
El detector de bombas que vendía el millonario británico de 56 años, James McCormick, sonaba demasiado bueno para ser verdad. Según él, su producto podía detectar C-4 a 550 metros. Y también podía ser programado para encontrar todo tipo de contrabando. La antena metálica del pequeño dispositivo apuntaba mágicamente hacia explosivos, marfil, incluso billetes de cien dólares escondidos. Las autoridades en países como Georgia, Romania, Níger, Tailandia, Arabia Saudí e Irak, donde McCormick pudo vender su detector, podían, con un sencillo movimiento de su mano, acabar con el contrabando, el crimen organizado y los ataques terroristas.
¿Adivina qué? El aparato de McCormick era una mierda. Su dispositivo, conocido como el ADE-651, era una farsa. Las versiones previas del detector, producidas bajo el nombre ATSC, estaban basadas en los detectores de pelotas de golf de 300 pesos, el tipo de regalo que le das a ese tío rico que no quieres.
Lamentablemente, los que salieron perdiendo fueron los iraquís. McGormick vendió más de seis mil “detectores” a oficiales del gobierno iraquí (después de sobornarlos) por un total de 45 mil dólares POR DETECTOR. Y se utilizaron en retenes en todo el país; se usaron para escanear vehículos en busca de explosivos durante los actos insurgentes que dejaran un promedio de 30 ataques diarios.
McCormick fue condenado por tres delitos de fraude el día de hoy y será sentenciado en mayo. Las primeras noticias sobre esta macabra estafa vieron la luz en 2009 cuando el New York Times publicara un artículo.
Cuando el cofundador de VICE, Suroosh Alvi, y un equipo de filmación de VICE viajaron a Bagdad este año para hacer un documental una década tras el comienzo de la invasión liderada por Estados Unidos, las cosas resultaron mucho más extrañas de lo que esperaban. Esto fue lo que dijo Suroosh:
“La parte más loca de esta historia es que a pesar de lo evidentemente inútil que es este dispositivo, a pesar del arresto y juicio contra Jim McCormick, el ejército y la policía iraquí continúa usándolos en todos los retenes de la ciudad”.
Ve In Saddam’s Shadow para más sobre el legado robado y despilfarrado de la Guerra en Irak. Una varita mágica, sobra decirlo, no arreglará la situación en este país; pero quizá la condena de McCormick sea un paso en la dirección correcta.
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