Una dominatrix, un grafitero, un policía secreto y un abogado te explican cómo ser un artista de la mentira
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Una dominatrix, un grafitero, un policía secreto y un abogado te explican cómo ser un artista de la mentira

Cuatro personas que mienten a nivel profesional nos explican sus consejos para hacer que nuestras mentiras sean indetectables.
7.9.16

No se la colaste a tu jefe cuando le dijiste que llegabas tarde porque habías tenido una "emergencia con tu perro". Tampoco te creyeron tus padres cuando les aseguraste que no tenías ni idea de cómo había aparecido ese arañazo en su coche. Y tus amigos están hartos de oírte decir que no puedes ir a su concierto porque tienes "cosas del curro".

Seguramente es porque mientes mal. No me malinterpretes: con esto no quiero decir que haya buenos mentirosos o que mentir esté bien, pero es innegable que hay gente a la que se le da muy bien y que a veces una mentira, o una verdad a medias, puede ahorrar muchos disgustos a alguien, como en el caso de la dominatrix que nunca ha contado a su familia a qué se dedica. Otras veces, se cuentan mentiras por un bien mayor, como ocurre con el policía que se esconde tras una falsa identidad para atrapar a un pedófilo. Cuestiones morales al margen, prácticamente todos mentimos en algún momento, si bien algunos lo hacen con más arte que otros.

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Para instruirnos en el arte de la mentira, decidimos hablar con una dominatrix, un agente de la policía secreta y varias otras personas que han hecho del engaño su forma de sustento. Esto fue lo que nos contaron.

La dominatrix

Por Zach Sokol según el relato de "Paige"

Llevo ya tres años como trabajadora sexual. Concretamente, soy dominatrix y ofrezco un servicio integral, con contacto sexual incluido. Muchos de mis clientes tienen, digámoslo así, "problemas especiales" y a veces mis sesiones tienen para ellos un efecto terapéutico. Por lo general preferiría no dedicarme a esto, lo que implica que casi siempre tengo que mentir a mis clientes, fingir que estoy disfrutando lo que hago. Luego también tienes que ocultarlo a la gente de tu entorno.

Solo explico cómo me gano la vida cuando creo que lo pueden entender. Mi padre, por ejemplo, lo sabe, e incluso ha estado en mi mazmorra. Mis abuelos, en cambio, son mucho más conservadores, y a ellos les he dicho que doy clases de yoga, que es mi segundo trabajo, en realidad. En cualquier caso, aparte de mis amigos más cercanos, nadie sabe que ofrezco servicios completos. Casi siempre digo que las sesiones consisten en juegos de rol con los que satisfago las fantasías de mis clientes. No es mentira, pero tampoco es toda la verdad. La mía es una profesión muy estigmatizada y mucha gente piensa que quienes nos dedicamos a esto somos mujeres castigadas, oprimidas o con nuestras vidas destrozadas. Si no mintiera sobre mi trabajo, la gente nueva nunca llegaría a conocerme. Si no cuento la verdad, es para evitar los prejuicios.

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Miento también por un tema práctico. Tengo el negocio de la mazmorra registrado bajo mi licencia de profesora de yoga, con lo cual, supuestamente, todos mis clientes son alumnos que vienen a recibir clases. Resulta muy cómodo porque el yoga está en una especie de limbo: no es un deporte ni tampoco se considera una disciplina médica. No requiere de equipamiento especial y se considera una actividad recreativa, por lo que no es necesario que un inspector de salud apruebe tu licencia. Si fuera legal tener una mazmorra, yo pagaría mis impuestos como toda hija de vecina, pero como no lo es, me veo obligada a hacer estas "triquiñuelas". Obviamente, no me gusta mentir, porque me da miedo de que vengan los del Gobierno a hacer alguna inspección y me digan que me van a meter en prisión.

En la declaración de la renta pongo que viajo mucho para justificar todas las reservas de hotel que hago pro mi trabajo, ya que con la mayoría de mis clientes me cito en habitaciones de hotel. Es curioso cuando el personal del hotel ya sabe quién soy y reconoce la bolsa enorme que llevo con todo el equipo. Casi siempre llevo ropa de cuero ajustada debajo de la ropa normal, en esos casos.

