que quiere echarte, y por otro, el policía que te dice que podrían pegarte un tiro en cualquier momento. Estábamos solos. No fue hasta las 2:45 que nos dejaron marcharnos; la policía nos escoltó hasta el ayuntamiento del distrito 11, donde el personal de la Cruz Roja se ocupó de nosotros. En ese momento me di cuenta de lo afortunado que había sido, al hablar con las personas que habían conseguido escapar y cuyas caras había visto por la calle o en el concierto. Algunos habían perdido a gente allegada, habían sido tomados como rehenes o se habían encerrado con llave en algún sitio.

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¿Tú seguías queriendo reunirte con tus amigos?

Sí, pero siempre me decían que me quedara. Fui a fumarme un cigarrillo a un sitio tranquilo y de repente había 50 cámaras y un montón de fotógrafos a mi alrededor. No paraban de decirme que querían hablar conmigo, y ahí me quedó claro que no iba a poder moverme de allí. Más tarde nos fueron llevando en casa en taxi o ambulancia. Lo primero que hice al llegar fue llamar a mi madre para pedirle que viniera a buscarme.

¿Cómo te sientes hoy, una semana después?

Parece que todavía sea viernes, como si se hubiera parado el tiempo.

Es un poco como yo me siento, también. Pero cuando me olvidé de las redes sociales y volví al trabajo, todo volvió a la normalidad. Hoy vas a trabajar en un clip. ¿Cuándo has vuelto al trabajo?

Poco después. Este miércoles, en Klub. Tenía que haber trabajado en un concierto el sábado, y creo que, si no se hubiera cancelado, habría ido. El sábado fue horrible. No pude salir a la calle. Nos teníamos que desplazar solo en coche y que este nos dejara cerca de otra puerta. Hubo un momento en que sufrí un ataque de pánico delante de un indigente que me pidió dinero y otro cuando vi a un soldado empuñando un arma. Ahora parece un poco ridículo, pero en ese momento era una verdadera pesadilla.

Antes de empezar la entrevista, me dijiste que fuiste a Trabendo para ver a Kadavar el martes por la noche. ¿Cómo fue?

Bien, salvo por dos cosas. Primero, porque vi que había una cámara de la televisión pública en la sala. Les grité y les pregunte qué hacían allí. Me explicaron que llevaban una semana siguiendo a The Shrine y que no estaban ahí cuando se produjo el atentado. Por otro lado, cuando encendieron las luces al final del concierto, no dejaba de buscar la salida de emergencia con los ojos y de mirar a la gente que tenía alrededor. Estaba contento de estar ahí, aunque mi cabeza no estaba en el lugar. En cualquier caso, me alegro de haber ido.

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Has hablado de tu reacción ante las cámaras. ¿Cómo reacciones cuando ves todo el revuelo en las redes sociales y los medios de comunicación? Fue una de las primeras cosas que mencionaste cuando contactaste conmigo.

Me niego a ver las noticias. Lo de las redes sociales es distinto; de vez en cuando necesito conectarme para hablar con mis amigos, ahora que no tengo teléfono. Lo que ocurre allí escapa a mi pensamiento. Encontré una foto del Bataclan… No tengo palabras para expresar lo que sentí. Si los periodistas deciden usarla, allá ellos, aunque creo que es una decisión muy cuestionable. Pero que la gente la comparta en Facebook, aquí, en Francia… O el vídeo de los tiroteos. Yo he estado ahí y no quiero volver. No entiendo por qué alguien querría hacerlo.

Hemos llegado a un punto en que hacemos ruido incluso cuando no tenemos nada importante que decir.

Eso es exactamente lo que pienso. Vale, la gente está afectada, pero me gustaría que dejaran de hablar de ello. El otro día iba en taxi y el conductor, que era musulmán, me hablaba de cómo suelen encasillar a los musulmanes como fundamentalistas. «No te preocupes, la gente no es tonta», le contesté, aunque mi voz interior tenía ganas de gritar, «Cierra la puta boca y deja de hablar de eso. Cállate la puta boca. Que todo el mundo se calle de una puta vez».

¿Por qué has querido hablar de ello hoy?

Porque creo que es el momento de sacarlo todo. Ha llegado un momento en que esto me está jodiendo y necesito superarlo.

¿Cómo se presentan las próximas semanas?

El concierto en el que trabajé el miércoles era de una banda brasileña. Su manager vino a verme cuando la banda subió al escenario y me dijo que su ingeniero de sonido se había quedado en un hotel de las afueras y se negaba a acercarse a París. Ahí fue cuando me dije que 1) había hecho bien viniendo a trabajar y 2) no quería que nadie pensara de mí lo que yo estaba pensando de ese tío, encerrado en el hotel. Lo que me repito a menudo es que lo que me pasó a mí le podría pasar a cualquiera en cualquier parte. Todos los días alguien pierde a un ser querido en un accidente de coche. La mejor amiga de mi amiga se suicidó, y sin embargo aquí esta, trabajando conmigo. Lo único que me hice fue un moratón enorme al saltar hacia la salida de emergencia. Tengo suerte de estar aquí y de poder seguir trabajando. Mi trabajo está en una sala de conciertos, a cargo del sonido, y eso es lo que voy a hacer. Hay que seguir adelante. Todos tenemos que hacerlo.

Lelo Jimmy Batista es el editor de Noisey Francia. Síguelo en Twitter.

Traducción por Mario Abad.