Viviendo en la sombra de El Templo

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Viviendo en la sombra de El Templo

Las macrodiscotecas de la ruta valenciana sirven de infraviviendas para inmigrantes.
22.11.13

“Buenas noches y bienvenidos al TEMPLO amigos. Va a comenzar una cosa que jamás se ha visto en el siglo XX, un Templo hecho para el hombre y especialmente dedicado a todos los que bailan… Destrucción total en el mundo mientras aquí solamente nos preocupamos de bailar y pasarlo bien” - Chimo Bayo 1991.

Situada en las afueras de Cullera, una localidad a unos 40 KM de Valencia, se encuentran las ruinas de lo que fue una de las catedrales de la ruta del bakalao: la discoteca conocida como El Templo. En su época álgida, entre 1990 y 1994, esta sala oscura, misteriosa, de aspecto industrial que emergía entre los campos de arroz, fue el bastión de Chimo Bayo, quien durante 4 años lo daba todo en las mañanas del domingo de la Ruta Destroy con su música, sus discos y sus profecías a golpe de micrófono y grabó temas míticos como “Así me gusta a mí” en 1991.

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Han pasado casi 30 años de ese movimiento y hoy en día la discoteca tiene un uso bastante distinto –como infravivienda para inmigrantes, la mayoría de países del este.

Rumbo a Cullera, no fue difícil encontrar el templo. Allí seguía, en medio de la nada, como imponente catedral que fue, con obelisco metálico incluido y toda la estructura oxidada.

Al poco rato de entrar, nos encontramos con uno de sus habitantes (Chimo llamaba a los clubbers Templarios) Vladislav, un lituano de 61 años.

Vladislav había resistido a la orden de expulsión que había llevado a cabo la policía local hacía unas semanas. Este era su hogar, llevaba un año y medio habilitando una zona como un verdadero hogar: con sus plantas, su reloj de cuco en hora, su depósito de agua, su cocina camping gas, su alfombra y su radio vintage a pilas para escuchar la emisora de música rusa local. Un oasis dentro de este recinto encharcado, con ratas, cartones de vino y mierda por un tubo.

Nos invitó a su habitación, un espacio adornado con espejos en todas las paredes y pintadas de tías en pelotas, nos preparó un café (y luego un vino) y nos contó su historia.

Al son de la radio rusa y junto a sus tres gatos expertos cazadores de ratones, nos explicó que hacía 8 años que había cogido un coche desde una de las regiones interiores de Lituania, con rumbo a Portugal, y que tras pasar unos años trabajando allí, decidió venir a España. Concretamente a Valencia, para trabajar en la recogida de naranjas en los campos de Cullera, Sueca y Alzira. Ahora se encontraba en el limbo de la Unión Europea al tener el pasaporte en regla pero no un NIE que le permita trabajar. También nos contó que su mujer había muerto y que le quedaba un hijo en Lituania del cual no sabe nada desde que se marchó.

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Al preguntarle por los otros habitantes del Templo, Vladislav nos dice que son unos borrachos rusos y que no hacen nada más que beber todo el día. A él no le gusta nada lo ruso ni nada que recuerde a los tiempos soviéticos. Nos sigue explicando que antes vivían más personas en el Templo, pero que hace pocas semanas vino el dueño de la discoteca con la policía y echó a la mayoría de ellos. Desahucio del que él se salvó porque dentro del vertedero en el que se ha convertido la discoteca él ha sabido mantener orden y limpieza en su pequeño espacio.

En este último año han muerto 3 de los inquilinos.  Dos de ellos por pancreatitis y el último atropellado en una carretera vecina a la discoteca. Vladisav no le parece muy afectado por sus muertes. Al preguntarle, contesta: “ellos beber mucho”.

Tras los pasos de nuestro anfitrión, nos damos un paseo por las escombrosas instalaciones y vislumbramos lo que fue en su día una sala de baile llena de gente. Fuera en la terraza donde la gente disfrutaba de charlas interminables bajo los efectos del buen rollo valenciano ahora viven entre basura los borrachos rusos. Uno duerme en un colchón lleno de heces.

Vladislav se despide de nosotros y vuelve a su pequeño oasis en esta nueva etapa del Templo.

Gracias a Vladislav, a Marga y a Carmen.

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