Procuro reducir las mentiras que tengo que contar al mínimo. Pongamos que voy a encontrarme con un cliente en un hotel nuevo: normalmente busco en Google cómo es la recepción para poder ir directa al ascensor en cuanto entro y evitar tener que hablar con el personal. Si no, enseguida se huelen que eres trabajadora sexual.

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A veces las cosas no salen como esperabas. Una vez se me cayeron cosas de la bolsa. En otra ocasión perdí el cliente porque olvidé el número de habitación. Tienes que ser capaz de reaccionar para soltar una mentira a tiempo, mostrarte segura e interpretar tu papel. Una vez se me acercó una trabajadora del hotel en el que estaba y me preguntó, "¿Qué ha venido a hacer aquí?". Inmediatamente la miré a los ojos y le dije, "He venido a follar con el socio de mi padre", me di la vuelta y me fui. ¿Qué iba a hacer, ante una respuesta tan directa? La clave está en no dudar nunca, mirarlos a los ojos y soltárselo.

Para ser una buena mentirosa, creo que tienes que creerte lo que dices, ser convincente al cien por cien. Si empiezas a dudar de si va a colar, se te va a ver el plumero enseguida.

Mentir puede llegar a ser adictivo. Yo lo hago por una cuestión práctica, pero el que miente de forma compulsiva puede acabar metiéndose en líos.

El grafitero

Por Ray Mock según el relato de DEK 2DX

Cuando conocía a la gente del mundillo, me identificaba siempre con mi alias. Ocultar una parte de ti requiere mucho esfuerzo. Cuando quieres adquirir cierta notoriedad como grafitero, te interesa más la cantidad que la calidad, quieres escribir tu nombre en todas partes y no dejas de pensar en ello, aunque no puedes contárselo casi a nadie. A lo mejor estás en el trabajo, ves entrar una chica y piensas, Mira, lleva un vestido Summer Squash, haciendo referencia al nombre del color que le da una marca de espray concreta. Cuando no estás con gente metida en el tema, tienes que mentir mucho. Esa asociación entre el color del vestido y el del espray, por ejemplo, no se la podría explicar a nadie del trabajo. También depende de lo abierto que seas, pero cuanta más información reveles, más cartas tienen para usar en tu contra. La información es clave.

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Para dedicarse al grafiti has de inventarte muchas cosas, como citas falsas, excusas para salir antes o llegar más tarde, decir que tienes pareja cuando no es cierto, ponerte alarmas en el móvil para que suenen a cierta hora y fingir que te están llamando para poder ausentarte, etc. Yo me siento orgulloso de mi talento para mentir. Tienes que ser como una cebolla, con un montón de capas.

Una vez estábamos pintando unos trenes en una zona conflictiva de la ciudad. Era muy joven e inexperto y llevaba mi carné de identidad en la mochila. Nos descubrió la policía y escapamos, pero me dejé la mochila. Rápidamente llamé a la comisaría más cercana y denuncié que unos chicos me habían rodeado en una pista de baloncesto y me habían robado la mochila hacía poco. Varios días después me llamaron de la policía de Nueva York. Me dijeron que querían hablar conmigo. Les pregunté de qué se trataba. "De una mochila", respondieron. Me hice el sorprendido y les dije, "¡Ah! ¿La han encontrado?". "Sí, junto con otras cosas", fue su respuesta.

Cuando fui, estuvieron varias horas interrogándome. Al final me dejaron marchar, diciéndome que no volviera a jugar a baloncesto en esa zona de la ciudad y me devolvieron la mochila, con la cartera y varios tapones de botes de pintura [Risas].

A estas alturas de mi vida, el hurto, la invasión de la propiedad y el desacato de la ley están más que justificados porque son elementos clave para mi supervivencia, sobre todo en una ciudad como Nueva York. De joven, empecé a llevarme cosas sin pagar. Primero fueron los botes de pintura, luego la mochila donde los guardo, la comida… Es una cuestión de supervivencia. Como grafitero, aprendes a cruzar los límites de forma instintiva. Si veo un cartel que dice "No pasar", lo más probable es que pase.

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Muchas veces en las que me han pillado, he conseguido librarme de una buena haciéndome el niño bueno, y en esos casos en los que estoy entre la espada y la pared, soy más sincero que nunca. Les digo, "Por favor, por favor, lo siento. Juro que no me volveréis a ver por aquí". A ver, seamos sinceros, nadie a quien le pille la policía va a decir, "Sí, vale, he sido yo. ¡Arrestadme!". Uno tiene que saber en qué batallas luchar.

Con la familia y los amigos es más complicado. Te ves obligado a inventarte todo tipo de historias para salir del paso. "¿Dónde las estado, con los amigos otra vez? Y ¿qué estabas haciendo por ahí? ¿Por qué has tardado tanto?". A veces no te queda otro remedio que decir la verdad, pero no toda. Lo suficiente.

La clave para mentir bien es la seguridad en uno mismo, una mirada directa, la gesticulación. Has de prestar atención a estos aspectos cuando quieras adornar un poco la verdad. El grafiti te ayuda a tener más confianza en ti mismo.

Foto cortesía de Neil Woods

El policía encubierto

Por Max Daly según el relato de Neil Woods

Pasé catorce años trabajando como detective encubierto para la policía británica, engañando a drogadictos y narcotraficantes. La operación más larga duró siete meses, durante los que estuve infiltrado en una banda de narcotraficantes. Era mucho más complicado engañar a los líderes de la organización que a los consumidores, que son mucho más vulnerables, porque los primeros ya conocen las tácticas que usa la policía secreta. Llegado un determinado nivel de delincuencia organizada, la única forma de atrapar a los cabecillas es mediante agentes encubiertos. Esa gente no duda en usar la violencia extrema para defenderse, por lo que la presión para los agentes es mucho mayor.

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Para mentir bien, hay que ser muy vivo y observar mucho a la gente. Cuando no estaba trabajando de infiltrado, me dedicaba a crear una base de conocimiento sobre las formas de mentir. Conocer las señales que "delatan" a un mentiroso es una herramienta muy útil para poder mentir mejor.

Mentir requiere un margen de tiempo en el que tratamos de averiguar cómo exponer la mentira de la forma más creíble posible, y ese periodo de tiempo puede ralentizarnos. Hay gente que duda demasiado tratando de disimular la mentira. La señal más clara es cuando hablan muy deprisa, dan demasiada información, gesticulan de forma poco natural o tienen la mirada clavada en el suelo. Yo procuraba no cometer esos mismos errores. Tuve que aprender a no hacer esas pausas y a convertir la mentira en algo instintivo. Las personas que son demasiado conscientes de su esfuerzo por engañar a alguien acaban sucumbiendo a la presión y se ponen en evidencia.

Yo tuve suerte porque durante las operaciones como infiltrado, experimentaba subidones de adrenalina que me permitían pensar con más claridad y me daban seguridad. En este tipo de operaciones no está actuando, sino que entra en juego una versión distinta de ti mismo.

Los primeros dos minutos de contacto son los más importante cuando quieres hacerte pasar por alguien. Has de tirar de empatía para formar un vínculo con la otra persona rápidamente. Debes encontrar un enemigo y un miedo en común con ella. Por supuesto, también es imprescindible conocer bien el producto, que en mi caso era droga. Me hice pasar por todo tipo de gente, desde el ladrón de poca monta al camello del mercado intermedio. Tuve que aprender a cocinar droga y lo que implicaba manejar grandes cantidades de cocaína y adulterantes.

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Hubo un par de ocasiones en que casi me descubren, momentos en los que también tienes que estar preparado para reaccionar. No hay una regla de oro para este tipo de situaciones. Para mí, dependía mucho de la persona a la que estuviera engañando y procuraba adaptarme. Lo importante es saber leer a esa persona.

Hay muy buenos mentirosos en los servicios de inteligencia. Para muchos de ellos, las mentiras han sido su salvoconducto. Cuando mentir te salva la vida, te conviertes en un mejor mentiroso. La inteligencia ayuda mucho en el arte del engaño, así como tener buena memoria.

En cualquier caso, mentir bien requiere práctica, de forma que te salga de forma natural y no acabes delatándote. Y cuanto más puedas ceñirte a la verdad, mejor. Por ejemplo, si le dijera a alguien que ayer robé un coche y que quiero venderlo, lo mejor es situar el robo en una zona que ya conozca de antemano, para dar más credibilidad a la historia. Esto de mentir, por otro lado, tiene una faceta adictiva, algo a tener en cuenta desde el punto de vista ético. Es muy divertido, la verdad. Los últimos años de profesión lo pasaba muy bien mintiendo. Resulta muy gratificante conseguir engañar a alguien con éxito.

El abogado penalista

Por Patrick Lyons, según el relato de Howard Greenberg, que también aparece en nuestro documental The Real 'Better Call Saul'?

Creo que el derecho penal y la mentira van de la mano. El engaño está presente en todos los aspectos de la profesión. Todo lo que te voy a contar es por propia experiencia.

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En primer lugar, están los testigos civiles, que en cuanto suben al estrado confabulan, casi sin darse cuenta, con el fiscal, que a su vez se supone que debe velar por la justicia pero realmente solo busca la condena del acusado. Punto.

Basta un solo guiño del fiscal para manipular a los testigos como si fueran muñecos en manos de un ventrílocuo, que declaran lo que este quiere que declaren. Es muy evidente, por ejemplo, cuando ves a un testigo casi analfabeto usar algún palabrejo especializado. "¿Quién le ha enseñado esa palabra? ¿Sabe lo que significa? ¿Había oído ese término antes de que el fiscal se la metiera en la boca?", les pregunto yo.

Los fiscales también amenazan a los testigos, obligándoles a mentir: "Si no nos das lo que queremos, te acusaremos de asesinato". Precisamente ahora estoy con un caso similar. ¿Cómo lo sé? Porque el muy cabrón le mandó una carta a su familia contándoles lo que estaba haciendo el equipo del fiscal, que estaban intentando encontrar a alguien que testificara contra mi cliente.

Cuando hablo con mis clientes, lo primero que les digo es que mentir bajo juramento está penado por la ley, por lo que deben decir siempre la verdad. El ochenta y cinco por ciento de la comunicación humana se produce mediante canales no verbales, así que tienes que observar con el tercer ojo y escuchar con el tercer oído. Hay que saber tomar nota de las afirmaciones implícitas en las declaraciones de un testigo.

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La mentira también es inherente al trabajo de la policía. Nunca he conocido a un policía que haya dicho la verdad en el estrado. Hay un tipo de poli uniformado que yo llamo el "tramposo de la visera". Este hombre entra en la sala y lo primero que hace es quitarse la gorra, la sostiene con ambas manos delante y no aparta la mirada de ahí en ningún momento. "He advertido que no deja usted de mirar hacia abajo mientras le estoy haciendo preguntas. ¿Qué hay en la visera de su gorra?", le pregunto, y cuando me pasa la gorra veo que tiene una chuleta escondida con todo lo que debe decir durante su declaración.

A veces les hago una pregunta y tardan en contestar. Entonces dejo pasar lo que parece una eternidad y le pregunto, "¿Está intentando ganar tiempo para inventarse la respuesta?". En ese momento intenta justificarse, pero ya es demasiado tarde: se ha delatado ante el jurado.

La mayor de las mentiras es la de la presunción de inocencia de cualquier acusado. Por experiencia te puedo decir que casi siempre se les considera culpables de antemano. Muchos jurados me han confesado que van a creer lo que les diga un poli simplemente porque es policía, lo que constituye un claro desacato de las instrucciones que se da a los jurados populares para ceñirse a la ley. Otra frase muy popular es la de, "Tengo que escuchar la versión de ambas partes". Eso implica que si no escucharan la versión de mi cliente, lo considerarían culpable de base.

Desde mi punto de vista como abogado penalista, creo que es muy importante saber descubrir una mentira y ponerla en evidencia. Cuando eres abogado penalista, la definición de "verdad" solo está limitada por tu imaginación, porque estás obligado a encontrar un modo de ganar el caso. En ese contexto amoral, tienes que ser el mejor.

Las entrevistas se han editado por mor de la claridad.

Sigue a Zach Sokol en Twitter.

Imagen principal por Lia Kantrowitz.

Traducción por Mario Abad.